Movimiento Revolucionario Oriental title

Informe y propuesta para un movimiento político

…la transformación de la sociedad no será una cuestión evolutiva sino de saltos revolucionarios. Que la clase para ello necesita una organización (partido) de vanguardia y una teoría de vanguardia; que a la primera fase de la revolución comunista -llamada socialismo- es a la que corresponde el establecimiento de la dictadura del proletariado. Que el proletariado triunfante debe establecer su dictadura de clase (que a su vez es la más amplia democracia) para asegurar la auto-educación de toda la sociedad y preparar las condiciones para el arribo de la segunda fase, la sociedad comunista.

Movimiento Teresa Rodríguez (Argentina) – 11.03.08

Quizás esté de más repetir la importancia para nuestra organización de este debate; pero a riesgo de ser reiterativos, creemos que lo que estamos proponiendo hoy tiene tanta importancia como aquellas de hace 10 años atrás cuando pusimos en marcha nuestro Movimiento. Como dice la sabiduría popular, mucha agua ha corrido bajo el puente desde aquellos años. Era época en la que se comenzaba a ver los resultados de las ideas que impuso el neoliberalismo: privatizaciones, desregulaciones, “libre mercado”, desnacionalizaciones, desocupación, abandono del Estado de su responsabilidad social, etc, etcétera. Quebrada la bipolaridad con el derrumbe de la ex URSS y el llamado bloque socialista, emergía el dominio absoluto del imperialismo norteamericano. Hoy, empantanado en Afganistán, derrotado en Irak (donde está buscando la forma de retirarse lo menos humillado posible), con un endeudamiento catastrófico y una recesión (y posible inflación) en curso, con una China e India que crecen a un 10% anual, lo mismo que Rusia, y que comienzan a cuestionar su hegemonía, derrotado el ejército más fuerte de Medio Oriente (el israelí) por las milicias del Hezbollah, el mundo parece encaminarse a un nuevo escenario, caracterizado por la multipolaridad. El propio George Soros acaba de plantear en Davos que la crisis supone pensar el fin del dólar como moneda internacional de reserva. En 15 años pasamos de un escenario caracterizado por la paridad EE.UU.–URSS, que impuso al capital la necesidad de un Estado “benefactor”, a otro donde quebrada esa paridad pudo reinar el fundamentalismo de mercado, con las consabidas consecuencias nefastas para las masas trabajadoras. Hoy, producto de la resistencia de los pueblos y de la aplicación de las tesis neoliberales acerca de las bondades de la “mano invisible del mercado”, las desregulaciones y otras “delicias” capitalistas, las economías más desarrolladas –con EE.UU. a la cabeza- se encuentran a las puertas de una crisis. La que por el tipo de interconexión intra-capitalista – y por el volumen de la economía yanki- afectará no sólo el comercio mundial sino al conjunto de naciones e implicará, muy posiblemente, una nueva redefinición del mundo. Así lo manifestaron en Davos los principales magnates en enero de este año; pero cinco meses atrás –el 3/08/07- Fidel Castro en sus Reflexiones traía a colación el artículo del Coronel General ruso Leonid Ivashov (Vicepresidente de la Academia de Problemas Geopolíticos) publicados por Ria Novosti en julio de ese año, donde éste planteaba: “para neutralizar la hegemonía mundial (norteamericana) es preciso construir un polo alternativo, y ya existe un fundamento para hacerlo: la Organización de Cooperación de Shangai”. Ivashov agregaba “al imperio estadounidense podría oponerse únicamente una alianza de civilizaciones: la rusa, la china, la hindú, la islámica y la latinoamericana”; y remataba: (este) “es un espacio inmenso en el que podríamos crear mercados más equitativos, nuestro propio sistema financiero, nuestro engranaje de seguridad colectiva y nuestra filosofía…”. Como vemos, un claro planteo camino a una nueva configuración del mundo, la cual implica la posibilidad grande de roces entre la hoy declinante potencia dominante y el resto de