Medio siglo del ‘milagro Adolfo Suárez’: recuerdos personales de su hermano Chema sobre su carácter, atractivo y experiencias sentimentales

Una figura de Suárez escoltada por dos de sus hermanos. A la izquierda, Chema, protagonista de este reportaje. A la derecha, Ricardo, una fotocopia de Adolfo. Las claves

La vida de Adolfo Suárez se narra desde la óptica personal de su hermano Chema, revelando episodios familiares y circunstancias poco conocidas del líder.

Adolfo Suárez, primer presidente de la democracia española, destacó por su carisma, habilidad política y su talento para unificar diversas corrientes dentro de la UCD.

El texto enfatiza la complicada relación de Suárez con su familia, su profunda religiosidad y su marcada inclinación hacia la rectitud y el desapego personal.

La memoria y el legado de Suárez permanecen como un referente clave en la historia política española, especialmente por su rol central en la Transición y su sorpresiva renuncia al poder.

El día que su hermano fue nombrado presidente del Gobierno, él estaba con resaca. Escuchó en la televisión, como un murmullo marino surgido desde el fondo: “Adolfo Suárez González”. Cayó del sillón y se lesionó un dedo.

Cuando su hermano debía ganar unas elecciones, convenció a Bárbara Rey, la mujer más atractiva del país, para que dirigiera a los curiosos en la sala: “¡Vota UCD!”.

En la jornada en que Tejero tomó a su hermano como rehén en el Congreso, él inauguraba un toples. ¡Pero vaya manera de inaugurar un toples!

En el día en que a su hermano le negaron la paz durante una misa porque algunos conspiradores lo habían convertido en enemigo público, recibió un golpe en el ojo.

A punto de cumplirse cincuenta años desde que Adolfo Suárez alcanzó la presidencia del Gobierno, su hermano, este compañero inseparable, se sube en nuestro vehículo para viajar a la casa natal de Cebreros y ayudar a tejer una biografía íntima.

Esta es la trayectoria de Adolfo Suárez (1932-2014) narrada desde la habitación contigua, desde el calor familiar, la memoria primaria y la sencillez de alguien a quien la política nunca le importó demasiado.

–Es usted José María Suárez.

–Chema, Chema Suárez –sonríe, extiende la mano y contagia ese carisma que atribuían a Adolfo. Aquí, desde el principio, Suárez es simplemente “Adolfo”, para no confundir a los Suárez y porque para Chema siempre fue “Adolfo”.

–¿Y usted exactamente es…?

–Un relaciones públicas de la noche que ahora vive de día porque es mayor y lleva un trasplante de hígado.

–¿Es cierto que le dijo a Adolfo que…?

–Sí. Le dije: “Tú ahora eres el presidente de España, pero recuerda que yo llevo tiempo siendo el presidente de la noche”.

Así que, desde este momento, estaremos autorizados a acompañar el reportaje con algunas anécdotas nocturnas. Será un reportaje, como se diría entonces, con un toque licencioso.

A Cebreros se llega desde Madrid en poco más de una hora. Cuando Adolfo Suárez quería conquistar la capital pero recorría en moto para visitar a una novia, solía tardar dos horas y media.

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Como escribimos para un “periódico de centro liberal”, aportaremos seriedad respaldada por testimonios de varios ministros de Adolfo Suárez, a quienes visitamos antes del viaje.

Asimismo, incluiremos datos de las biografías elaboradas por Carlos Abella –canónica y favorable–, Gregorio Morán –controvertida y crítica– y Juan Francisco Fuentes –más equilibrada–. También extraeremos lo más relevante de los documentos de Eduardo Navarro y Fernando Ónega, sus principales redactores de discursos.

–A ti, Chema –rechaza el “usted” como si fuera una dictadura–, ¿cuál es tu libro favorito sobre tu hermano?

–Por ahí, sí, sí, por ahí. Vamos a tomar la autopista, es un placer –nos indica con las manos–. Dejo de leerlos en cuanto empiezo porque siento que ninguno refleja a la persona que fue mi hermano.

Suele suceder. Quizá a usted también le pase –esto no se lo decimos– cuando lea este reportaje, pero prometemos –esto sí se lo decimos– que nos divertiremos mucho, como en una noche del destape, pero vestidos.

Chema Suárez, en el 600 que hay expuesto en el Museo Adolfo Suárez.

El enigma Suárez

Es complicado, muy complicado, escribir sobre Adolfo Suárez, comentamos camino a Cebreros. Fue como una estrella fugaz: muy brillante al principio, desaparecida de repente, con casi ningún rastro documental.

