Las claves
Los incendios forestales en España, como los ocurridos en Los Gallardos y Orés, se presentan cada vez más intensos y complejos de controlar, ocasionando daños severos tanto a nivel humano como ambiental.
El despoblamiento rural junto a la disminución de biodiversidad han generado paisajes uniformes y con gran cantidad de material combustible, lo que favorece la expansión de grandes incendios.
Los especialistas aconsejan implementar acciones preventivas como el pastoreo, la gestión activa del terreno y quemas controladas durante el invierno para minimizar el riesgo de incendios.
Se subraya la importancia de un acuerdo político a largo plazo que impulse la prevención y la recuperación del entorno rural frente a los retos climáticos actuales.
Así como evolucionan las sociedades y los estilos de vida, también lo hacen los incendios en los últimos años. La conexión entre ambos fenómenos es más profunda de lo que se podría suponer.
Los especialistas ya denominan fuegos de quinta y sexta generación a un tipo de incendios «inextinguibles», con un alto potencial destructivo, alimentados por una diversidad de factores.
Este verano, España ha sufrido tragedias como la de Los Gallardos (Almería) y la más reciente de Orés, en Zaragoza.
En el primer caso, además de quemar 7.000 hectáreas, fallecieron trece personas, convirtiéndolo en el incendio más letal del siglo XXI en el país.
Mientras tanto, en la zona de Orés se han consumido hasta este sábado casi 16.000 hectáreas, siendo ya el incendio más grave de 2026. Los 450 efectivos desplegados no han conseguido controlar el fuego.
¿Qué está sucediendo? ¿Son más frecuentes los incendios que antes? ¿Son más peligrosos? ¿Es responsabilidad humana? ¿Es posible evitarlos? Si es así, ¿cómo?
Cabe señalar primero que sí, los incendios actuales difieren de los que enfrentaban generaciones anteriores, por lo tanto, la estrategia para enfrentarlos debe ser distinta.
«Apagar un incendio en verano, cuando suelen surgir, tenía sentido hace dos décadas», comenta a EL ESPAÑOL Toni Jordán, profesor del departamento de Mineralogía, Cristalografía y Química Agrícola de la Universidad de Sevilla.
El abandono rural, un factor clave
El éxodo rural hacia las ciudades entre los años 60 y 80 constituye parte del problema: «En el pasado, el campo contaba con caminos operativos para las labores agrícolas, la gente realizaba mantenimiento de los mismos, se eliminaba biomasa y había mayor presencia ganadera: cabras, ovejas…»
Actualmente, el campo ha sido ‘ocupado’ por urbanitas que viven como turistas en casas dispersas, pequeñas construcciones y cortijos, «sin comprender el funcionamiento del campo ni encargarse de su cuidado».
La frontera entre zonas urbanas y bosques o matorrales se ha desdibujado. Los Gallardos ejemplifica este tipo de «interfaz urbano-forestal» —según la terminología de expertos— que «ahora está más fragmentada, con perímetros urbanísticos mucho mayores, lo que incrementa el peligro».
El propio campo ha cambiado respecto a antes: la biodiversidad ha disminuido. «Antes había bosques de pino, alcornoques, encinas. Cultivos, huertas, ríos, acequias y caminos de uso pastoril. El paisaje era más diverso; ahora es una enorme mancha homogénea de combustible», indica Jordán.
Así, el fuego avanza libremente tras iniciarse, sin obstáculos que lo detengan y con abundante materia inflamable.
En resumen, se trata de «una vegetación degradada y manipulada por el hombre». A esto se añade, según expertos, un elemento crítico: el cambio climático, con olas de calor prolongadas y más intensas, que favorecen la propagación de incendios.
«La vegetación sufre un fuerte estrés hídrico, disminuyendo la humedad. Se da con frecuencia la llamada regla del 30-30-30 para el inicio de incendios: temperaturas superiores a 30°, vientos que superan 30 km/h y humedad relativa inferior al 30%».
Así se genera el incendio.
Muchos de estos incendios han pasado a ser «incontrolables» con los recursos técnicos y humanos actuales. La estrategia es contenimiento y esperar a que cambien las condiciones climáticas.
Priorizar la prevención
Frente a este escenario, es urgente adoptar un enfoque más global, enfocándose en prevenir en lugar de sólo actuar: «Es fundamental aprender a convivir con el fuego; no se puede centrar toda la gestión en apagar incendios».
Para Toni Jordán, «las medidas científicas y técnicas están claras, pero depende de los gestores adoptarlas». Es indispensable, al menos, voluntad política en todos los niveles y, preferentemente, un pacto estatal.
Las soluciones requieren mantenimiento durante todo el año, especialmente en invierno. «El simple pastoreo habría reducido el riesgo de incendio», explica este especialista.
Por lo tanto, es necesario revitalizar el campo para eliminar biomasa de modo natural. «Se podrían implementar incentivos fiscales para explotaciones agropecuarias, actividades silvo-pastoriles y dehesa que promuevan un uso beneficioso del territorio«.
La presencia humana constante, junto con herbívoros domésticos (cabras, ovejas…) y salvajes (ciervos), ayuda a ‘limpiar’ el monte y crea barreras naturales de biodiversidad.
Por otra parte, la reforestación sin criterios adecuados puede resultar contraproducente. «No se trata simplemente de que el campo luzca verde», señala Jordán. Tampoco se puede confiar únicamente en antiguos cortafuegos, que son insuficientes frente a estos nuevos incendios.
Además de impulsar la actividad rural, es necesario implementar «quemas prescritas«, quemas controladas de matorrales en invierno, en zonas con acumulación de material leñoso que aumente la vulnerabilidad ante incendios».
Realizadas de forma planificada y por personal capacitado, estas quemas sirven para eliminar combustible y facilitar la regeneración vegetal sin que se produzca acumulación peligrosa.
Un pacto político ambicioso
Los incendios actuales, explica Jordán, «responden a variables ambientales y a condiciones climáticas y vegetativas que antes no existían, lo que los hace sumamente dañinos y riesgosos, por lo que la prioridad es mitigar el cambio climático y prevenir los incendios».
Para ello, se requieren políticas de prevención y restauración que tengan un horizonte a largo plazo. «Estamos demasiado acostumbrados a políticas con visión a cuatro años». Un asesoramiento técnico adecuado y una actitud receptiva ante estos fenómenos son fundamentales para reducir la facilidad con la que los incendios se propagan.

