Descubrimiento clave sobre el deterioro cognitivo vinculado al 30% de los casos de demencia

Hasta ahora, se agrupaba junto al alzhéimer, pero LATE representa más del 10% de los diagnósticos en mayores de 65 años y afecta entre el 25% y el 40% de quienes superan los 85 Foto: Un banco de cerebros. (EFE/Archivo) EC EXCLUSIVO

Un subtipo de demencia relativamente reciente en su reconocimiento está impulsando una revisión del concepto que se tiene sobre el deterioro cognitivo en el envejecimiento. Este nuevo enfoque perfecciona el diagnóstico, evidenciando que no todo lo que se confunde con alzhéimer corresponde a esta enfermedad y, a su vez, pone sobre la mesa una cuestión desafiante para la medicina: para mejorar el tratamiento de la demencia, será necesario contar con varias modalidades terapéuticas.

Esta patología se denomina LATE (acrónimo de Limbic-predominant Age-related TDP-43 Encephalopathy), y en 2025 se han establecido los primeros criterios clínicos que facilitan a los profesionales médicos su identificación en pacientes vivos.

De acuerdo con las recientes directrices médicas, LATE representa más del 10% de los diagnósticos en individuos mayores de 65 años y afecta entre el 25% y el 40% de las personas que superan los 85 años. Los especialistas resumen que esta enfermedad es responsable de un tercio de los casos de demencia en adultos mayores.

Por este motivo, los científicos están planteando que una parte de los diagnósticos de alzhéimer en edades avanzadas podrían estar “contaminados” por LATE o bien por combinaciones en las que el alzhéimer no es la única causa del deterioro. De hecho, las nuevas pautas surgen como respuesta a una problemática creciente en la clínica: cuadros de memoria y funciones cognitivas que se asemejan al alzhéimer, aunque sin ajustarse completamente a este diagnóstico.

Qué es LATE y por qué su diagnóstico es complejo

“Se trata de un cuadro de demencia identificado hace poco tiempo”, comenta a El Confidencial David Pérez, integrante del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Su origen se encuentra en los estudios anatomopatológicos: al analizar cerebros de personas muy longevas con pérdida de memoria, se detectó que un porcentaje considerable no presentaba las lesiones clásicas del alzhéimer, sino una marca biológica diferente.

El neurólogo señala que la clave está en la proteína TDP-43, descubierta en 2006 en diversas enfermedades neurológicas, como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Esta proteína se acumula de forma anormal en el sistema límbico, áreas cerebrales esenciales para la memoria, generando un cuadro clínico parecido al alzhéimer, pues induce un deterioro progresivo principalmente amnésico.

Según Pérez, el aspecto más distintivo radica en que LATE evoluciona generalmente de manera más lenta y, frecuentemente, con menor severidad que un alzhéimer típico. Afecta mayormente la memoria, en menor medida otras funciones cognitivas, y suele provocar menos alteraciones conductuales. Su manifestación más común se observa en personas mayores de 80 años, con una memoria comprometida de forma aislada durante años.

En cuanto a la distinción respecto a otras demencias basándose en síntomas, Pérez enfatiza que “no existe un signo patognomónico”. En la práctica clínica, sin biomarcadores, lo que se puede hacer es generar una sospecha: pacientes de edad avanzada que comienzan con afectación de memoria aislada, permanecen relativamente estables durante años y no desarrollan déficits adicionales ni cambios conductuales significativos en etapas tempranas.

Sin embargo, el factor crucial es otro: a edades avanzadas, explica, no es común que exista una sola patología. Muchos cerebros presentan patologías mixtas: LATE junto con lesiones vasculares, y/o en combinación con la biología del alzhéimer, y/o con otros procesos adicionales. Esta combinación justifica que un PET amiloide positivo en un mayor de 85 no siempre clarifique la pregunta clínica central: ¿qué proporción del deterioro se debe al alzhéimer y cuál a otro proceso?

Causas, diagnóstico y abordaje terapéutico

Sobre el origen, Pérez es categórico: el mecanismo inicial permanece desconocido. Esto ocurre con LATE y otras demencias, pues aunque se conoce qué proteínas se acumulan, dónde y con qué consecuencias, no se ha identificado el desencadenante final. La hipótesis más aceptada apunta hacia procesos neuroinflamatorios como posible factor detonante temprano, aunque sigue siendo especulativa.

