Cátedra Gabriela Mistral

Tierra, indio, mujer : pensamiento social de Gabriela Mistra

Lorena Figueroa, Keiko Silva, Patricia Vargas

03.10.07

Para Gabriela Mistral el derecho a ejercer el voto era algo tan justo y normal que no merecía ser privado a la mujer.

A partir de la óptica mistraliana, se entiende que el folklore es la matriz de la cultura aborigen. Se esboza como la fuente de la sensibilidad artística del indio, la cual se concretiza de distintas maneras. Vimos anteriormente cómo la poesía, el verso y la fábula reflejan el carácter indígena y la forma en que Gabriela supo apreciar el «primitivismo» y «originalidad» de los textos. Ante todo el folklore representa para Gabriela dos cosas: origen e identidad racial. Ambas características son una constante en el abanico de la creación india. El indio vuelca su sensibilidad creativa en distintos géneros y uno de ellos es el canto. El canto en el indio es una capacidad innata, viene con él anidado en las entrañas y es -según Gabriela- una forma especial de comunicarse con lo místico y lo religioso de su entorno, al mismo tiempo que señala que el canto indio tiene un plus sobre los relatos nativos, que es la capacidad de ser espontáneo y directo, sin mediación alguna que le reste misterio. «Hay un misterio en el folklore, que es el misterio de la voz genuina de una raza, de la voz verdadera y de la voz directa, y es que en él se canta la raza por sí misma, no se canta por esa especie de altoparlante tan dudoso que es el poeta o es el novelista»(209). Si Gabriela destacó de los textos indo-folklóricos la «honradez de palabra», de la música y canto indígenas valorará la originalidad proveniente de una extraña combinación de lamento rítmico, que deja ver la faz interna del indio y que lo transforma en un ser venido de tierras desconocidas a la razón europea. «Agradecimiento les doy a las gargantas cantadoras por esta preciosa lealtad a sí mismas, virtud en que el indio sobrepasa al blanco imitador…»(210) Este sentimiento Mistral lo describe en su texto «Música Araucana», allí plasma la sensación que le produce el sonido de las gargantas mapuches, semejantes a quejas rítmicas y cadenciosas, salidas del fondo del universo. «Ellas [las canciones] me dan su extraño relato para hablar con expresión católica, pero de veras infrahumano, de criaturas que hablan y cantan con una voz tan extraña que, si no articulasen palabras, no la reconoceríamos como de semejantes [73] sino como seres de otra parte, de un planeta más desgraciado y que viviría la puericia que nosotros hemos dejado atrás»(211). La relación que establece Gabriela entre voz y sentimiento, abren una ventana a través de la cual se puede llegar a tocar la fibra india, la voz hecha canto se convierte en un prisma capaz de traspasar la corporeidad de la raza milenaria. En ese canto lejano, Gabriela recupera un trozo perdido de sí misma. «La voz nos confiesa, dicen, más que los gestos, más que la marcha y que… la escritura. Cierto es, y aquello que está sonando, la bendita máquina fea me lo oigo como una confesión, como un documento y como un pedazo de mí propia entraña perdida, casi irreconocible pero que no puedo negar»(212). El canto y el habla están estrechamente ligados, y el indio especialmente pasa de uno a otro, naturalmente casi sin hacer distingo entre ambas. Cantar y contar se vuelven una misma tarea, cuestión que lleva a Gabriela a plantear que lo natural en el hombre es este juego canto-habla, que el indio practica para recordar sus «hábitos bárbaramente olvidados». «Las cantadoras araucanas pasan sin sentirlo del habla al canto, del contar al cantar, volviendo al habla y regresando de ella a la canción con una naturalidad consumada. Me hacen pensar mientras las oigo, en que el habla legítima pudiese ser esa mixta que escucho, conversada en las frases no patéticas del relato, y trepada a canción en cuanto el asunto sube en dignidad, se vuelve intenso, y entonces pide lirismo absoluto»(213). Cuando Gabriela propone recuperar los «hábitos bárbaramente olvidados», lo hace con la intención de encontrar en esos actos la esencia creativa y sensitiva de nuestros ancestros raciales. Ellos -dice la Mistral- «fueron más atentos, o solamente más sinceros en la expresión de sus sentimientos»(214). El canto es uno de estos hábitos, y contiene en sus notas consideradas ‘anti-melódicas’ historia y sentimiento indio, pero sentimiento al desnudo y sin trastocaciones. Mediante el canto es que el indio se mece a sí mismo, entona su gesta y comulga místicamente con el cosmos. Cuando el indio se acompasa en sus letanías rítmicas y cadenciosas, el oído blanco se desconcierta y no reconoce melodía alguna. La música india no le parece digna de llamarse tal, y las entonaciones repetitivas se vuelven, a los [74] que no llevan en su sangre la gota especiosa del indígena, «tiradas lentas», desprovistas de contenido. «La monotonía de la canción es la misma que la de los demás pueblos asiáticos y se aproxima un poco a las de ciertas danzas polinesias. Los oídos acostumbrados a las modulaciones ricas, y especialmente a las barrocas, no entenderán nunca la belleza religiosa de estas tiradas lentas, de estos acunamientos profundos que los viejos pueblos se dieron para acompañar su tristeza y su misma alegría»(215). La visión particular que Gabriela tiene del folklore, está estrechamente ligada al cosmos y al sentimiento indio. Además la poetisa desarrolla una idea fuerza presente en su discurso: la semejanza entre folklore y entraña. El folklore como entraña; como matriz que anida el origen cultural, es la metáfora que Gabriela utiliza para explicitar que las creaciones que provengan del desempeño autóctono, pese a no tener el refinamiento del arte clásico, son poseedoras del espíritu racial de un pueblo. Pese a que dichas creaciones las define una estética distinta, gozan igualmente de un aura artística: «El folklore se parece a la entraña. No se puede nadie acercar al folklore con un pensamiento demasiado estético. Las entrañas no son bonitas, son bastante feas; pero tienen la primera categoría en el organismo. Todo lo demás existe como adorno de ellas»(216). Su juicio es categórico respecto del folklore y la directa relación que existe con el indio: «El folklore es importante en cualquier raza, pero sobre todo en la nuestra»(217). En esta empresa de identificación y reconocimiento del origen folklore, el indio es pieza clave: «Para llegar a ser, el común denominador, el silabario es nuestro folklore»(218). Una vez que al folklore se le dé el sitial que corresponde, entenderemos quiénes somos verdaderamente. Gabriela no tiene duda alguna de esto: «No creo que haya una averiguación cabal de nosotros mismos, sino después de un largo registro de nuestro folklore»(219). [75] De espejismos y bellezas fantasiosas Gabriela construyó un discurso para cada aspecto relacionado con el indio. Resaltó su arte, defendió sus derechos, destacó sus virtudes y justificó sus defectos. La poetisa indagó cada área del indígena desde lo cultural, lo social hasta lo étnico racial. Este último punto tiene que ver con la composición física de los indo-españoles y la particularidad genética contenida en ella. Si reconocer los orígenes indios, aceptarlos como tal y asimilar la raza autóctona en su cabal dimensión equivalen a asumir la historia que cruza de punta a cabo la América española, también lo es aceptar la piel, el color y los rasgos que devienen de la mezcla racial entre españoles e indios. El indio «puro» no tiene reparos en aceptar su condición, conoce con claridad su procedencia y está consciente de la sangre milenaria que corre por sus venas. Su alma es entera y sin grietas, sus costumbres conforman su visión del