La psicóloga Begoña Aznárez cuenta con tres décadas de experiencia en el estudio del trauma y ha publicado recientemente un libro donde expone las lecciones fundamentales para comprenderlo
El trauma es una experiencia que todos enfrentaremos en algún punto de la vida, aunque existen etapas especialmente sensibles, como la infancia. La psicóloga Begoña Aznárez acumula más de 30 años de trayectoria en este campo y destaca que el silencio juega un papel clave para que un evento emocionalmente intenso se transforme en un trauma.
Recientemente, la presidenta de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia ha lanzado su obra Las heridas que no vemos (Vergara, 2025), donde explica qué es el trauma, de qué forma se manifiesta y cómo iniciar su recuperación. En primer lugar, es fundamental comprender su definición: “Es esa herida que surge cuando alguien ha vivido un acontecimiento de alto impacto emocional y se ha visto obligado a callar; no ha podido expresarlo ante las figuras de apego que deberían haber estado presentes para escuchar, validar y apoyar en la regulación de esa vivencia”. Además, resalta que frecuentemente el entorno solicita, de forma implícita o explícita, que guardemos silencio y sigamos adelante como si nada hubiera ocurrido.
Esto no implica que no existan situaciones o circunstancias que por sí mismas produzcan traumas, como una violación o un desastre natural como un tsunami. Sin embargo, sostiene que si una experiencia, aun siendo dura y dramática, se comparte con figuras de apego receptivas que identifican lo ocurrido y acompañan en la regulación emocional, puede ser procesada y evitar convertirse en traumática, transformándose en aprendizaje. “Será dolorosa, impactante, pero se puede superar sin enquistarse ni estancarse,” subraya.
También menciona que hay eventos que a simple vista parecen poco relevantes, incluso minúsculos, pero que terminan afectando, especialmente cuando se presentan de forma reiterada durante la infancia. Es decir, estas vivencias individualmente podrían no ser traumáticas, pero su recurrencia les confiere ese potencial.
Profundiza también en la influencia que tienen tanto los microsistemas, como la familia o el entorno cercano, así como los macrosistemas, que incluyen a la sociedad, en la conformación del trauma.
“Imponen reglas, mandatos sistémicos y guiones de vida preestablecidos que condicionan de modo claro al niño en desarrollo. Además, el sistema suele exigir silencio y ser cómplice,” relata. Un ejemplo de ello lo observa en el sistema sanitario, donde a lo largo de su carrera ha visto pacientes que revelan al médico o enfermera razones que dificultan, por ejemplo, una revisión ginecológica, y reciben respuestas que minimizan la experiencia, calificándola de trivial o recordándoles que ha pasado mucho tiempo. “Con esta minimización y falta de empatía, se produce retraumatización,” concluye.
¿Por qué soñamos con nuestros traumas?
Otra cuestión que aborda en su libro es la razón por la cual los traumas se manifiestan en nuestros sueños. La explicación reside en la forma en que el cerebro procesa y gestiona lo vivido durante el día. Similar a cómo el aparato digestivo se encarga de procesar los alimentos y, ante fallos, genera molestias o dolor, el trauma funciona de manera análoga.
“En el ámbito de las experiencias vitales o psicoemocionales, disponemos asimismo de un sistema para procesar la información, que convierte las vivencias en aprendizaje. Este proceso suele activarse durante la fase REM (movimientos oculares rápidos). En esta etapa, el cuerpo permanece paralizado y los ojos se mueven velozmente. Las investigaciones han demostrado que esta función ayuda a digerir y procesar los eventos experimentados en estado de vigilia,” argumenta.
Esta es la razón que explica la sabiduría popular de “consultarlo con la almohada” para encontrar nuevas perspectivas o soluciones. Por ello, Aznárez defiende que para que las vivencias no se conviertan en traumáticas es esencial hablar, reflexionar y soñar con ellas; cuando una experiencia impactante no es verbalizada ni pensada, la persona no puede evitar soñar con ella, generalmente en forma de pesadillas.
En su consulta ha atendido a personas que arrastran durante décadas las mismas pesadillas, que incluso intentan retrasar el momento de dormir para evitar revivirlas. “Las pesadillas reiteradas indican haber atravesado experiencias traumáticas. El cerebro continúa intentando procesar esa experiencia emocional intensa, que no se pudo compartir ni elaborar correctamente,” enfatiza.
Como explicó anteriormente, todos experimentaremos traumas en algún momento, aunque las etapas más frágiles son los primeros años de vida. Tanto es así que la especialista afirma que actualmente “nadie duda de que el trauma infantil es normativo, es decir, la regla general”.
Para afrontarlo, la experta se apoya en la psicoterapia, aunque subraya que la clave reside en la relación entre el terapeuta y el paciente. Por lo tanto, no es tanto la técnica o modelo psicoterapéutico empleado, sino la habilidad del terapeuta para establecer un vínculo particular que genere confianza y seguridad, desde donde la persona pueda, en algunos casos, revivir situaciones dolorosas.
Para que las experiencias no se conviertan en traumáticas hay que hablar de ello, pensar en ello y soñar con ello
“Nadie querrá abrir esa caja de Pandora sin estar acompañado por alguien que pueda ofrecer una confirmación radical,” afirma. También señala que en los estudios realizados sobre este tema, la variable que más influye en el cambio terapéutico “siempre es el vínculo”.
Más allá del vínculo con el profesional de la psicología, también destaca la importancia de la armonía con el entorno: “Es fundamental. El ser humano necesita que sus figuras de apego sintoníen con sus necesidades y la falta de esta sintonía puede resultar profundamente traumática”.

