Instrucciones finales del último ‘lord’ del PP a Feijóo: propuestas clave para reforzar la monarquía parlamentaria

Guillermo Gortázar fue secretario de Formación en tiempo de José María Aznar. Era historiador y escritor.

Guillermo Gortázar, historiador y político, entregó a Feijóo una serie de reformas destinadas a salvaguardar la monarquía parlamentaria.

En su más reciente publicación, Gortázar critica el avance del sistema español hacia un presidencialismo desmedido y sugiere retomar un modelo que garantice un mayor equilibrio de poderes.

Entre sus recomendaciones se encuentran que la residencia presidencial deje de ser La Moncloa y la propuesta de que el cargo del presidente adopte el título de primer ministro.

Asimismo, Gortázar cuestionó el control estricto ejercido por los partidos y defendió el respeto hacia las instituciones y la restauración de los contrapesos democráticos.

Tras dedicar tantos años, cerca de veinte o más, a elaborar la biografía del Conde de Romanones, Guillermo terminó adquiriendo un aire similar. Con una elegancia equivalente, aunque con mejor cabello. Siempre lucía gemelos en la camisa, en ocasiones botones dorados en las mangas de la chaqueta, y sin importar lo que ocurriese, el pañuelo en la solapa era un elemento constante.

Es probable que resultara más sencillo ver a Guillermo Gortázar (1951-2026), nuestro Guillermo, sin el pañuelo adornando su pecho que con él. Conviene iniciar su obituario de esta manera, a modo de provocación, porque al saludar, parecía sorprender con alguna anécdota rebelde.

Una de sus favoritas… En uno de esos clubes de lores que solía frecuentar, existe una escalera empinada y curvada con una placa dedicada a los caídos en la Guerra Civil. Y Guillermo solía decir: “Dice que todos murieron en la guerra, pero en realidad murieron todos al caer por la escalera”.

El título de su obra sobre los meses de julio y agosto de 1936 en San Sebastián, el San Sebastián desde la Corte hasta Checa, fue: “Un veraneo de muerte” (Renacimiento, 2024).

Es también pertinente asignar una misión a la despedida de nuestro Guillermo —“nuestro” porque escribió en el periódico desde su fundación—. Como doctor en Historia, se sumergía en amplios volúmenes de documentos y extensas entrevistas para encontrar en el pasado métodos que aportasen soluciones a la encrucijada actual.

Su obra más reciente consiguió abrir debates relevantes en la esfera política que ahora detallaremos. Antes de que la enfermedad le afectara, Guillermo tuvo dos satisfacciones concretas: su libro ya estaba en manos de Feijóo y Stanley G. Payne.

Payne, uno de sus mentores, le envió un mensaje alentador.

Lo reproduzco, aunque sé que a Guillermo probablemente no le hubiera gustado. Lo hago para reflejar la estatura de su obra literaria. Eso, al tratar con los fallecidos, siempre debería ser posible. El libro se titula “El cesarismo presidencial” (Renacimiento, 2025).

Payne le dijo: “Recibí tu libro hace dos días y desde entonces he dedicado todo el tiempo libre a su lectura minuciosa línea por línea. Es una obra analítica e interpretativa sobresaliente, página a página, la mejor, en mi opinión, sobre el tema. Esperemos que produzca algún impacto práctico”.

En ese mensaje se reflejaban las dos vocaciones de Guillermo: historiador y político. Tuvo mayor éxito en la primera faceta que en la segunda.

Guillermo fue un joven que, sin militancia definida, frecuentaba la izquierda comunista en su juventud. Luego se doctoró en Estados Unidos, donde adoptó ideas liberales. Aznar, a principios de los noventa, percibió esa frescura y lo incorporó como responsable de Formación en el partido.

Ejerció como diputado entre 1993 y 2001.

“El cesarismo presidencial” fue uno de sus libros de escritura más rápida, aunque se preparó toda la vida para ello. Representaba su diagnóstico, la constatación minuciosa e irrefutable de un fenómeno: la transformación gradual de la monarquía parlamentaria española en una monarquía presidencial.

En términos menos formales: nuestro sistema, definido en la Constitución como monarquía parlamentaria, opera en la práctica como un sistema presidencialista, con el presidente y el poder ejecutivo posicionados por encima del legislativo y del judicial.

