Cátedra Gabriela Mistral

Gabriela Mistral y los Maestros de México. II parte

Waldemar Verdugo

01.01.07

«Su planteamiento no es estrictamente político, sino ético, humanista, y, en última instancia, religioso»

El Chofer de la Mistral en México. ¿Cómo vivió Gabriela su última residencia en México? Quien lo narra es el profesor Rubén Vizcaíno Valencia, Director de Extensión Cultural de la Universidad Autónoma de Baja California, que la conoció entonces y fue su chofer: «Luego del revuelo por su rescate desde alta mar, ella venía navegando desde Río de Janeiro cuando enfermó, y luego de ser atendida por el médico que la fue a rescatar en un helicóptero oficial, el Presidente Miguel Alemán, por insinuación del pueblo, la invitó a quedarse aquí, en el lugar de México que quisiera, durante el tiempo que dispusiera. Se pensó que seguiría viaje a Nueva York, donde residía, pero no, sin más, accedió a quedarse, y eligió precisamente Veracruz, donde el Gobierno puso a su disposición la residencia oficial en la Playa de Mocambo. Allí trabajé para Gabriela Mistral, durante varias semanas y, absolutamente, por casualidad. «En esa época yo vivía en el D.F. -continúa el profesor Vizcaíno-, y trabajaba de chofer de un poeta refugiado español republicano, Jaime Terradas, que había conocido a Gabriela en España. El y su esposa decidieron ir a saludarla a Veracruz y, por supuesto, yo debí manejar. El caso es que, al llegar, ellos tenían muy serias dudas de ser recibidos, porque, directamente, sin aviso, llegamos a la Playa de Mocambo. Eran como las once de la mañana y, con gran alivio, nos recibió de inmediato. Feliz de ver a los Terradas, aunque ella recibía a quien quisiera verla: simplemente se sentaba en una de las espaciosas salas y, a su alrededor, en otras tantas sillas, diversas gentes. El caso es que Gabriela se quejó de que no había quién les hiciera algunos servicios, a ella y sus dos amigas que la acompañaban: Palma Guillén y María Dolores Arriaga, a quien Gabriela llamaba «Lolita», dos maestras mexicanas de la misma edad de Gabriela, fenomenales, que la acompañaban «oficialmente», pero se conocían de la época de la Revolución; trabajaban todo el día, entre risas y situaciones geniales. Luego llegó Doris Dana, su actual albacea, que no hablaba una gota de español. El caso es que no tenían un chofer para sacarlas del apuro doméstico. Entonces la señora Terradas, ante mi impresión, le dijo: -No se preocupe. Le vamos a solucionar el problema. Aquí tiene a Vizcaíno. Y continuó su esposo: ¡Le dejaremos el automóvil y a Vizcaíno! Para que pueda trasladarse más libremente. Acepte, amiga, que ¿me negará usted que no ha necesitado, por ejemplo, algo de la librería o la farmacia? Y Gabriela replicó: -Es cierto que pensé en la necesidad de aprovisionarme de cigarrillos… Y el poeta Terradas insistía: -Querida Gabriela, acepte, que así tiene a quien enviar de compras y la saque a tomar aire, lejitos de los carros oficiales. ¿Acepta usted? Al producirse un instante de silencio, a mi vez, le dije: – Con su permiso, señora, soy persona de confianza, del mismo pueblo donde nació el escritor Juan Rulfo. Puede usted decirme «Vizcaíno». Estoy a sus órdenes. Y le prometo que no le faltarán sus cigarros… Y ella dijo: -Bueno, Vizcaíno, si usted es de la tierra de mi amigo Juanito, tiene desde ahora mi completa confianza. Así fue como me quedé a su servicio, y lo que, en un comienzo supuse que sería un par de días, duró varias semanas. Fue un tiempo excepcional. Ese mismo día me instalé «prestado» a Gabriela. Ella, de inmediato me envió por periódicos, por café descafeinado y algunas cosas de la farmacia. Dijo que, desafortunadamente, sus cigarrillos se le habían acabado (fumaba Lucky sin filtro) y no habían en México. Yo, le comenté: -«Pero si aquí en Veracruz hay de todo. Se los traeré». Fue una empresa terrible, porque no encontraba sus cigarrillos en ninguna parte, y recorrí y recorrí buscándolos, hasta que, al final, terminé comprándolos en un barco, de contrabando. Gabriela me celebró mucho sus cigarrillos, y digo con orgullo que nació de inmediato entre nosotros una buena relación amistosa. Al otro día, muy temprano, comencé a ser su sirviente, antes de carnaval.» «Tengo perfecto el recuerdo de su presencia -sigue el profesor Vizcaíno-. Ella era austera consigo misma, cálida con los demás, siempre peinada a lo «garcon», con su mirada impregnada como de una sabiduría antigua y poderosa. No comía carnes rojas, sólo frutas y verduras de la estación con alguna carne blanca, y todos los mariscos posibles, en especial el abulón o «loco» como lo nombran en Chile. Le gustaba el café, y el sabor del vino dulce. Llegaba mucha gente y ella escuchaba y hablaba en forma incansable; le gustaba contar cuentos y a veces lo hacía hasta altas horas de la madrugada, inundado de magia el oyente, y ella fumando cigarrillo tras cigarrillo; fumaba hasta que ya no le quedaba más que cenizas en sus dedos. Nunca vi que le molestara algo que otro hiciera en su presencia, y sucedían cosas singularísimas por su disposición para recibir, simplemente, a quien llegara. Porque iban innumerables visitas, y a todo mundo recibía. Llegaban jóvenes editores que le pedían poemas para sus revistas estudiantiles, y siempre salían con algo concreto en sus manos. Le traían muchos libros, y todos los hojeaba para luego guardarlos, escrupulosamente, en uno de sus dos baúles antiguos que la acompañaban, de rica madera pintada verde oscuro con su nombre grabado en placas de cobre muy discretas, era todo su equipaje. Y no parecía necesitar más para desenvolverse a la perfección en el mundo. «A la finca de Mocambo llegaban a saludarla artistas y políticos, muchos reporteros mexicanos y extranjeros que querían su opinión sobre todo tipo de sucesos. Iban personas anónimas, simplemente del pueblo, con sus hijos: Gabriela tenia la cualidad de calmar, con su sola presencia, a los niños, quienes, al verla se sentaban automáticamente a sus pies; ella solía acurrucar a algún pequeño que luego-luego se dormía. «Yo estaba allí cuando llegó a visitarla Diego Rivera, a quien la unía una estrecha amistad. Comenzaron a hablar muy tranquilos y, repentinamente, se enfrascaron en una discusión acerca del mayor indigenismo que se jactaban de poseer uno sobre otro. Ambos eran imagen viva de la cultura indígena de América, y ninguno era, aparentemente, un indio. Por cierto, se notaba que su áspera discusión por ver quién había hecho más por los indígenas era una especie de juego antiguo entre ellos que, a ratos, se hacía más y más agresivo. «-Que yo he defendido a los indios en Europa» -decía Gabriela-, «y tú solo los has defendido aquí mismo, en América, ¡qué chiste! ¡Yo he tenido que defenderlos en España!» Y Rivera se ufanaba de haber rescatado la historia indígena para el arte moderno. Y la discusión se acaloraba hasta que este dijo: «-¡Te reto formalmente a que me demuestres que eres más indígena que yo!» «-¿Cómo quieres que lo haga? -respondió Gabriela. «-¡Así!» -exclamó Rivera. Y acto seguido: se abrió el cinturón, se desfajó los pantalones y enseñó una nalga indicando su mancha lumbar-. «Como sabes, Gabriela, todos los indios tenemos una mancha lumbar. Y aquí está la mía. ¡Ahora muestra la tuya!» De inmediato, Gabriela estalló en carcajadas, le dio un verdadero ataque de risa. No dejaba de reír, cuando le tuve que anunciar que había llegado el embajador de Suecia con una comitiva. Fue una situación muy graciosa, porque, durante los momentos que siguieron, Gabriela no soportaba la risa cada vez que miraba a Rivera, que luego se puso muy propio, mientras recibían la flemática conversación diplomática tan circunspecta. La maestra fue muy amiga de Rivera y de Frida Kahlo: ambos llegaron a despedirla la noche de su última estancia en México, así como José Vasconcelos, Alfonso Reyes, el matrimonio Terrada, Guadalupe Amor y Neruda, que mantenía un affaire histórico