Cuando otros tratamientos no han tenido éxito, la radioterapia puede resultar muy eficaz en diversas enfermedades benignas, como la artrosis, la fascitis plantar o el codo de tenista
Si en la actualidad alguna persona acude al especialista por dolor de artrosis o molestias causadas por una fascitis plantar y recibe una cita para recibir una sesión de radioterapia, es probable que experimente una sensación intensa de incredulidad, confusión y probablemente algo cercano al miedo.
Esta reacción inicial es comprensible, ya que asociamos la radioterapia principalmente con una enfermedad grave como el cáncer. No obstante, este método no se utiliza exclusivamente para esta patología, sino que también tiene aplicación en “enfermedades inflamatorias y degenerativas, tales como la artrosis, la fascitis plantar o ciertas tendinopatías, además de en trastornos proliferativos benignos, como las cicatrices queloideas, la ginecomastia o el síndrome de Dupuytren, así como en indicaciones muy específicas de origen vascular o neurológico”, explica la doctora María Rodríguez Ruiz, especialista en Oncología Radioterápica del Cancer Center Clínica Universidad de Navarra.
“En particular, para las patologías osteodegenerativas e inflamatorias, el tratamiento consiste en administrar dosis muy bajas y focalizadas de radiación”, explica la especialista, quien aclara que “el objetivo no es destruir tejido, sino controlar la inflamación, reducir el dolor crónico y mejorar la función, especialmente cuando otras terapias no han dado resultado”.
Otras enfermedades benignas, “como las hiperproliferativas o algunas del sistema nervioso central, requieren técnicas radioterápicas distintas y más específicas, que se evalúan de forma individual”, añade.
Una lista abierta
El conjunto de enfermedades no oncológicas en las que la radioterapia se emplea no está cerrado; por ello, “lo más aconsejable es consultar con un especialista en oncología radioterápica, quien podrá analizar cada caso particular y establecer si la radioterapia es adecuada para ese paciente”.
En términos generales, las indicaciones no oncológicas de la radioterapia, según la doctora, se pueden dividir en tres grandes categorías:
- Primero, las enfermedades inflamatorias y degenerativas, donde se utilizan dosis muy bajas con efectos antiinflamatorios y analgésicos. En este grupo se incluyen, entre otras, la artrosis dolorosa, la fascitis plantar, el espolón calcáneo, la bursitis, el hombro doloroso o las tendinopatías y entesopatías como el codo de tenista. El principal propósito es aliviar el dolor, disminuir la inflamación y mejorar la funcionalidad, especialmente cuando los tratamientos anteriores han sido insuficientes.
- El segundo grupo corresponde a trastornos proliferativos benignos, caracterizados por un crecimiento anómalo del tejido. Ejemplos son las cicatrices queloideas, la ginecomastia dolorosa, el síndrome de Dupuytren o de Ledderhose y la prevención de la osificación heterotópica tras ciertas cirugías ortopédicas, como en prótesis de cadera. En estos casos, la radioterapia contribuye a prevenir recidivas y a limitar el crecimiento excesivo del tejido.
- El tercer grupo abarca patologías benignas del sistema nervioso central, como meningiomas o neurinomas (schwannomas vestibulares), donde la radioterapia puede ser una opción alternativa a la cirugía o un complemento a esta. En este ámbito también se exploran nuevas aplicaciones de la radioterapia a bajas dosis en enfermedades no tumorales, como el Alzheimer. Los primeros ensayos clínicos han aportado resultados prometedores, aunque es importante destacar que se trata de una fase muy inicial y no puede considerarse aún un tratamiento clínico estándar.
La clave está en la dosis
El enfoque para emplear la radioterapia en estas enfermedades benignas difiere del aplicado en el cáncer. En estos casos, “se utilizan dosis bajas y focalizadas, cuyo objetivo no es destruir tejido sino controlar la inflamación, aliviar el dolor y mejorar la funcionalidad de la zona afectada. Por ello, el número de sesiones suele ser menor”.
En contraste, “en el tratamiento oncológico se aplican dosis elevadas con la finalidad de eliminar células tumorales o detener su crecimiento. Estos procedimientos requieren generalmente más sesiones y un seguimiento más riguroso”, añade la doctora.
