Las empresas consideran que los esfuerzos de desregulación de la UE son insuficientes frente a la estrategia “zanahoria y garrote” de Trump, que combina atractivos incentivos fiscales en EE. UU. con un arancel punitivo del 15 % a las importaciones desde la UE.
Al concluir 2025, los responsables de políticas en Bruselas aún no han logrado contrarrestar de forma contundente los efectos económicos negativos de dos acontecimientos principales: el acuerdo comercial alcanzado entre la Unión Europea y Estados Unidos este verano y la denominada “Big Beautiful Bill” del presidente Trump, una enorme ley interna con repercusiones globales en la economía.
El lento avance de la UE en mejorar las condiciones comerciales relativas en un periodo tan volátil ha generado frustración entre los inversores, que ahora buscan otras opciones.
Un informe difundido esta semana por el European Round Table for Industry refleja la alarma de los líderes de las grandes industrias del bloque ante la carencia de urgencia para implementar las reformas audaces propuestas por Draghi y Letta, destinadas a recuperar la confianza para invertir en Europa.
El documento también destaca una encuesta realizada a CEOs en octubre, que revela que solo un 55 % mantiene sus planes de inversión. Peor aún, apenas un 8 % planea aumentar su inversión en Europa respecto a hace seis meses, frente al 38 % que disminuirá sus planes o ha pospuesto las decisiones.
Lo más revelador es que un 45 % de los encuestados prevé destinar más inversiones a EE. UU. de lo planeado inicialmente.
El enfoque ‘zanahoria y garrote’
La administración Trump ha combinado el liberalismo económico con el proteccionismo, convirtiendo la necesidad de evitar aranceles estadounidenses en un enorme incentivo financiero para que multinacionales y empresas extranjeras inviertan directamente en EE. UU.
La Big Beautiful Bill, firmada en julio por Trump, legalizó sustanciales reducciones fiscales y garantizó beneficios para trasladar inversiones al otro lado del Atlántico. Esto incluye la depreciación acelerada al 100 % para maquinaria y fábricas nuevas, así como la deducción inmediata al 100 % de los costes domésticos en investigación y desarrollo (I+D), facilitando la reubicación de producción e innovación en EE. UU.
Las empresas tienen hasta el 1 de enero de 2026 para cerrar sus decisiones y recibir beneficios retroactivos por capital invertido en 2025, aunque las condiciones permanecerán vigentes también el próximo año.
Para agravar la incapacidad creciente de la UE para competir, el muy criticado acuerdo comercial UE-EE. UU. fue firmado ese mismo mes. El pacto redujo la guerra comercial transatlántica de 2025, pero impuso un arancel del 15 % sobre la mayoría de las exportaciones industriales europeas a EE. UU., mientras que los productos estadounidenses que ingresan a la UE quedaron mayormente exentos de impuestos.
Además, la UE se comprometió a gastar más de 640 000 millones de euros en energía estadounidense, invertir más de 500 000 millones de euros en la economía de EE. UU. y adquirir aproximadamente 35 000 millones en chips de IA fabricados en ese país hasta que termine el mandato de Trump. Por su parte, EE. UU. no ofreció contraprestaciones similares.
Así, las empresas enfrentaron una decisión clara: desplazar las inversiones a EE. UU., evitar aranceles y aprovechar enormes deducciones fiscales.
La brecha en innovación en cifras
El drenaje de I+D representa la amenaza más grave para la competitividad futura de Europa, pues los nuevos incentivos estadounidenses atraen la innovación clave hacia EE. UU.
En sectores altamente innovadores como la IA y la salud, las cifras de 2025 evidencian ya la enorme distancia entre la UE y EE. UU.
Entre enero y septiembre de este año, la inversión privada en empresas estadounidenses de IA superó los 100 000 millones de euros, capturando EE. UU. más del 80 % de la financiación global en IA. En contraste, la UE atrajo poco menos de 7 000 millones, según el ampliamente consultado State of AI Report 2025.
