El 22 de noviembre de 1975, mientras aún permanecía abierto el féretro de Franco, Juan Carlos I fue declarado Rey. Su discurso aquel día, cargado de significados, es uno de los más trascendentales de la Historia de España y marcó el comienzo de la Transición política hacia la democracia.

El Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados documenta que los Príncipes de España, Juan Carlos y Sofía, entraron en las Cortes a las 12:30 horas del 22 de noviembre. Era una Cámara sobrecogida por la reciente muerte de Franco, ocurrida dos días atrás, integrada por procuradores designados por el dictador, con el propósito de dirigir la política española junto al nuevo Rey tras su fallecimiento. Sin embargo, mucho más allá, comenzaba en ese momento un acto para todos los españoles, quienes presenciaban esos hechos con la incertidumbre que genera la sensación de estar ante un instante histórico. Tras 36 años de dictadura y conflictos sociales, se abría un nuevo periodo, lleno de expectativas y temores.
Los entonces Príncipes fueron «recibidos con vítores y prolongados aplausos de todos los presentes, que se pusieron en pie», señala el Diario de Sesiones, justo antes de que el presidente del Consejo de Regencia, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, hiciera jurar a Juan Carlos, lo proclamara Rey y le concediera la palabra.
Leído a día de hoy, cinco décadas después, el discurso del monarca recién nombrado constituye una pieza histórica de gran relevancia. Precisamente medido para comunicar mensajes clave a la sociedad sin infringir la legalidad jurada, Juan Carlos logró distinguirse del franquismo, anunciar la reforma política, tender puentes hacia la oposición de izquierdas, enviar un mensaje a las minorías regionales, mostrarse a favor de la libertad de expresión y la participación política, defender la libertad religiosa e incluso reconocer a su padre, Don Juan, muy criticado durante el régimen. Pero, sobre todo, planteó la idea que guiaría todo lo que aconteció en los siguientes 12 meses y sobre la cual se construiría la democracia española: después de casi dos siglos de conflictos civiles, guerras y rencillas, era el momento de la concordia y la convivencia en pos del futuro común de todos los españoles.
1. «Hoy comienza una nueva etapa en la Historia de España, que hemos de recorrer juntos»
En esta frase simple residía el origen de todo. Mientras aún se velaba el cuerpo de Franco, el nuevo Jefe del Estado anunciaba en las Cortes el inicio de «una nueva etapa». Aunque evidente, tenía una importancia vital que Juan Carlos estableciera esa línea divisoria entre el régimen heredado, surgido de la guerra, y el que pretendía instaurar, basado en la unidad y la concordia. Tal vez la gran fortaleza del Rey en esos días fue su habilidad para conectar con la sociedad española, que en su mayoría anhelaba abrir, efectivamente, un nuevo capítulo. Diversos años de crecimiento económico y progreso social habían dado lugar a una clase media emergente y dinámica que aspiraba a modernizar el país y avanzar sin mirar atrás. Los españoles estaban preparados para dialogar, tolerar las diferencias y «recorrer juntos» un sendero hacia un país mejor. Y Juan Carlos lo comprendió desde el primer momento.
2. «La institución que personifico integra a todos los españoles, y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco»
Esta frase contenía dos llamadas esenciales en el proyecto político de Juan Carlos. La primera, la más recordada del discurso, es el lema de su reinado: ser el Rey de «todos los españoles». Nadie debía quedar excluido. Las instituciones, encabezadas por la Jefatura del Estado, debían dejar de representar exclusivamente a un sector del país, a quienes ganaron la guerra, para ser la «personificación» de todos: derecha, izquierda, centro, apolíticos, vencedores, vencidos, de Madrid, Cataluña, País Vasco, Andalucía, exiliados, emigrantes… Todos. En su proclamación en 2014, Felipe VI utilizaría la misma expresión para prometer ser «el rey de todos los españoles», un legado político fundamental heredado de su padre.
La segunda llamada en esta misma frase pasó más desapercibida, pero resultó igualmente crucial. El Rey convocaba a los españoles a participar en el proceso que se iniciaba. Tras una dictadura que había reducido a los ciudadanos a ser sujetos pasivos, la invitación a tener un papel activo y expresar sus opiniones era una novedad trascendental.
