Combinar formación y empleo proporciona destrezas difíciles de adquirir en el aula, como la gestión del tiempo, la comunicación, la adaptabilidad y la resolución de problemas, según coinciden los especialistas

Combinar estudios y empleo continúa siendo algo poco habitual en España. Solo el 16% de los jóvenes de entre 15 y 29 años estudia y trabaja simultáneamente, cifra que está nueve puntos por debajo del promedio en los países de la Unión Europea, que alcanza el 25,4%, según datos de Eurostat.
Para estos alumnos, el verano resulta un momento oportuno para acumular sus primeras experiencias laborales. Con menos presión académica y un incremento en la contratación temporal, miles de jóvenes aprovechan las vacaciones para entrar por primera vez al mercado de trabajo. Aunque el objetivo inicial suele ser obtener ingresos propios, los expertos apuntan que los beneficios sobrepasan el aspecto económico.
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En el contexto de España, compaginar trabajo y estudios adquiere mayor relevancia debido a que su tasa de desempleo juvenil es una de las más altas dentro de la Unión Europea, situación que complica la transición de la formación al empleo. En este marco, la experiencia laboral antes de terminar los estudios puede ser un elemento diferenciador al incorporarse al mercado, argumentan los especialistas, dado que estos jóvenes “cultivan habilidades que las empresas valoran considerablemente”.
Esto se explica porque trabajar durante la formación ofrece una experiencia de aprendizaje complicada de replicar solo en el entorno académico. Sin embargo, el impacto varía tanto en función de la calidad de la vivencia como de la capacidad del estudiante para hallar un balance entre sus compromisos laborales y estudiantiles. “Ejercer un empleo mientras se estudia brinda oportunidades de aprendizaje poco accesibles únicamente en las aulas”, comenta Lourdes Guàrdia, profesora en los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación en la UOC e integrante del grupo Edul@b.
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Las ventajas del doble esfuerzo
La experiencia laboral de quienes estudian les posibilita desarrollar aptitudes apreciadas cada vez más por las compañías. Habilidades como administrar el tiempo, comunicarse, trabajar en equipo, adaptarse y resolver problemas en escenarios reales son difíciles de adquirir solo con la teoría académica.
Según Guàrdia, uno de los principales valores del empleo durante los estudios es la capacidad de aplicar los conocimientos teóricos en situaciones concretas. “Estas vivencias facilitan la vinculación entre teoría y práctica y promueven la reflexión acerca de cómo implementar el aprendizaje académico en contextos reales”, destaca.
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Cuando el trabajo está alineado con la formación que sigue el estudiante, esta relación es más evidente. La experiencia ayuda a conocer la profesión, permite establecer una red inicial de contactos y contribuye a entender mejor el funcionamiento del sector en el que se desarrollará la trayectoria laboral.
No obstante, la experta rechaza la idea de que solo los empleos relacionados con los estudios generen valor. “Lo que verdaderamente importa no es tanto la naturaleza del empleo, sino la habilidad para extraer aprendizajes y vincularlos con el propio camino académico y profesional”, señala. Incluso trabajos en ámbitos distantes de la futura carrera pueden facilitar el desarrollo de competencias transversales útiles a lo largo de la vida profesional.
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Aprendizaje en todos los ámbitos
El auge de las prácticas obligatorias en múltiples carreras universitarias evidencia el reconocimiento institucional del aprendizaje práctico. A ello se suman nuevas modalidades, como las microcredenciales, que permiten integrar formación y experiencia profesional con mayor flexibilidad.
Los expertos recuerdan que incluso los empleos con menor cualificación brindan beneficios más allá del currículum. Sectores como la hostelería, el comercio o la atención al cliente exigen a los jóvenes desenvolverse en entornos cambiantes, asumir responsabilidades y manejar situaciones bajo presión.
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Sergi Macip, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, miembro del grupo PDINA eHealth y especialista en psicología laboral y organizacional, sostiene que estas primeras experiencias contribuyen también al crecimiento personal. Explica que trabajar durante la formación impulsa la independencia, refuerza la autoestima y contribuye a la construcción de la identidad profesional.
La incorporación más tardía de los jóvenes al mercado laboral, con una tasa de empleo entre los 16 y los 29 años 15 puntos porcentuales inferior respecto al 2007, implica que quienes se jubilen en 2065 y solo hayan cotizado por 30 años deberán compensar esas menores cotizaciones postergando la jubilación hasta los 71 años si aspiran a preservar el nivel de vida previo.
Las enseñanzas del empleo
Diversas investigaciones demuestran que los estudiantes que trabajan mejoran aspectos como la organización personal, la educación financiera y la gestión del tiempo. Asumir responsabilidades combinadas obliga a adquirir hábitos útiles luego en el ámbito laboral.
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Macip considera que estas experiencias constituyen una auténtica base de aprendizaje. “Un equilibrio apropiado entre empleo y formación impulsa el desarrollo personal y profesional, aumentando la empleabilidad del estudiante”, indica.
El inicio del verano convierte este proceso en algo especialmente significativo. Para muchos jóvenes, representa el primer contacto con el mundo laboral y la oportunidad de descubrir intereses profesionales, confirmar expectativas o darse cuenta de que ciertos sectores no se ajustan a lo imaginado. Según Guàrdia, este periodo es una “oportunidad privilegiada” porque la carga académica reducida permite experimentar con mayor libertad y empezar a formar una identidad profesional.
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El desafío de hallar el equilibrio
Los especialistas insisten, no obstante, en que estudiar y trabajar simultáneamente no garantiza siempre efectos positivos. La clave está en evitar que el empleo desplace la formación, que debe seguir siendo el objetivo primordial en esta etapa.
Las investigaciones indican que los beneficios son mayores cuando la dedicación laboral oscila entre diez y veinte horas semanales. En esas condiciones, los estudiantes tienden a mostrar mejor autoeficacia, organización y manejo eficaz del tiempo.
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Además, si el empleo está vinculado con los estudios, incrementa la motivación. Sin embargo, un exceso de horas puede tener el efecto contrario: menos tiempo para estudiar, fatiga acumulada y falta de descanso pueden ocasionar una caída en el rendimiento, dificultades para asistir a clase o pérdida progresiva de interés.
Por eso, los especialistas subrayan que la flexibilidad empresarial es fundamental. Adaptar los horarios en épocas de exámenes o mayor carga académica posibilita que los estudiantes combinen ambas responsabilidades sin sacrificar ninguna.
Los expertos descartan tanto la creencia de que trabajar durante los estudios siempre sea positivo como la idea de que inevitablemente afecta el rendimiento académico. La diferencia está en el equilibrio. Cuando la experiencia profesional se integra de forma adecuada en el proceso formativo, se convierte en una escuela de competencias, autonomía y madurez, cuyo valor supera el salario y ayuda a los jóvenes a acceder a un empleo, un colectivo con la tasa de paro más elevada del país.