con «Pita», a quien Rivera había pintado desnuda, lo que causaba mucha gracia a la divina Gabriela… Frida Kahlo estaba radiante, uno se olvidaba que estaba en su silla de ruedas, eran muy bonitas sus facciones e irradiaba gran fortaleza. La despedida de México de la maestra Gabriela fue mágica; con el amanecer, cuando fuimos a dejarla al muelle luego de una cena que se prolongó toda la noche, en que se habló, cantó y practicó, por sobre todo, el arte del buen humor, los que allí estuvimos éramos, sin duda, mejores». Narra el profesor Vizcaíno que la escritora era, en especial, cálida con los jóvenes artistas que llegaban: «Cierto día llegó a saludarla un joven poeta. Le llevaba a la maestra Gabriela un quetzal disecado, detenido con sus patitas en una rama, con su enorme cola, magnífico. Cuando la vio, antes de entrar a la sala en que ella estaba, exclamó con un grito: «¡Divina Maestra!», y abrió los brazos con la intención de correr hacia ella y abrazarla, con tan mala suerte que, al hacer el súbito gesto, pasó a golpear el quetzal contra algo, volando el ave disecada y aterrizando más allá con el ala rota, quebrado… al ver lo que había hecho, el poeta, desconsolado sin más se puso a llorar. Y ella se acercó a él y lo consoló con palmaditas en la cabeza y en la espalda, como a un niño. Y así se estuvo mucho rato con el joven poeta, teniéndolo abrazado, a su lado, consolándolo. «Llegaban a verla los maestros de las escuelas rurales cercanas, tal cual ella habla sido. Le pedían innumerables consejos; ella era, desde los años 20, una figura importante para los maestros, convirtiéndose ya en esa época en el prototipo del talento educador. Fue ella la sensibilidad preclara de los Maestros Misioneros. Por decir así, había enseñado a los educadores de la niñez mexicana, en los que había dejado la impronta de su sensibilidad. O sea, su última residencia en México era un acontecimiento, y toda Veracruz se enorgullecía de que eligiera la ciudad para vivir; eso lo pude medir esos días, cuando llegó el carnaval. En Mocambo, Palma y Lolita enseñaban a Doris cómo debía atender a la maestra, los innumerables detalles que ocupan a una secretaria, desde tenerle siempre a mano sus lápices y cuadernos hasta recordarle que debía comer, porque ella era absolutamente despegada de las cosas rutinarias. Lolita cocinaba platos mexicanos, que le encantaban a Gabriela. Yo me ocupaba de las puertas, anunciar las visitas, y de manejar. De inmediato la maestra Gabriela confió en mi y me hizo, sin dudas, mejor. Ella estaba todo el tiempo escribiendo o corrigiendo lo escrito. No le gustaba escribir en cuarto cerrado: cuando despertaba, lo primero que hacía era ordenar que abriera todas las ventanas y puertas. Y yo así lo hacía. «En esos días escribió un texto de su obra mexicana que, en lo personal, me parece fundamental en su labor: «La palabra maldita», su defensa a los intelectuales que, por haber firmado la famosa declaración de Estocolmo contra la «guerra fría», sufrían la persecución de sus gobiernos. En el texto defiende la paz para condenar la ofensiva contra los derechos humanos. No es a una paz abstracta a la que se refiere: habla específicamente de personas que son víctimas de abusos por su posición antitética, a quienes anima a resistir. Sin embargo, su planteamiento no es estrictamente político, sino ético, humanista, y, en última instancia, religioso. Un día las llevé a Jalapa, donde la invitaron unos maestros: para esa ocasión escribió «Inauguración de una Biblioteca Veracruzana», donde dice que una biblioteca es similar a un campo de guerrillas, porque las ideas luchan a todo su gusto. Cuando se inició el carnaval, el Gobernador llegó a invitarla para ver pasar las comparsas, fuimos y terminamos con la maestra muerta de la risa y sin el Gobernador, desfilando en un carro alegórico, junto a Palma, Lolita y Doris Dana. «La maestra Gabriela siempre se veía radiante, a pesar de la severidad con que vestía sin adorno alguno -continúa el profesor Vizcaíno-. ¿Sabes que a su edad era aún atractiva? Debió ser muy bella en su juventud. No era una mujer fea, para nada. Tenia unos ojos preciosos, verdes, y no se veía avejentada; tenía armonía en sus rasgos, en su rostro, en sus manos de campesina, y caminaba muy erguida. Luego que desfilamos en Carnaval, decidió que saliéramos a andar, simplemente, entre la gente que vivía el carnaval, y que en Veracruz es una locura. En la fiesta callejera, se quedaba, a ratos, extasiada viendo cómo se divertía la gente. Alguien le había regalado un gran manojo de globos con helio y ella, en un acto muy gracioso, se los ató a su cinturón. Y no se los quitó: así caminó entre las personas, envuelta en globos. Era impresionante ver cómo, entre el jolgorio popular, todo el mundo le hacia camino naturalmente; todos la reconocían, y de inmediato la aplaudían… En Veracruz, esos días, todos hablaban de ella; era la estrella del carnaval. Todos gritaban en la calle su nombre al verla pasar, pero nadie la molestaba… la única vez que vi lágrimas en sus ojos fue cuando una comitiva del carnaval llegó a saludarla a Mocambo en una carroza en que iban varias maestras del Estado recitando sus poemas y niños cantando sus rondas, lo que la emocionó mucho. «Le gustaba ir al malecón, simplemente a caminar a la orilla del mar. Se quedaba a ratos silenciosa, pero no nostálgica, nunca estaba triste. Siempre se veía entusiasmada, le encantaba escuchar a los demás y jamás se mostraba aburrida. En esos días del carnaval, me dijo que podía salir de noche y que no me preocupara del desayuno. Al otro día me decía: «-Dígame Vizcaíno, ¿qué hizo anoche?» «-Fui a echarme unas cervezas» -respondía. «-No, pero antes de eso, cuénteme, ¿qué vio?» -decía ella. «-Fui a caminar» -le respondía. Y seguía preguntándome. «-¿Cómo estaba la alegría de la gente? ¿Conoció a alguien? Porque debió hablar con alguien. ¿Qué dice la gente? ¿Qué conversaron?» -y así seguía-. «¿Qué disfraces llamaron su atención? ¿Qué comió?»… y así… yo a veces le contaba historias que ella celebraba con gran regocijo, su risa era muy contagiosa ¿sabes?. Era una mujer muy dulce, y su imagen de seriedad absoluta con que se la retrata no corresponde a la realidad. «Le gustaba ver de noche los barcos iluminados mecerse en el mar; pero ella se decía «de tierra adentro»; acariciaba los árboles, le gustaban todas las plantas, pero en especial los árboles. En ocasiones las sacaba en el carro y guiados por ella nos enseñaba las calles de los alrededores del puerto; cierto día me pidió enfilar por una gran arboleda, y dijo: -¿Saben que en la época de Vasconcelos yo acompañé a los niños de Veracruz para que sembraran estos árboles? En esos años eran sólo una ramita, y ahora ¡qué fuertes se ven!. «Es cierto que tenía una manera muy bella de ser. Irradiaba esa luz de la sabiduría, creo yo. Tenía otra particularidad: conversaba con varias personas de diversos temas al unísono, concediendo a cada invitado unos minutos antes de seguir conversando otra cosa con otro allí presente, rotando la conversación y volviendo con exactitud al punto en que se había quedado con cada persona, así el tema no tuviese nada que ver con lo que conversaba antes; y, mientras con uno hablaba de pintura, con otro lo hacía de política y luego daba consejos a algún joven… era formidable en ese aspecto. Yo recuerdo haber leído que Napoleón era capaz de dictar seis cartas a seis secretarias distintas al mismo tiempo. La maestra Mistral era capaz de esa simultaneidad, sin desatender a nadie: mientras hablaba con uno, delicadamente, seguía como hablando con todos con la mirada; ella matizaba sus ideas, los sentimientos, sus juicios con la mirada, era como si las cosas fueran confirmadas por sus ojos, porque siempre transmitía un estado de ánimo positivo. Era muy singular, no se parecía a las mujeres comunes. Nunca daba la apariencia de ser una mujer moderna, ni de ser una mujer