mundo y son ellas las que rigen su espíritu. Nuevamente es el mestizo quien se encuentra en medio de dos paradigmas de vida; dividido entre el verdadero ser y el querer ser. El «verdadero ser» implica mezcla, significa sangres batidas por la historia y el coloniaje imposibles de trocar. El «querer ser» está orientado al blanqueamiento y al delirio que el mestizo padece, en su afán de borrarse al indio que lo constituye. Este «querer ser» que disminuye al mestizo, se relaciona con el reconocimiento de sólo una parte de su origen, que no es precisamente la nativa, sino la europea. La empresa de diluir por completo la impronta india, podría llegar a fin satisfactorio para el mestizo si no existiera el inconveniente de los rasgos físicos que lo delatan e impiden que el indio interno que anda por las entrañas, desaparezca por completo. Contra la piel tostada, los ojos rasgados y el pelo lacio el indio no puede combatir las líneas que lo moldean lo delatan y no existe antídoto para revertir la situación. El mestizo, según Gabriela, es un imitador por naturaleza, sin embargo, las formas de la raza difícilmente se pueden emular o modificar. El indio brota por los poros del mestizo, se asoma en la negrura de las pupilas, en lo purpúreo del labio y en el gesto seco que en el indio es signo de desconfianza. La vergüenza del mestizo por sus rasgos, de acuerdo con Gabriela, se funda en la idea que éste tiene de la belleza. Son «bellos» quienes poseen rasgos y facciones caucásicas, es decir, cabellos ondulados, frentes amplias y ojos claros; lo opuesto al indio y al mestizo. El canon de belleza impuesto por el blanco, excluye a las etnias indígenas por desencajar con las líneas establecidas. [76] «Una de las razones que dicta la repugnancia criolla a confesar el indio en nuestra sangre, uno de los orígenes de nuestro miedo de decirnos lealmente mestizos, es la ‘llamada fealdad del indio’. Se la tiene como verdad sin vuelta, se la ha aceptado como tres y dos son cinco. Corre parejas con las otras frases en plomada: El indio es perezoso y el indio es malo’».(220) La estética fue uno de los tópicos que Gabriela incluyó en su defensa de los indios. Reflexionó acerca del tema con la agudeza característica en ella, sin entender como un tema menor el menosprecio del blanco hacia el indio, por las particularidades que da la raza. Para la Nobel, las inseguridades del mestizo respecto de su físico no fueron un comportamiento natural, sino adquirido e impuesto generación tras generación por los europeos, y además reforzado por los propios hijos del injerto racial. «Cuando los profesores de ciencias naturales enseñan los órdenes o las familias, y cuando los de dibujo hacen copiar las bestiecitas a los niños, parten del concepto racional de la diferencia, que viene a ser el mismo aplicable a las razas humanas…»(221) No comparte la idea de belleza única o estándar. Por el contrario, señala que cada raza tiene belleza particular, que se entiende desde perspectivas propias y parámetros distintos, por lo que resulta insensato emitir juicios estéticos, basados en un canon eurocentrista, acerca de dos razas tan diferentes como son la india y la española. «Debe haberse enseñado a los niños nuestros la belleza diferenciada y también opuesta de las razas. El ojo largo y estrecho consigue ser bello en el mongol, en tanto que en el caucásico envilece un poco el rostro; el color amarillento que va de la paja a la badana, acentúa la naturaleza de la cara china, mientras que en la europea sólo dice cierta miseria sanguínea; el cabello crespo que en el caucásico es una especie de corona gloriosa en la cabeza en el mestizo se hace sospechoso de mulataje y le preferimos la mecha aplastada del indio»(222). La influencia que el indio y el mestizo reciben del blanco, en lo que a códigos estéticos se refiere, converge en el menosprecio y disconformidad que los aborígenes sienten por sus cuerpos. La belleza del blanco, en el indio se torna fealdad y la gracia del caucásico, en el mestizo se vuelve desgarbo. El indio entonces aparece como el opuesto negativo del blanco, no diferente o distinto, sino que sencillamente exento de belleza. Gabriela combate tal apreciación, aclarando que en la diversidad está la base de la valorización [77] estética, por lo que la raza caucásica no es la plantilla por la cual se deba medir la hermosura o fealdad de las etnias indias. «En cada atributo de la hermosura que nos enseñan, nos dan exactamente el repudio de un rasgo nuestro; en cada sumando de la gracia que nos hacen alabar nos sugieren la vergüenza de una condición de nuestros huesos o de nuestra piel. Así se forman hombres y mujeres con asco de su propia envoltura corporal; así se suministra la sensación de inferioridad de la cual se envenena invisiblemente nuestra raza, y así se vuelve viles a nuestras gentes sugiriéndoles que la huida hacia el otro tipo es su única salvación»(223). Escapar de su piel, «huir hacia el otro tipo», convierte al mestizo en un ser dividido por sus diferencias étnicas y raciales, le pesan como cadenas sus rasgos, no se los puede quitar, no los puede obviar y mucho menos ocultar. Este peso que agobia al mestizo y subvaloriza al indio, ha sido creado por la rigidez y la prepotencia con que el europeo ha asumido la categorización estética. Al respecto Gabriela dice que: «El indio es feo dentro de su tipo en la misma relación que lo es el europeo común dentro del suyo»(224). Los juicios que Gabriela formula, revelan el motivo que la impulsa a demarcar límites entre uno y otro arquetipo racial. Toma distancia de los esquemas preconcebidos, se aleja de los dictámenes que el europeo impone y no acepta la exclusión por selección, que éste utiliza para relegar a un plano de inferioridad a las etnias indígenas. Cuando el europeo es puesto bajo la lupa mistraliana y se transforma en objeto de estudio, más vale atenerse a las consecuencias, puesto que Gabriela es severa al momento de criticar y no pasa por alto nada que considere de vital importancia. Menos si la crítica alivia de alguna manera al indio. A partir de la óptica de Gabriela, se pude deducir que en la diversidad estética residen las categorías para definir qué es bello y qué no; cuáles son las medidas exactas y cuáles las desproporcionadas, qué color de piel es valioso y cuál color despreciable. En relación a esto, Gabriela pone en tela de juicio la procedencia racial, casi divina, de la que tanto se enorgullece el europeo. Para ello, estudia el sistema que ha mitificado la belleza caucásica; belleza que ha perdurado a través de los siglos gracias a la institucionalización de ciertos rasgos escogidos y seleccionados. La selección meticulosa con la que se ha elaborado el «ideal» de belleza al que Gabriela se refiere está plasmado en «El Falso Tipo de Fidias». Este es [78] según ella la materialización de la perfección deseada, pero escasamente alcanzada. Como en todo tipo de razas existen parámetros de belleza y fealdad. Así dentro de una misma etnia india habrá indios(as) más atractivos que otros, al igual que dentro de una misma raza caucásica. El objetivo de Gabriela es dejar constancia del grado de correspondencia que existe entre el ideal de belleza que se han fabricado los europeos y la belleza cotidiana, traducida en los hijos y herederos de la perfección del tipo de Fidias. La espléndida belleza de la cual hacen gala los europeos no es más que una recopilación de los mejores atributos de la raza blanca, que está lejos de ser espontánea y natural. «Se sabe cómo trabajaba Fidias: cogió unos cuantos rasgos, los mejores éxitos de la carne griega -aquí una frente ejemplar, allá un mentón sólido y fino, más allá un aire noble, atribuible al dios-, unid en esto líneas