Michael Ignatieff sostiene que España debe controlar sus fronteras y otorgar regularización solo a inmigrantes que no posean antecedentes penales.
Señala la escasez de partidos liberales en España y advierte que la falta de un centro político genera una mayor polarización.
Ignatieff alerta sobre los peligros de una inmigración masiva sin integración en el mercado laboral y en la vivienda, como ocurrió en Canadá.
Advierte sobre la concentración del poder en las democracias liberales y subraya la relevancia de salvaguardar la soberanía nacional frente a presiones extranjeras.
Es como si la trayectoria de Michael Ignatieff (Toronto, 1947) y la geopolítica formaran un solo relato. Un diario que se puede leer tanto de principio a fin como al revés. Como una kalinka; un estribillo que se repite una y otra vez.
Ignatieff, este hombre de suéter oscuro que deja varios segundos de silencio y reflexión antes de contestar, debería ser el verdadero autor de esa frase erróneamente atribuida a Mark Twain: “La historia no se repite, pero rima”.
Para conocerlo casi por completo, conviene acercarse a su “Álbum ruso”; un recorrido literario por sus raíces. El Ignatieff que hoy nos recibe pacientemente en una Viena a cinco grados bajo cero – ¡qué frío hace en el liberalismo! – representa una de las últimas ramas de la aristocracia rusa.
Su bisabuelo fue ministro del Interior del Imperio, encargado de restablecer el orden luego del asesinato del zar Alejandro II. Su abuelo, por su parte, fue ministro de Educación bajo Nicolás II.
Después ocurrió el exilio. La Revolución. Octubre, Lenin, el Palacio de Invierno, Potemkin. Sin embargo, la vocación política de los Ignatieff no se extinguió con los bolcheviques.
Su padre, en la Inglaterra de Churchill, empezó a desempeñar un papel destacado como diplomático canadiense. Su madre, comprometida entonces con un soldado que fallecería en el campo de Buchenwald, trabajaba como estenógrafa para el servicio de Inteligencia británico.
De todo esto nació este Ignatieff, Michael, quien creció entre constantes traslados ligados a los destinos paternos: Washington, Belgrado, Londres, París, Ginebra y Ottawa.
Quizá lo más sorprendente para un español sea comprobar cómo este Ignatieff canalizó su pasión política juvenil… ¡en el liberalismo! Porque en Canadá, el liberalismo era entonces una fuerza política dominante, y sigue siéndolo con figuras como Mark Carney, a quien conoce bien y cuyo discurso en Davos vamos a tratar.
Las ideas que Carney expone son, en esencia, muy similares a las que Ignatieff ha defendido durante décadas. Aunque él, habitualmente modesto, insiste: “Lo conozco mucho, pero no comparto sus opiniones”.
A finales de los setenta, el joven Ignatieff llegó a Inglaterra, donde se hizo popular como presentador de radio y televisión. Se convirtió en uno de los columnistas más destacados de The Observer y realizó una serie destacada sobre el resurgimiento del nacionalismo, que volvió a incendiar Europa en los Balcanes.
Resulta poco común encontrar a un intelectual con tal versatilidad: exitoso como dramaturgo, periodista, novelista y ensayista. Fue profesor en Oxford, Harvard y Cambridge.
No seguiré enumerando para evitar que algunos lectores se saturen con halagos excesivos. A Ignatieff no le decimos esto; le incomodaría. Y con suerte, ni siquiera lo leerá.
Su biografía de éxitos pudo haberse quedado ahí, pero apareció una propuesta que su ¿ego? ¿deber moral? no pudo rechazar: aspirar a ser primer ministro de Canadá. Lo persuadieron, lideró el Partido Liberal, fue jefe de la oposición… y fracasó estrepitosamente.
De esta experiencia surgió su libro más famoso, “Fuego y cenizas”, que hoy está en la mesilla de la mayoría de políticos liberales –y muchos iliberales– alrededor del mundo. ¡Qué suerte que Ignatieff fracasara! Los canadienses perdieron a un buen primer ministro, pero España ganó un excelente libro.