liberada; tampoco se percibía la impresión de estar frente a una intelectual; usaba grandes zapatones, de los que se acostumbran para andar en las tierras áridas, tenía sólo dos pares de ellos, iguales, que yo cada mañana le lustraba escrupulosamente; era alta, gruesa, monjil, pero me imagino que como son los monjes orientales: tenía una sencillez de esas en que la sabiduría no despierta escándalo; parecía que apagara la forma con su manera humilde exenta de toda vanidad; no usaba una sola joya, y de maquillaje apenas solía polvearse muy levemente; le gustaban los jabones de sándalo. «Era increíblemente dueña de sí misma -sigue el profesor Vizcaíno-, eso era lo que te partía… era tan ella misma, con una individualidad que se notaba construida durante una vida de lucha, de reflexión. Se notaba su señorío antiguo, de siempre; algo así era lo que expresaba con su serenidad. Cuando hablaba a un grupo lo hacía siempre reposadamente, de pronto se quedaba con sus ojos semi cerrados durante unos minutos, silenciosa, mientras los demás seguían conversando entre ellos, aunque nunca daba la impresión de estar ausente, sólo se quedaba así, inmóvil, como descansando en sí misma. Nadie se atrevía a perturbarla entonces. En su trato familiar, si se puede decir así, que era el que daba a Palma, Lolita y Doris y me confirió a mí, sin conocerme, ella jamás se enojaba. Se levantaba muy temprano y, con su cuerpo vuelto al sol, permanecía cada mañana varios minutos con las palmas abiertas al astro, con sus ojos cerrados; desayunaba bien, y luego, todo el día, trabajaba o recibía gente, sin dar muestras de agotamiento. Su correspondencia cada día era más, y en la noche se daba tiempo para leerla, así como periódicos y revistas de todo el mundo que recibía donde se hablaba de ella, cosa a la que la maestra no daba la menor importancia. Siempre estaba atenta a todo lo que ocurría a su alrededor, y era común verla redactando una enérgica nota apoyando una causa injusta en un país lejano. Tenía fuerzas para compartir con todo el mundo. Un día le pregunté que de dónde sacaba tanta energía, y respondió que «de la Biblia y del sol»; ésta última, dijo, era una práctica budista, religión que Gabriela practicó en su juventud. Narraba que en una ocasión fue recibida por el Papa, y que había estado a solas con él, y que los ojos del Papa, cómo la había visto, esa mirada la devolvió definitivamente al catolicismo. Todos saben que la fuerte intercesión del Papa Pío XII por los indígenas del mundo, se debió a la influencia que éste, a su vez, recibió de Gabriela, quien fue a Roma especialmente a pedirle por sus «indiecitos». «A mí me hizo leer los «Salmos» de David. Tenía ella a David por el primer poeta de la historia. A veces decía su poesía tal cual se conversa, y era conmovedor oírla, con su voz profunda de mujer. Palma Guillén, a quien dedicó su libro «Lagar», solía imitarla y ella parecía morirse de la risa. A Palma un día se le ocurrió que había que llevar a la maestra Gabriela en una excursión por las montañas, con la idea de que tomara aire fresco y preparar su corazón para que subiera al Distrito Federal, donde la reclamaban y ella esperaba ir para saludar personalmente a sus amigos y al Presidente, Alemán, con quien la unía una cálida amistad y, hasta ese momento, sólo se comunicaban por teléfono. Así que las llevé en el carro, enfilando hacia Jalapa. Al llegar, decidieron pasar a tomar algo al restaurante del Hotel Salmón, pero, al momento de entrar, Palma descubrió al Gobernador que se encontraba allí rodeado de personalidades locales. Le susurró algo a Gabriela y ésta, de inmediato, dijo: -¡Vámonos!. «Ya en el carro, comentó que se sentía muy comprometida con la amabilidad del Gobernador, pero que a Palma la aburría la oficialidad. Y así era. Palma Guillén era por sí misma una mujer singular; muy ingeniosa; Lolita Arriaga era más sobria, con su propio sentido del humor; ambas eran tratadas por la maestra con suma familiaridad; siempre se veía divertida con ellas. Me hizo parar en una pulquería y compramos mezcal para nosotros y vino dulce para la maestra, quien ordenó que enfiláramos hacia Coatepec, cruzando una cadena montañosa bellísima, sembrada de cítricos, aguacate y mango. Ella decía que uno de los mejores sabores que existían era el del mango con vino dulce. Coatepec tiene sus calles empedradas, con sus casas amuralladas de rosas. En el pueblo había trabajado ella décadas antes junto a los Maestros Misioneros, y estaba encantada de volver. «Indicó que la llevara a una casa de antiguos amigos suyos. Cuando la maestra Gabriela fue anunciada, salió a recibirla una familia numerosísima, estaban todos emocionados por la sorpresiva visita; la tocaban y la besaban. Esta familia exportaba orquídeas y gardenias a USA. Tenían una casa gigantesca. En un invernadero vimos racimos y racimos de orquídeas, de innumerables variedades. Ella se perdió entre las flores, tactándolas con enorme dulzura, rozándolas con su rostro; se convirtió como en un niño, y Doris debió guiarla para que saliera del bosque de orquídeas. Los anfitriones nos siguieron conduciendo y vimos que había guajolotes reales, faisanes bellísimos, gallinas enanas de Oceanía, jaulas enormes con pájaros exóticos, unos venados; era un pequeño zoológico. «Todos admirábamos lo que veíamos cuando, en una fracción de segundo, irrumpió el rugido espantoso de un puma que se abalanzó desde dentro de su jaula, justo al lado de la maestra Gabriela: ella dio un salto enorme, literalmente se elevó por los aires, fue espectacular; el rugido del puma la asustó de tal manera que la hizo, en verdad, volar. Impresionados la miramos cómo, al instante, le vino uno de sus ataques de risa con que enfrentaba las situaciones inesperadas, risa que contagiaba a todos. Luego nos preocupamos porque se suponía que ella estaba en recuperación, pero lo había tomado de la mejor forma y nos tranquilizaba, mientras recordaba entre risas; estar con ella era un jolgorio. De vuelta, las llevé a un sitio a cenar, en Veracruz, donde se nos acercaron unos músicos y todos cantamos canciones mexicanas en que predomina ese sentido de irrespetuosidad a la muerte, que la maestra Gabriela festejaba mucho. Le cantábamos a viva voz y ella a ratos se nos unía, contentísima.» Afirma el profesor Vizcaíno que la Mistral en absoluto tenía miedo a la muerte, «y, en eso, era muy mexicana; ese desenfado libre de ataduras con el más allá con que se movió por la vida fue lo que la acercó tanto al alma de mis paisanos, porque Gabriela era una super estrella en México veinte años antes de recibir el Premio Nobel. Aquí pasó por los lugares igual que un tren: despertando a las gentes». La Extranjera. Hija de Jerónimo Godoy y de Petronila Alcayaga, Lucila (el nombre primero de Gabriela) debe sus primeras letras a su hermana Emelina, una joven profesora rural que la inscribe luego en la escuelita de Vicuña en el valle del Elqui; la directora, Adelaida Olivares era ciega, y se hacía llevar de la mano de la pequeña Lucila como de un lazarillo. Así, el primer oficio de Gabriela es tan humilde que podía desempeñarlo un perro. A los 13 años trabaja acompañando a su hermana como ayudante de clases en las escuelitas del valle; al mismo tiempo comienza a publicar en los periódicos locales «La voz del Elqui» y «La hoja coquimbana»: relata doña Petronila que cuando su hija no estaba escribiendo, se entretenía en el campo, en extrañas conversaciones con los árboles y las piedras, con los pájaros y las flores, con la hierba, con el viento. ¿Después de todo no le quitaría al viento el nombre de «Mistral»? A los 15 años pretendió regularizar sus estudios en la Escuela Normal de La Serena, pero fue rechazada cuando se sabe que era la autora de esos artículos «demasiado liberales» que aparecían publicados de vez en cuando, y que habían llamado la atención de la gente del valle. Entonces, decide viajar a Santiago a rendir