Altavoz de Legazpi #5 · octubre
Hubo un tiempo en que el Estado no existía, cuando las clases no existían, cuando los hombres no se dividían en ricos y pobres, en trabajadores y explotadores.
Cuando de la Comunidad primitiva comenzó a destacarse una capa de personas acomodadas, cuando esta capa se puso a la cabeza de las fuerzas militares de la comunidad y comenzaron a ensanchar sus dominios a costa de guerras con otros pueblos; no es casualidad, surge el primer Estado.
Estos hombres comenzaron a rodearse de instituciones. El conde, que juzgaba a sus súbditos (vigilando sus propios intereses, por supuesto) formando así el primer tribunal clasista. Las decisiones de este tribunal que eran ejecutadas por sus satélites, formando así la primera policía en embrión. Y para la guerra con otros pueblos se utilizaban piquetes armados, que constituían las fuerzas militares.
Toda esta nobleza, con su afán de lujos y placeres, comienza a empobrecerse y la burguesía comienza a adquirir sus tierras y sus industrias. Esta burguesía necesita quitar a la nobleza sus fuentes de ingreso (arrendamientos, impuestos, etc.) para que pasen a manos del capital (la propia burguesía) y comienzan una serie de revoluciones burguesas.
Llegados los burgueses (el capital) al poder, el mecanismo es el mismo: Unos tribunales con leyes en interés del capital; una policía bajo el mando de los nuevos patrones, dispuesta a reprimir toda sublevación y un ejército permanente.
A día de hoy la cosa no ha cambiado mucho (o nada) siguen las grandes empresas (cada vez más grandes) contando con los tribunales, el ejercito y la policía para defender sus intereses económicos por encima de cualquier libertad individual o colectiva.