Actualmente vive en Viena, donde imparte clases sobre Política y Derechos Humanos. En este momento concreto, responde con paciencia a nuestras numerosas preguntas sobre los acontecimientos mundiales.
Debe entenderlo: la soledad de un periódico liberal en un país sin liberales. Y finalmente, ¡allí está Ignatieff.
*Toda su obra puede encontrarse traducida al español en la editorial Taurus
Me alegró mucho que sobreviviera cuando vino a recoger el Premio Princesa de Asturias. Es increíble que no lo elimináramos. Fue todo un milagro. Ya sabe que en España llevamos siglos eliminando a los liberales.
No estoy seguro de lo que significa ser liberal. Menos aún en España [se ríe]. Para mí, ser liberal implica actuar con moderación y basar los razonamientos en evidencia. Ser liberal es creer en la importancia de la iniciativa individual. Estar en contra del terror y el miedo. Suscribir todo esto a la vez.
Estoy al tanto de la historia del liberalismo español que usted expone. Creo que el PP cuenta con algunos liberales en sus filas. Ayer, pensando en esta entrevista, analicé la situación… La polarización en España es más intensa que en casi cualquier otro país europeo. Eso me parece motivo de seria preocupación.
Intentar definir qué significa ser liberal en la vida cotidiana es un desafío, sobre todo para los propios liberales. Lo hemos debatido en esta sección con Vargas Llosa y Pedro Schwartz.
Los liberales complicamos ese desafío al proclamarnos como las únicas personas racionales en la sala. Eso enfurece a socialistas y conservadores.
Durante la Transición en España hubo un proyecto centrado que incorporaba un movimiento liberal. Posteriormente, ha habido un par de intentos fallidos. ¿Cómo es un país sin ninguna formación liberal en el Parlamento?
El principal riesgo de la ausencia del liberalismo es la polarización que mencionaba; la fractura del sistema político mismo. Sin partidos puente que trabajen entre ambos extremos, la democracia corre el riesgo de colapsar. Pero esto es muy cambiante. Mire a los Países Bajos.
Donde de pronto todo cambió radicalmente.
Hace aproximadamente un año, conversaba con un amigo liberal en la oposición que se imaginaba allí mucho tiempo. Ahora, de repente, boom. Su partido puede formar gobierno y liderar el país. Así que los anuncios prematuros de la muerte del liberalismo siempre son equivocadas.
A medida que se celebran elecciones en Europa y América, crecen los partidos de extrema derecha. Tras la crisis de 2008, las fuerzas de extrema izquierda tuvieron su oportunidad. ¿Cuáles son las claves para este cambio?
La crisis de 2008 fue devastadora, en especial en España. Recuerdo mis viajes allí en esos años: la tasa de desempleo juvenil era alarmante, rondando el 30% o 40%. La realidad ahogaba a la juventud y eso aplastó a los partidos centristas. La crisis creó incentivos contundentes para la extrema izquierda.
Las secuelas de esa crisis siguen siendo ahora uno de los impulsores principales de la extrema derecha. Se activan preocupaciones legítimas. Actualmente, la inquietud más legítima que alimenta a estos partidos es la inseguridad fronteriza.
El debate sobre la inmigración.
Estos partidos sostienen: “Hemos perdido el control del Estado y toda nación debe controlar sus fronteras”. Esa sensación de falta de control genera ansiedad profunda entre los ciudadanos.
Después, está el debate sobre las prestaciones del Estado del Bienestar. Por ejemplo, Dinamarca, que cuenta con un sistema generoso en ese sentido. Estos partidos dicen: “Construimos este sistema para nosotros y ahora está saturado por personas que no forman parte de nuestra sociedad”.
Ese es el debate central en las regiones donde estos partidos crecen. El centro de las campañas electorales.
La pregunta “¿quiénes somos?” genera nerviosismo. ¿Qué es España? ¿Qué es Dinamarca? ¿Qué es Canadá? ¿Qué son los Países Bajos? ¿Qué es Alemania? Esto alimenta debates nacionalistas. Los liberales, creo, han sido débiles en esos debates.