Esta tendencia —la erosión progresiva del régimen para blindar y fortalecer al presidente— no ha sido corregida por ninguno de los mandatarios por intereses propios. Sánchez, aprovechando esta dinámica, la ha llevado a su máximo nivel.

Las conclusiones de este ensayo, que a continuación expondremos, fueron remitidas a Feijóo, quien se comprometió verbalmente en el Congreso —aunque no se sabe si habló directamente con Guillermo— a implementar algunas de estas reformas necesarias. No todas las que mencionaremos.

Porque lord Guillermo —y cómo se reía cuando lo llamábamos así— tenía un aire británico en cuanto al respeto por las instituciones, la primacía del Estado de Derecho y la valorización de un Estado robusto protegido frente a los aventureros.

Todos los presidentes, desde Suárez hasta Sánchez, unos más que otros, han intentado neutralizar las instituciones diseñadas para controlarlos.

Sería deseable que Feijóo, guiado por el legado de los que ya no están, llevara a cabo las propuestas de Guillermo hasta su conclusión.

Todo se empezó a gestar —según contaba lord Guillermo— durante la redacción de la Constitución. Según él, Fraga y Cisneros, muy a la inglesa, propusieron el título de “primer ministro”, pero fue inviable en un país con fuerte tradición presidencialista que además emergía de un régimen caudillista.

Poco después, en 1977, Suárez decidió trasladar la residencia presidencial a La Moncloa, un lugar que antes había sido escenario de orgías organizadas por agrónomos —esto contó Ónega—.

Con ello quedó sellado un principio fatal: en España, ya no existía un primer ministro, es decir, un responsable máximo del poder ejecutivo equilibrado con los otros poderes. En cambio, había un presidente que residía en una mansión fortificada fuera de la ciudad.

Desde que accede al cargo, el presidente empieza a vivir en “la ciudad prohibida”, como decía Guillermo. “Pierden contacto con la realidad desde el primer día”. Señalaba que la seguridad podría garantizarse en residencias más accesibles, como el chalet de Downing Street.

Moncloa —que probablemente visitó en época de Aznar— le causaba gran nerviosismo por su decoración. En Reino Unido, al entrar en la residencia de Thatcher, observó que la tradición nacional se reflejaba en los cuadros colgados en las paredes.

“En Moncloa no sabes si estás en Suiza, Suecia o España. Todo parece sacado de Ikea y Joan Miró”, expresaba.

Su primera propuesta: que La Moncloa deje de ser la residencia presidencial; que el presidente regrese a la ciudad, a la realidad.

La segunda: que el cargo de presidente adopte la denominación de primer ministro.

Con esta medida, podría resolverse otro problema que indignaba a Guillermo: la constante pretensión de los presidentes de presentarse como jefes de Estado. En su libro apunta varios casos de mandatarios tanto de izquierda como derecha recibiendo a jefes de Estado extranjeros en igualdad de condiciones.

Suplantando así al Rey.

“¡Se colocan saludando al lado del Rey! ¡Es un escándalo! ¿Qué hacen ahí? Deberían ir como uno más, hombre”, me decía lord Guillermo la última vez, en un lugar donde se exige corbata para entrar. Lord Guillermo persuadía al portero para que permitiera el acceso al periodista encargado de la entrevista. “Hombre, entienda que son periodistas”, decía, usándolo como sinónimo de desaliñados.

Y tenía razón.

Guillermo Gortázar, durante un momento de la entrevista.

Pero no nos detengamos en lo superficial. Guillermo afirmaba: “Aunque el sistema pretendido era la monarquía parlamentaria, Suárez heredó del franquismo la idea de la concentración del poder. Esa tradición ha dominado desde entonces. Una tradición caudillista que considera al gobierno como absolutamente decisivo”.

Vino la ley electoral, que asignó las provincias como circunscripciones y estableció listas cerradas, dejando a los líderes de los partidos el control total sobre sus diputados. Este control se intensifica si hay poder que distribuir. Véase hoy al PSOE.

Luego, el reglamento del Congreso de los Diputados siempre favorece al presidente: control ilimitado del tiempo de intervención, control de la Mesa y, por tanto, del calendario y dirección de la Cámara…

Un supuesto primer ministro que amordaza semanalmente el poder legislativo. Y no se refería Guillermo solo a Sánchez.

