El Tratado de Libre Comercio exigía –y exige– modificaciones constitucionales que le den garantías a los monopolios para poder actuar impunemente contra los derechos y conquistas laborales, para poder “apropiarse” de aquellos territorios que contengan las materias primas que necesitan, para proveerse de mano de obra barata y técnicamente formada, para destruir el medio ambiente sin ningún problema, para darle un nuevo rostro a la desgastada democracia del partido de Estado.
Para esto último no eran nada más las leyes las únicas que debían adecuarse a la nueva realidad nacional; los partidos políticos estaban obligados a modificar sus estatutos e incluso su programa para estar a tono con las disposiciones legales de la nueva reforma electoral expresada en el COFIPE, donde uno de sus rasgos más característicos fue la llamada “ciudadanización” de los procesos electorales. Estas modificaciones, el oportunismo de derecha y el haber convertido una táctica en estrategia sacaron de los procesos electorales a los partidos que todavía se reivindicaban de la clase obrera.
La entrada de México al primer mundo, como decía la propaganda a favor del TLCAN, no podía sostenerse ni ser bien vista si seguía gobernando un solo partido, el PRI, que además era todavía el partido de la llamada burguesía nacional y en cuyo seno convivían, no sin contradicciones, diferentes sectores con intereses diversos y hasta contrarios. El Partido Revolucionario Institucional del siglo pasado ya no servía para gobernar un país inserto de lleno en la época de los monopolios; el desprestigio del PRI no servía para la fachada democrática que los monopolios requieren y sus contradicciones internas no se podían resolver con asesinatos políticos como los de Colosio y Ruíz Massieu.
Para la democracia de los monopolios se requiere una alternancia partidista al estilo norteamericano, es decir que dos o hasta tres partidos se alternen el gobierno pero que ninguno de ellos ponga en riesgo al sistema.
Había condiciones favorables para que un nuevo partido gobernara al país, el PAN. Pero este partido en doce años ha agotado la paciencia de las masas y vuelve a poner en riesgo la democracia de los monopolios. En tanto el PRI se ha transformado, sin dejar sus viejos vicios y ni siquiera sus viejos cuadros, ha mutado. Ya no es el PRI de la burguesía nacional, ya no tiene intereses diversos y contradicciones internas derivadas de los mismos, el sector campesino ha sido minimizado, el sector obrero ha sido alineado y el sector popular es usado como grupos de choque. Los dirigentes de todos estos sectores son grandes terratenientes, grandes empresarios o grandes comerciantes. Por eso vemos a los políticos priistas comportarse como grandes empresarios, como accionistas de empresas monopólicas. Este partido ha incorporado a su código genético los cromosomas de los monopolios.
Por lo tanto en las elecciones presidenciales del 2012 el PRI bien puede recuperar la presidencia de la República, pues al ganar el PRI ganan también los monopolios.
Para las masas campesinas pobres, para los trabajadores, para los pueblos indios, para las mujeres, para los jóvenes. La alternancia ha servido para darnos cuenta de que no era el PRI el enemigo, de que el enemigo son los monopolios y que los partidos políticos sólo son sus instrumentos electorales.