Estados con intereses en un nuevo mapa geopolítico. La caída de la tasa de ganancia en las metrópolis viene empujando desde hace años a las empresas transnacionales a radicarse y explotar mano de obra de la llamada periferia del capitalismo. Y si bien las ganancias continúan “subsidiando” a la aristocracia obrera de las metrópolis, ese subsidio cada día es más restrictivo, selectivo, bajo, y, lo fundamental, esas economías casi no crecen además de ser sociedades que se avejentan aceleradamente. Marchamos a un cuadro decididamente nuevo, donde tiende a desaparecer el gendarme único, donde las tensiones entre distintas potencias –y el crecimiento de la clase obrera a nivel mundial- parece dibujar un panorama más favorable al avance revolucionario. En ese cuadro América Latina viene siendo recorrida por una fuerte marea antiimperialista Así es que hemos visto caer gobiernos identificados abiertamente con las políticas de Washington y surgir expresiones cuestionadoras de las mismas, algunas identificadas discursivamente con el socialismo. La asunción de Lula en Brasil, de Chávez en Venezuela, Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia y Correa en Ecuador dan testimonio de lo antedicho configurando un cuadro distinto al de los años 90, más allá de las limitaciones políticas que algunos de ellos han ido perfilando en estos tiempos. Decimos mas allá de ello porque lo central de la situación no es tanto lo que pasa en la superestructura política, sino en la base, con un estado de insurgencia popular permanente y que ha hecho que en algunos países varios presidentes hayan sido derrocados con la acción directa, poniendo en crisis el sistema de representación, haciendo más difícil la tarea de reconstrucción institucional de la burguesía, aunque esto dependerá mucho de los antecedentes de cada experiencia. En este sentido no es lo mismo Bolivia, Ecuador –y la Argentina- que Uruguay o Brasil, donde el movimiento de masas estuvo, y está, más atado a la acción institucional que a la acción directa. El conjunto de esta situación abre posibilidades a Cuba socialista de superar los efectos del bloqueo a que la viene sometiendo el imperio yanqui; aunque esto llega en momentos en que la instauración del llamado “período especial” –y los errores de política económica, reconocidos por el propio Fidel, en tiempos de la URSS- han sembrado verdaderas bombas de tiempo en el seno de la Revolución Cubana. La apertura del turismo –como forma de obtener las divisas necesarias para la compra de lo que no se produce en Cuba-, la asociación de empresas estatales cubanas con empresas monopólicas extranjeras (por ejemplo, para la exploración y extracción de petróleo), tanto como el envío de divisas desde los familiares instalados en Miami –entre otras cosas- ha dado lugar a la aparición nuevamente en Cuba de diferencias sociales. Así es que quienes cobran o acceden a los dólares pueden obtener en el mercado paralelo lo necesario para un pasar más confortable, mientras quienes dependen sólo de la retribución del Estado y de la cartilla de racionamiento se encuentran en una clara situación de desigualdad. Esto ha llevado, entre otras cosas, a la reaparición de la prostitución, que la revolución había logrado desterrar hacía tiempo. Este cuadro hace que aquel que produce algo no lo entregue al Estado para su reparto social sino que lo oculte para venderlo luego en el mercado negro, lo que le permite hacerse también a él de dólares. Contradictoriamente este peligro se acentúa en momentos en que la economía cubana crece a ritmos superiores al 7%, o sea, a mayor ritmo que el de nuestro país y en que los derechos básicos como educación, salud y protección a la niñez y la ancianidad siguen garantizados, cosa que no se da no sólo en ningún país de América Latina sino en casi ningún sitio del mundo. Hoy prácticamente ha desaparecido el racionamiento eléctrico, se ha modernizado el parque de electrodomésticos hogareños y está en vía de resolverse el tema del