Mi padre reveló su infidelidad, igual que la mía, y sus lecciones me impactaron profundamente

Tendría que haberme enseñado todo esto mucho antes para que yo tuviera margen de desarrollar anticuerpos

(Infobae)

Juan Tonelli es escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. Esta historia, basada en un testimonio real, forma parte de esa obra. www.youtube.com/juantonelli

“Antes solíamos divorciarnos por infelicidad, ahora lo hacemos porque creemos que podemos ser más felices”.

Esther Perel

—¿Recuerdas que en tu adolescencia hubo una etapa en la que yo viajaba mucho, aproximadamente una o dos semanas al mes? —me preguntó.

—Cómo olvidarlo, si mamá te lo reprochó infinidad de veces…

—En realidad, no estaba de viaje. Iba a una casa en Olivos donde vivía con otra mujer de la que estaba completamente enamorado.

Quedé helado. ¿Para qué me contaba esto mi padre? ¡Y en esas circunstancias!

Desde hacía un tiempo llevaba, como podía, una doble vida. Tenía un matrimonio y una familia hermosa, pero me había enamorado de otra mujer y todo se había desmoronado con rapidez. No pude evitar engancharme y tras algunos años aguantando esa dualidad, decidí sacar la verdad a la luz y contarle a mi esposa la situación.

Había mantenido silencio hasta ese momento, porque todos recomiendan eso. Dicen que hablarlo es arruinar la pareja. Lo que no se valora bien es que cuando uno decide ocultarlo, ocurre algo mucho más grave y silencioso: comenzamos a distanciarnos progresivamente. En el fondo, si no se puede conversar sobre lo que más importa o preocupa, ¿qué queda para hablar?

Llegó el instante en que naturalicé no hablar de nada. Charlábamos sobre el clima, el colegio de los chicos y otros temas que no implicaran emociones. Lo que empezó con la intención de preservar mi matrimonio —al menos hasta que la situación se enfriara o resolviera— nos fue alejando. A veces, proteger puede debilitar.

Cuando alcancé mi Siberia emocional comprendí que no podía seguir así. No era posible seguir ocultando la verdad.

Tras una larga reflexión, decidí contarle todo. Fue un terremoto. Yo estaba locamente enamorado de otra mujer, pero también sentía ganas de pelear por mi esposa. Eso le dije a mi padre, quien tras escucharme me reveló esta tremenda verdad.

—¿Por qué me cuentas esto ahora? —le pregunté.

Encendió un cigarrillo y su mirada se perdió en la ventana del bar. Tras un prolongado silencio, respondió:

—Para que comprendas que enamorarse de otra persona estando casado no es excepcional, sino humano. También te diría que ser infiel es parte de la vida, aunque algunos no puedan entenderlo ni aceptarlo. Seguirán afirmando que la infidelidad es una traición, irreversible, y todas esas ideas erróneas.

—¿A qué te refieres?

—Que si más de la mitad de las parejas se divorcian y según varias encuestas, más del 75% de las personas han sido infieles alguna vez, hay algo en la concepción del amor que falla. No son las personas, sino nuestras creencias sobre la fidelidad y la pareja.

—¿No es una visión algo cínica?

—En absoluto. Madurar es dejar de creer en fantasías para enfrentarnos a la realidad tal cual es, no como quisiéramos que sea. Las demás son teorías repetidas que nadie practica realmente.

(Crédito: Freepik)

“¿De qué hablaba Ulises en ‘La Odisea’?”

Me costaba asimilar lo que me decía. Jamás había sido infiel. Había mantenido una conducta matrimonial ejemplar durante toda mi vida, hasta que a los cuarenta y dos años irrumpió un amor que me arrasó por completo.

—Si fuera así, ¿por qué no me lo dijiste cuando tenía veinte años en vez de ahora, cuando ya llega tarde? No me sirve que me sugieras conducir con cuidado luego de haber destruido el auto.

Mi padre sintió el golpe.

—No pude. O no supe. Siempre pensé que era un asunto de tu vida en el que no debía intervenir. Perdóname. También creí que lo descubrirías por ti mismo.