realistas con líneas enteramente intelectuales, y como lo inventado fue más copiado de veras, el llamado tipo griego que aceptamos fue en su origen una especie de modelo del género humano, de super-Adán posible dentro de la raza caucásica, pero en ningún caso realizado ni por griego ni por romano»(225). Sus argumentos hablan del escaso parecido que hay entre el europeo común y la obra de Fidias, que es por excelencia la concretización del ideal de belleza-perfección con la que los europeos se identifican estéticamente. Tal identificación, en Gabriela despierta cierto asombro, o desconfianza por lo menos, pues su experiencia le dice que los europeos terrenales, aquellos que ve a diario, no son precisamente Fidias de carne y hueso. «Me leía yo sonriendo una geografía francesa en el capítulo sobre las razas. La descripción de la blanca correspondía a una especie de dictado que hubiese hecho el mismo Fidias sobre su Júpiter: nariz que baja recta desde la frente a su remate, ojos noblemente espaciosos, boca mediana y de labios delicados, cabellos en rizos grandes: Júpiter, padre de los dioses. Yo me acordaba de la naricilla remangada, tantas veces japonesa, que me encuentro todos los días, de las bocas grandes y vulgares, de los cabellos flojos que hacen gastar tanta electricidad para su ondulación y de la talla mediocre del francés común»(226). La belleza casi divina con la que se identifican los europeos, para Gabriela no es sino un conjunto de atributos perfectos, escogidos con profesionalismo que dieron por fruto un modelo imposible de hallar en su completa dimensión. [79] Si las etnias indígenas se sometieran al mismo proceso, el resultado sería sorprendente, explica Gabriela, si un escultor se dedicara a escoger con pericia las mejores facciones de la casta aborigen, el patrón de belleza que éste presentaría, no tendría nada que envidiar al tipo de Fidias. «Los mayas proporcionarían su cráneo extraño, no hallado en otra parte, que es ancho contenedor de una frente desatada en una banda pálida y casi blanca que va de la sien a la sien. «El indio piel roja nos prestaría su gran talla, su cuerpo magníficamente lanzado de rey o de rey soldado sin ningún atolladero de grasa en el vientre ni espaldas, musculado de una gran esbeltez del pie a la frente»(227). El cuerpo esbelto que crea Gabriela es armónico en su propio estilo, no es de mejillas sonrosadas ni cabellos ondulados, pero es igualmente hermoso. Está construido a la perfección y todo gracias a los donantes que aportan sus mejores atributos físicos. «El indio quechua ofrecería para templar la acometividad del cráneo sus ojos dulces por excelencia, salidos de una raza cuya historia de mis años da más regusto de leche que de sangre. Esos ojos miran a través de un óleo negro, de espejo embetunado con siete óleos de bondad y de paciencia humana, y muestran unas timideces conmovidas y conmovedoras de venado criollo, advirtiendo que la dulzura de este ojo negro no es banal como la del ojo azul del caucásico…»(228) La belleza, entonces, no tiene límites para la imaginación sedienta de hermosura. La Mistral sabe eso, y en su afán de defender la raza a la que ama, pone a competir la belleza caucásica y la indígena. No es mero capricho la construcción de un modelo indio. En ese juego Gabriela intenta desmitificar la envidiada belleza blanca. Su modelo indio busca quitar velos, valorar quiénes somos y querer lo que la naturaleza nos dio, pues el «alegato contra el cuerpo indio va a continuar otro día, porque es cosa larga de decir y asunto de más interés del que le damos»(229). Rasgos orientales en el indio Gabriela defiende lo suyo, sus raíces, su origen y sus antepasados ancestrales que la constituyen. Amor por lo propio, amor a la tierra; es lo que [80] la convierten en una americana incansable que impide con la asertividad de su pluma salvaje, el atropello a la dignidad india. En los párrafos anteriores, escuchamos la voz de Gabriela, le oímos decir la importancia de valorarnos por lo que somos y de dónde venimos, sin padecer la angustia de alcanzar un inalcanzable como lo es la belleza caucásica. La belleza del indio provoca en Gabriela un extraño misterio, colmado de exotismo, que muchas veces la llevan a identificar la casta india con la raza oriental. Capta en ambas, cercanía tanto en lo físico como en lo cultural, que la hacen reflexionar respecto de la procedencia de los aborígenes de la América morena. «El tipo del araucano, a lo que se parece más es al japonés. Como el japonés tiene talla mediana, pero no existe en él debilidad. Es un hombre muy musculado, que solamente en las extremosidades del hambre llega a ser ese harapo humano que nos quieren regalar a cuenta del indio americano»(230). Gabriela es una convencida de que la raza india de la América española, desciende del Oriente, y aunque al español no le guste reconocerlo, las coincidencias que estos comparten con los autóctonos son más de las que conciben, y si los conquistadores hubiesen sabido aprovecharlas en buena lid, la historia estaría escrita de otra manera. «La fracción española arrastraba tantos elementos orientales, que sus disputas con las indígenas viene a ser un alboroto exagerado, si se consideran las numerosa coincidencias orientales de ambas, de las que no supieron aprovecharse los conquistadores»(231). Las semejanzas que Gabriela detecta entre los hijos de Oriente e indios americanos, generalmente van acompañadas de una crítica hacia quienes desdeñan o sienten rechazo por determinadas facciones raciales. Su disgusto lo hace manifiesto y libera su ira, justificando el sentido de tal o cual gesto, o alabando tal o cual color del físico indio. «Pero el indio también es trajinador sólo que cuando se para y mira un río, o a un ojo de agua, o a un animal, ese ojo de punzón negro de qué modo, no pestañea como el banalísimo del blanco, no mira esa cosa y las que están al lado, mira allí sólo y se sume en aquello como un perforador que se durmiese en ello. Cuando se levanta y después de un rato nos mira a nosotros, cómo aparece el tal ojo oriental. Todavía sigue parado en lo que veía. No entiendo cómo el famoso orientalista Keyserling me hablase a mí del ojo aymará como de un ojo de piedra, con un gran desdén. Hay piedras y piedras, señor Conde, y por [81] acá una que llaman obsidiana, negra igual que estos ojos y no terrosa, llena de un duro destello que a usted le parecía más agudo que una picada de víbora»(232). Mestiza de sangre y costumbre, reconoce su dosis oriental, que se despierta al menor roce, la música es un medio para detonar las fibras orientales a las que alude. Afirma que la música aborigen se asemeja las cadencias orientales, y el oído heredero de esta mezcla racial confirma este juicio. Nosotros, dice Gabriela, «Los que llevamos en la sangre la misteriosa gotera asiática, la lágrima especiosa que vino del Oriente, y que, gruesa o pequeña todavía puede en nuestra emoción y suele poder más que el chorro ibérico; nosotros entramos fácilmente en la magia atrapadora, en la delicia dulce de esta monotonía que mece la entraña de carne y mece también el cogollo del alma»(233). La visión orientalista que defiende Gabriela, nos revela su pensamiento amplio, capaz de encontrar conexiones donde otros ojos no las encontrarían. Sus juicios son invitaciones a la tolerancia racial y la diversidad. Son en última instancia un canto al respeto y a la vez una crítica social. El indio es distinto, es un incomprendido y un marginado. Gabriela los cobija en su regazo hecho prosa y escribe sobre ellos, como una forma de inyectarles vida. Su escritura busca preservar los que otros quieren eliminar sin dejar rastro. En este contexto Gabriela recorre la corporalidad india, reparando