Adrián Sotelo Valencia
Introducción
Este trabajo realiza un análisis de las condiciones en que se fueron imponiendo las políticas neoliberales en América Latina, afectando drásticamente los procesos globales de desarrollo. Al respecto, nuestra hipótesis sostiene que este cambio, que augura el advenimiento de un nuevo paradigma, se basa en el agotamiento de la industrialización sustitutiva de importaciones, en la crisis y la reestructuración concomitante del capital en la dirección de construir un nuevo patrón de reproducción volcado al exterior y que, en su lógica, ya no requiere de la intervención del Estado como rector del desarrollo económico-social, sino de la conducción del capital internacional, de los grandes empresarios nacionales y de organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
GLobalización y desarrollo
El saldo de finales del siglo XX deja una sociedad mundial y un capitalismo en crisis sistémica, que amenaza con extenderse a las zonas que se habían destacado como Nuevos Países Industrializados (NIC) en Asia y Corea del Sur y en otros como China, en parte, debido a las políticas de «apertura externa» que privilegiaron los flujos de capital externo y el endeudamiento por encima de la industrialización y el mercado internos (cf. Guillén, 1999, p. 17 y ss). Esta situación, como se sabe, desató las «crisis de la globalización», después de la mexicana de 1994-1995, la asiática de 1997-1998 y las más recientes de Brasil y Rusia que prometen extenderse a todo el mundo, frente a un descenso y destrucción del mundo socialista y el declive del movimiento sindical.
En verdad, más que financieras o de balanza de pagos como se las presenta, las crisis mexicana y asiática, en particular la de Corea del Sur, son crisis políticas, que se traducen en una lucha feroz entre el centro y la periferia, por evitar que ésta supere la dependencia, tesis que también sostiene De Bernis (1999, p. 32) cuando afirma que «Podría ser interesante comparar a Corea del Sur con México. Se podría preguntar si la crisis que ha afectado a ambas economías es el resultado, más o menos deliberado, de la voluntad de impedir a un país de la periferia establecerse dentro del grupo de los países avanzados (México y Corea son miembros de la OCDE), como fue el caso de Japón durante la crisis de los treinta y que causó gran inquietud en Estados Unidos a fines de ese decenio, a tal punto que el asunto formó parte importante de la agenda del Council International Affairs».
Esta hipótesis es fundamental para entender dos movimientos encontrados: por un lado, el desarrollo en los últimos tres lustros del capitalismo periférico, como desarrollo de estrategias endógenas de esos países para superar el subdesarrollo y el atraso para, de esta manera, estar en condiciones de cumplir con uno de los requisitos que proclama el pensamiento neoliberal: el de proveer a los países de competitividad y de «ventajas competitivas» en los mercados internacionales y, por el otro, un movimiento en contrario, cuyo eje está en los centros, que refuerza la dependencia y la ancla a la reproducción del capitalismo dominante, que tiende a desmontar la industrialización y el desarrollo tecnológico de las naciones que habían experimentado procesos de industrialización, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, en cierta manera «exitosos» como en el caso de esos Nuevos Países Industrializados (NPI), donde comparecen en América Latina Chile, México y Brasil.
Por otra parte, se dice que la base de este proceso histórico, es la «globalización» que, para algunos autores, es un hecho mientras que, para otros, es una ficción (por ejemplo, Boyer, 1997; pp. 21-42). De cualquier forma, lo cierto es que la globalización es un producto histórico que expresa el «…alcance mundial del capitalismo que se esboza desde sus orígenes y se desenvuelve de manera particularmente abierta en el siglo XX. Adquiere nuevas características en la época iniciada con el término de la Segunda Guerra Mundial, cuando la emergencia de estructuras mundiales de poder, decisión e influencia anuncian la redefinición y el declive del Estado nación. «Las características de la globalización incluyen la internacionalización de la producción, la globalización de las finanzas y seguros comerciales, el cambio de la división internacional del trabajo, el vasto movimiento migratorio del Sur para el Norte y la competencia ambiental que acelera esos procesos» (Octavio Ianni, 1993, pp. 23 y 24; véase también del mismo autor, 1993a).