¿Por qué?
Los liberales suelen pensar: “Oh, el nacionalismo es una emoción negativa e irracional”. Creemos que existe una preocupación excesiva por las fronteras. Yo no lo comparto. Es responsabilidad del Estado asegurar la integridad de sus fronteras, pues la soberanía depende de ello. Ninguna sociedad puede tolerar un flujo infinito de inmigración. Le contaré lo que sucede en Canadá.
Adelante.
Como se sabe, Canadá recibía hasta hace poco cerca de un millón de inmigrantes anuales. El apoyo a ese nivel comenzó a declinar. Parecía haberse desbordado y haber disparado los precios de la vivienda. La inmigración se volvió impopular. ¡En el país más generoso con la inmigración! Así fue: Canadá alcanzó un límite.
Seguramente habrá visto la regularización de medio millón de inmigrantes que anunció recientemente el presidente del Gobierno de España.
España es el único país europeo que ha adoptado esa medida. Tiene completo derecho a decidirlo. El gobierno socialista ha declarado: “Queremos acoger más migrantes de América Latina, dado que se les están cerrando las puertas en Estados Unidos”.
¿Cuál es su opinión?
Si la economía española está creciendo —lo cual es positivo— es una medida viable. Si el gobierno de Sánchez considera que puede absorber ese volumen migratorio, está bien. Pero no debería relajar la vigilancia sobre la inmigración ilegal.
«El Gobierno de España no debe descuidar el control de la inmigración ilegal»
Los socios europeos están presionando en contra de esa regularización.
Le digo dos cosas a usted, no a Sánchez [sonríe]: España debe actuar según considere adecuado. Ningún Estado europeo debe dictarle a España qué hacer. No obstante, España debería observar lo que ocurrió en Canadá: aceptar una inmigración masiva puede convertirse en un problema.
Principalmente por dos razones: integración laboral e integración en el mercado inmobiliario. Esto generará problemas políticos. Si los migrantes hablan español, será un elemento decisivo.
La oposición habla aquí de “efecto llamada”, pero el Gobierno asegura que no existirá tal problema porque quienes serán regularizados ya residen en España. Solo se regularizará a quienes no tengan antecedentes penales.
Estoy a favor de regularizar inmigrantes sin antecedentes penales, pero también de reducir la inmigración ilegal. Esta última es fuente de explotación. Toda política migratoria debe contar con barreras y acceso controlado.
Imagino que habrá visto imágenes del ICE bajo Trump usando violencia e incluso asesinatos para detener inmigrantes ilegales. Conoce bien Estados Unidos. ¿Cómo podría evolucionar este conflicto entre fuerzas de seguridad y manifestantes, o entre el gobierno central y el federal?
El ICE se ha convertido en una fuerza paramilitar fuertemente armada, equipada para operaciones de deportación con inmunidad frente a la persecución penal. Esto no solo es peligroso para los inmigrantes; también representa un riesgo para la democracia.
Uno de los pilares democráticos es la rendición de cuentas: quienes ejercen el monopolio de la fuerza deben ser responsables ante la ciudadanía. ICE cuenta con carta blanca para actuar sin control. Eso genera alarma.
Otra cuestión grave es el desprecio de Trump por los derechos constitucionales de los ciudadanos, incluido el derecho a manifestarse. Las dos personas asesinadas participaban en protestas legítimas.
Los agentes responsables deben ser juzgados. Esta actuación viola derechos constitucionales y protocolos policiales. Es escandaloso.
Comienza a aparecer oposición social contra estas acciones de Trump, incluso entre republicanos.
Sí. Dicen: “Necesitamos control migratorio, pero no una fuerza paramilitar sin rendición de cuentas”. La actividad del ICE tiene un fuerte componente político. Trump actúa así en Minneapolis porque es un estado demócrata.
Hay que buscar una solución que reduzca la inmigración ilegal en Estados Unidos. Debería implementarse algo parecido a lo planteado en España: procesos claros y criterios transparentes para regularización.
¿Estados Unidos explotará si no lo ha hecho ya?
