Diego Hartfield (45), extenista, comenta sobre sus inversiones y experiencias con la escasez económica.

Diego Hartfield. El argentino actualmente se dedica al ámbito de las inversiones, gestionando sumas importantes de capital tras retirarse de la actividad deportiva profesional.

Más información: La residencia de Zidane (53) valorada en más de 7 millones de euros: cine propio y vecinos destacados en una exclusiva zona madrileña

Diego Hartfield, extenista argentino que alcanzó el puesto 73 en el ranking ATP y se enfrentó a Roger Federer en Roland Garros y en el Abierto de Australia, vive ahora una segunda etapa alejada de las canchas: se desempeña como broker financiero con base en Oberá.

A sus 45 años se define con humor como «un hombre con diez años en finanzas y 13 años de extenista», reflejando así la perfecta síntesis de su paso del deporte profesional al sector financiero.

Conocido como «Gato» en el circuito, Hartfield alcanzó el top 100 durante una época muy destacada del tenis argentino. Fue el número ocho del país y formó parte de una generación que tuvo numerosos compatriotas entre los cien mejores del ranking.

Diego Hartfield, en un partido contra Roger Federer.

Diego Hartfield, en un partido contra Roger Federer.

Compitió en Grand Slams y se enfrentó a Federer en la primera ronda de Roland Garros 2006 y del Abierto de Australia 2008, logrando incluso llevarle un set al desempate en París, aunque sin conseguir ganar un set completo.

Actualmente, muy alejado de la adrenalina de los torneos, su rutina diaria transcurre frente a pantallas y gráficos financieros: «Soy agente productor de Bolsa, me dedico a abrir cuentas para personas físicas y jurídicas en sociedades de Bolsa y los asesoro en la gestión de sus finanzas a través del mercado de capitales», explicó en una entrevista para Claytenis.

Luego de colaborar como socio en la firma Net Finance, optó por trabajar de manera independiente y hoy administra una cartera valorada en aproximadamente 20 millones de dólares, distribuida entre cerca de cien clientes.

Aunque la mayoría de sus clientes son argentinos, también maneja cuentas en Uruguay y Estados Unidos, estableciéndose como un asesor financiero que ya considera su profesión tan propia como en su día lo fue la raqueta. Sigue con atención la política económica argentina y muestra optimismo frente al giro liberal.

Una existencia marcada por la falta de recursos

El vínculo entre Hartfield y el dinero, así como con el riesgo, se consolidó en un entorno de carencias. «No estoy seguro de si usar la palabra pobreza, pero experimenté vivir con escasez. Supe estar en las malas y no me sucedió nada. Por eso, creo tener cierta capacidad para asumir riesgos», reconoce.

«Aunque me considero una persona conservadora, creo firmemente que la vida continúa. He sufrido pérdidas y he tenido ganancias. En el tenis me pasó igual, he perdido y ganado dinero. Me gusta el dinero, pero no me obsedece».

Durante su trayectoria profesional, los premios le sirvieron principalmente para sostener la economía familiar. «Pagué el cumpleaños de 15 a alguna de mis hermanas, y yo tenía una casa en Buenos Aires donde ellas vivieron mientras estudiaban», rememora, ubicando su historia en un núcleo de «clase media trabajadora durante la crisis del 2001».

En ese contexto, el tenis representó, más que un sueño idealista, una opción laboral real: «Vi en el tenis una oportunidad para ganar dinero y tener una salida profesional», reconoce.

Su perspectiva como inversor también se extiende al tenis actual y la entrada de capital saudí en este deporte. Lejos de posiciones morales, adopta un enfoque pragmático: «Creo que es necesario acompañar las tendencias. Resistirse mucho suele llevar a perder».

Una carrera deportiva analizada desde la distancia

A pesar de haber llegado al top 100, haber competido contra el mejor jugador de su era y haberse codeado con la élite, Hartfield evalúa su carrera con cierta distancia emocional. Confiesa que el tenis nunca fue una pasión intensa: «En mi caso, el tenis no fue una verdadera pasión. Si lo hubiera sido, seguiría jugando o entrenando a alguien».

Esa falta de apego ayuda a explicar por qué su retiro a los 30 años, afectado por lesiones que lo hicieron descender hasta el puesto mil del ranking, no le fue difícil: «No tuve problemas para dejar el tenis», asegura.

Considera su recorrido como resultado del esfuerzo más que del talento. «El tenis nunca me salió fácil; todo lo logré con muchísimo esfuerzo, sin las facilidades que otros jugadores de mi nivel tuvieron», admite. Su mayor fortaleza residía «en la mente, en un gran esfuerzo, en una convicción fuerte y en una constante búsqueda de mejora».

Además, opina sobre el panorama actual del tenis: «Siempre fui de Djokovic. Siempre. Siempre dije que sería el más grande de todos», comenta, demostrando que, aunque ya no compita, continúa analizando el juego como un experto.

Scroll al inicio