transporte automotor gracias a acuerdos alcanzados con la República Popular de China. Una seria limitante es que ese crecimiento “no involucra a la industria ni a la agricultura”. Cuba en los años 70 “producía bienes de capital para la agroindustria; el 95% de las piezas de las máquinas de la industria azucarera y el 100% de las cosechadoras de caña de azúcar”. “Hoy 1/3 de la tierra cultivable no está sembrada, mientras se importa el 50% de los alimentos que se consumen….la flota pesquera quedó en el recuerdo (mientras) el pescado se ha vuelto un bien de lujo, al igual que la carne vacuna”. La instalación del mercado paralelo ha traído como consecuencia la aparición de la corrupción y el robo en pequeña escala. Todo esto es lo que llevó al Comandante Fidel Castro a afirmar en noviembre de 2005 que “ninguna invasión podría derrotar a la Revolución; pero (que) este país y esta Revolución pueden autodestruirse”. Es muy difícil poder separar de esta realidad el viraje que se ha venido produciendo en la política internacional de la Revolución cubana; cuestión verificable en lo que se refiere a su posicionamiento con las organizaciones que han mantenido en alto las banderas de la Tricontinental y la OLAS. Puede ser entendible la relación Estado–Estado, pero algunas definiciones políticas que identifican sin más ni más a algunos gobiernos de la región como la encarnación del socialismo o el antiimperialismo, sin duda que confunden más que ayudan a distinguir los blancos donde concentrar el fuego de la crítica. Esto se viene manifestando también en el papel destacado que se le brinda a expresiones del campo popular decididamente reformistas y conciliadoras con el gran capital, en detrimento de los luchadores socialistas. Todo este cuadro es lo que hace que la contrarrevolución se frote las manos con la salud de Fidel, imaginando que a su muerte se desate en Cuba un proceso de abierto retroceso al capitalismo, tal cual se conoció en la ex URSS. Nos parecía importante señalar esta situación pues una crisis de esta naturaleza de la revolución va a ser explotada por el imperialismo para golpear sobre la conciencia y el corazón de millones de explotados intentando convencernos de que no vale la pena luchar; que el cambio social es imposible, en el marco de una situación nuevamente favorable para el desarrollo de las ideas revolucionarias. El despliegue, y posterior retroceso, de la mayoría de los procesos revolucionarios que conocimos nos exige sacar enseñanzas para el triunfo de nuestra lucha. Una de esas conclusiones -elemental- no puede ser otra que la de la necesidad de batir al capitalismo a escala mundial. La historia ya demostró cuál es el fin de una revolución cuando el enemigo logra que quede circunscripta a un solo país. De ninguna manera esto significa no reconocer el heroísmo, el sacrificio y la consecuencia revolucionaria de la dirección política de la revolución, sino simplemente señalar aspectos que se encuentran en el marco de la camaradería revolucionaria. Tampoco se debe desconocer la repercusión de una posible (otra) frustración, producto de la falta de consecuencia revolucionaria de algunas –o todas- las experiencias populares a que asistimos en nuestra América; máxime cuando observamos el rumbo cada vez más antipopular de gobiernos como los de Lula y Tabaré; el callejón sin salida del reformismo de Evo Morales y la fuerte impronta populista en las posiciones revolucionarias del Comandante Chávez. Tan compleja es la situación que cuanto más avanzan los pueblos en su lucha contra las consecuencias del orden capitalista, llegando a voltear incluso gobiernos, nos encontramos ante estos peligros producto del tipo de dirección que se construyeron en el curso de la resistencia. Todo lo cual nos obliga a dar la batalla en nuestro suelo, y en otros suelos de América al menos, por la construcción de una alternativa capaz de romper con este círculo; y a comprender la importancia de la lucha ideológica para alcanzar ese objetivo.