en todos y cada uno de sus miembros, encuentra la belleza natural y sin remilgos que la escultura de Fidias no le da, su indio le muestra lo terreno y al contrario descubre en la frente, las manos o el andar del indio la pureza de una raza venida de tiempos inmemoriales, casi sacada de alguna leyenda mágica. «El indio en un abandono muy viril se deja el cabello hacia delante y como decimos en Chile tiene la frente calzada. […] La india camina a pie descalzo con un ritmo gracioso de verla y seguirla, con un verdadero ritmo racial. […] La india a menos que se la exponga a trabajos muy brutos que le deformen las manos, tiene unas manos preciosas; unas manos de flor […]»(234). El indio no tiene mayor comparación con el caucásico. Se puede parecer a cualquiera menos un blanco, y si el mestizo o el indio buscan mudar de piel, de ‘envoltorio’, sólo padecerán las penas del infierno. Ambas se asimilarían sólo en otro tiempo y otro espacio. [82] «El indio no está fuera nuestro: lo comimos y lo llevamos adentro»(235) La identificación que Gabriela estableció con el tópico indigenista se vincula con tres elementos esenciales. El primero tiene que ver con el espíritu de justicia, el cual la llevó a denunciar los vejámenes que las civilizaciones indígenas padecieron durante la conquista y el coloniaje. El segundo elemento dice relación con la arraigada conexión que la pensadora posee con la raza indígena. Tal conexión está basada en la importancia y valoración que Gabriela da al origen étnico-racial, pues en él se concentra la memoria histórica y la identidad del continente americano. El indio simboliza la esencia de la raza indoespañola. El tercer elemento está ligado al reconocimiento y aceptación del indio en la conformación de la raza mestiza. Gabriela hace una crítica social, en la que el indio resulta ser una víctima marginada de derechos, menospreciada y subvalorizada, tanto racial como culturalmente. La sensibilidad que Gabriela tuvo para trabajar el tema indio, tal vez sin proponérselo, la convirtió en una mujer adelantada para la época en que vivió, cuestión que la transformó, al igual que sus parias indios, en una marginal pues rompió con los esquemas establecidos, analizando la realidad social sin tapujos y sin miedo a los prejuicios. Consecuente con la causa por la que abogó, se autodefinió india y mestiza. Amó cada virtud del indio, así como justificó sus defectos. A través de sus escritos dignificó y valoró los orígenes autóctonos de América, explicando que echarlos al olvido o renegar de ellos, significa perder parte de lo que somos. Aceptar, valorar y preservar, son las constantes que se destacan en la prosa mistraliana. Aceptar que la mezcla racial es un hecho irreversible y que ser mestizo no es motivo de vergüenza sino simple y llanamente una consecuencia histórica. Valorar el patrimonio cultural que la raza india legó. Sólo conociendo y respetando este patrimonio es posible saber quiénes somos y dónde venimos. Preservar las raíces, ya que ellas son el puente con la historia y el antídoto contra la amnesia étnica. Sus juicios fueron claros y sin dobleces, reconoció sentirse más identificada con sus ancestros indios que españoles, criticó duramente el afán [83] de los mestizos por obviar su ascendencia india y al blanco por sentirse superior y fomentar el racismo de la raza Gabriela encontró en la sangre milenaria la savia nutricia indoespañola. Se reconoció en ella y a toda la América morena. El indio para la poeta fue sinónimo de arte, música y verso, fue encarnación de belleza exótica y melancolismo. Representó la encarnación mística del oriente y por sobre todo fue el opuesto del caucásico en todas sus dimensiones. Gabriela Mistral nace, luego de escucharla hablar a lo largo de este capítulo, ante nuestros ojos como una machi sabia y generosa, ruda y a la vez sensible, fuerte e inteligente. Amante de la tierra, la naturaleza y lo propio. Descubre en el indio un cosmos rico en espíritu, con leyes distintas al eurocentrismo. Ella se integra a dicho cosmos; lo habita, lo vive y lo defiende del menosprecio blanco. [84] Capítulo III Mujer La mujer de Gabriela Mistral Aliada de la tierra Con la bandera del «mujerío» Gabriela Mistral aparece en la historia de Chile como una perfecta desconocida. Su pensamiento sobre la mujer se pierde a nuestros ojos repartido en diversos artículos y cartas sin recopilar. Gabriela Mistral construye un discurso reflexivo que captura el ámbito místico y práctico de la mujer, creando con él un espacio femenino, lejos del poder patriarcal dominante de comienzos de siglo. Para empezar la mujer mistraliana no se relaciona con el resto del mundo en forma externa. Su relación es íntima. Ella se funde en un solo sentir a la tierra; desde el origen éste es su elemento preceptor, su fuerza motriz. Sin ella la mujer pierde su gravidez, tan esencial para mantener al mundo como tal, con ese orden imperturbable que suele tener. Desde los primeros tiempos, «Cuando los pueblos primitivos asignaban al hombre el fuego y el aire como elementos suyos y señalaban a la mujer la tierra como su lote, tenían razón redonda, y acertaban en plano»(236) porque ambas tienen un destino común: preservar, proteger y alimentar a los hombres…Y sobre todo, dar origen a la vida, con una obediencia silenciosa: «No hay dramatismo histérico ni alharaca romántica en los días de la madre. Su vivir cotidiano corre [86] parejo con la de una llanura al sol; en ella como en el llano agrario, la siembra y la cosecha se cumplen sin gesticulación, dentro de una sublime belleza»(237). Si bien la tierra tiene muchas virtudes, es en la mujer donde éstas se humanizan, se asimilan y se complementan. Una auxilia a la otra en bien de provocar recursos para la existencia. El concepto de alianza además sentencia a la mujer: «[…] tú eres la aliada de la tierra, la que debe entregar los brazos que colecten los frutos y las manos que escarden los algodones»(238). La mujer trabaja en conjunto con la tierra, en silencio, a veces con sonrisa placentera. Gabriela reconoce ya en la tradición bíblica, la tarea de la mujer como proveedora por excelencia. Le importa, por lo tanto, la abundancia de la tierra porque quiere ‘extraer’ para ‘dar’, misión en la que se incluye: «Las mujeres amamos las cosechas de Canaán, porque nosotras somos las proveedoras de las mesas y a nosotras nos toca distribuir el pan»(239). Es innato este dar y repartir en la mujer, es un atributo desinteresado de larga data. Y es otra de las alianzas entre la mujer y la tierra. A la unión que hasta ahora pareciera haber tenido sólo un carácter espiritual, Gabriela Mistral le otorga vida y dolor, sobre todo cuando la tierra en mano del hombre es vendida, perdida o transada: «Cuando el padre, el marido o el hermano hipotecan esa lonja labrada, la mujer es la única que llora, que siente en ese suelo una calidad de carne y se duele de la pérdida como de una amputación»(240). La mujer parece ser la única capaz de comprender que sin tierra no hay pasado ni futuro, porque se pierde el alimento, las tradiciones, todo lo que es necesario perpetuar. Esta encarna el arraigo necesario para la existencia. No en vano Gabriela especula que «El mundo habría sido puro nomadismo y fuego fatuo de aventura inalcanzable si no le ponen al Adán la Eva al costado»(241). Gracias a esa estabilidad «[…] la mujer crea sobre la tierra pesada de la que está segura, las costumbres que traen también su plomo adentro»(242). [87] Estas relaciones de alianza, origen, abundancia, arraigo y protección entre la tierra y la mujer son, para Gabriela, relaciones que perfilan el género femenino distinguiéndolo del masculino. Son entonces valores intrínsecos no transables de la naturaleza ‘mujeril’. La alianza con la tierra genera también la sabiduría de la mujer ante la vida. La comprensión telúrica le enseña secretos de la existencia. No por azar la poetisa declara: «Tengo a la mujer como más saturada de sabiduría de vida que el hombre común»(243). «La mujer lo sabe todo, en lo que toca a los asuntos fundamentales de la vida, aunque siempre parezcamos ignorar demasiado»(244). Mientras Gabriela enaltece esas condiciones que se nos escapan en la cotidianidad del día, la mujer continúa en silencio sus labores como si estuviera permanentemente cumpliendo un dictamen. Y con esa simplicidad la mujer también va creando valores, tradiciones y principios extraídos de esa sabiduría de la vida de la cual es dueña. A todo le extrae su moraleja, su consecuencia, su enseñanza. Todo conocimiento se sistematiza en la mujer, incluso la creencia religiosa como lo denuncia la poetisa: «El hombre recibe o hace la religión como una llama que lo empine hacia lo desconocido, y la mujer poco a poco transforma esa misma religión, de la mística pura que era, en la ética positiva y, a veces, en la vulgar policía del hábito, es decir, en aprovechamiento»(245). Compromiso social de la mujer Gabriela Mistral construyó toda su vida un fuerte compromiso social. No en vano se vio constantemente sacudida por los vaivenes de la primera mitad del siglo XX: guerras mundiales, civiles, revoluciones e invasiones fueron el perfil de los tiempos. La escritora huyó del mundo castrense («No creo en la mano militar para cosa alguna»(246)) para ser una pacifista declarada: «Mi posición moral de pacifista es la reacción normal que la guerra levanta en una mujer, y particularmente, en una ex [88] maestra y en una hispano-americana»(247). Esta posición la llevó a trabajar por la mantención de la paz en la Asamblea de la Liga de las Naciones (1926); en la Asamblea General de las Naciones Unidas (1953); en diversos discursos -como el de la Unión Panamericana (1945)- o en numerosos escritos repartidos por el mundo, uno de los cuales irónicamente tituló «La Palabra Maldita»(248). En América la paz se hizo ciega en varios puntos del continente. La conquista sangrienta fue el patrón de conducta para los años venideros. Por tanto, esta preocupación histórico-política no sólo liga a Gabriela, abarca también a todas las mujeres. Con más precisión, obliga a la mujer latinoamericana a ser parte de ello. Vigilar la paz es para la escritora una misión nuestra. Esta intromisión no es gratuita. El universo femenino es requerido con apremio en esta hora, su mediación por la paz es urgente… Por ello el desvelo une a Gabriela con el «mujerío»: «[…] Y es así cómo nosotras, mujeres de la América, sabemos que nuestra sola vigilancia angustiada de este momento, ha de ser la paz de nuestros pueblos. Vosotras me habéis saludado como a una de tantas artesanas oscuras y fieles que sirven en la artesanía divina de esa paz continental y en esto no os habéis equivocado, mujeres del Brasil»(249) contesta nuestra escritora a un mensaje enviado, a través de Radio Cruzero do Sul en 1937, por las mujeres brasileñas que le dan la bienvenida a Gabriela a su arribo como Cónsul. Dos décadas antes, en 1922, Gabriela Mistral había trabajado en México invitada por el Ministro de Educación Pública José Vasconcelos a participar en la Reforma Educacional del país que salía de la revolución. En ese país tuvo muchas satisfacciones, vio por primera vez hechas realidad sus luchas reivindicativas. La revolución social continuaba, dejando atrás las contiendas militares. Fundamental en ese período fue el accionar del «mujerío» mexicano que «vivió la guerra civil siendo un elemento pacificador y manteniendo día a día, en ciudades y aldeas, un sentido cristiano unitario y unificador de la mexicanidad dividida. Tal vez fue el mujerío quien más padeció las consecuencias de esta lucha; en todo caso, ese mismo mujerío puso en los cuatro cantos del país la nota humanitaria y reconciliadora. Fueron esas madres y hermanas, quienes guardaron intacto el espíritu de unidad nacional y la costumbre cristiana, conservándolos contra viento y marea»(250). [89] La mujer para Gabriela es sinónimo de paz. Podríamos decir que este término se suma a otros que forman su mundo místico y práctico: no podemos olvidar que todo entendimiento o valor se hace acción en la mujer. En beneficio de todos, pero con más amor por el niño: «Queremos conservar en el Continente una forma de vida pacífica, es decir, la única manera de convivencia que conviene a la familia humana y también la única que ella puede escoger con decoro cabal. Y queremos guardar, mantener, celar, este bien que hoy en el mundo llega a parecer cosa sobrenatural. A causa de los niños, con los ojos puestos sobre este plantel [criadero] de nuestra carne, las mujeres nos decidimos a velar la paz americana»(251). Temas sociales que requieren llamados urgentes son los que motivan a Gabriela, y los que deberían motivar a toda mujer, porque son ellas después de todo, las que cargan con los fines humanos. Denunciar, motivar, ayudar, son acciones inevitables. «Se cae […] en error cuando, por especializar la educación de la joven, se la empequeñece, eliminando de ella los grandes asuntos humanos, aquellos que le tocan tanto como al hombre»(252) o quizás más, porque la mujer lo endereza todo, lo renueva todo, con una diligente paciencia. Gabriela Mistral, que vino a nosotros desprovista de toda opulencia material, no volverá a ser jamás muda o ciega ante la miseria. La pobreza que más le duele es la de la mujer, porque la pobreza de la madre es la pobreza del niño. Pedirá apoyo a todos, y se lo reclamará también a la mujer. Que ella misma vea y tenga presente a las más desdichadas, a las que trabajan de sol a sol y no ganan nada. Apela al no olvido y a la solidaridad. «Quiero recomendaros la llaga viva que es el trabajo de la mujer en el campo del trópico y de la Cordillera; deseo poner en la palma de vuestras manos de pioneras la víscera enferma que es nuestra vida ultra-rural»(253) -les dice a las guatemaltecas en un Congreso de Mujeres-. «La mujer del campo y la montaña, que ha pasado delante de vuestra vista apenas pergeñada, apresuradamente dicha, es la más desvalida de nuestras hermanas. Tomemos con ella nuestro primer contacto y no soltemos el vínculo atado hoy entre ella y la ‘Liga Internacional de Mujeres’»(254). [90] Es verdad que la escritora pide el compromiso de todas las mujeres, pero está claro también que son las «acomodadas» las que podrían hacer más. Por eso, cuando éstas se organizan para ir en auxilio de las otras, Gabriela no duda en destacarlo, ojalá todas ellas se hicieran eco y rompieran los mitos que reafirman la marginalidad de la pobreza. No sólo le preocupa la escasez material, sino también la escasez del saber. Ella misma vio muchas veces en Montegrande y en otros pueblos donde estuvo, la falta de libros, de infraestructura para menesteres intelectuales y personas que quisiesen enseñar. Los pocos recursos se destinan a subsistir; en cambio para Gabriela vivir tiene mucho que ver con conocer, saber de los otros, instruirse. Bienvenidas son entonces las iniciativas de las mujeres que hacen presencia. Como en Argentina, donde el Consejo Nacional de Mujeres de Buenos Aires ha creado un movimiento llamado «Madrinas de Lectura», al cual Gabriela dedica un recado en marzo de 1926. Describe en él que «Las esposas de los terratenientes, las profesoras de Normal, las periodistas, etc., en una alta cifra, se inscriben contrayendo la obligación de tomar a cargo la lectura de una maestra rural. La labor es desinteresada…»(255) Lo místico y lo materno La mujer de Gabriela Mistral no posee una visión analítica frente a lo sacro, lo