Uruguay: Latinoamérica
22-12-2000
El hombre entró al laboratorio preocupado. Miró nuevamente el diario que había dejado sobre su escritorio y, el pensamiento se trasladó a Ruanda donde el día anterior cientos de personas habían muerto. Observó los tubos de ensayo, examinó de reojo las probetas que todavía se mantenían sobre una mesa, pensó en las frutas y verduras que había visto el día anterior en el supermercado, consideró los experimentos de manipulación genética que debía terminar y, se decidió a realizar el trabajo. El hombre dudó, volvió a mirar el mundo que lo rodeaba, se sentó nuevamente, cogió el diario y, observó en sus páginas el otro mundo, ese que estaba más allá de su laboratorio. Miró la foto de primera que hablaba de la guerra en Colombia y, se imaginó la posibilidad de identificar el gen que provoca las guerras, pensó en aislarlo e introducirlo en las mujeres embarazadas de América Latina para que los hijos desarrollaran defensas contra esa enfermedad. Luego se sonrió, pensó que estaba un poco loco y decidió que no, que era mejor crear un antígeno, que introducido en la personas se opusiese al de las guerras cuando este quisiera actuar. El hombre golpeó el diario contra la mesa y, se imaginó que tal vez podría aislar el gen que provoca el neoliberalismo e introducirlo en las embarazadas para que los hijos desarrollaran defensas contra ese virus. Volvió a pensar que le estaba patinando el coco, sonrió nuevamente y decidió que era mejor aislar un gen anticorrupción para que mañana no fuera necesario pensar en salvatajes bancarios, gastos reservados, privatizaciones fraudulentas, en presindentes y ex presindentes que meten o metieron la mano en la lata, pero se muestran víctimas de la infamia.
Tamborileó los dedos contra la mesa, se preguntó: «¿para qué todo esto? y, se dijo: «lo mejor es secuestrar a García Márquez, aislar el gen que le permite crear esas vidas y, luego introducirlo en todas las embarazadas para que los hijos nazcan con millones de historias mágicas en la cabeza». El hombre volvió a sonreír, pensó que tanta manipulación genética lo estaba dejando un tanto tocado y, que debía concluir su trabajo de aislar el gen del almidón para introducirlo en plantas de la papa que.
podrían ser mucho más alimenticias. Se entusiasmó, luego pensó en extraer las proteínas de la quinua y pasarlas al tomate para que los nuevos tomates sean ricos en proteínas y, después de eso aislar el gen que produce el tamaño del frijol y crear nuevas plantas con granos del tamaño de una naranja.
Quedó tan contento que olvidó por un momento el diario y, llegó a decirse: «Con estas posibilidades terminamos con el hambre, los 6.000 millones de personas tendrán comida de sobra. Seré el mayor genio de la humanidad». El hombre cogió sus instrumentos de trabajo y giró en dirección de un matraz, pero su mirada volvió a toparse con el periódico que estaba sobre su mesa que, a esa altura era el único espejo de la realidad. Vio en una de sus páginas que la actual producción agrícola mundial da para alimentar al planeta varias veces, y vio también que la mala distribución de la riqueza era la culpable de que hubiera tanta gente sin comer, y vio además que no era por falta de mejores plantas que se morían de hambre en el Tercer Mundo, sino por falta de una economía mundial solidaria. El hombre miró los tubos y las probetas, pensó que la ingeniería genética le permitía mucho menos que nada, sino le daba la oportunidad de crear un gen garcíamarquiano, uno antiguerras, otro anticorrupción o antineoliberalismo y, decidió regresar a la casa, tomarse unos vinos y escribir esta historia. Yo la tomé de una papelera luego de que él la botara, la copié y, aquí está… cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.
Fuente: ALAI
Kintto Lucas