un examen de madurez ante el Ministerio de Educación: en un alarde rinde toda la prueba de ciencias naturales… en verso. Y obtiene su título de maestra normalista, dejando, para siempre su pueblo natal de Montegrande, el único lugar donde declaró ser dichosa, «y ya no lo fui nunca más». En Santiago desafió a la sociedad de su época temprana, con sus ideas educativas revolucionarias, con su exótica vestimenta austera, con su desenfadada costumbre de fumar en público cuando ninguna mujer lo hacía; se ubicó de inmediato como símbolo del poder mágico del verbo. Por eso siempre la rodearon sólo amistades fugaces, vivió carente de familia; era, como los profetas, un ser aislado que siendo de todos no pertenecía a nadie. Gabriela no rozaba con sus manos la ambición, y es claro que fue singular por esta rara condición. No soportaba objetos ni joyas, jamás coleccionó cosa alguna, y cuando los maestros de Cuba le regalan orquídea de brillantes y prendedor de oro, de inmediato los dona a «los niños de la escuela» (que lleva su nombre en la isla). Cuando en México alguien le pregunta si era verdad que el gobierno le pagaba en oro, responde: «Y yo qué voy a hacer con oro?». La cantidad estimable de dinero que le dieron con su Premio Nobel, lo invirtió en una casa en Santa Bárbara, California, en la que casi no vivió. La Mistral nunca rindió culto al dinero. Como refieren Vasconcelos y Lolita Arriaga, en su primera visita a México vive con el sueldo de un maestro. A partir de 1926 el gobierno de Chile le otorgó una jubilación como maestra y luego la nombra cónsul vitalicio de libre elección, con lo que ya no tendría inconveniente para radicarse donde quisiera, retornando a México, cada vez que lo hizo, solo con sus medios. Ella llegó al país, cada vez que volvió, nada más que buscando la compañía humana. Gabriela Mistral publicó solo cinco libros: «Desolación» (Nueva York, 1922); «Ternura» (Madrid, 1924); «Tala» (Buenos Aires, 1938); «Lagar» (Santiago, 1954), además de su selección de escritos «Lecturas para mujeres» que hubo de publicar en México en 1923, y que había de convertirse en texto inmediato para los maestros rurales, por ser una especie de antología unida a cuentos y poemas de un alto vuelo. De este libro dice Juan José Arreola (a Emmanuel Carballo): «En esta obra que nos dejó Gabriela conocí un poema admirable de Julio Torri… También un texto de Francisco Monterde, al que le debo muchísimas enseñanzas… Allí venían también poemas de Ada Negri… «Lecturas para mujeres» de Gabriela Mistral es una de las bases de mi cultura literaria». En la Introducción a “Lecturas para mujeres” citada antes, Palma Guillén escribe: “Gabriela Mistral iba a los pueblos. Adoraba a la gente del campo y en seguida se entendía con ella. Hablaba con los maestros, los veía trabajar; hacía para ellos pláticas y conferencias sobre el sentido de la enseñanza, sobre los fines que se perseguían en las nuevas escuelas, sobre el material escolar, sobre la enseñanza de la Geografía y de la Historia, sobre los libros auxiliares, sobre los libros para los niños y para los jóvenes, sobre el uso de las bibliotecas, sobre la cultura necesaria al maestro y a la mujer, sobre su país tan lejano, y, sin embargo, tan semejante al nuestro. Amó a México, con un amor hecho de conocimiento y de esperanza: mejor propagandista y mejor defensor no ha tenido México ni de dentro ni de fuera. El nombre de México, más tarde, estaba siempre en sus labios. El recuerdo de México, después de su paso por nuestra tierra, va y viene constantemente en sus poesías. Supo de nuestro país tanto como nosotros mismos y, acaso, más que muchos. La gente en los pueblos o en las ciudades acudía a. oírla y la oía con verdadera religiosidad. Ella era muy intuitiva y se daba cuenta inmediatamente de su auditorio, así es que sabía encontrar siempre el tono justo para que cualquier tema se volviera interesante y asequible. Visitaba mercados y talleres; hablaba con los maestros, con los obreros y sobre todo con las mujeres. Todo el mundo la quería. Cuando murió, de muchos de esos pueblos recibí yo cartas de pésame de personas que, 35 años antes, la habían conocido y que me escribieron a mí porque no sabían si ella tenía aún familia. Pero a pesar de que Gabriela trabajó mucho en México y de que hizo todo lo posible por identificarse con nosotros y por sernos útil, algunos maestros -más bien algunas maestras- y también algunos escritores de la Capital (no hay que olvidar que nosotros somos muy nacionalistas) se sintieron disgustados, disminuidos y hasta ofendidos por el hecho de que una «extranjera» hubiera sido llamada a trabajar a México. Hubo, personas que empezaron a hacer críticas y comentarios malévolos. -«…¿Qué venía a enseñar, que no supiéramos ya, esa ‘extranjera’? ¿Qué novedades había traído? Aquí había muchos buenos maestros y cualquiera de ellos podría hacer en la provincia lo que hacía Gabriela…» Luego, Vasconcelos decidió ponerle el nombre de Gabriela Mistral a una escuela nueva que iba a abrirse, a una Escuela Hogar, puesto que la educación de la mujer y de la madre le importaban tanto a la educadora chilena»… ¿El nombre de una ‘extranjera’ y de una persona aun en vida, a una escuela de México?» La ola se fue envenenando y se volvió negrura y fetidez cuando se supo que Ignacio Asúnsolo estaba haciendo su estatua para ponerla en el patio de la escuela… «¿Estatua a una persona en vida? ¿Qué se glorificaba en ella? ¿Qué había hecho de tan extraordinario aquella mujer? Yo hice lo que pude porque Gabriela no se enterara de esas miserias. La sabía unida espiritualmente a México, sabía cómo quería ella a nuestro país, con qué admiración y con qué entusiasmo vivía entre nosotros y la alegría que tenía cada mañana al ver el cielo de México. Pero, naturalmente, se enteró y, llena de dolor, decidió irse en el acto. La invitación que tenía para trabajar en México terminaba en noviembre de 1924 con el período de Obregón; pero ella no quiso esperar el fin del año. Estaba trabajando desde hacía más de un año en la selección de estas «Lecturas para Mujeres» y que ella quería que fuera un libro complementario para las alumnas de su escuela. Terminó rápidamente la selección y escribió la Introducción -esta Introducción en la que se siente su herida-, encabezándola con el subtítulo Palabras de la extranjera. Yo sé bien lo que le dolió sentirse «la extranjera», llamarse a sí misma «la extranjera» en este país que amó tanto como al suyo y del que quería ante todo ser amada. La Introducción escrita por ella es una admirable presentación y exposición del libro en la que Gabriela desarrolla, sus ideas acerca de la educación en general y acerca de la educación de la mujer en particular; pero es también una respuesta llena de dignidad, a las críticas y a las ofensas que le hicieron, En ella casi se excusa de haber venido a trabajar entre nosotros y para nosotros -ella que, dentro de su hispanoamericanismo verdadero y total, soñó siempre con una América Latina sin fronteras en la que el pensamiento y el trabajo pudieran circular libremente para bien y alegría de todos. Firma con las palabras La Recopiladora, sin poner su nombre, para disminuirse como la disminuían y para quitarle importancia a la obra en la que la décima parte, cuando menos, del material tan novedoso como bien escogido está formado por textos suyos, escritos muchos especialmente para este libro”. Lo cierto es que la obra mexicana de la Mistral, ésta la publicaría indistintamente en diarios y revistas de toda América, incluyéndose, generalmente, como parte de su oficio periodístico; era un «costado» (tal cual diría ella) de su tarea, como consideraba a sus escritos en general, porque, en realidad, nunca pensó en publicar un solo libro, o sea, estuvo toda su vida escribiendo sin pensar en una unidad, como para un libro determinado. Para ella publicar no era importante; los libros que dio a luz fueron meros