Nuestro país

Como ya lo expresáramos en varios documentos anteriores, Argentina no está ajena a ese temblor que recorre América. La política del kirchnerismo obedeció justamente a ese imperativo. La rebelión de 2001 fue el punto más alto de una ola que arranca con el santiagueñazo, se emparenta con el levantamiento zapatista, con la guerra del agua y del gas en Bolivia y las rebeliones en Ecuador. Con su cuestionamiento profundo a los políticos burgueses y a sus instituciones condicionó fuertemente la política a implementar por la burguesía a fin de reconstruir la gobernabilidad. Un gobierno surgido con sólo el 16% de los votos pudo alcanzar un 70% de aprobación ciudadana dos años después porque enarboló tramposamente las banderas que la mayoría del pueblo venía levantando y por las que había ganado las calles durante todos estos años. En este sentido, asistimos a una expropiación de las banderas populares por un sector de la burguesía, no casualmente aquel que podía calzarse la ropa de la lucha de los 70 aunque alejados ya de su esencia. Las promesas de verdad y justicia para el pasado reciente, transparencia y renovación política, crecimiento y re-distribución del ingreso y la riqueza no se han visto satisfechas en casi nada. Son muy pocos los casos en que efectivamente se avanzó. Un importante reanimamiento económico sirvió de base para crear una sensación de verdadero cambio. Eso, y la defección de sectores que en los últimos años habían ganado la mente y el corazón del pueblo por su lucha inclaudicable en contra de la política neoliberal -entre los que se encontraba uno que concentraba la imagen de consecuencia, dignidad y transparencia en la pelea antidictatorial- es lo que contribuyó a dotar a este gobierno del aura de defensor de los DD.HH. que hoy exhibe. Pero el kirchnerismo comenzó a mostrar su debilidad desde la derrota en Misiones. Los resultados allí indicaron que no era imbatible y, fundamentalmente, que no estaba muerto el reclamo de la rebelión de 2001. Que de nada o poco sirve una millonaria inversión en “asistencia social” si enfrente se avizora una alternativa. A partir de allí comienza a saltar la pus que el régimen lograra esconder bajo la alfombra. La profundización de la lucha popular –con los obreros petroleros primero, y los docentes de Salta, Neuquén y Santa Cruz después, a la cabeza de un reclamo general por recomposición salarial- la aparición de los primeros síntomas de agotamiento del crecimiento económico, producto -entre otras cosas- de la incapacidad estructural de la burguesía nativa para desarrollar el país (crisis energética) son elementos de fuerte peso en el disenso que comienza a aflorar en el bloque de poder, y que la generación de grandes ganancias vía exportación, y reparto de subsidios mediante, habían permitido mantener larvados. La aparición cada vez más frecuente de casos de corrupción gubernamental son signos de esas grietas. Uno de ellos es lo que terminó con la ministra de Economía, otro el de la valija de Antonini Wilson. El gradual pero continuo ascenso de los precios está hablando –por otra parte- de esa puja al interior del bloque de poder por quién se queda con la mayor tajada de la renta. Están pasando aquellos momentos en que los subsidios bastaban para guardar en caja los distintos reclamos. Hoy no sólo no bastan, sino que son cada vez más cuestionados desde los propios círculos dominantes. Las privatizadas, los bancos y los sectores exportadores encabezan la ofensiva de reclamo de ajuste tarifario y fiscal, lo cual se encuadra en los condicionamientos que impone la crisis del capitalismo en el centro del sistema. La propuesta de Pacto Social de la “nueva” administración Kirchner así como el paulatino acercamiento a los Estados Unidos –más allá de ciertos tironeos y discurso progresista- constituyen dos puntos claves que señalan el norte político de este gobierno, los que están en total consonancia con el carácter de “nuestra” burguesía y con el tipo de inserción de la misma en el concierto del capitalismo mundial. Consecuencia de ello es el Presupuesto 2008, donde el único rubro que