oculto y lo divino. Las interrogantes las formula el hombre. Él sistematiza los procesos, les busca equivalencia en la razón para llegar a entenderlos, de otra forma se le escapan. Y él no quiere ser ignorante, quiere ante todo explicar. Ella en cambio no discute esas cosas, porque las resuelve en sí misma. Además su quehacer no dista mucho del ritmo de la naturaleza: va acorde al nacer y morir de las cosas. Su intuición y contemplación le hacen arrancar moralejas, entregándolas en un lenguaje que no es jerárquico ni impositivo, sino expansivo. Por eso su pasado la ata a ser la curandera de lo endeble. Así fue desde el inicio, o más bien desde que el mundo se empeñó en masculinizarlo todo, ante lo que Gabriela Mistral tantea un ‘mea culpa’. No en vano: «Tal vez el pecado original no sea sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano»(256). [91] Hemos visto que la mujer como elemento místico en Gabriela Mistral tiene mucha relación con las expresiones de la Tierra. Tiene su ritmo, su entrega, su perpetuidad y su capacidad perenne de provocar y mantener la vida. Para Gabriela Mistral la mujer alcanza su máximo contacto sobrenatural con la vida a través de la maternidad, es en ese estado y no en otro, que palpa su fuerza cósmica aquí en la tierra. A través de la maternidad se legitiman materialmente todos esos secretos que la mujer alberga. De ahí que la poetisa diga con solemnidad que «[…] Ya santidad de la vida comienza en la maternidad, la cual es, por lo tanto, sagrada»(257). Gabriela tiene una complicidad tan íntima y profunda con la maternidad que, sin miedo, podemos sentenciarla como el pilar de su pensamiento. Es la maestría de las mujeres. Que no le vengan entonces con cuentos ni fábulas; porque hasta «Una pobre mujer se incorpora por la maternidad a la vida sobrenatural y no le cuesta -¡qué va a costarle!- entender la eternidad: el hombre puede ahorrarle la lección sobre lo Eterno, que ella lo vive en su loca pasión. En donde esté, viva o muerta, allá seguirá haciendo su oficio, que comenzó en un día para no parar nunca»(258). Su concepción de lo maternal no se suscribe necesariamente al hecho de alumbrar, tiene que ver más con una idea de maternidad universal, recurriendo a los conceptos que se desprenden de su alianza con la tierra: como madre no sólo vela por los niños, vela por la paz, por el alimento, por las creencias. No se puede hablar de un solo tipo de maternidad. Gabriela Mistral nunca parió un hijo pero fue la voz protectora del pobrerío, de la tierra y del indio. Si bien la madre no es un ser sustituible existen otras formas también de serlo. Velar o cuidar son cualidades que se pueden extender a todo quien lo necesite. Siempre y cuando la mujer lo ejerza, porque ella está llamada a hacerlo, «[…] sea profesional, obrera, campesina o simple dama, su única razón de ser sobre el mundo es la maternidad, la material y la espiritual juntas, o la última en las mujeres que no tenemos hijos»(259). Esa pasión femenina por atender las urgencias de la gente que le rodea es inherente a ella, ya que su condición de madre se traduce en un constante cuidado por mitigar el dolor no sólo de sus hijos sino también del mundo entero. Para Gabriela es entonces la mujer la llamada a hablar del dolor ajeno: «Pienso que el ser que mejor recoja el dolor de las multitudes ha de ser una mujer, [92] porque lo reconoce como madre, duplicado siente los males de su carne y la de los hijos suyos. El hombre sólo padece en la carne propia»(260). Gabriela Mistral defiende hasta el cansancio su tesis de que el hijo pertenece a la esfera materna y no a la paterna. Durante toda su vida y a través de todos sus trabajos mencionó la inconstancia del padre. No sabemos si su tópico proviene de su historia personal -su padre, Gerónimo Godoy, abandonó la casa cuando Gabriela apenas tenía tres años-. Nos inclinamos a creer que es el resultado de una experiencia mixta. Porque la escritora trabajó en muchas escuelas rurales, y recorriendo buena parte de nuestro país, conoció de cerca que el hombre chileno tarde o temprano, literalmente o no, abandona a su mujer y ésta tiene que hacerse cargo de los hijos, el sustento y todas las obligaciones de subsistencia. Fernando Alegría, quien compartió muchas veces con la escritora en ámbitos más cotidianos, escuchó la crítica que Gabriela ponderaba al otro género: «La figura del desertor se transformó en un mito y Gabriela llegaba a enardecerse hablando de la triste condición de la mujer paria en Chile, mientras culpaba al varón con terribles anatemas. La escuché decir estas cosas varias veces y advertí que era imposible rebatírla: no aceptaba argumentos […]. El hombre del pueblo se va, insistía; deja a su mujer y a sus hijos abandonados. Decía el hombre, pero pensaba en su padre»(261). Algunas costumbres nacionales que son mucho más fuertes en provincias como en las que se crió Gabriela Mistral le llevaron a decir que «[…] el salario del hombre, como el agua en secano, es absorbido en buena parte por la cantina, por el prostíbulo, por la riña de gallos y otras vergüenzas llamadas ‘diversiones’. Y de este modo, el ultracampo vive un matriarcado increíble: ¡la familia está apuntalada por la horqueta diz que tan débil de la mujer!»(262) Así es como Gabriela empieza a construir un mundo mujeril propio. A fuerza de ver que la mujer se las batía sola, creó -y describió- todo un universo en torno al hogar, donde el hombre más que faltara, sobrara. «[La] Mistral, […] no podría haber sido […] sino madre soltera. Imposible imaginarla casada, del brazo de su marido»(263). [93] No le costó mucho encontrar razones. Si bien la condición del embarazo margina de inmediato al hombre en un aspecto biológico, su distancia continúa posteriormente para finalizar en un completo desentendimiento, por una suerte de vocación masculina. Es como si fuera una tradición la despreocupación por el hijo, como si bastara con brindarle lo material y saltarse todos los momentos de convivencia, y destinar esos ‘pequeños’ menesteres a la madre. «El padre anda en la locura heroica de la vida y no sabemos lo que es su día. Sólo vemos que por las tardes vuelve y suele dejar en la mesa una parvita de frutos, y vemos que os entrega a vosotras para el ropero familiar los lienzos y las franelas con que nos vestís. Pero la que monda los frutos para la boca del niño y los exprime en la siesta calurosa eres tú, madre. Y la que corta la franela y el lienzo en piececitas, y las vuelve un traje amoroso que se apega bien a los costados friolentos del niño, eres tú madre, madre pobre, ‘la tiernísima’»(264). Gabriela Mistral ama esos pequeños detalles porque configuran el alma universal de las mujeres. La paciencia, el sacrificio, la ternura, no son lisonjeos, son cualidades que lamentablemente han sido manoseadas, reducidas a «lugar común». El ejercicio de la maternidad además de ser un modo de conciencia mística -extendible a una concepción de mundo- es una manera de perpetuar, perfeccionar y sustentar la raza y al pueblo. Mujeres y mujeres «Mi traza es como la de una cocinera de aldea frente a esas joyas, esas sedas y esos terciopelos…»(265) A principios del siglo XX surgió un tipo de mujer de clase alta que comenzó a iniciarse en la vida social de nuestro país y que por lo tanto, disfrutaba de una situación económica bastante holgada. Son, en palabras del escritor Fernando Alegría, «[…] Mujeres de sobria dignidad, de belleza espléndida, educadas en respetables tradiciones europeas, quienes, desdeñando el ambiente de burgués comercialismo en que se movían sus maridos, auspiciaban causas filantrópicas, proyectos literarios y artísticos […]»(266). [94] Chilenas como Iris -seudónimo de Inés Echeverría, bisnieta de Andrés Bello-, Shade, Blanca Subercaseaux, Roxane o María Luisa Fernández Bascuñán -quien firmaba como «Monna Lissa» y fundó la «Unión Patriótica de Mujeres de Chile»-. Ellas conformaban el grupo de mujeres aristocráticas que se deleitaban con el culto de las artes y las letras en revistas de la época como Sucesos, Familia, Zig-Zag, Figulinas, Primose y Luz y Sombra. Influenciadas por los movimientos femeninos de Europa y Estados Unidos, las mujeres comienzan a organizarse. Así en el año 1915 Amanda Labarca Huberston crea y encabeza el «Círculo de la Lectura» y un año después es fundado por las mujeres de alta sociedad el «Club de Señoras». La aristocracia chilena rodeó a la nueva poetisa. Sin embargo para Gabriela Mistral muy pocas de ellas fueron sus amigas («[…] allá adentro nunca tuve entre mis numerosas amistades, sino una sola alma con quien hablar: la preciosa criatura que se llama Blanca Subercaseaux de Valdés. Nada más, nada más».