Pienso que sí. Es un caso en que una agenda de derechas se apropia de la ansiedad sobre inmigración. Trump cree que su mandato le habilita para hacer cualquier cosa, incluso violar la Constitución. Probablemente pagará el precio en las elecciones de noviembre por permitir el desorden público.
La violación del habeas corpus es sumamente grave. Este recurso obliga a las autoridades a presentar a los detenidos ante tribunales para evitar detenciones arbitrarias. Es un pilar básico del Estado de Derecho. Por ello miles protestan, no solo para proteger los derechos de inmigrantes, sino los de todos los ciudadanos.
¿Qué hacer?
Solo existe una respuesta: salir pacíficamente a la calle y manifestarse activamente.
«Trump cree que Estados Unidos es el único sujeto soberano en el mundo»
Trump es admirado por muchos movimientos de extrema derecha europea. El otro día usted escribió sobre el “neo-royalismo”: una tesis que señala que estos líderes –Trump, Putin, Xi, Erdogan– no evocan el fascismo, sino a los antiguos reyes medievales.
El ICE en particular podría recordar al fascismo porque es una fuerza paramilitar que ejerce violencia para hacer cumplir la ley. Pero en general, el problema de Estados Unidos no es el fascismo.
El problema estadounidense es una autoridad presidencial que remite a las formas más primitivas del patrimonialismo: no existe separación entre gobernante y Estado. Lo que pertenece al gobernante se confunde con lo estatal.
Esto también afecta, según usted, a las relaciones internacionales.
Exacto. Recuerda a los príncipes de la Edad Moderna: todo es un acuerdo entre reyes, no una negociación entre Estados regulada por el derecho internacional. Es un regreso al período previo a Westfalia, anterior a la Carta de la ONU.
Trump no trata a Canadá como un Estado soberano. Afirma abiertamente: “Para mí, sois un estado dentro de Estados Unidos; así que llamaré gobernador a vuestro primer ministro”. Cree que Estados Unidos es el gran sujeto soberano mundial.
Su presión sobre Canadá es similar a la que ejerce sobre Europa.
Para Trump, cualquier relación diplomática se reduce a un trato personal con el jefe de gobierno. Se obvian las bases jurídicas que obligan a respetar la soberanía europea. Todo se condensa en lo que Trump obtiene de dicha relación.
Sin embargo, no termina de convencerle su teoría del “neo-royalismo”, porque en lugar de recordar a Luis XIV, estos líderes se asemejan al gánster John Gotti.
Sí. Es una mezcla del rey temprano moderno con el mafioso tardío moderno. Trump usa amenazas e intimidaciones para cerrar acuerdos. Es un fenómeno novedoso en la ciencia política: la combinación del patrimonialismo de la Edad Moderna con el gangsterismo actual.
En política interna y externa, a los ojos de Trump el Estado de Derecho es solo un estorbo que hay que sortear o sobornar. Esto alarma a europeos y americanos. Mark Carney, el primer ministro canadiense, expresó en Davos: el orden conocido ha terminado y las potencias medias deben unirse para construir uno nuevo que garantice seguridad. Solo así sobreviveremos.
¿Es viable esto desde un punto de vista económico?
Martin Wolf publicó en The Financial Times un análisis estadístico relevante. Si se examina el flujo global de importaciones, el comercio mundial que termina en China, EE.UU. y Rusia, los tres hegemones, es del 30%. Pero las potencias medias suman un 40%.
Me refiero a la unión de Europa, Brasil, India y América Latina. Trump cree dominar la economía global y que su único adversario es China, pero esto puede demostrarse falso con números. Debemos lanzar el mensaje: tenemos más poder del estimado y lo usaremos.
Ese fue el efecto principal del discurso de Carney.
Carney propuso: “Construyamos un mundo basado en acuerdos de libre comercio o comercio con aranceles bajos”. Ese es el futuro.
En términos prácticos: si América es zona de influencia exclusiva para Trump, Asia Oriental puede serlo solo de China. La disuasión armada al estilo ley de la selva.
