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Ecuador: Latinoamérica

30-08-2000

Diálogo exclusivo con La Nación: un legislador dijo que teme ir preso

Pertenece al Partido Justicialista y habló con la condición de no ser identificado

Dijo que los sobornos son una práctica habitual

Sostuvo que hubo quienes hablaron por no haber cobrado

Acusó en forma elíptica a un funcionario del Gobierno

Por primera vez, un senador del PJ reveló a La Nación que había cobrado un soborno por la ley laboral.

No estaba quebrado. Más bien parecía incómodo porque se había roto el manto de impunidad que, según dijo, siempre cubrió este tipo de operaciones. «Tengo miedo de ir preso», confesó a esta cronista el legislador, sentado en un sillón de su despacho, en el edificio principal del Senado, en la tarde de ayer.

«Todos estamos en esto…, aunque hubo algunos bol… que quedaron afuera y hablaron», agregó con relación a sus compañeros de bancada.

El senador peronista aceptó hablar con La Nación, pero imponiendo algunas condiciones: que no se difundiera su nombre ni se grabaran sus declaraciones. Incluso, ordenó a una persona de su staff que palpara a esta cronista para ver si tenía un grabador oculto entre sus ropas.

Mientras transcurría este diálogo sorpresivo, en otro lugar del Senado, el jefe de la SIDE, Fernando de Santibañes, trataba de explicar a los miembros de la Comisión de Asuntos Constitucionales que el Gobierno nunca había realizado estos pagos. Luego lo haría el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique. De la conversación se desprende que el senador intuye que integra la lista de los sospechosos. Es un hombre maduro, con protagonismo en la bancada, aunque siempre eligió el perfil bajo.

El encuentro de La Nación con el legislador fue casual, en un pasillo, y nada hacía prever que culminaría con una suerte de sinceramiento de su parte. Se le preguntó sobre las denuncias de sobornos que conmocionaron al cuerpo y, a pedido de La Nación, la charla continuó en su oficina.

Apenas se sentó en un sillón de cuero oscuro, el senador pidió un café y comenzó a hablar. Al principio, negó saber si alguno de sus colegas había sido «comprado» para aprobar la ley laboral, pero con el correr de los minutos empezó a distenderse.

Las primeras revelaciones fueron con medias palabras y muchos gestos que completaban el significado de las frases.

Una vez que admitió en voz alta que había cobrado, desaparecieron los eufemismos. «Nunca pensé que esto se iba a manejar así -dijo-. Lo peligroso fue que unos recibieron más y otros menos, entonces algunos se sintieron usados.»

La bancada del PJ vivió ayer uno de sus mayores días de desconfianza por conocer los nombres que el senador Antonio Cafiero (PJ-Buenos Aires) había entregado anteayer a la Justicia. Unos se miraban con otros con recelo.

-¿Cuánto cobró?

-Eso no se lo voy a decir. Si le digo, me va a mirar con cara de asco.

-¿Qué hizo con la plata?

-Y, la guita… se gasta-, respondió con un movimiento de hombros hacia arriba.

-¿Está nervioso?

-No, porque yo tengo calle.

El mozo del Senado ingresó en la oficina en ese preciso instante y, como era de esperar, el diálogo se interrumpió abruptamente.

El senador se paró. Tomó su teléfono celular y, sin prenderlo, continuó: «No estoy dispuesto a hacer una denuncia ni un arrepentimiento en público. Si hice algo me la tengo que bancar. Esos son los códigos».

Para distender el clima de la reunión, reflotó anécdotas de su provincia que no lo favorecieron. Contó que alguna vez había sido acusado de corrupción, pero que esa denuncia quedó en la nada. Recordó, además, que cuando en ese tiempo caminaba por la calle, la gente se cruzaba de vereda «como si fuera un leproso».

Ahora, también, cree que la investigación judicial va a ser infructuosa. «Pensamos que iba a haber impunidad, por eso nos metimos. ¿Usted se cree que ésta es la primera vez?», disparó.

Y agregó: «No creo que se llegue a algo, aunque tengo entendido que Cafiero aportó un movimiento de caja y ahí se pondrá jod..».

Lo más extraño es que su discurso tenía la naturalidad de quien cuenta algo cotidiano. Parecía no importarle que estaba autoincriminándose. Dos veces asintió con la cabeza cuando La Nación le preguntó si creía que podía ir a la cárcel. Una sola pregunta lo descolocó: qué pensaría su familia si se descubría la verdad. «Si mis hijos se enteran… me c… a patadas», respondió consternado.

«Ahora no puedo meter los valores de mi familia en el medio… cuando hice…», no terminó la frase.

En los momentos en los que parecía sentirse más comprometido, sin embargo, se inclinaba hacia adelante como a punto de decir un secreto. Los ruidos de sus empleados trabajando del otro lado de la puerta no lo inquietaban al punto de interrumpir su relato.

El legislador se negó a revelar los nombres de sus compañeros que también habían sido beneficiados con dinero extra. Tampoco incriminó a sus pares radicales. «No sé…», respondió sobre la participación del oficialismo.

-¿Sabe si hay funcionarios del Gobierno involucrados?

-No (sonriendo).

-¿Es alguno de los nombres que circulan?

-Hay un Santo…que viene hoy (por ayer); cambie una letra.

-¿Es cierto el anónimo?

(Hizo un gesto como diciendo «nada».)

-¿La operación se hizo en un hotel?

-Mentira.

-¿Dónde se cobró?

-Borre esa pregunta.

No dio ningún detalle sobre la forma en que su bancada recibió las retribuciones. «Esto es como los códigos de la mafia», puntualizó.

Su imagen del Senado no es por cierto alentadora. Aseguró que todos estaban «muertos cívicamente» y que no tenían ninguna credibilidad.

«El sistema está pervertido -explicó-. Todo el mundo viene y te pone la mosca. ¿Las empresas privadas? Claro. Pero esta es la primera vez que lo hace un gobierno con la oposición». La aclaración tuvo que ver con que el actual gobierno no tiene mayoría en el Senado.

Alguien podría preguntarse por qué este senador se decidió a confirmar la existencia de la operación más escandalosa de la Cámara alta desde el inicio de la democracia, cuando tanto desde el Gobierno como desde su bloque la niegan ofendidos.

Después de no más de media hora de diálogo, esta periodista salió del edificio del Senado sin saber por qué le habían hecho esa revelación.

Lo cierto es que este senador del PJ tiene en su haber algunos antecedentes de su gusto por la palabra. Hace varios años le confió a La Nación que por un millón de dólares se sentaba en su banca para votar una ley.

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Fuente: Pulsar

Marlon Carrión C.




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