—¿Descubrir qué? ¿Que hay que seguir casado a cualquier costo? —le respondí, irritado.

—Que quienes se lanzan al mar cegados por el canto de las sirenas terminan ahogados. ¿O de qué crees que hablaba Ulises en la Odisea? ¿Eran sirenas o acaso un amor prohibido que quería experimentar sin arruinar toda su vida? Ulises sabía que la tentación era irresistible y letal, así que ordenó a su tripulación encerrarse para no escuchar el canto y dejarse llevar, pero él, que deseaba vivirlo sin hundirse en el mar ni morir persiguiendo sirenas inexistentes, se mandó atar al mástil. Vivió lo que quiso sin destruir su existencia en el proceso.

Era una verdad demasiado dura para recibir de golpe, justo cuando yo estaba vulnerable.

—¿Y en mi caso qué significaría atarse al mástil?

—Permitir que vivas lo que necesitas experimentar, sabiendo que dejar a tu pareja por este otro amor es una trampa de tus emociones. La mujer que amas es como el canto de las sirenas, una tentación irresistible que te hace creer que tu vida mejorará si te vas con ella, sin importar el dolor que causarás a tu esposa y a tus hijos. Y lo peor es que si lo haces, probablemente termines años después en un lugar parecido a este, pero con un divorcio. Hace tiempo, cuando las mujeres de nuestra familia acudían desconsoladas a tu abuela por consejos ante infidelidades de sus maridos, ella las escuchaba en silencio y solo les decía: “¿Vuelve?”. Con el tiempo comprendí la sabiduría en esa palabra. No era cinismo ni resignación, sino una comprensión profunda de la realidad. Valoraba al hombre que, fascinado por el canto de las sirenas de un nuevo amor, decide regresar a su hogar. Que permanece atado al mástil aunque quiera lanzarse de cabeza al mar creyendo que esa es su felicidad. Esa determinación de no destruirlo todo, la capacidad de sentir sin derrumbar, era lo que tu abuela valoraba en sus ochenta años, luego de haber visto y vivido mucho.

Las palabras de mi padre no bastaron. Era una verdad dada en el momento errado. Debería haberme enseñado todo esto mucho antes para que yo dispusiera del tiempo para crear defensas. Con las sirenas cantándome al oído, me lancé sin mirar.

Qué pasa con el dinero y bienes de la herencia en caso de divorcio.

“Sufrí mucho, pero no me morí”

Provocé dolor, sufrí mucho, pero no morí. Aprendí que el deseo puede nublar el juicio, pero la culpa tampoco guía.

Mi padre, como muchos hombres, piensa que no tiene sentido dejar a nuestra mujer por otra, porque al final la relación nueva será similar. La mayoría de las mujeres también creen que los hombres somos todos iguales. Básicos, infieles, incapaces de conectar con nuestras emociones. Nos perciben poco. Además, ¿y si ellas también son infieles? Si solo los hombres engañan y las mujeres son ejemplares, ¿con quién se relacionan los hombres?

En el fondo, todos nos aferramos a relaciones donde somos fieles y que terminan rompiéndose porque no sabemos manejar las tensiones inevitables. Así, por un idealismo ingenuo, perdemos lo mejor. Hoy estoy seguro de que es preferible hacerse cargo de nuestras contradicciones que pretender ser “coherentes” y saltar de una relación monogámica a otra: las buenas parejas no sobreviven por ausencia de crisis, sino porque aprendieron a superarlas.

Alguien me dijo una vez que las personas sensatas procuran adaptarse al mundo y las insensatas intentan acomodar el mundo a ellas. Creo que hombres y mujeres somos similares en esto. Pero también en que podemos elegir entregarnos ciegamente a los espejismos, una y otra vez, o resistir las contradicciones de la vida, aunque parezcan capaces de destrozarnos.

***

Ser fiel es elegir volver, no porque no haya dudas ni dolor, sino porque valoramos permanecer. Pasamos la vida buscando la relación perfecta y muchas veces destruimos lo bueno por no tolerar lo real.

Scroll al inicio