registra mayores partidas es el de “seguridad”, como la represión y la reaparición de patotas en los conflictos sindicales. Sin embargo, sería un error –una visión puramente ideologista- considerar que el nivel de vida de las más amplias masas ha empeorado con respecto a seis años atrás. Si bien existen bolsones importantes de desocupación, la misma ha bajado. El nivel de ocupación de la capacidad instalada orilla el 75%, y en varias ramas de la producción el salario promedio está en los mil dólares. Algunas organizaciones hablan de la rebelión de 2001 como del “argentinazo”, intentando -implícitamente- asimilarlo al cordobazo en cuanto a su importancia y repercusiones. Sin embargo hay diferencias sustanciales que no debemos perder de vista: 1) el cordobazo fue protagonizado por la clase obrera mejor paga y más politizada del país, 2) la movilización respondió a un llamado de la dirección sindical del movimiento obrero, 3) para ese entonces sectores importantes del movimiento obrero habían logrado darse una dirección clasista y combativa (recordemos que la CGT de los Argentinos se constituye justo un año antes), 4) la situación internacional era decididamente distinta y 5) no veníamos de una derrota (ni interna ni externa) sino todo lo contrario. El 19 y 20 de Diciembre es fundamentalmente protagonizado por los sectores medios de Capital Federal, y en menor medida por sectores de desocupados que participamos más como ciudadanos que como fuerza trabajadora políticamente organizada. Es fundamentalmente espontáneo y de alguna manera viene a “abortar” (si se puede usar este término) el débil proceso de reconstrucción política que comienza a surgir desde las puebladas y los cortes de ruta. En cambio el cordobazo se da posterior a una serie de luchas obreras donde la ocupación de fábricas, con tomas de rehenes incluso, y grandes movilizaciones estudiantiles y populares eran la tónica. La jornada del 19 a la noche es eminentemente clasemediera y sorprende prácticamente a todo el mundo, aun a los que planteábamos que algo así se venía gestando; y si bien es cierto que los saqueos del día son protagonizados por desempleados, éstos estaban políticamente dirigidos por el sector burgués devaluacionista. Si bien algunos intentamos plantarnos ante la crisis desde una perspectiva socialista, lo distintivo es que la mayoría exigía transparencia y una mayor democratización, cuestión que no supimos comprender y por ello fuimos incapaces de gestar una alternativa al recambio burgués. Ante este cuadro de crisis de gobernabilidad la izquierda institucional volvió a mostrar sus serias limitaciones. Hoy ante la crisis mundial en curso hay quienes opinan que nuestra economía está blindada por las reservas en poder del Banco Central, porque China continuará creciendo -y demandando productos agrarios- a iguales tasas que hasta hoy, etc, etcétera. El gobierno es el principal interesado en sostener esta posición. Sin embargo, hay muchísimos elementos -y también muchos especialistas- que plantean lo contrario, o sea, que nuestra economía sentirá el golpe. Y que la potencia de ese golpe dependerá de la profundidad de la crisis. En el mejor de los casos, China dejará de crecer -y por ende, de requerir materias primas- al ritmo que lo hace hoy, pues el 40% de sus colocaciones está en los EE.UU. De Europa tampoco se duda que va a una recesión; otro mercado, destino de parte importante de nuestra producción, es México, de quien tampoco nadie duda que será uno de los que más sienta la crisis por su fuerte dependencia con la economía norteamericana. Esto implicaría una caída de los precios de las materias primas y por ende el achicamiento del superávit. En uno u otro caso, la economía no seguirá creciendo a los actuales ritmos, lo que supone para la clase obrera pérdida salarial, aumento de la desocupación y mayor conflictividad social y política. Que esto sea más leve o más profundo va depender del carácter de la crisis en las metrópolis del capital; pero en uno u otro caso pone nuevamente en el tapete la necesidad de una organización de la clase trabajadora y de un plan de la misma.