Canadá se resiste a aceptar una esfera de influencia que sacrifica nuestra soberanía política y económica ante EE.UU. Dudo que México acepte esa condición. Poseen una fuerte tradición nacional y revolucionaria. No se someterán.
América Latina, en general, es una región de luchas de liberación nacional que se remonta a Bolívar. Los españoles lo saben mejor que nadie. Soy bastante optimista. Los canadienses tampoco renunciaremos a nuestras instituciones parlamentarias británicas centenarias sin luchar.
¿Cuál será la batalla más delicada sobre esferas de influencia? ¿En América? ¿En Europa?
Creo que en la frontera oriental con Rusia. Cualquier europeo lo entiende. Si Putin prevalece en Ucrania, ningún país vecino de Rusia —y son muchos— podrá sentirse seguro en su soberanía.
Históricamente, la influencia rusa abarcaba Polonia, los países bálticos, Finlandia… Rusia reivindica esas tierras. Es vital para el futuro europeo defender con firmeza esa frontera.
En este contexto, la actuación del Gobierno español sobre inversión en Defensa ha sido polémica. Hasta este año, no se invertía siquiera el 2% del PIB. Ahora se ha alcanzado ese nivel, aunque la oposición sostiene que fue por triquiñuelas. Tras firmar el compromiso de la OTAN, incluida España, Sánchez ha declarado que no piensa subir esa cifra al 5%.
Primero, creo que muchos españoles sienten lejanos los problemas en la frontera oriental europea. Observan y piensan: “Pobres estados bálticos, Polonia, Ucrania, pero está lejos. No es nuestro problema”.
Pues sí es asunto español. España está amenazada porque Europa lo está. Las críticas sobre gasto militar son típicas en partidos de izquierda, no solo socialismo español. Forman parte de una solidaridad histórica de ciertos sectores con la Unión Soviética.
Que desemboca en una dicotomía falsa: “Prefiero hospitales a tanques”.
España probablemente puede destinar más recursos a Defensa. ¿Cuánto? No lo sé. La decisión tiene consecuencias para España. Europa y el mundo pueden pensar que España no participa, y debe hacerlo.
No pretendo dar lecciones con esta entrevista. Canadá tampoco ha cumplido sus metas de defensa.
Nos queda trabajo. Pero hay dos ideas clave: primero, creer que “España está lejos, y por ello no es su problema” es peligroso. Segundo, que las tradiciones socialistas contrarias al gasto militar no se ajustan al siglo XXI. Vivimos en otro mundo.
«Si Europa quiere sobrevivir y ser un actor fuerte, debe reducir el ‘bla, bla’ y aumentar la inversión en Defensa»
¿Estamos ante una Europa fragmentada que se limita a dar lecciones morales? ¿Cómo debe despertar Europa?
Europa enfrenta este problema desde hace tiempo. En 1991, cuando comenzaron las guerras yugoslavas, el ministro de Exteriores luxemburgués dijo: “Esta es la hora de Europa”. Pero Europa no intervino para detener la desintegración de Yugoslavia. Fueron los estadounidenses quienes debieron actuar.
Décadas después, Europa sigue siendo vista como un grupo de países ricos incapaces de apagar un incendio propio. Esto debe cambiar. Es un problema liberal: los liberales suelen impartir lecciones morales al mundo. Para sobrevivir y ser fuertes, Europa debe dejar el ‘bla, bla, bla’ y aumentar el gasto en defensa.
¿Es optimista?
Sí, porque vivo en Europa, he vivido gran parte de mi vida aquí, estoy casado con una europea, amo España, pero… ¡ring, ring! ¡Es hora de despertar!
Los movimientos de potencias medias no son sencillos. Usted escribe: “Acercarse a uno u otro depredador es un error. Se termina devorado por la bestia”. En los últimos tiempos, el Gobierno de España se ha aproximado a China. Sánchez ha visitado el país, y su enviado, el expresidente Zapatero, suele asistir allí… ¿Qué opina?
China tiene un historial pésimo en derechos humanos, y también en comercio, que usa como arma sin piedad. Sin embargo, debemos negociar con China porque domina tecnologías clave.