La pérdida de memoria –que comenzó casi dos décadas antes de su muerte– simboliza el legado de Suárez. Prácticamente no existen documentos, cartas ni archivos. Quizá en el futuro aparezca algo inesperadamente en manos de algún coleccionista, pero tras preguntar a todos los que lo conocieron, no hay nada que revele su plena intimidad.

Suárez poseía una intuición formidable, era un jugador de póker, un aventurero en el mejor sentido. Trabajaba con esquemas conceptuales y cuando necesitaba ideas, recurría a quienes confiaba podían desarrollarlas mejor que él.

Intentó dejar unas memorias. Hizo dos intentos. El primero, con Eduardo Navarro, quien esquematizó el trabajo con la ayuda de Mariam, hija de Suárez, fallecida antes de iniciar el proyecto.

El segundo, con el escritor J.J Armas Marcelo, quien narró en este medio sus reuniones para dicho fin. Suárez se tensaba cuando se mencionaba el 23-F o al Rey y se cerraba en banda. No hubo libro.

Los pocos documentos de Suárez, mezclados con los de Navarro, los conocemos gracias a la última biografía publicada, la de Juan Francisco Fuentes [editorial Taurus].

El álbum familiar de Adolfo Suárez presente en su museo en Cebreros.

Chema nos relata, mientras dejamos atrás el pantano de San Juan, que Adolfo también era inaccesible para sus padres y hermanos. Era una paradoja fascinante: “Un tipo muy simpático, carismático, buen contador de historias… que nunca hablaba de su vida política íntima”.

Estacionamos en Cebreros, a pocos pasos del “Museo Adolfo Suárez y la Transición”. Un espacio donde fotografías, carteles y prensa explican con claridad la vida política del primer presidente democrático, pero donde tampoco hay documentos personales. Es el lugar ideal –y hacia allí acuden– para colegios y universidades españolas. Toda la Transición está expuesta con equilibrio. Así lo conducen también sus dos responsables: Cristina Recio y Cristina Blanco, conocidas en el pueblo como «las Cristinas».

Adolfo Suárez, ante la mirada de Juan Carlos I y Torcuato Fernández Miranda.

Necesitamos a Chema para abrir el sepulcro y encontrar a un resucitado. Y también a ministros, amigos y los escritores de sus discursos. Suárez solo puede entenderse como una historia narrada alrededor del fuego; una tradición oral.

Celebramos a Suárez porque en este periódico no somos necrofilos y consideramos más relevante el inicio de Suárez que la muerte de Franco.

Al fallecer Franco, la dictadura persistía. Al surgir Suárez… ésta se disolvió. Fernando Ónega nos contó, poco antes de morir, cómo Suárez desmanteló en menos de un año las principales instituciones franquistas. Otro libro esencial es su “Puedo prometer y prometo” (Plaza & Janés). Se cumplen cincuenta años desde aquel 3 de julio de 1976.

Aunque la casa natal queda a cuatro calles del museo, vamos en automóvil. El termómetro al sol marca los años de Adolfo cuando Juan Carlos I, a través de Torcuato Fernández-Miranda, lo nombró aquel 3 de julio: 43.

Es una casa blanca, típica de pueblo, de dos pisos. Hoy es propiedad del Ayuntamiento y bastante grande.

José María Suárez, a su llegada al Museo que homenajea a su hermano en el Cebreros natal.

En la casa de los Suárez

“Esta fue la vivienda de nuestra abuela materna. Tenían una fábrica de aguardiente y anís, de licores. Les iba bien y siempre nos ayudaron mucho. Mi abuela, una mujer muy autoritaria, dirigía la casa”, nos abre Chema para entrar.

–¿Cómo se conocieron tus padres?

–Mi padre era gallego y llegó desde Galicia para trabajar como procurador.

–¿Cómo era tu madre?

–Mi madre era la líder. Mantuvo siempre a la familia unida. Una persona maravillosa. ¿Qué puedo decir? Ah, y también una excelente cocinera.

–¿Y tu padre?

–Uy, mi padre era tremendo. Muy sibarita, presumido y con mucho don de gentes. Republicano, amigo íntimo de don Claudio Sánchez Albornoz. ¡Mira quién llegó! –se gira Chema hacia Ricardo, también aquí para saludar. Es un calco de Adolfo. Coinciden en lo que dicen del padre: “¡tremendo!”.

Aquí debemos consultar las biografías de Abella, Morán y Fuentes, que coinciden bastante. “Simpático, fantasioso, derrochador, experto en cartas. Un buscavidas”, describe Fuentes.

La familia Suárez González se mudó a Ávila, capital provincial, durante la Segunda República.

A la derecha, Adolfo. A la izquierda, Polo. En el día de su comunión.

