El papel de las relaciones interpersonales en la búsqueda de la felicidad humana

Solo una conciencia colectiva sólidamente organizada, que trascienda nuestras individualidades y pequeñas necesidades, permitirá construir un mundo más sostenible y feliz para todos

Foto: Un hombre en un pantano. (Pexels)

La historia de la Humanidad ha sido, por tradición, colectiva y no de carácter individual. Cuando el Homo sapiens, nuestro antepasado, surgió en el paleolítico superior, hace más de cuarenta mil años, las condiciones ambientales eran sumamente adversas y la amenaza de los depredadores resultaba tan elevada que un humano aislado tenía escasas probabilidades de sobrevivir.

Por ello, se aprendió a vivir en grupos de cazadores y recolectores, fomentando la cooperación y el cuidado mutuo, dejando de lado cualquier objetivo personal frente al enorme desafío compartido que representaba la supervivencia. Más adelante, hacia el 6.000 a. C., cuando en el Neolítico adoptamos un modo de vida sedentario mediante el desarrollo de la agricultura y la ganadería, constituyendo sociedades agrarias, seguimos manteniendo un enfoque transpersonal.

La identificación con el grupo humano en el que se habitaba era fundamental, de modo que la sociedad estaba firmemente estructurada, sin duda con un esquema demasiado rígido según los criterios actuales. Las reglas sociales omnipresentes regulaban la convivencia, siendo mucho más contundentes que los deseos individuales. Así se sostuvieron las sociedades conocidas como colectivistas, muchas de las cuales perduran hasta hoy, conservando fuertes vínculos interpersonales y valorando más el interés común que los particulares.

Con la Ilustración y el subsecuente debilitamiento de las creencias religiosas, así como la ausencia de fe en una vida ultraterrena, las élites intelectuales comenzaron a considerar que la fama individual tras la muerte era la única vía para la inmortalidad. Diversos expertos opinan que este cambio promovió el declive de las culturas colectivistas y el surgimiento de las sociedades personalistas, como la occidental. En los últimos cien años, esta tendencia se aceleró, intensificando la atención en los logros y la acumulación individual junto con el culto a la personalidad, todo ello a cualquier costo.

La consecuencia fue una sociedad capitalista y consumista desenfrenada, caracterizada por una búsqueda irracional del placer personal y un desprecio hacia otras formas de vida y el planeta. Guerras sin sentido, un crecimiento económico ilimitado e insostenible, extinción de especies y hambre en grandes sectores humanos mientras se desperdicia comida en otros países.

El aumento poblacional ha provocado que los antiguos cazadores y recolectores, que sobrevivían explotando pequeños entornos cada pocos meses y debían ser nómadas, se hayan convertido en 8.000 millones de depredadores que están agotando los recursos del planeta Tierra. El problema radica en que, una vez destruido, no habrá ningún lugar adonde emigrar.

Tanto la Psicología como la Psiquiatría desde sus inicios, debido al énfasis que ponen en la introspección, han reforzado con frecuencia esta visión individualista y egocéntrica del ser humano. Solo disciplinas como la psicología transpersonal, las terapias de tercera generación y las ciencias contemplativas han abordado la conexión inseparable entre la felicidad individual y la de todos los seres del entorno, así como la urgencia de superar la mirada narcisista sobre uno mismo.

Por esta razón, cada vez con más fuerza, es momento de lo transpersonal: solo una conciencia colectiva bien organizada, que vaya más allá de nosotros y de nuestras necesidades inmediatas, prosocial y comprometida con la sostenibilidad de otros seres vivos y del planeta, podrá unirnos nuevamente en la búsqueda no solo de la supervivencia común, como ocurrió en el Paleolítico, sino en la consecución del objetivo más amplio posible: la búsqueda global y sostenible del bienestar y la felicidad para toda nuestra especie.

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