3. «Que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional»
La concordia, el abrazo, el consenso, la paz. La Guerra Civil seguía presente en la España de 1975 porque así lo quiso el franquismo, y el Rey instaba a enterrar viejos odios para construir un futuro mejor. Este es uno de los grandes legados de la Transición, hoy día cuestionado por quienes fomentan la polarización y el enfrentamiento. La trascendencia histórica de la Transición no se comprende sin este llamado del Rey a la «concordia» nacional desde su primer discurso.
4. «Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro, en pleno periodo de desarrollo cultural, de cambio generacional y de crecimiento material, pide perfeccionamientos profundos. Escuchar, canalizar y estimular estas demandas es para mí un deber que acepto con decisión»
Los «perfeccionamientos profundos» representaban la reforma política, en aquel momento algo utópico, pero muy presente en la mente de Juan Carlos, quien prometía «canalizarlos y fomentarlos». Apenas días después realizaría su primer movimiento al conseguir el 6 de diciembre que Torcuato Fernández-Miranda fuera designado presidente de las Cortes. Menos de un año después, el 18 de noviembre de 1976, esas mismas Cortes aprobaron su autodisolución con la Ley para la Reforma Política, que establecía elecciones generales para elegir un Congreso y un Senado democráticos, celebradas el 15 de junio de 1977.
5. «Asumo la Corona con pleno sentido de mi responsabilidad ante el pueblo español y de la honrosa obligación que para mí implica el cumplimiento de las leyes»
La reforma política tuvo opositores, incluso dentro del régimen que Juan Carlos debía persuadir para que se disolviese pacíficamente. En su proclamación juró respetar las leyes y así ocurrió. La fórmula «de la ley a la ley», impulsada por Torcuato, significaba implantar la democracia mediante la reforma de las leyes franquistas. En efecto, la Ley para la Reforma Política conservó el rango de Ley Fundamental del Régimen, el cuerpo legal principal de la dictadura, y fue la última de ellas, al significar la disolución del régimen. Nadie pudo reprochar al Rey incumplir su juramento.
6. «Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional»
Reiterando la importancia de la participación ciudadana en el proceso político abierto, el Rey evoca una «sociedad libre y moderna» y demanda la «participación en los foros de decisión» y en «los medios de información». Tras décadas bajo censura y represión, España asistió en los meses siguientes al nacimiento de numerosas publicaciones periodísticas, cruciales para la formación de la opinión pública, la defensa de la democracia y el éxito de la Transición.
7. «La Corona entiende como deber fundamental el reconocimiento de los derechos sociales y económicos. […] No queremos ni un español sin trabajo, ni un trabajo que no permita a quien lo ejerce mantener con dignidad su vida personal y familiar»
Aunque la retórica social del régimen franquista había estado presente, influida por el falangismo, la referencia del Rey al «reconocimiento de los derechos sociales y económicos» era un mensaje claro dirigido a la oposición de izquierdas. El sindicato CCOO era una fuerza relevante en 1975 y el PCE se preparaba para impulsar una ruptura tras la muerte de Franco. Integrar a la izquierda en el proceso emergente fue un desafío fundamental para Juan Carlos. En los días posteriores a su proclamación, el Rey transmitió un mensaje a Santiago Carrillo, secretario general del PCE: la democracia será restaurada y el Partido Comunista será legalizado. Le pedía paciencia y calma. Carrillo se convertiría en uno de los grandes artífices de la Transición.
8. «Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino y del Estado las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España»
El reconocimiento de las «peculiaridades regionales» es otra de las frases emblemáticas de su discurso. Preveía uno de los problemas más complejos de la instauración democrática: la admisión de la autonomía regional, especialmente en las regiones históricas que ya contaron con estatutos en la II República —Cataluña, País Vasco y Galicia— sin comprometer la unidad nacional. Fue un debate extenso y complicado que dio lugar a la España de las Autonomías y que aún marca la política española actual.
9. «Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan es una necesidad del momento»
El ámbito internacional era una de las grandes metas del Rey. No sería posible la normalización política ni institucional sin el reconocimiento externo y el apoyo de las democracias occidentales. El franquismo había roto el aislamiento diplomático, pero el país permanecía encerrado, sin un rol exterior ni presencia en las principales organizaciones mundiales. Juan Carlos impulsaría personalmente la integración en la Unión Europea y la adhesión a la OTAN, hechos consumados en los años 80.