Necesidad de una nueva izquierda

En los años 60 y 70, el proceso de lucha revolucionaria abierto en el continente y en nuestro país había servido para dejar en claro que existía toda una izquierda que si algo la caracterizaba era justamente la falta de vocación y de una estrategia de poder. Sólo la derrota de las organizaciones revolucionarias es lo que explica hoy “la vigencia” de quienes en el pasado habían mostrado sus limitaciones políticas e ideológicas. Por eso no es casual que veinte años después el movimiento piquetero se haya desarrollado políticamente en contra -y organizativamente por fuera- de aquellas fuerzas. Encerrados en el molde de la lucha institucional y corporativa, los únicos reflejos que le quedan a esas organizaciones son los del oportunismo, lo que les permitió subirse a la ola piquetera y salvar la ropa por un tiempo. Cuando el nivel de las aguas vuelve a lo que parece su punto de origen, ellos vuelven a sus viejas posiciones. En el medio queda un interesante arco de luchadores que conforman la nueva vanguardia social surgida a lo largo de estos años y que es necesario organizar. Pero la mayor parte de esa nueva vanguardia social se encuentra desprovista de los mínimos conocimientos filosóficos y teóricos de la doctrina socialista, y por ello las más de las veces, a tiro de las concepciones burguesas, entre ellas, el populismo. Otra porción ha sido ganada por las concepciones posmodernistas. Una cuestión común a tod@s es la confusión, el creer: 1) que lucha reivindicativa es lucha de clases en sentido estricto, 2) que desde la organización de base podemos desarrollar una lucha política en todas las esferas y fundamentalmente por fuera de la instancia obrero/patrón, única manera de construir una conciencia comunista, y 3) la dispersión. Es por ello de suma importancia -un gran paso adelante- plantearnos la necesidad de construir un movimiento político por “fuera” del ámbito corporativo en que la inmensa mayoría de los que hemos desarrollado determinado grado de inserción social venimos moviéndonos. Mucho más cuando algunos activistas de esa nueva vanguardia social pueden verse tentados por el economicismo, producto del insuficiente conocimiento, o por el terrorismo no social-demócrata (a decir de Lenin) producto de una lectura errónea (parcial) de la actual situación política como de nuestra historia reciente. Es tarea ineludible de esa nueva izquierda superar el corte histórico que la burguesía logró establecer (represión mediante) entre la lucha de los 70 y la nueva vanguardia social. Volviendo a Lenin, podemos afirmar -sin ningún tipo de dudas- que si hoy hay sectores que sostienen a voz de cuello “ningún tipo de dirigentes”, entendiendo ello como un gran paso del movimiento, es porque previamente la represión de color verde gris se encargó de desaparecerlos.

El carácter de dicho movimiento

Es indudable que en la actual situación argentina no es posible hablar de organización revolucionaria si no resolvemos la construcción y el desarrollo de un poderoso movimiento político anti-sistémico con influencia de masas y viceversa, no es posible ese movimiento sin una organización que se plantee la revolución. Esto nos plantea una contradicción que hoy sólo se puede resolver por el camino de unificar aquello posible de unificar en el marco de determinadas definiciones. Hoy nuestra clase y nuestro pueblo cuenta con un conjunto de militantes organizados en distintos ámbitos imposibilitados de pensar siquiera en dar respuesta al desafío. Por ello, la disposición de comenzar a coordinar una política común significaría una real posibilidad de sentar las bases de una proto organización. Y es en el seno de un movimiento, frente o corriente donde a través de la práctica común y el debate teórico, ideológico y político podemos ir consolidando las afinidades y limando las diferencias. Pero esa práctica y ese debate para que no termine en una ensalada empirista debe tener determinados parámetros que le den el marco dentro del cual avanzar. Ese marco debe ser el guevaro-leninismo marxista. Habrá -seguramente- quienes dirán que hoy las palabras poco o nada dicen. Que años de doble discurso han terminado limando el filo de las palabras. No estamos de acuerdo. Nosotros seguimos creyendo que la palabra revolución tiene un inmenso valor, y si algún papel nos cupo en la construcción y desarrollo del movimiento piquetero -e incluso en la actual etapa de debate más político- es justamente porque ninguno de los que nos estamos planteando esta etapa jamás renegamos de ello. Cuando decimos Che Guevara decimos entre otras muchas cosas: leninismo, ejemplo de combatiente revolucionario internacionalista, socialista, etcétera. Y el pueblo así lo entiende. Nadie equipararía a Aníbal Fernández -o a Kirchner, Macri, etc.