Hannah Arendt y su influencia en la comprensión moderna de la banalidad del mal a cinco décadas de su fallecimiento

Hannah Arendt con una blusa oscura está recostada sobre una pared en un sofá

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"Los humanos, aunque deban morir, no han sido creados para eso, sino para iniciar".

La autora de esta afirmación vivió la posguerra inicial, escapó del nazismo, fue refugiada, investigó el totalitarismo, cubrió el juicio de uno de los organizadores del Holocausto y abordó conceptos como el "mal radical" y la "banalidad del mal".

Sin embargo, en la obra de Hannah Arendt, una de las figuras más relevantes del pensamiento político del siglo XX, existió un espacio para confiar en la humanidad como especie.

"La idea de que los seres humanos son un comienzo, capaces de interrupción, irrupción y novedad, permite pensar que en Arendt se encuentra una suerte de esperanza", comenta a BBC Mundo la filósofa Josefina Birulés, especialista destacada en la obra de la pensadora alemana.

La investigadora señala que "Arendt se interesaba más en lo que ilumina que en la oscuridad que nos rodea".

"La vigencia de su pensamiento es notable y las categorías y conceptos que introdujo continúan siendo útiles para analizar nuevas realidades", añade Agustín Serrano, investigador del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

Criticada por algunos y admirada por otros, el jueves 4 de diciembre se cumplieron 50 años del fallecimiento de esta historiadora, cuya importancia permanece intacta al paso del tiempo.

"Una nueva clase de seres humanos"

Arendt vino al mundo en 1906, en Alemania, dentro de una familia judía.

Al avanzar el nazismo, tuvo que abandonar su país a los 27 años. Residió varios años en París y, en 1941, se trasladó a Estados Unidos, donde se estableció y trabajó en diferentes áreas, entre ellas el periodismo.

Retrato de Hannah Arendt, que lleva el cabello suelto y largo y posa con una mano tocando el rostro

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Birulés relata que en esa época Arendt estaba profundamente preocupada por los amigos que se quedaron atrás y por cómo ayudarles a escapar de los horrores del nazismo.

Ella misma se convirtió en una refugiada.

"Solo basta leer un artículo que es magnífico, irónico y sarcástico: 'Nosotros, los refugiados', que sería valioso revisitar hoy".

Ese texto, publicado en 1943, comenzaba con estas palabras:

"Primero que nada, nos disgusta que nos llamen 'refugiados'. Nosotros mismos preferimos decirnos 'recién llegados' o 'inmigrantes'".

Más adelante afirmaba: "Parece que nadie quiere reconocer que la historia contemporánea ha generado una nueva clase de humanos: aquellos que son encerrados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos".

Durante 18 años, Arendt vivió como una refugiada apátrida hasta que obtuvo la ciudadanía estadounidense en 1951.

La supresión de lo político

Ese mismo año publicó "Los orígenes del totalitarismo", un texto fundamental para entender el siglo XX.

En él definió el totalitarismo como un "mal radical".

Serrano explica que Arendt tuvo la claridad de identificarlo como "una forma de dominio y violencia sin precedentes en la historia, incluso más severa que las tiranías y despotismos anteriores".

Joseph Stalin en una palestra con micrófonos

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Señaló que este tipo de gobierno apareció en dos casos específicos: el totalitarismo nazi y el estalinismo en la URSS.

El libro se asemeja a un estudio detallado de un régimen emergente que, según Arendt, perseguía la "aniquilación absoluta y manifiesta" de lo político, como explica Birulés.

"Por eso, ella no formula las preguntas habituales: ¿cómo rediseñar la dignidad humana?, ¿cómo repensar los derechos? Más bien se cuestiona sobre el sentido y significado de la política, que es justamente lo que se había eliminado en las dictaduras nazi y estalinista".

Esta idea de reconsiderar la política le permitió ofrecer un diagnóstico de su contexto histórico.

"Siempre fue una filósofa impulsada por el deseo de comprender lo que estaba presenciando", apunta Serrano.

Por un lado, enfrentaba "una devastación de la convivencia política y civil, inicialmente en Alemania y luego en el resto de Europa".

Y, por otro, "una amenaza inédita a la condición humana".

En un juicio histórico

Lyndsey Stonebridge, profesora del departamento de Literatura Inglesa en la Universidad de Birmingham, indica que Arendt fue pionera en descubrir lo que sucedía en los campos de concentración.

"Fue la primera en analizar el nuevo sistema de 'fábricas de cadáveres', como ella lo denominaba", comentó Stonebridge en el artículo Hannah Arendt's lessons for our times: the banality of evil, totalitarianism and statelessness ('Lecciones de Hannah Arendt para la actualidad: la banalidad del mal, el totalitarismo y la apatridia'), publicado por la Academia Británica.

Arendt quedó impactada al presenciar los juicios de Núremberg durante los años 40.

En 1960, Adolf Eichmann, considerado el cerebro logístico de Hitler, fue extraditado desde Argentina a Jerusalén para enfrentar cargos por crímenes de guerra y contra la humanidad.