En síntesis, en oncología “el fin es erradicar células tumorales, mientras que en patología benigna se pretende regular procesos inflamatorios y mejorar la función, lo que repercute positivamente en la calidad de vida del paciente”, concluye Rodríguez.
Complementar, no sustituir
Más allá de su eficacia y adecuación, es fundamental comprender que “la radioterapia en patologías no oncológicas no reemplaza otros tratamientos”, advierte la especialista, quien apunta que su propósito es “complementar las opciones terapéuticas cuando los métodos convencionales han resultado insuficientes o inapropiados para el paciente”. Añade además que “hace décadas que se utiliza en países como Alemania con resultados positivos y está avalado por sociedades científicas internacionales”.
¿Por qué puede ser un buen complemento?
El uso creciente de la radioterapia fuera de tratamientos oncológicos se explica por las múltiples ventajas que ofrece. Entre ellas, la doctora destaca las siguientes:
- Eficacia cuando otros tratamientos fallan. En diversas enfermedades benignas inflamatorias o degenerativas, como artrosis dolorosa, fascitis plantar o tendinopatías, la radioterapia a bajas dosis ha evidenciado mejoría del dolor crónico y la funcionalidad, incluso en pacientes que no respondieron a medicamentos, fisioterapia o infiltraciones.
- Tratamiento no invasivo y bien tolerado. A diferencia de la cirugía, la radioterapia no requiere incisiones ni anestesia, es indolora, ambulatoria y permite continuar la vida diaria sin grandes limitaciones. Las sesiones son breves, generalmente de pocos minutos, con mínimo impacto en la rutina del paciente.
- Perfil de seguridad favorable. Con las dosis bajas empleadas en patologías benignas, la posibilidad de efectos secundarios significativos es muy baja, y la literatura no registra casos relevantes de tumores inducidos por estas dosis específicas.
- Reducción del dolor y mejora de la calidad de vida. Numerosos estudios clínicos y series de casos muestran altas tasas de alivio del dolor y mejoría funcional (70-80% de los pacientes tratados) con un perfil de toxicidad bajo.
- Opción para pacientes con limitaciones en terapias. La radioterapia es especialmente útil en personas con contraindicaciones a medicamentos, problemas digestivos o cardiovasculares que restringen otras terapias, o en quienes prefieren evitar cirugía.
Seguro y bien tolerado
Ante los beneficios descritos, es importante clarificar si la radioterapia provoca efectos secundarios relevantes. En este sentido, la doctora transmite un mensaje tranquilizador: “Se trata de un tratamiento seguro y bien tolerado, con efectos secundarios en general casi inexistentes”.
En particular, “lo más habitual es un enrojecimiento leve en la piel, que desaparece de forma espontánea, y a largo plazo la probabilidad de fibrosis o alteraciones cutáneas es muy baja (menos del 0,006%), al igual que el riesgo de desarrollar segundos tumores”, explica la especialista. Esto se debe a que “se aplican dosis bajas y muy precisas, por lo que los efectos adversos habitualmente son mínimos”.
Por otro lado, “en trastornos proliferativos, como la ginecomastia benigna, cicatrices queloideas o el síndrome de Dupuytren, donde la dosis es algo mayor, la toxicidad continúa siendo localizada y reversible, pudiendo presentarse enrojecimiento, induración o cambios en la pigmentación que, en la mayoría de los casos, son leves y bien tolerados”, puntualiza.
No siempre es la mejor alternativa
Aunque es un tratamiento seguro, con toxicidad prácticamente nula, la especialista no recomienda radioterapia en procesos benignos en las siguientes situaciones generales:
- Embarazo: debido al riesgo potencial para el feto.
- Pacientes pediátricos o muy jóvenes con patologías benignas: por mayor riesgo de desarrollar segundas neoplasias.
- Síndromes con predisposición genética al cáncer o radiosensibilidad aumentada (por ejemplo, mutaciones en TP53/Li-Fraumeni, ATM, etc.).
- Enfermedades del tejido conectivo con fibrosis marcada, especialmente esclerodermia, dado que la toxicidad puede ser mayor.