- para dar sólo algunos nombres, con el Che. Ni siquiera a Evita, con el amor y respeto que nuestra gente siente por ella. Ponerse atrás de estas aparentemente realistas conclusiones, sólo contribuye a entregar el campo de la simbología a la burguesía y a encubrir al reformismo. Seguramente no tod@s tendremos la misma lectura de esta tríada, pero ello nos señalaría el contorno dentro del cual compartimos que debe abrevar nuestra construcción. Y para que no queden dudas, cuando decimos guevaro-leninismo marxista estamos hablando (muy sintéticamente) de que la ideología del proletariado no brota de la mera lucha económica de la clase obrera; que ella (esa tríada) es a su vez la concepción del mundo, la ideología, la teoría y una guía para la acción de la clase obrera. Que la transformación de la sociedad no será una cuestión evolutiva sino de saltos revolucionarios. Que la clase para ello necesita una organización (partido) de vanguardia y una teoría de vanguardia; que a la primera fase de la revolución comunista -llamada socialismo- es a la que corresponde el establecimiento de la dictadura del proletariado. Que el proletariado triunfante debe establecer su dictadura de clase (que a su vez es la más amplia democracia) para asegurar la auto-educación de toda la sociedad y preparar las condiciones para el arribo de la segunda fase, la sociedad comunista. Todo esto implica también la concepción de que (como dijimos más arriba) ninguna revolución puede verdaderamente desarrollarse y culminar en el comunismo si no se extiende y vence al capital a nivel mundial. En lo organizativo ese objetivo implica un conjunto de organizaciones capaces de organizar los distintos niveles de conciencia, así como de afrontar las distintas tareas que plantea una revolución, unidas a través del centralismo democrático. Una cuestión fundamental, como bien lo definiera el V Congreso del PRT en julio del año 1970 para construir esa organización es que: “…todo el Partido (este movimiento, diríamos hoy) debe grabarse con letras de fuego el principio revolucionario de que no se puede destruir el capitalismo sin “audacia y más audacia”, que una de las características más esenciales de un revolucionario es su decisión, que un revolucionario es un hombre de acción”. Cuánta verdad en tan pocas palabras. Si uno rememora, no ya la década del 60/70, sino nuestra propia historia más reciente aprecia en toda su magnitud esta “recomendación” de Lenin que Santucho supo inculcar a su Partido. ¿Qué es lo que hizo que el “Perro” Santillán se convirtiera en referente para millones de argentinos en los 90?, ¿qué es lo que catapultó a “Pepino” a la consideración del conjunto de luchador@s, más allá de su difusa ideología?, ¿y qué convirtió al movimiento piquetero en esperanza de miles y miles de desocupados y hambrientos? Esa fue también nuestra historia; por eso nos convertimos en catalizadores de decenas de pequeños agrupamientos. Comparados con los partidos de izquierda debemos de haber realizado el 0,01% de la propaganda escrita que éstos realizaban; pero nuestra acción, y audacia, eran la mejor propaganda. Basta recordar para ello que fue lo que nos permitió jugar el rol que jugamos en el 2do Congreso Piquetero de La Matanza. Y eso es lo que debemos volver a recuperar. Ese debe ser nuestro sello distintivo si lo que queremos es construir un movimiento revolucionario. Acción, ideología y política. La otra tríada en la que debemos apoyarnos para avanzar. Acción porque sin ella no se puede hablar siquiera de revolución; ideología para dar batalla a las concepciones burguesas que anidan en las filas del proletariado y aún en las del proletariado que combate; y política para ser capaces de organizar a todos los sectores susceptibles de ser organizados, sin perderse en el mero ideologismo o consignismo.

