Yassine Bono, de 35 años: «Nací en Canadá, mi padre era profesor, pero regresamos porque a mi madre no le gustó vivir allí»

Yassine Bono, durante un partido con Marruecos. El portero que representa a Marruecos ha vivido en distintos países a lo largo de su existencia.

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El fútbol profesional suele contener relatos de superación extrema, pero la historia de Yassine Bono resalta por su particularidad geográfica y multicultural.

Actualmente, consolidado como uno de los porteros destacados de su generación, el guardameta marroquí reflexiona sobre el camino que lo llevó desde las frías tierras de Norteamérica hasta alcanzar la cumbre del fútbol mundial.

Su carrera deportiva y su identidad quedaron grabadas para siempre por una valiente decisión familiar tomada cuando él apenas tenía tres años. Tras el futbolista que impresionó al mundo durante el Mundial de Catar y conquistó títulos continentales en Europa, existe un entorno familiar vinculado a la educación y la búsqueda constante de oportunidades.

El propio portero lo describe con total sinceridad al rememorar sus orígenes: Yassine Bono, 35 años: «Mi padre era profesor y nací en Canadá, pero regresamos porque mi madre nunca pudo adaptarse». Esta honesta declaración revela una realidad común para millones de inmigrantes en todo el mundo: el desarraigo, la distancia y el peso de la nostalgia cultural.

Su padre, ingeniero y profesor universitario de Física, logró establecerse exitosamente en la ciudad de Montreal. No obstante, el choque cultural, la barrera lingüística y la falta de arraigo para su madre tuvieron mayor peso que el sueño próspero canadiense.

Yassine Bono, durante un partido de Marruecos.

Yassine Bono, durante un partido de Marruecos. REUTERS

El futuro que parecía previsible en Norteamérica cambió radicalmente cuando la familia optó por hacer las maletas y regresar a sus raíces en Casablanca. Lejos de los ordenados y fríos suburbios de Montreal, la infancia de Bono se forjó en la vibrante, apasionada y bulliciosa realidad de los barrios marroquíes.

Fue allí, entre calles empinadas y el áspero asfalto de los espacios públicos, donde el pequeño Yassine descubrió su verdadera y firme vocación por el fútbol. Las porterías se dibujaban con tiza blanca en las paredes y los postes se reemplazaban con cubos de basura o piedras del entorno.

En ese entorno modesto, combinando la exigencia escolar con la venta ambulante de caramelos para contribuir económicamente en momentos de dificultad, Bono fue moldeando de manera constante el carácter resiliente y la sólida fortaleza mental que hoy lo caracterizan bajo los tres palos.

Ese regreso, que en principio pareció un retroceso en términos de confort material, terminó siendo el impulsor definitivo de su legado futbolístico.

En Casablanca, ingresó formalmente a las divisiones inferiores del Wydad, el club que le abrió las puertas del profesionalismo. La firme decisión de su madre de retornar a Marruecos no solo devolvió a la familia a su hogar espiritual, sino que colocó accidentalmente a Bono en el único lugar del mundo donde su pasión por el fútbol callejero podía convertirse en un destino exitoso.

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