La guerra de Polo

Durante la guerra, cuando los franquistas sublevaron Ávila, Hipólito Suárez, Polo, tuvo que recurrir a su ingenio. Se ocultó y fingió estar enfermo, según relata Gregorio Morán. Cuenta que cuando estaba a punto de ser detenido para un “paseo” –eufemismo de fusilamiento–, se fingió extremadamente enfermo y logró engañar a sus captores.

Juan Francisco Fuentes indica que el padre fue detenido. Abella añade que le embargaron las propiedades, lo que sumió a la familia en una situación precaria, sostenida por la abuela a través de su fábrica de alcoholes, hasta que intervino la familia del general Martínez Anido, amigo de Polo y perteneciente a los sublevados.

Le dejaron en paz y le devolvieron sus bienes.

Adolfo tenía entonces solo cuatro años. Chema aún no había nacido; llegaría en 1946.

Cuando Chema define a su padre como “tremendo”, intuye que se refiere a lo reflejado en las biografías: mujeriego, implicado en negocios turbios, “rojo”… Todo un personaje para la Ávila de entonces.

Polo, por esas razones, abandonó la familia y se trasladó a Madrid… “sin informar sobre su paradero”, según Fuentes.

Los Suárez González eran cinco hermanos: Adolfo, Polo, Menchu, Ricardo y Chema. Aún viven Polo, Ricardo y Chema, unidos afectivamente. Su cariño se observa en el beso de Chema a Ricardo cuando se reencuentran.

–La relación entre tu padre y Adolfo no fue sencilla.

–Discutían frecuentemente. Tengo entendido que cuando Adolfo fue a estudiar a Salamanca, buscaba cierta independencia.

Aunque Adolfo estudió Derecho por libre, la mayoría de su tiempo lo pasó en Ávila.

El primer Adolfo

Recorremos la casa de Cebreros donde vivieron pocos años antes de mudarse a Ávila. Un baño grande, vigas de madera en el techo, una escalera también de madera, trofeos de Adolfo en una vitrina y el traje con que fue bautizado.

–¿Cuáles son tus primeros recuerdos de Adolfo?

–Toda la familia había emigrado a Madrid. Adolfo vivía en una pensión y lo pasaba mal. Lo supe pronto, cuando un día de Reyes me regaló una escopeta de madera que no me gustó nada.

–¿Qué sucedió?

–Cuando protesté por la escopeta, mi madre me dijo que Adolfo había dejado de fumar un tiempo para pagarla. ¡Y era un gran fumador! Desde entonces, guardaba algunas pesetas para él.

Este enfoque no es frecuente al tratar la vida de Adolfo Suárez pero podría ser el más relevante. El Aviraneta de Baroja, un hombre de acción que logra escapar de un pueblo pequeño y, paso a paso, consigue ser el primer presidente democrático gracias a trucos y seducciones.

La vida de Suárez es un milagro, un intruso en la corte del poder. El Aladino que logra engañar a la Guardia Real para vivir en el Palacio. La política para Suárez fue primero una cuestión de supervivencia, no de poder. El trabajo que más disfrutó y dominó, y con el que brindó oportunidades laborales a dos de sus hermanos sin carrera. Más adelante hablaremos de ello.

Adolfo Suárez, de chaval, paseando feliz con su madre, a la que veneró toda la vida.

La precariedad de Suárez

Estamos en Madrid a fines de los años cincuenta. Suárez ha llegado –según biografías– para reconciliarse con su padre. Para él, la familia representa la institución política más importante.

Lo logra. Incluso establecen un despacho juntos. Polo, su padre, no tiene título y no puede firmar clientes. Trabajan mano a mano y Adolfo firma por ambos hasta que descubre al padre implicado en otro negocio dudoso.

Se desata un conflicto público reflejado por Morán, Abella y Fuentes. Suárez guarda silencio con elegancia pero termina la relación.

Además, justo antes y después del despacho conjunto con su padre, Adolfo se las arregla para sobrevivir mientras la empresa de la abuela decae.

Suárez, con sus padres en Madrid, en los días de aquella pasajera reconciliación.

Trabaja ocasionalmente como maletero en la estación de Príncipe Pío. Pide prestados los calcetines a un compañero del colegio mayor, donde comparte habitación a pesar de haber terminado la carrera años atrás. Esta información proviene de documentos de Eduardo Navarro, quien dirigía el colegio mayor llamado… Francisco Franco.

Padre e hijo comparten carisma encantador, pero difieren significativamente en su ética.

La rectitud

“Mi hermano era muy recto, ¡absolutamente recto! No permitía errores”, nos dice Chema.