Imparto clases sobre derechos humanos, un tema que me interesa mucho. Pero el tiempo de dar lecciones a China acabó: no les importan. Es una realidad que hay que aceptar.
¿Cómo gestionar estas relaciones con China?
No se trata de acercarse a China sin más, sino de equilibrar esa relación con Estados Unidos, para contrarrestar una con la otra. Lo crucial es que EE.UU. no pueda dictar cómo deben ser nuestras relaciones con China.
España tiene derecho a establecer vínculos con China, fortalecer relaciones con Mercosur y con EE.UU. Todas las potencias medias deben proteger su soberanía.
Hablemos de la operación de Trump para capturar a Maduro, que ha provocado varios debates geopolíticos. Es interesante contrastar este asunto con su libro “El mal menor. Ética política en una era de terror” (Taurus, 2018). ¿Cuáles son los límites para un presidente democrático para derrotar el terror? ¿Hasta dónde podía llegar Trump contra Maduro?
Es una buena pregunta. Representar la captura de Maduro como un intento para deshacerse de un violador de derechos humanos resulta algo cómico, porque en la práctica secuestraron a Maduro pero dejaron intacto el régimen chavista, con todos sus abusos.
El paradigma del “mal menor” que planteo en el libro no encaja con Trump, pues no capturó a Maduro para defender derechos humanos. Creo que el verdadero objetivo era acabar con el régimen cubano. Cuba genera simpatía en algunos sectores españoles, pero es otro régimen déspota.
Le preocupa la violación de soberanía como precedente peligroso.
Sí, sé que a algunos les parece contradictorio, pero aunque deseo la democracia en Venezuela, no justifico esta operación. Está generando un mundo inseguro. Supongo que pronto hablaremos de eso.
Usted sostiene: “Derrotar el terror requiere violencia y puede requerir violación de derechos”. Se pregunta: “¿Cómo puede una democracia actuar así sin traicionar sus valores?”.
Estados Unidos traiciona los valores que antes admirábamos. Esta historia viene de lejos, empezó tras 2001 en Irak. Trump no fue el primero. La degradación de las normas de política exterior estadounidense es larga y grave, y no creo que se corrija tras la salida de Trump.
Me resultó divertida la anécdota de Roosevelt, que preguntó a su fiscal general por la base legal de la intromisión en Panamá para el Canal. El fiscal respondió: “Oh, señor presidente, no deje que un gran logro se manche con una pizca de legalidad”.
Son hechos desafortunados de nuestro mundo. Carney nos insta a despertar de la ilusión de un mundo gobernado por normas, y creo que debemos hacerlo.
«Ya no hay ninguna democracia liberal donde funcionen los mecanismos de equilibrio entre poderes»
He analizado su método propuesto: justificación pública, revisión judicial, control parlamentario, cláusulas de finalización… Trump incumple todo.
La supervisión parlamentaria es crucial. Pero reitero: la concentración del poder presidencial no empezó con Trump. Comenzó con Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial. Es un problema serio para el liberalismo.
Al visitar España, muchos me dicen: “Mira cuánto poder ha centralizado Sánchez”. Pero el caso más extremo es EE.UU. En ninguna democracia liberal funcionan bien los contrapesos. Es un desafío para España, Canadá y especialmente EE.UU.
España tiene un régimen cómodo para un liberal: monarquía parlamentaria, equilibrio de poderes. Pero gobernando en minoría, Sánchez no aprueba Presupuestos desde 2022 y tiene problemas para aprobar leyes. Grandes asuntos, como la regularización de inmigrantes, los resuelve sin Parlamento. Incluso declaró: “Gobernaré con o sin el poder legislativo”.
Es una decadencia generalizada. No señalo a nadie en particular. Debemos ser honestos. Defendemos la democracia liberal en tiempos en que sus instituciones declinan. Sí, Sánchez tiene esos comportamientos, pero son comunes en Europa.
Sobre Venezuela: aunque el gobierno chavista limita libertades, la situación está algo mejor y existe esperanza. ¿Y si la operación de Trump, aunque motivada por el petróleo, conduce a una transición pacífica?
