La postura expansionista de EE. UU. respecto al territorio danés remite a las actitudes intervencionistas de los grandes imperios del siglo XIX
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La época de los grandes imperios concluyó con el término de la Primera Guerra Mundial, aunque no así el deseo mundial de expansionismo. Más territorios en nombre de la “seguridad nacional” (como sostiene el Gobierno de Trump con Groenlandia); más tierras bajo la justificación de “nuestra tierra” (término empleado por Putin respecto a Ucrania); más áreas en busca de “recursos estratégicos” (como justificó Hirohito el ataque a Pearl Harbor). Es justo ese ‘espacio vital’ (Lebensraum, concepto original originado en Alemania) al que apelan quienes se guían por la ley del más fuerte.
“Vivimos en un mundo, en el mundo real… regido por la fuerza”, declaraba textualmente el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller a la CNN el día de Reyes Magos, semejante al niño que reclama su regalo de Navidad mediante una carta supervisada por sus padres: un territorio danés autónomo llamado Groenlandia.
Sin embargo, esta no es la primera ocasión en la que Estados Unidos intenta obtener un territorio que no le pertenece, ya sea adquiriéndolo o invadiéndolo. El estado número 49, Alaska, fue incorporado mediante una transacción llevada a cabo por el entonces secretario de Estado, William Seward, con Rusia por 7,2 millones de dólares. Esta suma supera la oferta inicial de EE. UU. para adquirir Groenlandia: un año después de la compra (1869) y por 5,5 millones de euros. Pero, ¿qué motivó a Estados Unidos a comprar lo que se convertiría en el territorio más extenso del país?
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