accidentes. Al parecer, Gabriela escribía y rescribía un libro infinito, iniciado sin final posible. Los originales de sus escritos están esparcidos en toda América y Europa. En la serie de conferencias que dictó presidiendo la Comisión del Cine en Roma, se hizo popular que terminara como siempre abandonando el escrito que trazaba para hablar, y con el público disputándoselo sin disimulo. En su legado literario que permanece inédito, celosamente custodiado en la Biblioteca del Congreso Norteamericano, en Washington, que consiste en decenas de miles de manuscritos, más su correspondencia, en que se incluye la que sostuvo con mexicanos ilustres como Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Diego Rivera, Alfonso Caso, Carlos Pellicer, Octavio Paz… se pueden leer hasta 17 versiones de un solo poema, y, absolutamente en cada versión, hay al final una nota: «en trabajo». De lo cual es fácil deducir que ella nunca pensó en escribir un libro sobre México, pero siempre escribía del país. Uno de sus textos, que seria profética suerte de su vida, es «La extranjera»: «Habla con dejo de sus mares bárbaros, con no sé qué algas y no sé qué arenas; reza oración a Dios sin bulto y peso, envejecida como si muriera. En huerto nuestro que nos hizo extraño, ha puesto cactos y zarpadas hierbas. Alienta del resuello del desierto y ha amado con pasión de que blanquea, que nunca cuenta y que si nos contase sería como el mapa de otra estrella. Vivirá entre nosotros ochenta años, pero siempre será como si llega, hablando lengua que jadea y gime y que le entienden sólo bestezuelas. Y va a morirse en medio de nosotros, en una noche en la que más padezca, con sólo su destino por almohada, de una muerte callada y extranjera». Para Octavio Paz, Gabriela Mistral es la escritora «de los misterios cotidianos». El poeta Nobel mexicano, en 1990, en su texto «El Pan, la Sal y la Piedra», dice: «El paisaje de Gabriela tiene una antigüedad sin fechas. Su emblema central es la piedra, que es Sol pétreo ya frío, tiempo hecho materia dura y musgo verde, promesa de resurrección. La piedra es monolito precolombino, linde entre el desierto y el campo cultivado, iglesia y altar… «Uno de los signos de la verdadera poesía es la presencia de la prosa en el verso -dice Paz-. Quiero decir: en ciertos momentos privilegiados, sin cesar de ser música verbal, el verso adquiere una densidad que lo lleva a no disiparse en el aire, sino a caer, como una suerte de hermosa fatalidad, para enterrarse y fructificar. Es la ley de la gravedad espiritual de la poesía. Algunos poemas de Gabriela Mistral, los mejores, son una inmejorable ilustración de esta ley. Esta rara cualidad se debe, como ya dije, a que ‘fue uno de los pocos poetas de nuestra lengua que recogieron y prolongaron la tradición bíblica. En esa tradición la realidad más real está impregnada de religiosidad y las cosas más santas son también las cosas diarias. En sus poemas la vida de todos los días es una liturgia y los alimentos mismos -el pan y la leche, el agua y la carne, el azúcar y el aceite- se vuelven sacramentos», termina Paz. Es ciertamente notable la liturgia mágica ésta nuestra de cada día que cantó Gabriela, este fruto del bueno tan lejos del malo. De allí la variedad de temas que accede con toda la potencia elegíaca mistraliana, tan prodigiosa como la voz secreta de Quetzalcóatl o el maíz sin origen, tan rica en matices… ella decía que su obra, como su persona, era «un batido difícil de entender». Sin embargo, en sus escritos a México hay claramente una melodía única, es cierto, están los motivos recurrentes a que hizo acopio en sus escritos: el amor, la muerte, el erotismo implícito a la naturaleza terrenal, la condición de la mujer, el campesinado, Dios, niños, la amistad, el desarraigo, la estética literaria, su pensamiento educacional revoloteando en todo su trance literario, surgiendo como armonía pura, profunda y seria, son formas potentes como su alma, tal cual inmensa cantata. Nunca se lee en estos textos el tono falso del halago, sino el rigor inmediato cuyo sello es la verdad. Descubriéndonos presencia vívida animada tanto por el esfuerzo diario como por los relieves de nuestra vida de cada día, lleno de cosas a las que su visión poética insufló vida como nunca antes, ni después, escritor extranjero ha hecho en México. El de ella es un punto de referencia, un acto de fe, un pequeño milagro ocurrido alrededor del Templo Mayor, que la mujer corrió sin aliento en la alegría esa suya de vivir. De esta «diaria visita del sol» como llama Octavio Paz a la Mistral, nombrándola: «soliloquio del viento por las calles», «luna en la azotea», «la mesa para la comida en común, el mantel inmaculado, los platos y los vasos, el pan, la sal y la jarra de agua.» De esta Gabriela nuestra del México de cada día, de su vida toda en el país fue impregnando el papel. Porque, se sabe, donde estuvo se hizo como es la vida común, de aquí la diversidad de sus orillas. Porque lo que unió a Gabriela Mistral con México fue algo natural, algo así como un relámpago, como un haz de luz que tiene hálito propio. Vivió en el país a gusto. Cuando ella se devuelve a la distancia en Nueva York, asistida por Doris Dana, en una carpeta cruzada por una cinta verde, entre otros atados de escritos, guardaba los textos y poemas a México que quizás si pensó en enviarlos a alguien. Publicados a lo largo de su vida, en ellos se refiere a sus amigos, como Amado Alonso; habla de figuras de la conquista que influyeron en el país, como Vasco de Quiroga y Fray Bartolomé de las Casas; habla de Sor Juana Inés de la Cruz. Se encontró junto a ella su «Recado para Michoacán», donde dice: «Yo dormí en tantas casas que no puedo contarlas». Se encontró su «Himno al árbol», que dedicara a José Vasconcelos. Y el prólogo que escribió para el libro «Canciones» de Jaime Torres Bodet. Así como una breve selección de rondas que hizo para los niños mexicanos, junto a escritos que hablan de las grutas de Cacohuamilpa, y de las jícaras de Uruapan, de la palmera, del órgano. También guardaba dos de sus poemas fundamentales: «El Maíz» («eternidades van, eternidades vienen»), que escribió como alusión al fresco «Fecundación» de Diego Rivera; y «Sol de Trópico», que escribió sentada a los pies de la Pirámide del Sol, cuando enseñaba a leer en el pueblito San Juan de Teotihuacán. También estaba en ese manojo «Envío», donde canta al paisaje de Anáhuac, «suave amor eterno», al que bendice «¡por Netzahualcóyotl y por Salomón!». Nos dice el profesor Rubén Vizcaíno Valencia: «Cuando salió editado su Recado Sobre Michoacán, por ejemplo, el gobernador mismo del estado se ocupó de publicar miles de ejemplares del escrito para promover su zona, en la cual la maestra trabajó y creó escuelas. Lo mismo hacían las autoridades de los otros estados en que ella decidió trabajar; por eso varias escuelas mexicanas llevan su nombre. Su correspondencia era increíble, yo le llegué a llevar en Veracruz dos cajones grandes repletos de cartas, diarios, paquetes de libros… varias veces a la semana. Lo fantástico es que siendo como dije: una super estrella en la época, era la persona más aterrizada que existe. Por eso fue una voz señera en el tiempo que vivió -termina.» Es profunda la huella que a su paso dejó la magnífica errante. Los éxitos de un latino fuera de la América española nos conmueven de una manera particular. No sin razón: presenta nuestros propios caracteres, no obedece a otras influencias y cada uno se hace partícipe suyo, porque ofrece una imagen que estimula el poder de la raza, mas si, como en el caso de la Mistral, proviene del pueblo. Y gloriábase de ello. Se decía, un tanto exageradamente, “india”, y eso conmovía. Por eso la gente de América leía con orgullo las noticias del cable que comentaban el tratamiento especial que se le brindó en los dos hemisferios. Ella aprendió en la Ciudad de México a caminar por las grandes