En cualquier caso, el principal desafío ha sido el diagnóstico. Durante muchos años, señala Pérez, solo era posible confirmarlo de manera post mortem, analizando el cerebro tras la muerte, ya que en vida el diagnóstico resulta complejo debido a la superposición con el alzhéimer.

Sin embargo, para identificarlo, existe un atajo útil en medicina: los biomarcadores del alzhéimer. En la última década, se han popularizado pruebas que permiten detectar, directa o indirectamente, la biología característica del alzhéimer (amiloide y tau) mediante análisis de líquido cefalorraquídeo o PET. ¿Por qué esto es relevante para LATE? Porque, en gran medida, el diagnóstico se basa en una “probabilidad”: cuadro amnésico, atrofia hipocampal marcada y biomarcadores de alzhéimer negativos para afinar la sospecha.

En España, añade Pérez, existe un aspecto práctico: estos biomarcadores se han utilizado más en pacientes relativamente jóvenes con incertidumbre diagnóstica, deterioro cognitivo leve o para su inclusión en ensayos clínicos. En mayores de 80 años, donde la probabilidad de LATE es mayor, su uso rutinario ha sido menor, debido a factores como costo, accesibilidad, perfil asistencial y prácticas clínicas tradicionales.

Esto podría modificarse próximamente por dos motivos que Pérez destaca: la posible introducción y popularización de biomarcadores plasmáticos (análisis sanguíneos) para detectar biología compatible con alzhéimer, un avance importante por ser menos invasivo que una punción lumbar y más accesible que un PET.

Además, señala la presión terapéutica: si las terapias antiamiloide para el alzhéimer se extienden, será imprescindible confirmar la presencia de amiloide antes de iniciar un tratamiento dirigido.

Por ello, cuando se consulta al neurólogo español sobre si existen tratamientos actualmente, explica que el abordaje es primordialmente sintomático, con fármacos empleados en demencias (como inhibidores de la acetilcolinesterasa) y terapias para problemas conductuales o alteraciones del sueño cuando se presentan, además de medidas no farmacológicas como el ejercicio físico y la estimulación cognitiva. La distinción entre LATE y alzhéimer se vuelve crucial al considerar el acceso a tratamientos antiamiloide, ya que no tiene sentido administrar un tratamiento propio del alzhéimer a pacientes sin biología amiloide.

Eso sí, aunque no existe ningún fármaco específico para LATE en el mercado, actualmente se desarrolla en la Universidad de Kentucky (EEUU) el primer ensayo clínico para un tratamiento, utilizando nicorandil, un medicamento aprobado en Europa y Asia para tratar la angina de pecho.

El descubrimiento de LATE

El reconocimiento de LATE surgió tras una convocatoria en 2018, cuando el patólogo Pete Nelson reunió a cerca de 35 investigadores internacionales para evaluar la creación de un nuevo diagnóstico no vinculado al alzhéimer, basándose en datos de autopsias cerebrales y otras investigaciones.

En una entrevista con El Confidencial, Nelson describe cómo observaba “” de cerebros autopsiados con evidencias de una enfermedad diferente a las conocidas, y que necesitaba un diagnóstico para que tanto familiares como clínicos comprendieran el origen. “Lo que me motivó fue la falta de diagnóstico en el 30% de los casos de demencia”, explica el investigador.

El resultado se concretó en 2019: el grupo publicó un informe de consenso que oficializó el término Limbic-predominant Age-related TDP-43 Encephalopathy (LATE) y estableció pautas para su diagnóstico neuropatológico y estadiaje.

Nelson defiende que no se trataba meramente de un cambio nominal, sino de un conjunto diferenciado de hallazgos, factores de riesgo y epidemiología. Destaca un punto crucial: LATE puede simular alzhéimer en la consulta pero, sin embargo, no es lo mismo. También subraya lo clínico: si LATE aparece como “puro”, suele progresar lentamente; en cambio, cuando coexiste con alzhéimer, el deterioro puede ser más rápido. Finalmente, apunta una implicación práctica: el diagnóstico guía el pronóstico y define quién puede beneficiarse de fármacos diseñados para el alzhéimer.

En esencia, LATE obliga a replantear una interrogante antes considerada resuelta: cuando una persona mayor empieza a perder memoria, ¿siempre estamos ante el mismo proceso? Las nuevas guías y el impulso de la investigación indican que no, y que el futuro del tratamiento reside precisamente en abandonar la idea de que la demencia es un fenómeno único y uniforme.

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