Lord Guillermo mencionaba de manera rápida la anulación de controles que va logrando el presidente: el Tribunal Constitucional, el CGPJ, la ley electoral, los nombramientos en instituciones públicas…

“¿Cómo puede ser esto una monarquía parlamentaria? Somos otra cosa: un cesarismo presidencial, más evidente hoy que nunca”, concluía. Las reformas propuestas por lord Guillermo buscan reactivar ese sistema de contrapesos que debería existir en España.

“¿Entonces hay que modificar la Constitución de manera profunda?”, le pregunté.

Me respondió: “No. La Constitución no es responsable de la deriva del sistema instaurado en 1978. La culpa, en mi opinión, reside en la deslealtad de los nacionalismos y en la concentración desmesurada de poder en el gobierno, fomentada por varios presidentes”.

Su diagnóstico sobre el funcionamiento de los partidos era también certero. Los denominaba politburós. Incluso al suyo, el PP. Esa maraña de compromisarios, que no son más que extensiones del presidente provincial, quienes a su vez son extensiones de los jefes autonómicos, y estos, a su vez, extensiones del líder supremo.

“En el PP solo ha habido dos momentos de ruptura democrática: cuando Hernández-Mancha venció al oficialista Herrero de Miñón y cuando Casado ganó a Soraya”, afirmaba.

Y una de sus anécdotas provocadoras: me contó que en los noventa se reía cuando un colega, cada vez que visitaba a Aznar, decía: “Voy a ver a mi verdadero votante”. Su único votante real. Lo demás, en la lista, era mera formalidad.

En su época, a esos compañeros poco cultos, sedientos de poder y dispuestos al halago más servil se les llamaba “corchos”. Hoy, decía Guillermo, los partidos están plagados de corchos que flotan cerca del líder. “Por eso, cuando hay escándalos de corrupción, los miembros no denuncian, sino que se vuelven cómplices”.

Admiraba a Merkel, que, siendo miembro, denunció a Kohl, un mito sagrado.

Me proporcionó un dato impactante, que no había considerado: todos los presidentes autonómicos del PP, excepto María Guardiola y Gonzalo Capellán, provienen de Nuevas Generaciones.

Lord Guillermo daba por perdida la posibilidad de que la gente de Vox volviera al PP en un futuro próximo. Por eso, apostaba por un pacto sin complejos con ellos, siempre respetando estrictamente la Constitución, y procurando encauzarlos en el ejercicio del poder, para centrar sus posturas.

“Es sorprendente que el PP sea criticado por la posibilidad de este pacto, teniendo en cuenta los pactos que hace el PSOE. Los nacionalistas periféricos deberían estar fuera de la gobernabilidad de España. No hay que tener reparos en decirlo”, me señaló en la última entrevista.

Hacía este paralelismo: “La división entre PP y Vox parece consolidarse. Esto remite al inicio de la Transición, cuando existían UCD y Alianza Popular. Ambas agrupaciones abarcaban un electorado amplio. La suma de ambos proyectos puede conformar una alternativa, esperemos que moderada, a la socialdemocracia”.

Yo le respondía, discutimos un rato, que Vox no es compatible con la moderación y que, precisamente, es un partido nacionalista.

Guillermo Gortázar, lord Guillermo, nuestro Guillermo, tomaba muy en serio el respeto a las instituciones y el funcionamiento democrático de las organizaciones. Tanto que, cuando Aznar eligió a Rajoy con un dedazo, él se marchó.

Ahora, era un conspirador abierto, si es que se puede decir así. Un hombre entregado a sus libros y a intentar inculcar la vocación de la monarquía parlamentaria en los suyos, los liberal-conservadores.

El problema es que, al observar el Congreso, queda claro que Guillermo Gortázar era prácticamente el último de su clase.

Cuando nació Romanones (1863), el viaje en diligencia de Madrid a San Sebastián duraba 56 horas. Cuando falleció Romanones (1950), ya existían vuelos intercontinentales.

Cuando nació Guillermo Gortázar (1951), la democracia era orgánica; es decir, no era democracia real. Al morir Guillermo Gortázar, la democracia es una monarquía parlamentaria. Solo resta aplicarla en la práctica.

Moviendo el pañuelo en la solapa de sus americanas.

Hasta siempre, Guillermo.

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