Este déficit de financiación de 15 a 1 indica que el futuro tecnológico se construye y escala mayoritariamente fuera de la UE, un hecho reconocido por el Parlamento Europeo.
De modo similar, la UE se ha propuesto alcanzar un 20 % de cuota de mercado en la fabricación de semiconductores para 2030, como marca el Chips Act, pero expertos consideran improbable dicho objetivo, pues Europa está entre los sectores de crecimiento más lentos anualmente.
Asimismo, la UE incluso pierde terreno en adopción de IA entre los jóvenes usuarios, según una nueva encuesta de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
En la industria farmacéutica, los CEOs enviaron una advertencia contundente a la presidenta von der Leyen en abril, alertando que “a menos que Europa implemente cambios políticos sustanciales y rápidos, la investigación, desarrollo y producción farmacéutica tenderá cada vez más hacia EE. UU.”
En las semanas siguientes, impulsadas por la preocupación ante la guerra comercial transatlántica vigente y la frustración con la regulación europea, Roche, la tercera mayor empresa europea por capitalización, con sede en Suiza, anunció inversiones por más de 40 000 millones de euros en EE. UU. Durante cinco años. De manera similar, la multinacional francesa Sanofi declaró una inversión de 17 000 millones de euros para ampliar su producción en EE. UU. hasta 2030.
En julio, mientras se firmaban la Big Beautiful Bill y el acuerdo UE-EE. UU., la compañía británico-sueca AstraZeneca también anunció una inversión superior a 40 000 millones de euros en EE. UU. para los próximos cinco años, incluyendo la construcción de un centro de investigación en enfermedades crónicas en Virginia, la mayor inversión individual de la empresa en una instalación hasta la fecha.
En noviembre, la Casa Blanca anunció un acuerdo de gran envergadura entre dos competidores farmacéuticos, el fabricante estadounidense Eli Lilly y la firma danesa Novo Nordisk, conocida por desarrollar el medicamento para la diabetes tipo 2, Ozempic, usado también off-label para la pérdida de peso.
Ambas empresas definieron una estrategia para abaratar varios medicamentos en EE. UU. y anunciaron nuevas inversiones en el país, con Novo Nordisk comprometiéndose a invertir alrededor de 8 500 millones de euros para ampliar la capacidad de producción en EE. UU. A cambio, recibirá una exención en aranceles de tres años, junto a otros beneficios.
En total, la industria farmacéutica europea ha prometido más de 100 000 millones de euros en expansión en EE. UU. solo en 2025, con compromisos a varios años.
La carrera por la desregulación
La presión estadounidense se hace visible, ya que este año la Comisión Europea ha adoptado una agenda agresiva de desregulación.
En respuesta al mandato del Consejo Europeo, desde febrero se han presentado seis propuestas de simplificación, conocidas como “omnibuses”, cubriendo sectores como energía, finanzas, agricultura, tecnología, defensa y química.
Destaca el lanzamiento en noviembre del denominado Digital Omnibus, que incluye aplazamientos en artículos del AI Act y modificaciones al GDPR.
Estas iniciativas buscan reducir brevemente trámites administrativos y disminuir costes para empresas europeas, intentando frenar la fuga de talento y capital. Sin embargo, las medidas aún enfrentan revisión legislativa, además de supervisión administrativa y oposición política por parte de defensores de la privacidad y el clima, entre otros.
Esta misma semana se alcanzó un acuerdo sobre el primer omnibus, lo que demuestra que la UE continúa lejos de ofrecer la certeza financiera inmediata que permitiría minimizar o evitar los aranceles estadounidenses y sacar provecho de las políticas de Trump cuando sea posible.
Los datos muestran una verdad económica clara: mientras la UE debaten los detalles de la desregulación, la inversión en innovación ya se está mudando de manera decisiva.

