La creadora @ainhoavidarural, que cuenta con miles de seguidores, ha explicado las razones por las que decidió reducir a la mitad su jornada laboral tras trasladarse a una aldea con gastos mínimos
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La existencia en un pueblo de 14 habitantes en España comienza antes del amanecer, cuando el silencio solo se interrumpe por el crujir de la leña al encender la estufa y el aroma a pan recién hecho se mezcla con la humedad del campo. Quienes llegan por primera vez descubren un ritmo distinto: senderos de tierra, huertos que llegan hasta los muros de piedra y la sensación de que el tiempo se dilata. Este es el punto de partida para quienes buscan tranquilidad, además de un refugio emocional alejado del ruido urbano.
La protagonista de esta historia, conocida como @ainhoavidarural en TikTok, optó por establecerse en una pequeña aldea de Lleida tras abandonar su vida en El Masnou, un municipio costero en la provincia de Barcelona con cerca de 20.000 habitantes. Rodeada de montañas y con solo catorce vecinos, encontró un espacio para reorganizar su rutina después de un período complicado. En sus videos muestra cómo amasa pan, cuida a sus gallinas y cultiva un huerto que se ha convertido en su principal fuente de provisiones. También comparte que el aislamiento tecnológico es real: sin fibra, sin ADSL y con un router básico como único medio para conectarse.
Una mudanza impulsada por la búsqueda de paz
Su llegada estuvo motivada por un suceso doloroso que le hizo replantear su futuro. Ainhoa revela que se trasladó a este refugio rural tras recibir una llamada angustiosa en la que le informaron que concedían la libertad condicional a su agresor. Ella forma parte de las más de 34.000 mujeres que han sido víctimas de violencia de género en España. «Decidí abrir este Instagram para compartir mi historia y mostrar que existe luz al final del túnel y para ser luz en el camino de otras. La paz es el mejor regalo. No estamos solas». Desde entonces, la joven documenta su día a día para evidenciar que es posible reconstruirse en un entorno rural.
Entre las personas que habitan la aldea —apenas unas pocas familias— se reparten tareas, cuidados y tiempo. Según explica en sus publicaciones, no es necesario realizar jornadas laborales extensas: apenas hay gastos y el consumo se limita a lo esencial. «Antes, al salir a la calle, ya gastaba dinero, pero aquí, como no tenemos en qué gastar, nos ocupamos de las gallinas, del huerto, damos paseos… y todo eso es gratis». En un lugar sin cafeterías ni tiendas, donde las compras implican desplazamientos largos y la vida gira en torno al autoconsumo, el presupuesto mensual es reducido al mínimo.
El abastecimiento también sigue métodos tradicionales: la fruta y la verdura provienen del mercado comarcal y la carne se compra en una cooperativa cercana. Y, pese a que cualquier actividad requiere usar coche, allí no existen atascos interminables ni ruidos molestos, solo ocasionalmente pasa un tractor. Este ritmo pausado, casi detenido, forma parte del encanto que ella intenta transmitir a sus seguidores.
El día a día de una tiktoker en el corazón de Lleida
En su pequeña casa de 1802, cuya reforma inició su padre cuando ella era niña, convive con dos hijos, tres gatos, siete gallinas y un gallo. Su contenido ha despertado gran interés: suma miles de seguidores —supera los 8.000 seguidores en TikTok y casi alcanza los 70.000 en Instagram— donde presenta una visión auténtica de lo que implica habitar un entorno donde cada vecino es fundamental. Para muchos usuarios, su experiencia representa una opción real frente al aumento del costo de vida en las ciudades y la búsqueda de reconectar con la naturaleza.
En el video detalla cómo el coste de vida influye en su nuevo ritmo: «sí, viviendo aquí uso el coche a diario, pero yo pago la gasolina a este precio (1,178 €)», detalla mientras compara cuánto gastaba previamente en desplazamientos. A esos gastos se sumaban billetes de tren, autobús y tarifas de estacionamiento : «zona azul, zona verde, zona naranja y parkings por doquier». También comenta que la escuela pública donde vivían antes requería una cuota mensual de 40 euros, mientras que en su pueblo actual solo pagó el material escolar al comenzar el curso.
Este contraste económico llevó a su familia a tomar una decisión inesperada: «Decidimos reducir la jornada laboral de 40 a 20 horas porque no necesitábamos tanto dinero, no tenemos en qué gastarlo». La autosuficiencia se vuelve rutina y el tiempo se llena de actividades simples, como atender el huerto o cuidar los animales. En este contexto, cada día se organiza sin estar pendiente constantemente del reloj, guiado solo por la luz, las exigencias del campo y el ritmo tranquilo del pueblo.
Ainhoa comparte estas vivencias para ilustrar cómo la vida rural puede aliviar la presión económica y emocional que vivía en la ciudad. Su cuestionamiento final —«¿Me confirman que en las grandes ciudades un paso afuera ya implica gasto?»— ha generado un debate entre sus seguidores sobre el coste real de vivir en entornos urbanos frente a pueblos aislados como el suyo, fomentando una conversación creciente sobre la verdadera noción de calidad de vida.
La aldea funciona con una lógica propia: compartir recetas o ideas, intercambiar productos locales y mantener la autosuficiencia. Ese equilibrio —que combina tradición, esfuerzo físico y apoyo comunitario— es lo que hace de este lugar un modo de vida viable para quienes buscan algo más que tranquilidad: una forma de comenzar de nuevo en uno de los rincones más apartados de Lleida.
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