Octavio Ianni sostiene la tesis del debilitamiento del Estado nación, en cuanto estructura dominante en el siglo XX, por lo menos hasta los ochenta. Sin embargo, a diferencia de Robert Boyer, aquél abre la posibilidad de caracterizar, como lo hacemos nosotros, el proceso globalizador, como una fase transitoria donde, dependiendo de la correlación política entre las diversas fuerzas mundiales, locales y regionales, tan importantes resultan las primeras como las últimas.
Pero más allá de estas apreciaciones, debemos de considerar que «…la globalización no implica necesariamente crecimiento general y solidario de una economía mundial planificada» (Boyer, o. c.; p. 30), como sostienen los pensadores neoliberales. Por el contrario, la tesis de Boyer reconoce que, frente a los postulados neoclásicos del equilibrio que hasta el mismo Shumpeter criticó (por ejemplo, 1996), cualquiera que sea el proceso en marcha, lo cierto es que el mundo en que vivimos, sus estructuras y formaciones político-sociales, no están exentas de contradicciones y polarizaciones en los planos internacional, regional, nacional y local.
Ideológicamente, sin embargo, el concepto «globalización» se ha utilizado como un manto para ocultar realidades contradictorias (Saxe Fernández, 1993; pp. 39-40), pero debemos subrayar que esa globalización está expuesta a las contradicciones estructurales y políticas del capitalismo que la obligan a producir sus contrarios: localismos y regionalismos, debilitamiento del Estado nación en algunas regiones y rupturas o disgregación en otras más (URSS, países de Europa del Este).
Lo importante y característico de esta nueva fase, como muestran diversos estudios, es que el capital financiero especulativo viene marcando su desarrollo (Cf., por ejemplo, Chesnais, 1996), a la par que estimulando la «crisis del modelo fordista» para la búsqueda de nuevos dispositivos productivos y de nuevas formas de producción y organización del trabajo articuladas más tarde a la «flexibilidad» (Cf. Coriat, 1985).
Desarrollo, desindustrialización y dependencia
En el marco de la crisis y de la reestructuración capitalistas de los ochenta responsables del advenimiento del patrón de acumulación «secundario-exportador» dependiente de corte neoliberal paulatina pero inminentemente, el desarrollo económico-social cimentado en las políticas de conducción estatal-proteccionista de la industrialización sustitutiva de importaciones fue cediendo terreno a las políticas de crecimiento conducidas por el capital («fuerzas del mercado») en detrimento de la intervención pública mediante la privatización de las empresas estatales que habían desempeñado el papel de reguladoras de la voracidad del capital en el terreno de la apropiación de las ganancias. Así, el periodo de las nacionalizaciones productivas fue sustituido por las privatizaciones, intensificando, por esta vía, la acumulación de capital a expensas del cambio en las relaciones de propiedad, de apropiación y de poder en beneficio de los intereses de las clases burguesas, sobre todo de sus fracciones más fuertes que en la actualidad están constituidas por los sectores que especulan en los bancos y en las bolsas de valores de todo el mundo.
En otras palabras, el bienestar social y las políticas públicas en la materia fueron francamente sometidas a una lógica antidesarrollista y desindustrializante en beneficio de políticas de crecimiento macroeconómicas encaminadas a corregir los desequilibrios inflacionarios y los déficit de las balanzas de pagos y a socorrer los pagos de los intereses de las abultadas deudas externas en la región. Fuera de esta lógica dominante, no es concebible el «desarrollo» ni, en consecuencia, la posibilidad de construir economías rentables con capacidades y reservas competitivas con que hacer frente al dilema «atraso-modernización».