Tan recto que, según sus biógrafos, Suárez intentó ingresar en un seminario, pero desistió, entre otras cosas, “por temor a que la economía familiar colapsara” y por su vocación de seductor.

Suárez heredó de su padre un tinte republicano en su juventud. De niño, le decía a sus amigos: “Algún día seré presidente de la Tercera República”. Chema conoce la historia, pero la matiza: “Eso se lo decía mi abuelo paterno, que vivía en Galicia, en cartas dirigidas a Adolfo”.

Ambas versiones parecen ser ciertas. Sobre el seminario, Chema no lo había oído jamás, aunque reafirma la profunda religiosidad de su hermano: “Misa y comunión diaria”. Presidió a los jóvenes católicos en Ávila y organizó charlas sobre el noviazgo.

Adolfo se reinventa y busca oportunidades. Recuerda a Fernando Herrero Tejedor, alto cargo del Movimiento para quien trabajó como secretario en Ávila. Consigue un cargo, luego otro, los acumula y asciende rápidamente.

No detallamos estos cargos aquí porque muchos ya no existen y tienen nombres muy largos. La burocracia propia de dictaduras.

–¿Tenía mucha intuición?

–Sí. Sabía identificar dónde estaba el poder y cómo manejarse muy bien.

Lo hizo sin currículum, sin idiomas y con una formación limitada en Derecho.

Chema Suárez, en la puerta de la casa natal.

¿Era inteligente Suárez?

Preguntamos a Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, uno de sus ministros más críticos, antes de venir: “Todo depende de cómo definamos inteligencia. Zubiri decía que la inteligencia es el sentido de la realidad. Suárez tenía un sentido muy exacto de la realidad política. En ese sentido, era inteligente. Pero cuando le exponías planteamientos filosófico-políticos, o no los escuchaba o se los apropiaba para una entrevista”.

Entonces, ¡era un genio!

González-Ruano también defendía esas cualidades como inteligencia, usando como ejemplo a Kubala, quien ve cosas en el campo de juego que nadie más detecta.

José Luis Leal, vicepresidente económico, recuerda cuando entró al despacho de Suárez en Moncloa y lo encontró devorando un manual de Introducción a la Economía. Le recomendó: “Presidente, no pierda tiempo; pregúntele a nosotros si tiene dudas”.

Fernando Ónega reflexionó poco antes de morir: “El nivel intelectual de Suárez era secundario, pues tenía una intuición magnífica y gran capacidad de escucha. Era una esponja. Sabía a quién atender y aprendía. Luego separaba el grano de la paja. Por cierto, el rey Juan Carlos también es así”.

El arribista

El encanto fue clave en su ascenso. La esposa de un líder de UCD –que prefiere ser anónima– relata: “No os podéis imaginar. Te abrazaba, te escuchaba y te sentías la persona más importante. Difícil explicar su magnetismo”.

Díaz-Ambrona ejemplifica con la renuncia del profesor Fuentes Quintana al Consejo de Ministros.

–¿Qué pasó?

–Fuentes Quintana quería dimitir hacía tiempo. Llamaba a Suárez y siempre le convencía para quedarse.

–¿Y luego?

–Un día depositó la renuncia y se escondió fuera de Madrid para evitar que Suárez lo encontrara, temeroso de que lo persuadiera.

Otro ministro destaca: “Su apretón de manos era impresionante. Dar la mano es un arte y nadie lo hacía como Adolfo Suárez”.

No fue un santo. Hoy es una figura laica reverenciada, pero no lo era. Sus maniobras de acercamiento al poder eran propias de un hábil arribista. Cuando a Laureano López Rodó le gustaba pescar, Suárez lo acompañaba.

Si Camilo Alonso Vega –ministro de Gobernación franquista– veraneaba en Dehesa de la Villa, Suárez, ¡siendo vecino!, también veraneaba allí.

Los altos cargos del régimen celebraban el 18 de julio en Segovia; Suárez alquilaba un chalé para hospedar a los asistentes tras el evento.

Al presidente Carrero-Blanco, aficionado a los chismes, Suárez le relataba todos los rumores.

Torcuato Fernández-Miranda anotó en su diario: “Noté en su mirada una ambición insaciable de poder”. Chema afirma no haber percibido eso. Nosotros sí, en retrospectiva, pero sorprende cómo alguien con tal ambición renunció libremente porque era lo mejor para su país.

Suárez aprendió la Democracia practicándola y se convirtió en su mejor defensor. Nadie como él representó el desapego al poder en beneficio de la nación, renunciando a éste.

Suárez, en sus mejores momentos, los del magnetismo 1977-1978.