Arendt, colaboradora de la revista The New Yorker, solicitó ser enviada como corresponsal para cubrir el juicio que tuvo lugar en 1961.

Allí observó al acusado dentro de una cabina de cristal antibalas.

Adolf Eichmann vestido de traje y corbata con dos guardias a los lados, dentro de un cubilo protegido por vidrios

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Stonebridge relata que Arendt se topó con "un hombre pequeño, algo pretencioso, que usaba clichés, engreído y completamente incapaz de comprender dónde estaba ni con quién hablaba".

"Eichmann era banal, pero eso no impedía que fuera malvado, sin duda lo era", afirma la profesora.

Él representaba una forma particular de maldad.

"Este mal, señaló Arendt, ese mal carente de reflexión, se había arraigado en nuestra cultura y se estaba esparciendo como un hongo".

"La banalidad del mal"

"El título de su crónica es ampliamente reconocido, pero muy pocas personas realmente la han leído", comenta Birulés.

En febrero de 1963 apareció el artículo: "Eichmann en Jerusalén-I. Adolf Eichmann y la banalidad del mal".

Sus planteamientos provocaron molestia en ciertos sectores.

Un plano general de la sala del juicio en la que se ve Eichmann en su cubículo, lo jueces y otros miembros

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"Una de las razones es que Arendt destaca que el personaje que tenía frente a sí, del que había leído numerosos documentos aportados durante el juicio, era un hombre completamente normal, no un psicópata, sino el típico padre de familia del siglo XX, que se preocupaba por su familia y hacía bien su trabajo sin cuestionar la naturaleza de sus tareas", explica la académica.

"La idea de que muchos involucrados en el régimen nazi eran hombres ordinarios llevó a algunos a interpretarlo como una manera de exculparlos".

"Sin embargo, si se analiza con detenimiento, resulta aún más aterrador, ya que los psicópatas son pocos, pero los hombres normales son numerosos; eso es lo que Arendt denominó la banalidad del mal", reflexiona Birulés.

La difusión de estos escritos – inicialmente publicados como artículos en The New Yorker y luego compilados en el libro "Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal" de 1963- "le costó numerosas amistades y dificultades".

El término banalidad aparece en el título y en un epílogo que añadió cuando "las críticas aumentaron", señala Birulés. No propuso ahí un sistema teórico completo.

La investigadora recuerda que cuando Arendt respondía a algunos amigos críticos, les recordaba que ya había abordado el concepto de "mal radical" en "Los orígenes del totalitarismo".

Lo que Arendt hace es retratar a Eichmann como una persona irreflexiva, incapaz de evaluar o meditar sobre sus acciones.

En una carta escrita en 1962, Eichmann manifestó que personas como él fueron "forzadas a actuar como meros instrumentos en manos de los líderes" y negó sentir culpa alguna.

"Cabe señalar que ni los juristas, jueces, fiscales presentes en las sesiones, ni Arendt, pudieron analizar entonces los documentos que ahora están disponibles para nosotros", subraya Birulés.

Se refiere a papeles que posteriormente demostraron que "Eichmann era un auténtico antisemita y por eso Arendt cometió un error al evaluarlo".

"Aunque, como señala quien realizó un análisis profundo de esos documentos, Eichmann no hubiese sido tan convincente si no existieran tantos personajes ordinarios que formaban parte del aparato nazi y colaboraban con él".

¿Qué quiso expresar?

Birulés es investigadora en el Centro de Investigación Teoría, Género, Sexualidad de la Universidad de Barcelona, donde impartió Filosofía entre 1979 y 2020.

Varios de sus trabajos se han centrado en el pensamiento de la filósofa alemana, incluyendo el libro "Una herencia sin testamento: Hannah Arendt".

Josefina Birulés con lentes, una chaqueta marrón, sentada en una presentación pública

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Para entender lo que Arendt intentó transmitir con la banalidad del mal, la especialista invita a pensar: "¿En qué se diferencia Eichmann de otros villanos literarios como los presentes en algunas obras de Shakespeare, por ejemplo?".

"Arendt plantea: ¿cómo juzgar a personas que aparentemente no tienen intención de hacer el mal?".

"¿Cómo responsabilizar a aquellos que claramente son capaces de causar daño y diseminar maldad, cuando cumplieron órdenes dentro del marco legal y sin desobedecer la ley?".

Estas preguntas orientan a concebir un sistema de justicia que contemple a este tipo de personas y a nuevos tipos de crímenes.

Para Birulés, el concepto de banalidad del mal puso en cuestión la idea tradicional que vinculaba el mal con una intención maligna y demostró que "el mal puede existir en el siglo XX sin intención consciente de hacerlo, simplemente obedeciendo órdenes y cuidando a la familia".

"Hombres grises"

Serrano recuerda que, en medio de la controversia causada, el libro sobre Eichmann catapultó a Arendt a la fama, desplazando su nombre de los círculos académicos hacia los medios.