Cualquier persona sensata celebraría una transición democrática en Venezuela, pese a las dudosas motivaciones. Pero esto no resuelve el problema fundamental: un buen resultado no justifica malas intenciones.
Que algo funcione no significa que debiera hacerse. La violación de soberanía desencadena efectos en cascada. Rusia dice: “¿Y tú me das lecciones sobre la soberanía de Ucrania?”. China dice: “¿Y me pides respetar la soberanía de Taiwán?”.
Lo considera un precio demasiado alto.
No creo que la operación de Trump se alinee con la lógica del mal menor. Si tiene éxito, puede haber transición positiva en Venezuela, pero a costa de debilitar el orden jurídico internacional. Es un precio muy alto.
He conversado con muchos colegas venezolanos estos días. La mayoría dice: “No nos gusta que Trump nos controle ni que se lleve el petróleo, pero es nuestra oportunidad y toda ayuda tiene un coste”.
Les deseo suerte. Venezuela es un país importante. Un ejemplo extremo de corrupción petrolera y de cómo una democracia rica corre riesgo de corromperse.
Un último análisis: Groenlandia. Allí la situación es muy distinta. Territorio de la OTAN y democracia. ¿Cómo debe reaccionar Europa? ¿Debe apostar con todo? ¿Un órdago?
Primero: desconocemos los detalles del acuerdo entre el secretario general de la OTAN y Trump. Se supone que existe. Espero que sea positivo y beneficie la soberanía de Groenlandia y Europa.
La paciencia europea se ha agotado por varias razones. Por ejemplo, Dinamarca, que perdió soldados en Afganistán, y oír a Trump decir: “Los europeos no lucharon en Afganistán”, resulta intolerable. Perdieron cientos allí.
Hay una razón fundamental: evitar que Groenlandia salga de la OTAN.
No es permisible. Otra razón para despertar. Europa debe recuperar su capacidad para actuar como agente histórico. Me sorprende lo débiles que se sienten los europeos y lo fácilmente que aceptan la idea de no tener un objetivo común.
“Estamos a merced de Rusia en el este y de EE.UU. al otro lado del Atlántico”. Me parece un análisis absurdo. Europa es una economía con 450 millones de habitantes. El fatalismo predominante en algunas capitales europeas me preocupa; no refleja la realidad.
«El fatalismo instaurado en algunas capitales europeas no coincide con la realidad»
Curiosamente, Vox, la extrema derecha española, a diferencia de la mayoría de partidos de extrema derecha en Europa, ha evitado criticar a Trump por Groenlandia.
¿En serio? Efectivamente, es curioso. Porque el ataque de Trump contra Dinamarca fue embarazoso para la extrema derecha europea.
Porque son nacionalistas.
Sí. Me sorprende el silencio de Vox en este tema. Vox tendrá que decidir si defiende la soberanía de España o acepta que su país se convierta en un vasallo de Estados Unidos.
En el otro extremo, también hay un problema. En España gobierna una coalición del Partido Socialista con un partido de extrema izquierda. ¿Sería muy perjudicial para España no poder enviar tropas junto a otros aliados?
En la hora decisiva, extrema derecha e izquierda enfrentan el mismo dilema: ¿realmente defienden a España? Esto ocurre en Groenlandia y en España. Si no defiendes la soberanía de Groenlandia, no defendrás la de España. Son temas inseparables.
Por último, una gran contradicción: el presidente Sánchez gobierna con partidos nacionalistas-independentistas. ¿Cómo exigir respeto para la soberanía de Groenlandia si no lo hace para la soberanía de España?
España debe ser firme en defender su soberanía y unidad nacional. Al igual que Canadá.
¿El nuevo orden del neo-royalismo durará lo suficiente para aportar estabilidad?
La cuestión clave para el futuro no es lo que decidan Moscú, Pekín o Washington, sino lo que hagan Ottawa, Madrid, París, Londres, Delhi o Río de Janeiro. Estamos construyendo un mundo nuevo. Ese es el desafío actual.