Los complejos

La supremacía del encanto por encima de todo afectaba a Suárez. Era muy consciente del “qué dirán”. Varias fuentes, incluidos ministros y Chema, coinciden: “Cuando alguien hablaba de él y se daba cuenta, se sentía incómodo”.

Chema acaricia las paredes, ventanas, vigas y barandilla con sus dedos.

Adolfo sufría por saber que los que lo rodeaban en el poder –otro signo de inteligencia– eran más cultos y leídos. Nunca superó su complejo de inferioridad. Le dolió mucho la ironía de Calvo-Sotelo al sucederlo en Moncloa. Dijo: «No hay ningún libro».

–¿Era consciente de su magnetismo?

–Mucho –responde Chema en camino a un restaurante, El Castrejón, donde hablar con más calma, junto a un ventilador–. En Ávila, en las primeras elecciones, las de procurador, las mujeres votaban por su atractivo.

–¿Se lo decías?

–Claro. Y él me contestaba, cuando yo ya trabajaba en la noche… Joder, ¿cómo ligas tanto siendo tan feo? Entonces le respondía: ¿Y tú? Si eres guapo y te va bien ligar.

El guapo

Suárez fue votado en Ávila por atractivo y porque, desde la dirección de la televisión, convirtió la provincia en una de las más importantes de España. Incluso decidió que “Los Martínez”, protagonistas de la serie del momento, veranearan allí. Otra de sus jugadas.

Adolfo Suárez fue desde el inicio tan presumido como religioso. Carmen Díez de Rivera aportó después un toque kennediano que nunca perdió. Corbata impecable, traje perfecto, peinado cuidadoso y un aire cosmopolita para un hombre de provincia. Su facilidad para tratar con la oposición en el exilio está bien documentada en la biografía autorizada de Díez de Rivera escrita por Ana Romero.

Se enamoró de Amparo Illana, una joven abulense, hija de militar y de un tesorero de la Asociación de la Prensa.

Eduardo Navarro cuenta una anécdota que retrata a Suárez: en la piscina del colegio mayor, rodeado de chicos y chicas, Suárez coquetea con la chica más deseada, pero ella quiere ir de la mano con él al “infierno”.

Suárez la detiene por sus convicciones religiosas. Navarro y otros creen que estaba loco.

Con el tiempo, y para respetar la intimidad, Suárez aprendió a compaginar su fe con sus aventuras amorosas, aunque con dificultad, según la biografía de Abella.

Fernando Ónega añadía que en un acto electoral, una señora agarró a Suárez literalmente por los genitales para comprobar su tamaño y luego se fue, dejando paralizado a Adolfo.

¿Algún vicio?

–Seguro que tu hermano tenía algún vicio, Chema.

–Para nada. Ni siquiera era de buen comer. Siempre pedía café y tortilla francesa. Siempre insistí para que comiera más. A veces cedía si cocinaba mi madre, pero poco. Tenía el vicio de fumar, solo ese. ¿Quizá las cartas?

Algunos ministros relatan una anécdota. Suárez viajó a Francia para reunirse con Giscard d’Estaing. El presidente francés desairaba a España no reuniéndose con el Rey y menos con la monarquía parlamentaria.

Fue una época dura porque Francia rehusaba cooperación en la lucha contra ETA. Giscard no salió a recibir a Suárez; lo esperaba en palacio. A Suárez esto le pareció humillante, así que, durante la cena oficial, solicitó y pidió una tortilla francesa.

Un momento de la entrevista con Chema Suárez.

El seminario y el Opus

Este aspecto de la biografía de Suárez, relacionado con las mujeres y el amor, tiene vínculo con la religión. Con el permiso de Chema, un liberal, exploramos el misterio aún sin aclarar: ¿fue Suárez integrante del Opus Dei? Le preguntamos a Chema, quien perteneció a lo que él llama Opus Night.

–¿Fue supernumerario?

–No lo sé. Se acercó, pero no estoy seguro.

Durante el ascenso de Suárez, el Opus tuvo gran influencia en el régimen, con tecnócratas como López-Rodo, Ullastres y López-Bravo.

En esos años, acercarse o pertenecer al Opus aceleraba el camino al poder. Suárez asistía a retiros y facilitaba privilegios a numerarios y supernumerarios.

Algunas cartas entre Francisco Anson –numerario y hermano de Luis María– y Suárez, director de TVE, muestran cómo estaba atrapado en esa red. Incluso llevó a su padre a un retiro del Opus.

–¿Se reconciliaron, Chema?

–Sí, tras la pedida de mano de Amparo, a la que asistió mi padre y también a la boda. Luego mantuvieron una relación intermitente. Mis padres visitaban a Adolfo en Moncloa y el padre pasó algunos días allí cuando estuvo enfermo.