ciudades con una sensación de seguridad, como quien camina por un huerto. En México inició su vida errante. Después la vagabunda se fue por el Viejo y el Nuevo Mundo, de una en otra ciudad, de paso. Ya siempre se dirá que acaba de llegar o que mañana partirá. No echó raíces nunca. “¿Para que quiero yo, ahora, un Premio Nobel?” Los escritores del siglo XX, junto a la Mistral, resultan unos sedentarios. Así es como luego de Chile y México, reside en Cuba y Puerto Rico, viaja a Europa y la recorre desde España y Francia. Regresa a América, vuelve a México, va a Centroamérica, sigue hasta Argentina y vive un corto tiempo en Chile. Regresa a Europa, se establece en Roma, a cargo del Instituto Cinematográfico Educativo, nombrada por la entonces Liga de las Naciones, hoy Naciones Unidas, donde en 1928 el amor se cruza en su camino. Un secreto compartido solo por pocos, entre quienes estaban sus amigas Palma Guillén y María Dolores «Lolita» Arriaga, las maestras mexicanas que nunca la dejaron sola, y la acompañan también en París, donde Gabriela, en 1929, es madre de Juan Miguel Godoy, al que llamaba Yin-Yin en honor al hombre que amó fugazmente. La situación, que nunca permaneció completamente oculta porque «los maestros que éramos sus amigos sabíamos que Gabriela era la madre de Yin-Yin. En la clínica Notre Dame de París, donde fue atendida, llegamos a acompañarla junto a Palma Guillén -afirma la maestra María Dolores Lolita Arriaga, en parte de una entrevista concedida al autor en 1987 y publicada en el Suplemento «Sábado» de UnoMásUno de México, y sigue: -«Trabajé con ella todos los años de su primera estancia y nunca dejé de asistirla cada vez que volvió; fue mi amiga más cercana. Se puede pensar que una mujer de su estatura tiene poco tiempo para conservar sus amistades, pero no ella. Siempre fui igual de trato amable y concentrado en el oficio; mis hijos la adoraban y mi marido siempre estuvo dispuesto para soportar mis largas estadías fuera de mi hogar acompañándola. Al igual que había sido en 1921, en 1929, a través de José Vasconcelos se me encomendó viajar a París para trabajar junto a la maestra Mistral en un proyecto que ella debía presentar al gobierno mexicano, se trataba de las revisiones finales de la Ley del profesorado, que incluía reformas muy positivas para los maestros rurales y la legalización de tierras que ocupaban las escuelas públicas. Digamos que ella nunca dejó de trabajar para los maestros mexicanos, y desde hacía un año antes, siguió haciéndolo desde la distancia, cuando dejó el país para ir a Europa enviada por las Naciones Unidas. En ese momento, digamos, ya era la voz preclara de los maestros esparcidos de su mano por el mundo, y cuando se me notificó la orden presidencial fue un alto honor. También iría Palma Guillén. -«Nuestra sorpresa fue enorme -sigue Lolita Arriaga- cuando desde el aeropuerto nos trasladamos al hotel que teníamos reservado, donde encontramos una nota en que se nos informaba que ella nos esperaba en cierta dirección. Al llegar, era la Maternidad Notre Dame, supimos que el día anterior había sido madre de Juan Miguel, al que llamábamos Yin-Yin. Para Palma conmigo la sorpresa fue maravillosa; eso de que nos eligiera para acompañarla en esos momentos nos llenó orgullo. Ella estaba sola y tenía arrendado un amplio departamento en las cercanía; nos organizamos de inmediato… fue todo muy emocionante porque, si bien ella amaba a los niños y escribía de ellos, nunca había tenido uno propio, y fue necesario enseñarle desde como alimentarlo hasta cambiarle pañales; mi experiencia de tres niños sirvió. Ella siempre tenía a Yin-Yin en brazos; todo lo del niño le causaba risa y escribe que te escribe poemas al niño; mientras a mi me dictaba o la ayudaba a responder correspondencia, con Palma terminaron el trabajo para el gobierno y alguien debía llevarlo a México. Decidimos que viajaría Palma, que era más elocuente, y yo me quedaría con ella. Gabriela estaba dispuesta a declarar abiertamente el niño como hijo suyo, pero Palma la convenció de que sería una catástrofe para las maestras misioneras el declararse madre soltera, lo que entonces era muy mal visto. Consecuentemente, decidimos conseguir para el niño un pasaporte mexicano provisorio en el consulado en París, el que se nos extendió de inmediato. Este pasaporte, Palma, cuando volvió a México por unos días a dejar el trabajo encomendado, lo hizo oficial y nos lo trajo formalmente legalizado, con lo cual ya la maestra podía moverse con su hijo por el mundo sin problemas. Ella, después inscribió al niño en Chile. Estuvimos acompañándola en París cuatro meses, y fue inolvidable; entonces en París fue que recibió un telegrama desde Chile donde le anunciaban que había muerto su madre. Ella sólo tenía a Yin-Yin… en París le escribe al niño: «Velloncito de mi carne, que en mi entraña yo tejí, duérmete apegado a mí… yo que todo lo he perdido ahora tiemblo de dormir. No resbales de mi brazo, duérmete apegado a mi… -«Este poema, del que tomé su dictado, según pienso (sigue la maestra Lolita Arriaga), es uno de los que refleja toda su ternura y el aspecto más delicado de su vida. Yo hablo de ello ahora porque, según una conversación que tuvimos hace unos días con Doris Dana, su albacea, se intenta tergiversar la vida de Gabriela Mistral y es necesario que la verdad salga a la luz. Es cierto que su hijo fue fruto de una relación fugaz en Roma, con un italiano, pero que a ella la hizo feliz durante los catorce años que vivió el niño. Al morir Yin-Yin, en Brasil, en la ciudad de Petrópolis donde ella era cónsul de Chile, digamos así, también ella murió un poco; no totalmente porque era demasiado fuerte. La vi en 1947, tres años después de morir el niño, y cuando, ya siendo Premio Nobel, decide trasladar su consulado a Veracruz, hasta 1948; donde también volvió dos años después por pura casualidad al decaer su salud en un barco en alta mar que cruzaba aguas mexicanas. La acompañamos con Palma Guillén en la residencia oficial de Mocambo, según instrucciones que recibimos del entonces presidente Miguel Alemán. Ella estuvo en su última estancia en México no pocos meses. Aquí llegó enviada Doris Dana por la Universidad de Nueva York, convirtiéndose desde entonces en su secretaria». La albacea universal de Gabriela Mistral, Doris Dana, desde entonces ha declarado que «el pequeño Juan Miguel Godoy, que es el verdadero apellido de Gabriela, era su hijo, nacido de una relación fugaz en Italia con un hombre al que no vio nunca más. El niño, al que llamaba Yin-Yin, murió en Brasil siendo adolescente, poco antes de ella recibir el Nobel», (en una entrevista de 1998, al programa «Informe Especial» de canal 7 de TV de Santiago; otra entrevista nos concedió para este trabajo Doris Dana el año 2000, en su casa en Norteamérica, filmada con el equipo del reverendo James R. Thurston y el productor Paul Thurston Gallegos, donde Doris Dana afirma esto mismo: “Yin-Yin era su hijo”, según lo que oyó afirmar a la propia Gabriela Mistral. La maestra Palma Guillén en declaraciones a Excelsior el año 1968, asegura que «Gabriela estaba decidida a declarar abiertamente que Yin-Yin era su hijo, asumiendo su maternidad sola. Pero ella era la imagen perfecta, por decir así, de la maestra en América, era medida, obedecía a los cánones de la iglesia, era virginal… y sus amigas la aconsejamos que debía inscribir al niño como su sobrino… no fue tarea fácil, pero al final decidió que era lo más conveniente para no dañar la imagen de las maestras rurales. Y así se hizo. En París, donde estuvimos con la maestra Lolita Arriaga acompañándola, igual como antes trabajamos con ella recorriendo México, vimos a una mujer iluminada. Su hijo le cambió la vida, como nos cambia la vida a todas las mujeres, pero también en ella fue como cuando un caudal se desborda de pura alegría; estuvo dichosa hasta ese fatídico cable que le anunciaba la muerte de su