(267)). Si bien en un principio se entusiasmó con las tareas y afanes altruistas que prodigaba la burguesía, después se fue desencantando de ella y de los rumores que la acusaban de ser una ‘trepadora’ social. Un ejemplo fue su accidentado acercamiento a Iris, episodio que ocurrió en 1915. Iris comentó a una prestigiosa revista su iniciativa de crear un círculo de encuentro espiritual de mujeres, idea que gustó a Gabriela y así se lo hizo saber: «Señora: Desde hace 5 ó 6 meses, desde que leí una entrevista publicada en «Zig-Zag», tengo como la obsesión de escribirle. Habló usted al que fue a verla de unos proyectos de asociación con fines de alta espiritualidad, y yo leí eso con una emoción enorme. Desde entonces he tenido pronta la hoja blanca para mandarle mi homenaje de admiración y mi ruego. «Siempre me detuvo el pensar que siendo yo nadie, mi palabra se perdería. Hoy me he decidido. Acabo de leer un maravilloso artículo de Annie Besant, y mi prejuicio lo he vencido con este pensamiento: yo no pido respuesta para esta carta, yo necesito decirle lo que sigue, nada más. «Necesitamos una asociación de la índole de la que usted habló al repórter. Sería esa la obra más alta que se haya hecho en Chile desde hace cinco o más años. Hay que abrir a la espiritualidad brechas más anchas en el vivir humano, en el arte, en la literatura, sobre todo, que está anegada en barros pesados. Usted y sólo usted puede y debe ponerse a la bella empresa. Hay mil almas indecisas; pero llenas de buena voluntad, [95] prontas al llamado, que irán hacia usted. No le hablo de mí, que nada significo; le hablo de muchas gentes en que estas cosas despiertan como un alba inmensa y dorada, y que usted reunirá a su sombra para trabajar. Esta voz ardorosa que le llega a usted desde una desconocida provincia, le dice -aunque sepa mejor de esto-, que la simple insinuación de sus proyectos prendieron entusiasmo y cariño en muchos espíritus. Cariño por usted que quiere prestigiar estas ideas con su luminoso nombre, por todos respetado. «Quisiera hablarle más, muchisímo más, pero el estar enferma, y el tener que escribirle con mi letra y no a máquina, la dificultad que tendrá para leerme, me hacen dejar de escribir. He dicho lo suficiente: que espero su obra, que la esperan muchos, que es usted quien ha de poner mano a ella; que el bien traiga todo esto echará lirios en su camino, bajo sus plantas finas. Con admiración y respeto: Gabriela Mistral.»(268) Lamentablemente Iris publicó la carta en la revista Sucesos, lo que produjo una mala impresión, no sólo por la orientación religiosa sino también porque se acusó a la poetisa de adular a las personas de la alta sociedad. A lo que Gabriela respondió: «[…] escribía Iris, escritora espiritualista, de mis mismos pensadores religiosos, no a doña Inés Echeverría, la gran dama, que no me interesa en absoluto en este carácter»(269). Además no todas estas mujeres tenían nobles intenciones, muchas de ellas se interesaban más por figurar que cultivarse intelectualmente y mucho menos, mostraron preocupación por la inmensa mayoría de mujeres parias de nuestro país. Desentendimiento que realmente enfurecía a Gabriela Mistral. Ella parecía concebir una suerte de contradicción vital entre los valores supremos y los valores banales provenientes de lo fastuoso. Su afán de simpleza y austeridad, las acercaba más a la mesura y a la belleza sincera y cruda de la naturaleza. «Cuando usted viva en el campo se reconquistará a sí mismo, y vivirá vida altísima, la vida que se vive cuando se está a solas con su corazón. No tiene el mundo nada mejor que esta exaltación espiritual que dan el arte, la naturaleza, los sentimientos soberanos. Cuando se llega a comprender esta verdad, todo lo demás: sociedad, chiste mundano, faldas empingorotadas de mujeres, se les mira desde el margen del camino, se les ve pasar con una sonrisa fría entre los labios»(270). [96] Este sentimiento de enajenación llevó a Gabriela a ser durante toda su vida consecuente con la sencillez, no sólo de apariencia, también de espíritu. Pero la aversión de la escritora por la concepción burguesa de enfrentar la vida, también se extendía a una serie de otras características propias de la condición, que son acusadas con humor y cariño al referirse, por ejemplo a la uruguaya Juana de Ibarbourou: «Le guardo la más cabal admiración literaria y no hay astilla que le saque a lo que le di en aprecio hace diez años. Pero ella, su persona, me gustan menos, y por una razón que lo va a hacer reír: es muy burguesa, pero muy burguesa. Sería cosa de un año contarles yo lo que llamo burguesa. Vaya no más este anticipo. Demasiado bien criada, incapaz de hacer un disparate, demasiado sagaz para este mundo»(271). Gabriela Mistral se juzgaba como un espíritu nuevo, libre de compromisos formales y ajena a las costumbres sujetas a la obligación. Ella obedecía a sus propias tradiciones, a sus propios compromisos. Es bueno recordar también que la primera década del siglo fue una época turbulenta socialmente producto del clima entre guerras, lo que en Chile provocó una fuerte ansia de transnacionalizar al país, con miras a Europa y Estados Unidos. Fue un tiempo de viajes, de figurar junto a otras mujeres de alta sociedad la que, ya cerca del final de su vida -1951-, hizo caer en cuenta a Gabriela Mistral en reflexión con Eduardo Frei Montalva, por qué en Chile no se asimiló su forma de ser, por qué se le rechazó, por qué no se la sentía como propia: «Hay en Chile, amigo mío, una tal pasión de lujo y mundanidad que me asusta desde hace años […]. Al saludarles me doy cuenta que en mi traza es como la de una cocinera de aldea frente a esas joyas, esas sedas y esos terciopelos[…]. He entendido muy tarde el desprecio que tuvo mi país de mí, mujer mal vestida»(272). Abandono del hogar La mujer burguesa y la mujer liberal que ingresa al ámbito del trabajo son el sinónimo de la «mujer nueva», aquélla que en el siglo XX ha encontrado fuera de la rutina del hogar el mundo -social y laboral- que le había sido prohibido, donde había reinado con poderes absolutos hasta ese entonces el hombre. [97] Con alboroto la mujer comienza a participar codo a codo con el hombre; feliz de saberse «productiva» en un campo donde los alicientes son materiales y mejor vistos por la sociedad. Dos factores que van alimentando su autoestima. Son tiempos entonces de exaltada expectación. Sin embargo nuestra escritora preveía que después de esta excitación primera, vendría la consecuencia de que la mujer al alejarse de las labores hogareñas, abandonara tras de sí también a los hijos: «La participación, cada día más intensa, de las mujeres en las profesiones liberales y en las industriales trae una ventaja: su independencia económica, un bien indiscutible; pero