Lionel Scaloni, 48 años, explora el éxito empresarial familiar en ganadería y repostería más allá del fútbol

Lionel Scaloni, tras la final del Mundial ante España. El entrenador de Argentina no logró superar a España en la final decisiva del Mundial.

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Alejado de los lujosos patrocinios, las inversiones inmobiliarias y el bullicio empresarial que suelen atraer a las figuras deportivas internacionales, la vida de negocios del técnico de la Selección Argentina Lionel Scaloni refleja con precisión su esencia personal.

A sus 48 años, Lionel Scaloni ha establecido una faceta emprendedora manteniendo un perfil discreto y una fuerte conexión con su lugar de origen, apostando decididamente por el trabajo rural y respaldando sin reservas los proyectos de sus hermanos en los ámbitos de la ganadería, la agricultura y la repostería.

El principal soporte económico de los Scaloni, más allá del fútbol, tiene sus raíces en la tierra y la producción agropecuaria. La base de este sólido emprendimiento funciona a través de «La Coruña», la empresa familiar nombrada en clara alusión a la ciudad gallega y al club en el que Lionel vivió la etapa más significativa de su carrera europea.

Administrada directamente por su hermano mayor, el también exjugador Mauro Scaloni, la empresa se especializa en la cría comercial de ganado y el cultivo a gran escala de trigo, maíz y soja.

Este modo tradicional ha experimentado un notable crecimiento gracias a inversiones considerables en tierras e infraestructuras, demostrando que el principal capital familiar está en el campo argentino. Por otro lado, la faceta comercial más visible alrededor del entrenador no provino de una estrategia corporativa fría, sino del genuino apoyo fraternal.

Se trata de Scala Bakery, la pastelería artesanal creada por su hermana menor, Corina Scaloni, en la localidad de Pujato. Aunque la empresa pertenece exclusivamente a su hermana, Lionel se ha convertido involuntariamente en el promotor más destacado del negocio.

Solo fue necesario que el director técnico expresara en público su admiración por las medialunas, las tortas y su postre preferido —el banoffee de banana y dulce de leche— para desatar un fenómeno comercial. El impacto inmediato del llamado «efecto Scaloni» revolucionó completamente el emprendimiento. La cuenta en redes sociales de este establecimiento modesto multiplicó sus seguidores hasta superar ampliamente los cuatrocientos mil.

El volumen de nuevos clientes fue tan grande que la pastelería tuvo que reorganizarse urgentemente, requiriendo ahora pedidos con un mínimo de setenta y dos horas de anticipación para asegurar la alta calidad de sus productos completamente artesanales.

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