Medio siglo desde que Adolfo Suárez fue designado presidente del Gobierno: «Finalmente, Majestad»

La caída del dictador representó solo el inicio de un período vertiginoso de dos años, durante los cuales se transitó, no sin dificultades, de una dictadura a un sistema democrático.

Adolfo Suárez jura su cargo de presidente de Gobierno ante la mirada, entre otros, del rey Juan Carlos el 5 de julio de 1976.

El verano de hace cinco décadas comenzó en Madrid entre el sofoco del calor y el estruendo de tempestades intensas. El primer día de julio, el Rey había relevado al presidente del primer gobierno tras la Monarquía, Carlos Arias, luego de siete meses de confrontación ardua. Aquel Ejecutivo duró poco, pues, con el paso del tiempo, se reconoce que nació condenado. El porvenir estaba ya sentado en el Consejo de Ministros, aunque nadie lo intuía entonces. El preceptor del Rey y presidente de las Cortes había solicitado a Arias que designara al joven azulAdolfo Suárez como ministro secretario general del Movimiento, buscando contar en el Consejo con un hombre próximo a él, que sirviera como informante.

Juan Carlos I, recién llegado a su alta magistratura, se mostraba frustrado con Arias. Así se lo expresó a Fernández-Miranda: «No me permite hablar, no me escucha, no me acepta como Rey. El otro día me exalté con la Reina delante de Mondéjar. Por la noche recorro todo el palacio, parezco un espectro, le pedí perdón a la reina y ella rompió en llanto. Lo que más me enoja es que creo que Arias me vence, y eso, cojones, no es así, tú lo sabes». Así lo narra el libro de Pilar y Alfonso Fernández-Miranda titulado Lo que el Rey me ha pedido, donde se relata el empeño del jefe de Estado para lograr la dimisión de Arias Navarro como presidente.

El entonces ministro Areilza, favorito en todos los sectores políticos para sucederlo, señaló que había visto al Rey muy aliviado y satisfecho tras librarse de Carlos Arias. De esta forma, comenzaron dos jornadas clave para el nacimiento de una democracia moderna y europea tras cuatro décadas de franquismo. En un lapso de 48 horas, se llevó a cabo la operación Suárez, conocida en profundidad únicamente por el Rey y el presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Y aun siendo artífices y conocedores, ninguno estaba seguro de que la maniobra tuviera éxito. Había demasiados elementos en juego. Y esas piezas eran las élites del régimen, desde los nostálgicos del búnker, pasando por los más rupturistas hasta los reformistas.

En los corredores del régimen agonizante, tras la muerte de su titular, caminaba con un éxito relativo Adolfo Suárez, un joven carismático, atractivo y con ambición, de formación intelectual limitada pero gran encanto personal. Suárez comenzó conquistando al hombre fuerte del régimen, Fernando Herrero Tejedor, fallecido en un accidente de tráfico en junio de 1975, lo que le dejó huérfano políticamente. Sin embargo, logró que lo nombraran ministro en el primer Gobierno de Juan Carlos, un objetivo largamente esperado. «Soy un chusquero de la política. No soy ministro porque no estudié en El Pilar ni vivo en Puerta de Hierro», confesaba a sus amigos, según narra Gregorio Morán en la biografía de Suárez.

Ese 3 de julio de 1976, había conseguido ambos objetivos; prefirió quedarse en su residencia de Puerta de Hierro y mandar a su familia a la playa. Solo su hija mayor, Mariam, permaneció con él, acompañándolo mientras esperaba la reunión del Consejo del Reino que debía decidir la terna para presentar al jefe de Estado a fin de que eligiera a un presidente entre los tres. También lo acompañó ese día Carmen Díez de Rivera, futura jefa de Gabinete. Mientras tanto, periodistas esperaban frente a la vivienda de José María de Areilza, favorito para ocupar la presidencia.

En múltiples biografías de Adolfo Suárez, memorias de políticos contemporáneos y documentos de los implicados en esa operación, se detalla que —sin hacerse público— existía un plan premeditado, astuto y sofisticado, cuyo objetivo principal era que los consejeros del Reino incluyeran en la terna final a Adolfo Suárez, sin intención consciente ni deseo propio, y que muchos casi desconocían.