"Esta obra expone que, para una estructura de maldad tan compleja y extensa como el exterminio masivo de judíos en Europa, era esencial contar con hombres comunes que aceptaran colaborar sin cuestionar y sin sentir conflicto moral".

Soldados con uniformes y botas negras desfilan y llevan estandartes que tienen la esvástica

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"Este es el perfil básico de la banalidad del mal: hombres grises que no eran ni fanáticos ni sádicos, que según ella no podrían matar a su superior, pero que resultaron indispensables para eliminar a millones de inocentes".

Esa realidad inquietante y aterradora es lo que se plasma en el concepto de banalidad del mal.

"La contribución de Arendt es fundamental para entender lo ocurrido y fenómenos posteriores, posiblemente actuales, que sostienen que si se garantiza impunidad a ciudadanos comunes, estos se adaptan a cualquier violencia organizada y la aceptan como normal".

El investigador también reflexiona sobre la polémica desatada al sugerir que Eichmann, teniente coronel de las SS, encajaba en ese perfil. A pesar de esto, lo esencial es que a la luz de Arendt, miles de personas cumplían con esa descripción.

"No veo contradicción en afirmar que el mal fue radical y que muchos de sus agentes correspondían a ese perfil de banalidad del mal".

Para el filósofo, esta perspectiva complementa de manera significativa el análisis de cómo opera un régimen totalitario.

"Arendt no sostiene que todos los líderes nazis coincidieran con este perfil, al contrario. Pero asegura que esa maquinaria destructiva requería personas, técnicos, funcionarios y juristas que no formularan cuestionamientos y que por norma no eran malos".

El legado

Para Serrano, la herencia de Arendt y su pensamiento permanecen "completamente vigentes".

"Un aspecto sumamente original de su obra es la reflexión sobre que los humanos están llamados a la acción, a involucrarse en los asuntos comunes, en lo que ella denominaba: el cuidado del mundo".

En ese punto, el filósofo identifica en Arendt una fuente tanto de esperanza como de optimismo.

Hannah Arendt con una blusa, un collar, mira hacia abajo y se pone la mano en el cabello. En ella tiene un cigarrillo

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"Sostuvo siempre que la política ofrece una promesa que solo ella puede cumplir: la promesa de cuidar del mundo y que esto involucra a todas las personas, no puede ser delegado a un grupo o a una élite política".

"Según ella, la libertad se experimenta ejerciendo acciones junto a otros, en medio de límites, condicionantes y dificultades; pero es en este contexto donde la libertad se manifiesta".

El filósofo añade que persiste lo que Arendt misma señaló: que continúa siendo vista como conservadora por la izquierda y, al mismo tiempo, como excesivamente progresista para la derecha.

"Ni socialistas ni liberales la consideran propia. Es una pensadora que trasciende partidos".

Birulés observa que uno de los aportes más notables de Arendt es la idea de que no se debe pensar desde principios rígidos, sino desde la intención de comprender lo que sucede.

"Dejarse afectar por la experiencia, por aquello que nos toca vivir", explica la experta.

"Este legado cobra importancia ahora, dado que apenas entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor".

"Como ella decía, el hilo de la tradición se ha roto, las viejas categorías ya no nos sirven, pero al mismo tiempo necesitamos ubicarnos y no basta solo con decir 'estos son tiranos' para rechazar su presencia; para comprender la situación, es preciso partir de la experiencia y buscar respuestas desde ahí, y no al revés".

Rincones

En tiempos tan duros y sombríos, Arendt habló de la natalidad, de la novedad que implica el nacimiento.

Birulés recuerda que la filosofía tradicional generalmente define la finitud humana en relación con la mortalidad.

Arendt, en cambio, afirma que esta finitud se deriva de la natalidad.

Michael Hauskeller, jefe del departamento de Filosofía de la Universidad de Liverpool, evoca que en "La condición humana" Arendt celebró el hecho básico de haber nacido.

Según el académico, Arendt destacó que con cada persona nueva que llega al mundo puede surgir algo verdaderamente nuevo, ya que cada ser humano es irrepetible.

"Por lo tanto, cada nacimiento representa un comienzo potencialmente nuevo, que puede abrir la puerta a otros inicios capaces de transformar el mundo", señaló Hauskeller en un artículo para BBC.

"No estamos destinados a repetir lo que hemos hecho ni los errores cometidos como especie", agregó.

Birulés señala que Arendt se oponía tanto al fatalismo como al optimismo absoluto; para ella, el pensamiento debía partir de la experiencia.

"Algo sorprendente de Arendt, que impacta al leerla por primera vez y sigue impactando a pesar de su creciente reconocimiento, es que siempre dirige la atención hacia lo que no habíamos observado. Por ejemplo, donde se discute el mal radical, ella habla de la banalidad del mal; donde se analiza la mortalidad, ella pone atención en la natalidad".

Birulés enfatiza que "no es necesario coincidir plenamente con ella, ya que a veces su pensamiento resulta difícil, pero lo valioso es que obliga a replantear nuestras ideas previas".

Como decía un amigo de Arendt: "Siempre ilumina los rincones".

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