
En el vasto universo y pese al desconocimiento que rodea al ser humano respecto al cosmos, una verdad aceptada es que la Luna constituye el cuerpo celeste más próximo a la Tierra.
Esto implica que, en cuanto a otros planetas, estrellas, satélites o cuerpos similares, la Luna es lo más cercano, lo que explica en parte la significativa relación que existe con ella. No obstante, aunque sea el único lugar fuera de nuestro planeta donde la humanidad ha aterrizado, la Luna mantiene múltiples aspectos aún por descubrir.
Uno de estos misterios apareció durante las misiones Apollo, que trajeron a la Tierra muestras del regolito lunar, donde se detectaron restos de compuestos como agua, dióxido de carbono y nitrógeno. Inicialmente, se atribuyó al Sol la procedencia de algunas de estas sustancias; sin embargo, un reciente estudio de la Universidad de Rochester, en Nueva York, sugiere que el campo magnético terrestre podría haber jugado un papel clave.
Los investigadores indican que este campo magnetosférico pudo facilitar el traslado de partículas atmosféricas hacia la Luna. «Esto implica que la Tierra ha estado enviando gases volátiles, como oxígeno y nitrógeno, al suelo lunar durante un periodo prolongado», señaló Eric Blackman, coautor del trabajo.
La detección de elementos esenciales, tales como oxígeno e hidrógeno, en la superficie lunar puede resultar valiosa para la exploración del satélite. «Las misiones lunares y, eventualmente, las posibles colonias que se establezcan ahí requerirán de recursos autosuficientes sin necesidad de trasladarlos desde la Tierra», afirmó Blackman.