Según documentos, la reunión trascendental se resumió así: Torcuato Fernández Miranda gestionó cada minuto y cada hora. Se supuso que habría un tapado, pero nadie lo identificaba. El Consejo del Reino era autónomo, según el mandato expreso del jefe de Estado, para presentar tres nombres al Rey. Correspondería a Torcuato orientar la decisión conforme a las indicaciones del Rey. Las deliberaciones duraron siete horas. La jugada maestra consistió en incluir en todas las votaciones de criba al azul Adolfo Suárez, un nombre aparentemente irrelevante. La operación avanzaba sin problemas hasta que se produjo una crisis. Federico Silva Muñoz, hombre del régimen, estuvo cerca de alcanzar unanimidad, pero le faltó un voto. Fernández-Miranda detuvo la sesión para solicitar ayuda a Miguel Primo de Rivera, falangista aperturista, para apoyar a Suárez. De esta forma, la terna quedó conformada: Silva, quince votos; López Bravo, catorce; y Suárez, doce. El Rey, Fernández-Miranda y Suárez compartían una estrategia; el resto del régimen, no. «Estoy en condiciones de ofrecerle al Rey lo que me ha pedido», declaró el presidente de las Cortes a los periodistas. Este enigma se comprendió meses después: los últimos serían primeros. El católico constante Adolfo Suárez había hecho honor a una enseñanza bíblica.

Tras recibir formalmente la terna del Consejo del Reino, el bromista Juan Carlos I marcó personalmente el teléfono de Adolfo Suárez. «¿Qué haces, Adolfo?», preguntó. «Revisando papeles. ¿Desea algo su Majestad?», respondió el ministro en funciones. «No, solo quería saber cómo estás». Al colgar, Suárez pensó que su sueño presidencial se había desvanecido. No era la primera vez que su ambición enfrentaba un revés. Consultó con Carmen, quien le recomendó esperar un tiempo; ella sabía algo, porque el Rey se lo había contado en primavera. Media hora después, otra llamada del Rey le citó en Zarzuela. Allí, tras jugarle una broma desde la puerta, le pidió seriamente: «Te solicito que aceptes la Presidencia del Gobierno». «Ya era hora, Majestad», contestó, con toda sinceridad y sin ocultar esa ambición propia junto con la audacia y el magnetismo.

España entera mostró sorpresa ante este acontecimiento inesperado, uno de tantos que vendrían a partir de entonces. Televisión Española anunció la designación del nuevo presidente y mostró la imagen de un hombre joven y desconocido llegando a su casa en un Seat 127, con el que se desplazó a Zarzuela.

La reacción en España fue de estupefacción generalizada. Adolfo Suárez no fue recibido con agrado por ninguno de los sectores: ni aperturistas, ni inmovilistas, ni colegas, ni oposición, ni prensa nacional o extranjera. «Es como si hubieran hecho a La Chelito madre abadesa de las Descalzas», resumió el influyente periodista Emilio Romero. «Qué error, qué inmenso error», tituló el historiador Ricardo de la Cierva, parafraseando un artículo célebre de Ortega y Gasset de 1931. «Entente entre la Falange y el Opus», publicaron medios internacionales. Todos ignoraban entonces lo que sí conocía Eduardo Navarro, su secretario: «Adolfo poseía un don de seducción irresistible. En la escena del sofá, al conversar, cada interlocutor se sentía único en los pensamientos del presidente. A todos convencía».

Don Juan Carlos explica que eligió a Suárez «porque era un hombre joven y moderno, provenía del franquismo y no estaba acusado de pretender cambios demasiado radicales, y, a la vez, poseía la ambición suficiente para ser el hombre capaz de afrontar los tiempos que vivíamos. Suárez, el franquista, logró persuadir a los antifranquistas para que depositaran su confianza en él para iniciar el cambio. Su éxito superó todas las expectativas».

Esa habilidad de adaptación la ejemplifica Carmen Díez de Rivera con lo siguiente: «Podría haberse casado con su primera esposa, si se hubiera separado de ella, manteniendo una ceremonia de gala igual que la primera, con los mismos padrinos».

El 5 de julio, Suárez juró su cargo en Zarzuela, arrodillado y ante un crucifijo. Entre esa fotografía en penumbra y blanco y negro y el presente han transcurrido solo cincuenta años. Los protagonistas no muestran, ni remotamente, signos de ser conscientes de que estaban participando en un momento histórico que dio luz a la democracia.

El 6 de julio, mientras la prensa especulaba acerca de la duración del mandato del improbable presidente, Adolfo Suárez se dirigió a la nación a través de TVE. Mal iluminado y sentado al borde de un sofá de sky, pronunció uno de los discursos que se harían emblemáticos: «Si la sociedad española aspira a una normalización democrática, vamos a intentar alcanzarla. Pertenezco, por edad, a una generación de españoles que solo ha conocido la paz; pertenezco, por convicción y actitud, a una mayoría de ciudadanos que desea usar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación».

PRIMER CONSEJO DE MINISTROS.

Bajo la presidencia de S.M. el Rey Juan Carlos I, el 9 de julio de 1976 en el Palacio de la Zarzuela se reunieron los miembros del gabinete ministerial encabezado por Suárez para celebrar el primer Consejo de Ministros tras la jura del día precedente. Entre ellos acudieron Alfonso Osorio, Landelino Lavilla, Gabriel Pita da Veiga y Rodolfo Martín Villa.

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