Ónega y ministros entrevistados coinciden en que el vínculo de Suárez con el Opus fue intenso hasta principios de los setenta, pero desapareció cuando llegó al poder. “No sé hasta dónde llegó, pero luego no vi nada”, dijo Ónega.

El dato más concreto proviene de Fuentes, quien cita al propio Suárez en una entrevista internacional de 1976, donde confirma su pertenencia previa al Opus, calificándola como “una organización piadosa y nada más”.

Su fe nunca desapareció. Cuando Felipe González fue presidente, Suárez le pidió que rezara por su esposa y su hija enfermas. Amparo también fue muy religiosa.

Suárez y González, en una reunión.

¿Falangista?

En aquella época, la religión formaba parte de la ideología. Ahora, la otra cuestión: ¿era Suárez falangista? Apenas existe una foto con camisa azul, solo el día en que juró como vicesecretario general del Movimiento.

Eduardo Navarro, falangista convencido y conocedor íntimo de Suárez, lo describe acercándose a la Falange por conveniencia y con menos pasión que al Opus.

Narrou detalles como que Suárez eliminó la palabra “Movimiento” de sus sobres oficiales, dejando solo: “Ministro secretario general”.

En una manifestación contra ETA, mientras entonaban el Cara al Sol, Suárez se negó a cantar, a pesar de los codazos.

–¿Qué piensas, Chema?

–Nunca lo percibí como falangista. Más bien detectaba el poder y se acercaba, pero no participaba en esas cosas juveniles. Su mundo era otro.

Herrero Tejedor, su maestro y ministro secretario general del Movimiento, recuerda que le decía en el despacho: “¡Quítate esas flechas!”.

Herrero integraba naturalmente el Opus y la Falange, dos mundos opuestos, como si Escrivá de Balaguer y José Antonio hubieran sido complementarios.

Suárez aprendió a combinar estos dos líderes de poder: franquistas veteranos y nacionalcatólicos posteriores con el Opus.

Herrero Tejedor murió en accidente en junio de 1975. Suárez perdió a su padrino y muchos pensaron que su carrera terminaba. Pero se reinventó e intensificó sus visitas a Torcuato Fernández-Miranda. Acertó.

Suárez, en una de las pocas imágenes en las que se le puede ver junto a Franco.

Televisión Española

Paremos en su etapa al frente de Televisión Española (1969-1973). Antes fue gobernador civil de Segovia, su primer gran cargo, y se hizo conocido por remover escombros tras el accidente de Los Ángeles de San Rafael, donde murieron casi sesenta personas. “Allí sacó vivo a Julio César Fernández, el mítico periodista deportivo”, relata Chema.

Suárez vivía con una especie de penitencia por gratitud, y la televisión era un lugar para pagar y cobrar favores.

Captó rápidamente el potencial del medio, anticipando su impacto. Se hizo buen amigo del príncipe Juan Carlos, ya sucesor oficial de Franco, y lo convirtió en una estrella televisiva.

Suárez y Juan Carlos, en los años del régimen.

Chema puede contar muchas cosas de esta fase porque fue su secretario personal. Adolfo le dio ese puesto a su hermano menor, quien no pudo hacer carrera, pero no fue un simple favor. ¡Lo llenó de trabajo!

–¿Cómo fue?

–Terminé la mili sin empleo. Me dijo: ven conmigo como secretario. Me apuntó a cursos. De pronto, tenía cientos de teléfonos sonando. Luego hice oposiciones para técnico de programación –cuenta, con una Coca-Cola antes de la comida, todo lo contrario a su hermano.

–¿Qué tal jefe era Adolfo?

–¡Muy severo! Al principio me encargó hacer crónicas a pueblos a las seis de la mañana. Luego, censure películas.

–¿Cómo funcionaba la censura?

–Veía películas con un cura. Éste preguntaba: ¿qué te parece? Yo decía bien; el cura gritaba: “¡No, por Dios!”.

–¿Tuvieron roces por su rectitud?

–Cuando Adolfo hablaba, yo me levantaba. Le respetaba mucho.

–¿Qué ocurrió con el Consejo de Guerra de Burgos?

–El teléfono no paraba de sonar. “Quiero hablar con el director”. Preguntaba quién y entendía: “Palacios Pardo”. No cogí la llamada.

–Menudo lío.

–Me llamó mi hermano. Entré y me dio un cabezazo.

–¿Un cabezazo?

–Sí, de repente. El “señor Palacios Pardo” era Palacio del Pardo y querían preparar las cámaras para el Consejo.

–¿Qué hiciste?