En las «las zonas periféricas» del capitalismo desarrollado, a partir de los años ochenta con la revolución tecnológica, la expansión del comercio internacional y la hegemonía del capital financiero, la pobreza, el desempleo, la precarización del trabajo y la exclusión social, han sido fenómenos que han venido caracterizando la vida entera de los países de la periferia, cuya deuda externa creció vertiginosamente, junto a una profundización de la polarización mundial de los «centros» y las «periferias» y de todas las formas de dependencia: comercial, financiera, productiva, tecnológica y técnico-científica, como demuestra Amin (1995, p. 39, 368 y 369; y Sotelo, 1997).
Los procesos de reactivación económica que experimentaron muchos países en los noventa fueron insuficientes para garantizar tasas reales de crecimiento de la ocupación y decrecientes de las de desempleo abierto y disfrazado. Como sostiene Weller (1998), una de las consecuencias de esas políticas es que en la mayor parte de América Latina «…la recuperación moderada del crecimiento a nivel regional no ha incidido en una vigorosa generación de empleo productivo. La creación de nuevos puestos de trabajo se ha concentrado en gran parte en ocupaciones de baja productividad media y se ha reducido la participación de las actividades formales en la estructura de empleo. En la segunda mitad de este decenio, la tasa de desempleo abierto regional se ha ubicado en niveles elevados, no vistos desde la crisis de inicios de los años ochenta. En muchos países de la región, los salarios reales de las actividades formales aún no han sobrepasado los niveles alcanzados en 1980».
Esta formulación nos permite inferir que además de que los movimientos, cuando los hay, de moderada recuperación económica expresados en el crecimiento del PIB no generan sino empleos precarios (ocupaciones de baja productividad y con bajos salarios sobre todo en el «sector informal»); también son expresión de un fenómeno más complejo que consiste en una disociación de los ciclos de crecimiento del capital de los propios que regulan la tasa de creación de empleos productivos; en otras palabras, un divorcio creciente entre las variables macroeconómicas (balanza de pagos, exportaciones, PIB, políticas monetarias y financieras, etcétera) y las micro: salarios, calificación y ocupación y capacitación de la fuerza de trabajo. Y aquí se marca una diferencia fundamental con el periodo anterior, como afirma Love (1999, p. 11), en relación con el pensamiento de Celso Furtado, «…en las economías latinoamericanas más grandes, la industrialización había ocurrido históricamente en periodos de crisis. Para él (Celso Furtado, ASV), como para otros estructuralistas contemporáneos, la Gran Depresión había representado un hito, tras el cual las mayores economías de América Latina habían avanzado definitivamente hacia una economía en la que el motor del desarrollo era el mercado interno, más que el internacional, y para el cual la industrialización impulsaba el proceso de crecimiento».
Por el contrario, en el nuevo patrón de reproducción neoliberal vigente, la crisis no ha desarrollado la economía, como en el periodo precedente, sino que, por el contrario, ha desmontado la industrialización, deteriorado y contraído los mercados internos de consumo y de trabajo asociando su expansión a la dinámica del mercado internacional y a las exportaciones.
Al cambiar la función histórica del Estado, tanto en lo que respecta a la acumulación de capital como en su relación con la sociedad y los partidos políticos, que ahora tiende a ser «mediada» por el «mercado», cambian las condiciones histórico-estructurales y políticas que lo habían perfilado como un Estado de bienestar cimentado en los dispositivos fordistas y tayloristas que lo acompañaron en los países avanzados (Cf. Hirsch, 1995). En los nuestros, este proceso fue más restringido y se articuló sólo en algunas ramas y sectores denominados dinámicos (como la industria automotriz) pero debió desmontar los procesos productivos, ramas y sectores ligados a la reproducción del valor de la fuerza de trabajo, para convertirla en fuerza de trabajo flexible, polivalente y precaria, afianzando, así, una de las características estructurales del proceso de mundialización.
Bibliografía
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