madre en Chile. Ella fue fuerte, nunca la vimos caída… quizás si alguien la vio deprimida, porque yo nunca la vi mal de ánimo. De París, con su hijo Gabriela salió al mundo. Primero, viviría unos meses en el norte de África, donde el padre del niño conoció a su hijo, porque nunca la visitó en París. Nada más se sabe de él. De Chile le habían llegado rumores que la acusaban de ser más inclinada a las mujeres que a los hombres, insinuando en ella cierto lesbianismo, pero nada de eso es verdad. Una, como mujer lo hubiera percibido y no había nada de eso, que a ella la enojó al principio pero luego le fue indiferente. Creo que Yin-Yin la ayudó a no preocuparse de esas cosas que se decían y ya nunca más se ocupó de lo que de ella se opinara, porque todo el mundo se sentía con derecho a hacerlo». En octubre de 2002, aparece publicado en Chile “Bendita mi Lengua Sea”, selección de los cuadernos íntimos de Gabriela Mistral, rescatados por el poeta Jaime Quezada, donde ella comenta “ese tonto lesbianismo que me han colgado en Chile”. A propósito de la publicación, comentó el escritor Jorge Edwards, Premio Cervantes, en el diario La Segunda de Santiago: “En los cuadernos íntimos de Gabriela Mistral se queja ella de la fama de lesbianismo que se le daba entre nosotros. Escuché muchas expresiones groseras y despectivas sobre ella en la década de 1950. Los círculos intelectuales en que me movía en aquellos años, con personajes como Luis Oyarzún Peña, David Rosenmann Taub, Enrique Lihn, eran mistralianos, lectores de Tala y Desolación, pero representaban una minoría casi invisible. En los salones de Santiago se hablaba de la Mistral con desprecio, con burla, o simplemente no se hablaba. En el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde se recibía de vez en cuando algún oficio enviado por Gabriela desde los alrededores de Capri o desde alguna ciudad de California, se mencionaba a «la vieja» con la mayor irritación, como si fuera una infiltrada en la carrera diplomática y una enemiga. No era todo así, desde luego. Había grandes personajes de la vida chilena que admiraban y querían a la Mistral, como era el caso del padre Alberto Hurtado, de Eduardo Frei Montalva, de Hernán Díaz Arrieta, pero por debajo de estas figuras se arrastraba una maledicencia insistente, obtusa, torva. Ahora, para mi gran sorpresa, he descubierto que una de las personas que conocen mejor la vida y la obra de Gabriela es una poeta y profesora del Japón, Satoko Tamura. Los organizadores de mi viaje reciente a ese país, sin darme antecedentes mayores, me organizaron una cita con ella en el bar del Hotel Imperial de Tokio. Ya le había escuchado hablar de este hotel a Pablo Neruda… Es decir, entré al bar espacioso, de luces tenues, construido con materiales nobles, con una vaga idea anterior. Eran las dos de la tarde y había una concurrencia escasa: dos o tres japoneses con aspecto de empresarios y que conversaban en voz baja, sentados alrededor de una mesa, y un par de gringos bulliciosos arrimados al largo mesón y que se repetían sus alcoholes fuertes. Yo ni siquiera sabía, dado mi conocimiento nulo del idioma, que la persona de la cita era mujer. Me lo dijo la intérprete unos minutos antes de que ella llegara. Pues bien, ocurrió que la profesora Tamura hablaba en muy buen castellano y conocía Chile desde Arica a Magallanes. Había sido discípula en algún momento de Roque Esteban Scarpa y fue él quien la introdujo en los estudios mistralianos. La profesora leyó todo lo que se puede leer sobre nuestra poeta, en libros y archivos, y recorrió palmo a palmo los lugares donde Gabriela vivió y trabajó. Durmió cerca de San Felipe en un dormitorio donde se sabe que ella alojó en sus años de maestra de liceo y permaneció en el pueblecito cordillerano, del fondo del valle del Elqui, donde nació la escritora, durante largos días. También siguió sus huellas en Temuco, en Punta Arenas y en Santiago. Satoko Tamura es una mujer bastante joven todavía, enérgica, de personalidad, de indudable talento. Traté de convencerla de que escriba una biografía de Gabriela Mistral y no respondió nada. Al fin y al cabo, si un profesor norteamericano es capaz de escribir la mejor biografía de un escritor de Rusia o de España, no hay ninguna razón para que una japonesa no pueda enseñarnos a nosotros, chilenos de cabezas duras, una cantidad de verdades sobre Gabriela Mistral en su vida y en su obra. La profesora Tamura me aseguró con la máxima convicción que Yin Yin, a quien siempre hemos tenido por hijo adoptivo de Gabriela, era en realidad hijo carnal suyo. Gabriela, me contó la profesora, hizo un viaje a Marruecos, en el norte de África, y desapareció ahí durante un tiempo más o menos largo. Después regresó con un niño recién nacido y que se parecía mucho a ella. No era una mujer de amores platónicos, de puras fantasías amorosas, sino de afectos apasionados y carnales. La profesora me citó versos y párrafos en prosa que dan pie más que suficiente para indicar todo esto. Me dijo que Roque Esteban Scarpa había llegado a una convicción parecida y había manejado el asunto con mucha, quizás con excesiva prudencia. Según ella, Roque pensaba que el padre de Yin Yin era José Vasconcelos. Nunca pensé que en el bar del Hotel Imperial de Tokio, en la cercanía de japoneses discretos y de gringos chillones, podía tener lugar una conversación tan sorprendente sobre temas chilenos y mexicanos. La profesora Tamura, traductora de Gabriela Mistral al japonés, experta en poesía moderna latinoamericana y española, entregaba toda clase de datos precisos, reveladores, sugerentes. Sostuvo que los insistentes rumores sobre la Mistral lesbiana carecen de toda base. A Gabriela le gustaban los hombres y tuvo amores de una pasión intensa, como lo demuestra todo lo mejor de su obra. No era mujer para andar con remilgos ni para detenerse en minucias. Tenía un intenso sentimiento religioso sin dogmatismo, sin beatería de ninguna especie. Si es verdad que José Vasconcelos, el gran reformador de la educación en México, el autor de las memorias extraordinarias que llevan el título de El Ulises criollo, memorias que son una novela de primera clase, fue el padre de Yin Yin, la historia de la literatura de América Latina sería diferente. ¡La historia misma sería diferente! Pero todo parece un invento. Es demasiado fuera de lo común, demasiado único, demasiado coincidente para ser verdadero”. Sin embargo, de acuerdo a sus investigaciones para la profesora Satoko Tamura es un hecho que el padre del hijo de la Mistral es José Vasconcelos. El hijo del reformador, el licenciado Héctor Vasconcelos es un hombre cordial que ocupa su propio sitio en la plataforma cultural mexicana; le conocí en Guanajuato, siendo él director del célebre Festival Internacional Cervantino. Luego descubrimos que teníamos amigos comunes. Una noche, cenando con él en la Ciudad de México, en compañía de Beatrice Trueblood, relató hechos de la estatura enorme de la Mistral, y siempre se llena de calidez cuando recuerda que, siendo él un niño, la Mistral lo tomaba entre sus brazos y así estaban, en su hogar donde ella siempre era recibida, o cuando acompañaba a su padre a visitarla en múltiples lugares donde la maestra vivió en México. Dice Héctor Vasconcelos que sus primeras lecturas también tuvieron influencia de la maestra, siendo su base literaria, en que ocupa mayor influencia por supuesto la obra colosal de su padre, el reformador José Vasconcelos, cuya correspondencia inédita con Gabriela Mistral debe rescatarse. El reformador y la maestra se admiraban mutuamente, sin dejar de mantener un diálogo escrito delicadísimo, que puede tener varias lecturas, como plantean quienes sostienen la paternidad del hijo de la Mistral al reformador Vasconcelos. No sabemos si existe una alusión directa a la circunstancia en sus escritos. Entre quienes sostienen la tesis, cuya voz más decidida es la profesora Tamura, se