–Le pregunté: “¿Este tortazo es como jefe o como hermano? Si es como hermano me quejo con papá”. Me dijo: “Como jefe”. Me quedé callado y aprendí. Me castigó seis meses sin sueldo.

–¡Seis meses sin sueldo!

–Y a mi hermano Ricardo le impusieron lo mismo por no llevar corbata en día obligatorio.

–Era muy exigente.

–Sí, pero especialmente consigo mismo. Se mataba a trabajar de mañana a noche. ¿Sabéis qué nos dijo al contratarnos?

–Cuenta.

–“Si hacéis algo que me cause problemas, vais a la cárcel. ¿Entendido?”. Luego añadió: “Tú más, que estás en la noche”.

Chema Suárez posa antes de la entrevista.

Chema y Ricardo nunca causaron problemas, pero un día hubo un susto. Chema, como relaciones públicas del No-Do, negociaba viajes a América Latina a cambio de reportajes, aprovechando los escasos presupuestos. Así disfrutaban de largos viajes…

En un regreso, Suárez lo esperaba en aeropuerto. Lo agarró por las solapas.

–Has vendido armas. ¡Estuviste vendiendo armas en México!

–¡Qué dices! Jamás. El único fusil que vi fue en la mili.

–Júrame que no vendiste armas.

–¡No!

Ahora, cincuenta años después, intuimos en esta rectitud el temor de Suárez a que sus hermanos sufrieran como él con su padre, evitando que un error externo dañara su prometedora carrera.

Eduardo Navarro cuenta que Suárez durante la televisión corregía a Franco en sus discursos y sugirió repetir tomas. “Franco sonreía solo a Adolfo”, describe.

El Suárez director de TVE muestra al hombre auténtico. El retrato de Franco en su despacho, los elogios a Franco, pero también evitando la emisión de Raza –obra de Franco– y prohibiendo la transmisión de la boda de la nieta de Franco con Alfonso de Borbón para proteger la llegada de Juan Carlos al trono.

Suárez, en sus tiempos al frente de TVE.

La muerte de Franco

Tras la muerte del dictador, Chema compaginó su trabajo en TVE con el de relaciones públicas nocturno. Comenzó el destape. Hay una anécdota que provocaba risa a Suárez y Navarro, recogida por este último.

Una mujer autorizada para hacer un striptease pionero solo podía mostrar un pecho. El público, excitado, gritaba: “¡El otro! ¡El otro!”. La mujer, apremiada, respondía: “¡Si son iguales!”.

Paralelamente, fueron años difíciles para Suárez. El asesinato de Carrero Blanco y la muerte fatal de Herrero Tejedor, sus padrinos políticos, excluyeron su nombramiento como ministro. Pasó momentos psicológicos difíciles y se quejaba: «No me nombran porque no fui al colegio del Pilar ni vivo en Puerta de Hierro».

No sería ministro hasta el primer gobierno de la monarquía con Arias Navarro.

El jefe del Estado ya no era Franco, sino el amigo Juan Carlos.

Suárez se había mudado a Puerta de Hierro.

Suárez, presidente

El 3 de julio de 1976, sábado, Adolfo Suárez González es presidente. Contra todos pronósticos. No figuraba en las quinielas periodísticas. El régimen no lo aceptaba porque era un parvenu. La oposición tampoco por ser hombre del Movimiento. Lo caricaturizaban como Adolf… Suárez.

Su fortaleza, analiza el historiador Raymond Carr, fue esa desideologización mencionada, una flexibilidad extraordinaria. Era un político sin programa, que recibió un programa del Rey y Torcuato Fernández-Miranda. Cuando lanzó su propio programa, liberal y ambicioso, la confianza con Zarzuela empezó a quebrarse, explica Fuentes.

Tuvo grandes dificultades para formar gobierno, logrando hacerlo en el último momento con ayuda de Alfonso Ossorio.

Marcelino Oreja, ministro de Exteriores, cuenta que al aceptar preguntó: “¿Quién más estará?”. Suárez respondió: “Son tus amigos, no los míos”.

Chema está desmayado en un sofá, con resaca tras dos noches sin dormir. Escucha en la tele: «Adolfo Suárez, presidente». Caen del sofá y se rompe un dedo.

–¿Te rompiste el dedo?

–Sí. Fui al hospital. Los médicos al ver los apellidos decían: “Eres hermano del presidente”. Y yo respondía, dolido: “Tengo un dedo roto, ¡por favor, sáldenmelo!”.

Chema duerme tres horas diarias, va a TVE, hace siesta, vuelve a la tele y luego a la noche. Aquel sábado 3 de julio de 1976 era agotador.

