Actualmente, las siete centrales proporcionan aproximadamente el 20% de la electricidad en España, situándose por detrás de las fuentes renovables, que constituyen la principal generación con más del 56%

En 2019 se estableció un plan para eliminar progresivamente la energía nuclear en España, lo que parecía implicar su definitiva desaparición. Entonces, el Gobierno y los propietarios de los reactores acordaron un cierre escalonado hasta 2035. Sin embargo, ese futuro vuelve a ponerse en duda. Las preocupaciones sobre la estabilidad del sistema eléctrico, especialmente tras el apagón que dejó al país sin suministro durante varias horas el 28 de abril, han reavivado la discusión pública acerca de si es conveniente mantener algunas plantas activas más allá de las fechas fijadas.
Las empresas propietarias —Iberdrola, Naturgy y Endesa— han aprovechado este contexto y, desde hace meses, están solicitando una extensión en los cierres, centrando especialmente la atención en Almaraz I, cuya parada está prevista para 2027. El Gobierno ya ha remitido al Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) la documentación pertinente para que evalúe prolongar la vida útil de esta planta, que dispondrá de un plazo de dos años para emitir su informe. Asimismo, países europeos como Francia, Alemania o Bélgica han revisado recientemente sus calendarios nucleares por razones relacionadas con la seguridad del suministro.
España dispone actualmente de siete reactores en funcionamiento distribuidos en cinco centrales: Almaraz I y II (Cáceres), Ascó I y II (Tarragona), Cofrentes (Valencia), Trillo (Guadalajara) y Vandellós II (Tarragona). Su producción eléctrica representa entre el 19% y el 20% del mix energético español, de acuerdo con datos de Red Eléctrica, lo que los sitúa como una fuente principal de generación estable y con bajas emisiones de carbono —aunque con producción de residuos radioactivos—, superada únicamente por las renovables, que en 2024 aportaron más del 56% de la electricidad total.
‘Pros’: estabilidad, bajos costes marginales y reducidas emisiones
Aunque la participación de la energía nuclear sea menor que en décadas anteriores, no debe subestimarse su relevancia. Garantiza una generación constante y predecible, con costes marginales bajos (gastos adicionales tras la amortización de la planta), lo que ayuda a fijar precios más estables en la electricidad frente a la variabilidad propia de las renovables. Informes de la CNMC y consultoras energéticas señalan que la creciente participación de solar y eólica ha aumentado la volatilidad horaria de los precios, y eliminar la nuclear sin opciones alternativas confiables podría incrementar la dependencia de ciclos combinados de gas en periodos de baja generación renovable, con el consiguiente aumento de emisiones de CO₂ y costes.
Además, la combinación de la energía nuclear y las renovables es complementaria. Según la Cámara de Comercio de Valencia, la nuclear, al ofrecer una generación estable, puede mitigar los picos de producción de energía eólica y solar, que dependen de variables meteorológicas y son menos constantes. Esto resulta clave en un sistema donde las renovables cubren mayoritariamente el crecimiento de la demanda y que requiere una reestructuración del sistema eléctrico mediante más almacenamiento, mejor gestión de la demanda e interconexiones regionales.
‘Contras’: impuestos, residuos y actualización tecnológica
No obstante, sostener las centrales operativas más allá de su vida prevista implica una actualización tecnológica y el estricto cumplimiento de los requerimientos del CSN y de las normativas de seguridad radiológica y nuclear. Además, la gestión de residuos y el desmantelamiento de reactores conllevan costes elevados, cuyo financiamiento genera debate entre empresas, administraciones regionales y el Gobierno central. Actualmente, el coste se cubre mediante la tasa Enresa, un impuesto específico que pagan las centrales nucleares y otros productores, aunque las compañías responsables han solicitado su revisión.

De igual manera, la continuidad de la energía nuclear está estrechamente vinculada a la transición energética. Sustituir los reactores por renovables requiere infraestructura de almacenamiento y flexibilidad en la red, aspectos que ya fueron considerados al planificar el fin de la vida útil nuclear. Por otra parte, un cierre anticipado podría comprometer la seguridad del suministro y provocar un aumento en los precios de la electricidad.