Nuestra política

La base de la construcción de una fuerza política está en los territorios. Por ello debemos buscar combinar “acciones y propuestas políticas” de carácter general con las de carácter local en pro del desarrollo de corrientes generales y de una acumulación política territorial. Esas acciones generales deben estar guiadas por la búsqueda de desatar la contradicción principal (no la fundamental) que encierra nuestro país, a saber: la contradicción burguesía monopolista versus proletariado y demás sectores populares. Esto implica que nuestros golpes se deben orientar a las manifestaciones políticas, económicas, sociales, culturales, etc., de esa contradicción; buscando debilitar a los dominadores y fortalecer el arco de los oprimidos y explotados. En todo un período nuestras acciones deben ser entendidas como acciones de propaganda/denuncia. Eso, en el campo de lo económico, significa centrar el ataque sobre las empresas símbolo del actual régimen de dominación: bancos, transnacionales de la industria, como del comercio y el agro y grupos económicos monopólicos de carácter nativo de la industria como del agro. En lo político nuestra propuesta debe estar regida por la estrategia de desarrollo de una nueva institucionalidad, desenmascarando en todo momento la falsa democracia del actual régimen y contraponiendo nuestra visión sobre la democracia socialista. Aprovechando en ello lo mucho que la Cuba revolucionaria ha hecho. Debemos ser capaces de aprehender en un solo torrente la dinámica general con la local. Esto quiere decir desarrollar una organización nacional que contemple una táctica de posibles rupturas locales temporales que apuntale y profundice la referencialidad general a partir del avance y puesta en práctica de nuestro ideario en aquellas zonas donde mayor desarrollo y profundidad hayamos alcanzado. No es ni más ni menos que la analogía con respecto a nuestro planteo continental. Somos americanistas, estamos a favor y sabemos de la necesidad de rebasar nuestras fronteras; pero ello no significa que hasta que no estemos en todos lados en igualdad de condiciones debamos permanecer obligadamente en “reposo”. Por supuesto que todo depende de la situación concreta; pero como herramienta de análisis debemos partir de lo que acá estamos enunciando so pena de vegetar como muchas organizaciones que esperan que se den todas las condiciones en todos lados y al mismo tiempo para emprender el asalto a la transformación. En lo local creemos que debemos trabajar fuertemente en esta etapa la puesta en marcha de los Cabildos Abiertos o Asambleas Populares. Esto significa la propagandización y creación de ámbitos de masas -pequeños necesariamente en la primer etapa- de carácter netamente político. Un elemento que puede ayudar mucho en ese sentido es la propuesta de reforma política, la movilización por la creación y reconocimiento de las Asambleas Comunales de Base, verdaderos gérmenes de un nuevo Poder, lo cual supone una dura lucha contra la vieja institucionalidad. El camino para ello no puede ser otro más que el de la movilización, los cortes, los petitorios, las charlas, las conferencias, las ocupaciones, etc. Es decir, todos los métodos que sirvan para acumular en pos del objetivo. Debemos aprender que nuestras propuestas deben estar pensadas para que sean tomadas por miles, por millones de personas. Lo que exige que deben arrancar del verdadero nivel de conciencia alcanzado por las masas. Y en ese sentido sin dudas que lo que vienen expresando las grandes mayorías es la necesidad de cambios que expresen transparencia, democracia, participación. Lo que no logran ver las masas -y no puede ser de otra manera- es que esos cambios son imposibles sin la transformación revolucionaria de la sociedad. Para llegar a esa conclusión, necesariamente deberán recorrer un camino donde las actuales instituciones (y con ellas sus aparatos de dominación) se presenten claramente como la barrera a superar. También aquí es aleccionadora la experiencia del movimiento piquetero. Por eso una revolución necesariamente implica también la lucha por reformas. Lo que da un carácter distinto y superior es el tipo de acumulación, es decir el carácter de los organismos que van poniéndose en pie, como el de la organización política que orienta la acción. En lo social es necesario un trabajo que permita la unidad de la clase. Significa que tomando las reivindicaciones más sentidas las unamos en una propuesta más general de cambio, pero sin caer en la confusión organización política/organización social. En este sentido el BPN puede -y debe- jugar un rol importante en ayudar a alcanzar esa unidad social de nuestra clase y nuestro pueblo. Esto debemos combinarlo sabiamente con el desarrollo del Frente Cultural -un ámbito donde se nucleen todas las expresiones artísticas y culturales con sentido contestatario y transformador, que tienen un lugar importante en la construcción de nuevos valores simbólicos- de un Frente de trabajadores ocupados como el de estudiantes. Sinceramente estamos ante la posibilidad de un salto importante, acorde a las necesidades que plantea nuestro pueblo. Seguro seremos capaces de estar a la altura del desafío.

Informe Político al 3er. Plenario Nacional
Febrero 9 de 2008

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