trae también cierto desasimiento del hogar, y, sobre todo, una pérdida lenta del sentido de la maternidad […]. El descenso, imperceptible pero efectivo, que se realiza desde ellos hasta nosotros me parece un triste trueque de firmes diamantes por piedrecitas pintadas, de virtudes máximas por éxitos mundanos; diría más: una traición a la raza, a la cual socavamos en sus cimentos. Puede haber alguna exageración en mi juicio; pero los que saben mirar a los intereses eternos por sobre la maraña de los inmediatos verán que hay algo de esto en la ‘mujer nueva’»(273). Se evidencia otra vez el pensamiento vigía de la escritora. Gabriela Mistral acusa que el espacio natural de desarrollo femenino es el hogar, no el hogar en sí mismo -que no se malentienda a Gabriela- sino la vigilancia amorosa de la niñez. No se puede caer tampoco en el error de creer que ella niega a la mujer las puertas del trabajo; lo que sí le molesta son esas mujeres que no teniendo la necesidad de ganar dinero -e incluso rodeadas de lujos-, se dejan seducir por los grandes salones y buscan reinar como la mejor ‘danzadora de charlestón’ («La escuela nueva en nuestra América»). Son esas mujeres las que conciben al niño por un mandato social del matrimonio, para luego abandonarlo a otros que lo críen, para bien o para mal, dependiendo de la suerte voluble que se da lejos del amparo materno. «Con aquella legión de madres ricas, que han entregado sus niños a todos los extraños para que hagan de ellos lo que les plazca, a la niñera, a la maestra mala, a la calle todopoderosa, con tal de seguir los espectáculos estúpidos de la estación y hacer la ‘gran dama 1950’, con ésa no hay nada que hacer; fue una máquina que, a su pesar, entregó un niño, pero que no muda el niño en hijo»(274). Gabriela antepone a este concepto de ‘mujer nueva’ y ‘mujer burguesa’, el término de mujer «primitiva» o «no emancipada» y el rasgo [98] que diferencia a ambas es el grado de compromiso que presentan ante el cuidado del niño. Si bien muchas mujeres deben mantenerse fuera del hogar para trabajar, lo que a Gabriela -por lo visto y vivido- le consta en carne propia, no se desentienden de su rol fundamental y cargan a los hijos al lugar de trabajo para compartir con ellos, vigilando de reojo sus juegos infantiles mientras cumplen otros menesteres. Esta mujer aunque trabaje sigue siendo la ‘no emancipada’ y levanta en Gabriela un sentimiento de admiración y comprensión total. En cambio la otra, la ‘burguesa’ le despierta el desprecio: «No hay que olvidarse que ésta es la misma madre que suele llevar a la escuela un niño de tres años, haciendo cualquier fraude con la edad para que se lo acepten y la deje en paz. Dicen que la mujer primitiva se diferencia de la civilizada en que aquélla era dos tercios del hijo y uno del padre, y que ésta es dos tercios del padre y uno… de la ciudad que la viste y la calza bien en sus almacenes ilustres»(275). Para Gabriela existe un compromiso maravilloso de no sólo concebir al hijo, sino también de cobijarlo. Pero existen amenazas para ese ciclo ‘sagrado’, porque «Nuestro mundo moderno sigue venerando dos cosas: el dinero y el poder[…]»(276) escribe Gabriela en el libro «Magisterio y Niño». El estilo de Amanda Labarca A propósito del poder, es bueno hacer un paréntesis para describir una situación que marcó a Gabriela Mistral durante sus años de vida en Chile y que luego mencionaría como uno de los pretextos para no querer volver. Durante los años en que Gabriela Mistral ejerció su docencia en Chile, tuvo muchos problemas con funcionarios del Ministerio de Educación, varios de la cúpula masónica y con quien -para ella- estaba detrás de todos estos roces: Amanda Labarca. Amanda Labarca (1886-1975), profesora y escritora, realizó sus estudios de castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Al parecer los problemas entre Amanda Labarca y Gabriela Mistral se inician el año 1912 mientras Gabriela trabaja como profesora de Geografía y Castellano en el Liceo de Los Andes. Así se descubre en los epistolarios de Gabriela: «Vino después una disputa entre los esposos G. M. y yo, porque querían alojarme cuando yo bajaba de [99] Los Andes a Stgo. Yo prefería quedarme en una pensión modesta en calle Nataniel. Por ese tiempo la Magíster masona también, A.[manda] L.[abarca] H.[ubertsone] quiso tomarme bajo su protección. Nada le acepté y desde allí viene su odio eterno y nunca aplacado»(277). Luego vendría lo que la misma Gabriela llamó la ‘batalla’ por el Liceo 6 de Santiago. En la disputa por el cargo, Gabriela como independiente, sufrió las intrigas y conspiraciones de la masonería («Conmigo nadie gana cosa alguna. Y en cambio gana mucho con el apoyo de la masonería-reparte-prebendas»(278)). Gabriela venía de trabajar como Directora del Liceo de Temuco para postular al mismo cargo en el Liceo 6. Pero al parecer ese puesto resultaba bastante apetecible porque de él provinieron varios roces, los que llevaron a la poetisa a aceptar de inmediato la invitación de José Vasconcelos, Ministro de Educación Pública, para participar en la Reforma Educacional de México. La misma Gabriela narra el episodio: «Cuando ocurrió ‘la batalla’ por el Liceo 6, cuando la Masonería salió de sus casillas y su Gran Maestro, mi amigo Guzmán Maturana, me llamó para decirme que me retirase de la lucha porque aquélla, la Masonería, de la cual era el Gran Maestre, había dado ese cargo a Josefina Day, casada -mal-casada- con masón, yo supe qué era ese gran Misterio operante y gobernante. Entonces, apareció en mi vida Torreblanca, masón y Sub-Sec. de Inst. Pública. Nunca entenderé la razón de su protectorado. Hizo mucho, parece; me informaba de la ‘empresa’, de la ‘batalla’ que contuvo cosas inefables, incluyendo amenazas de apedreo, y más, registros de mi archivo de cartas hechos por hombres que entraban cuando yo salía y hurgaban en mi Bibliot., mis archivadores, mi cuarto de dormir, etc.»(279) Aun cuando Gabriela Mistral obtuvo la jefatura del Liceo Nº. 6 las rencillas continuaron. Al parecer era ahora la misma Amanda Labarca quien solicitaba el puesto. Gabriela contó a Eduardo Barrios que se le propuso un traslado a Valparaíso para trabajar en el Liceo Nº. 1 de esa ciudad. Gabriela rechazó el traslado colocando su cargo a disposición del Ministro de Instrucción Pública, de ese entonces, amigo oficial de Amanda Labarca. […] «Yo vi clara una intriga detrás. Creo que existió y que fue de la Amanda. «Callé, pero vi claro que mi situación en Santiago era vidriosa. «Usted sabe cómo llegué al Liceo 6. Me prometí al entrar a la casa no durar sino el tiempo necesario para probar a mis enemigos que podía organizar un liceo, así como había reorganizado dos. Viví un año recibiendo [100] anónimos de insultos y oyendo de tarde en tarde voces escapadas de la campaña. «Me traje en el corazón estas cosas. No sé olvidar y ahora viene a añadirse otra»(280). La «otra» ocurre cuando ya está fuera de Chile. El Presidente de la República, Arturo Alessandri, durante una visita de José Vasconcelos a Chile confidenció que Gabriela Mistral no era la mejor representante de la enseñanza femenina del país pero sí lo era la señora Amanda Labarca, quien la aventajaba en títulos y reconocimiento oficial. «[…] Alessandri declaró a Vasconcelos, cuando yo estaba en México, ‘el error suyo de haberme llevado allá, en vez de la A.L.H.’ Y en el banquete que le dio luego, se la presentó, insistiendo en lo mismo y sentándosela al lado. Al irse, Vasc. le dijo: ‘De éstas, tenemos en Méx. muchas y de más, pero la que me llevé es diferente y rara’. Él me lo contaba riendo…»

«Texto:biblioteca nacional de Chile.Foto:Busto Rosarino.A.D.Palau.

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