sostienen afirmando que de nadie más ella escribió tanto, con profunda ternura, a veces, otras irónica y hasta crítica. Y rescatan frases de la Mistral obviamente decidoras, como cuando, citando al poeta Carlos Pellicer, nombra a Vasconcelos «novio de la América», en forma demasiado privada dirigiéndose públicamente a quien era Ministro de Educación y uno de los hombres más respetados de México; citando frases en que, supuestamente, ella le reprocha su abandono del niño, cuando lo trata de «curioso hombre», «que habla del niño como una bonita carne que no vale la pena sino cuando empieza a pensar en orden. Por este desdén suyo de la edad pueril, no cuenta sucedidos suyos de la infancia, ni le importa que se los cuenten, y esta ignorancia de su comienzo nos duele a los que, al revés de él, creemos que el niño se trae ya toditos los ángulos del hombre y el dibujo completo de sus venas…» Sienten tristeza en la letra de Mistral cuando, narrando que había ido a verlo en París, «lo he encontrado en una de las avenidas más quietas de Neuilly trabajando delante de su mesa que cubre un sarape de Saltillo, de aquellos que son el trópico cuajado, y sentado sobre otro sarape, rodeado de libros de América… conversamos de la desgracia de Nicaragua…» Quien fue el padre del hijo de Gabriela Mistral es algo que no parece estar escrito. Y quizás nunca se sepa. Tampoco será posible saber más de su supuesto lesbianismo: sólo tendremos puntos de vista. Son aspectos de su vida que quizás, simplemente, consideró demasiado domésticos para creer que la gente pueda tener interés en enterarse. El caso es que, luego de su viaje a París desde Roma luego de una corta estancia en el norte de África, acompañada del pequeño Yin-Yin, la Mistral vuelve a América, visita brevemente Nueva York, donde da cuenta en las Naciones Unidas de su gestión acerca del cine y hace la primera defensa pública del cinematógrafo como herramienta de la educación; recordemos que ella es una personalidad mundial pionera que surge en defensa del cine cuando se pretendió extirparlo aduciendo que era dañino para la sociedad: desde el informe de Gabriela Mistral luego de su desempeño como directora del Instituto del Cine Educativo en Roma es que ella populariza el término de «séptimo arte». Luego vive en California y cruza todo México; se establece unos días en Guatemala y los maestros de Costa Rica donan un día de su sueldo para que pueda visitarlos. Reside en Nicaragua, vuelve a México y luego a Puerto Rico. Visita las Antillas y Cuba por última vez. En 1931 se la nombra cónsul de Chile en Italia y el fascismo se opone, no puede asumir y se refugia en Madrid, donde, en 1932, sus enemigos le crean el incidente desgraciado que la enemistó con España (cuando publican una correspondencia privada en que se refiere fríamente hacia la cultura española de su época). Su situación se vuelve difícil y acepta el consulado en Lisboa. En Portugal parece que se muere; los escritores ruegan por ella al gobierno de Chile y se crea para Gabriela un puesto de cónsul vitalicio con derecho a elegir su residencia. Es, a partir de entonces, una soberana independiente. Trataba como a sus iguales a los Jefes de Estado mas poderosos de América. En 1944 reside en Petrópolis, el antiguo sitio de la corte imperial brasileña, donde muere Yin-Yin, su hijo entonces adolescente. La muerte de Yin Yin está bien documentada, nosotros conversamos de ello con la escritora chilena María Urzúa, quien era entonces su secretaria en Brasil, quien enmarca la situación en «una mala jugada de la vida. El niño era absolutamente normal y sus costumbres eran las de un niño de su edad, 14 años. Ella lo amaba, tratando siempre de mantenerlo alejado del ruido fenomenal que despertaba su presencia donde fuera que llegaba. Pero el niño estaba en su escuela y asistía normalmente a clases, cuando llegó ese día pavoroso en que llegaron a anunciar que el niño estaba tendido en el suelo a unas calles de la casa. Fuimos y lo trajimos de inmediato a la casa, tendiéndolo en la cama, estaba como inconsciente, pero vivía aún, pensamos que había tenido un ataque al corazón, porque no tenía ningún golpe; murió Yin-Yin antes de que llegara el médico. La deducción médica fue que había muerto por envenenamiento, algo que no pudimos entender, porque el niño no tenía golpe alguno, sin embargo, estaba en la calle envenenado y había sólo ido a la escuela como un día más… Cuando nos anunciaron que el niño había muerto, fue como si un manto de silencio y tristeza lo hubiera cubierto todo. Gabriela permaneció siempre como si se hubiera ido de sí misma, a ratos parecía volver y sólo lloraba silenciosa. Yo, pocos días después volví a Chile, y en sus cartas ella nunca más se refirió a ello, pero fue el golpe más colosal del cual, al final de su vida, confiesa que no pudo recuperarse nunca». María Urzúa nos cuenta que días después de la tragedia, en Petrópolis, cuando le anuncian que ha ganado el Premio Nobel, responde: -«¿Para qué quiero yo, ahora, un Premio Nobel?». A partir de 1945, siendo Premio Nobel, viaja por Europa. Vuelve a América. Vive en Nueva York y luego traslada su consulado a México, donde se queda parte de 1947 y 1948. Viaja por Centroamérica, vive en Guatemala, y retorna a Nueva York. Vuela a Brasil, y durante el viaje de regreso en barco, se enferma frente a costas mexicanas. Se queda, sin más, en Veracruz y vive en México su legendaria última estadía. Regresa a Nueva York en 1951, y desde allí hará su último viaje a Europa, vive en Italia, y a finales de 1952 regresa a América donde reside hasta 1954 en California. Ese año, visita su patria por última vez, y, desde antes que el barco toque aguas chilenas, se le hacen grandes homenajes; lo que Benavente llamó «ensayo general de sus funerales». Escribe Hernán Díaz Arrieta, que «era la apoteosis antes de la muerte. Ella recibía las manifestaciones como si se tratara de alguien a quien representara, sin que jamás, en momento alguno, por ninguna circunstancia, pudiera advertírsele el más ligero impulso de complacencia vanidosa». Un poeta la nombre «Santa Gabriela» y ella agoniza de vergüenza. Solamente sus escritos a Chile son tan voluminosos como el tiempo que dedicó a México y a la misión de los maestros revolucionarios. De su mano, es cierto, como un niño, salió a caminar por el mundo el pensamiento preclaro de los maestros nacidos de la revolución mexicana de 1910; del cual cada vez más vamos descubriendo nuevas facetas. Ahora, si tuviéramos que decidir por un escrito de la Mistral que rescate mínimamente lo que ella sintió por el país, sería un breve poema llamado Envío, que canta de su lazo escrito en las estrellas: México, te alabo en esta garganta, porque hecha de limo de tus ríos, canta. Paisaje de Anahuac, suave amor eterno, en estas estrofas te has hecho falerno. Al que te ha cantado digo bendición: ¡por Netzahualcóyotl y por Salomón! Este último texto a México lo escribió Gabriela Mistral, posiblemente, en Nueva York, donde había de morir “de muerte callada y extranjera» el 11 de enero de 1957. Sus exequias se iniciaron en USA y, al ser repatriados los restos a Chile, fue despedida en apoteosis sin precedente todo el trayecto que cruza América, debiendo recalar el barco que trasladaba sus restos en varios países que deseaban despedirla. Se la enterró en su aldea de Montegrande del Valle del Elqui, con asistencia del pueblo chileno y de todos los poderes públicos, en medio de honores como sólo se rinden a los Jefes de Estado. Doris Dana, quien la asistió al final en Nueva York, dijo que se marchó tranquila, como vivió su vida errante, se devolvió a la distancia en un día fijado, como suelen morir los que han amado mucho. Así termina el cuento de la pobre niña campesina que un día soñó ser reina, y se hizo maestra revolucionaria. © Waldemar Verdugo Fuentes Sociedad de Escritores de Chile

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