En la discoteca Cerebro, la más popular, lo llaman: “Oye, algo pasa. Muchos coches, muchos escoltas”. Aparecen Suárez y su futuro vicepresidente, Fernando Abril Martorell.

Quieren beber. Lo hacen. Pagan.

–Fue un detalle contigo. Sabía que trabajabas ahí y que eso te ayudaría. Te daba influencia.

–Así era mi hermano. Imagínate. Nunca le gustó salir de copas, pero allá que se fue.

La Transición

Comienza el desmontaje del régimen. Desde dentro, con un hombre que escaló todos los peldaños para ser presidente de una Democracia. Manuel Vicent, cronista parlamentario de la época, comenta: “La sensación de libertad era inmensa. Suárez y la UCD no prohibían nada por miedo a que les llamaran franquistas. Era una España casi ácrata”.

La Transición, según Javier Cercas, fue un juego de traiciones: Suárez traicionando el Movimiento y Carrillo traicionando la revolución.

Suárez y Carrillo siempre mantuvieron una gran relación personal. Carrillo iba a verlo cuando estaba enfermo.

Para evaluar el impacto de Suárez en el franquismo, visitamos en enero 2024 al último ministro vivo, Fernando Suárez, quien falleció en abril.

Reproducimos la conversación clave.

–Es muy duro en sus memorias con compañeros del régimen que luego integraron la UCD: “No puedo superar mi desprecio hacia quienes adulaban a Franco y mendigaban ascensos. Hoy dicen que España salió de la dictadura. Lo pueden decir quienes vienen del exilio, del silencio o de Carabanchel, pero no quienes jamás levantaron la voz”.

–Así es.

–¿No era valiente traicionarse en esa España? Asumieron enormes riesgos, legalizando el Partido Comunista. Si no fuera por la UCD, esta entrevista con total libertad no existiría.

–Admiro a Suárez hasta 1977. Era el único capaz de lo que logró. Era flexible, con principios suficientemente maleables para pasar del Movimiento a la plena Democracia. Después, creyó que el éxito era suyo y no de Torcuato. Para justificarlo, destacó “las opresiones del régimen”. Eso en Suárez era insólito. Cuando dijo “la larga noche de la dictadura”, entendí que ya no era el hombre que respetaba.

–¿Tenía razón con esa frase?

–¿Qué es tener razón?

–Era un hecho, España salía de una larga noche.

–¿Y quién lo dice? ¿Suárez que integraba el Movimiento?

–Esa flexibilidad hizo posible la Transición.

–La cabeza prodigiosa fue Fernández-Miranda. Suárez fue la persona usada para adaptarse y obedecer. Luego decidió independizarse, pero son fases distintas. Esa frase la podía decir como ministro secretario, pero nunca lo hizo.

El gobierno de Suárez es muy complejo para resumir. “La conquista de la libertad” podría ser una frase que lo describa: Ley de Reforma Política, la Amnistía, legalización del PCE, primeras elecciones, Constitución, y sobre todo, la convivencia.

Suárez, de campaña electoral, en sus días de oro.

El destape de UCD

Chema, al otro lado de la mesa, ayudó mucho a su hermano desde el mundo de la noche. Hizo de la UCD algo atractivo. Creó campañas paralelas a las oficiales. Volvemos al destape.

Se nota su facilidad de trato con las personas en Cebreros, en sus saludos, gestos, relatos e invitaciones. Es un encanto natural, cariñoso y efectivo.

Gracias a Chema, artistas, escritores, vedettes y actores recorrían Madrid para pedir el voto por Adolfo Suárez sin cobrar.

–¿Cómo fue?

–Convencí a Bárbara Rey. Todos la miraban. Cuando alguien decía… ¡es Bárbara!, le entregábamos una papeleta de UCD.

–El reformismo era poco atractivo, lo necesitaba.

–Sí. Mi hermano lo entendió y les envió cartas personales a todos.

–Por fin en Moncloa.

–No sabes la bronca. Una de las primeras veces que fui, vi la piscina. Le dije: “Adolfo, un día hago aquí una fiesta con chicas”. ¡Se enfadó mucho!

Chema, a la derecha de Bárbara Rey, en un acto de la UCD.

La ¿Unión? del Centro

Adolfo Suárez logró, con su magnetismo, aglutinar alrededor del centro y el reformismo a diversas familias necesarias para ganar dos elecciones generales: liberales, democristianos, socialdemócratas y altos funcionarios estatales.

Suárez no sabía dirigir un partido y no le prestaba atención. Criado en el partido único, su primer portavoz, Ignacio Camuñas, cree que habría sido un magnífico presidente de la República sin partido y sin Parlamento.

El Congreso no es televisión y Suárez se sentía inseguro. El complejo de inferioridad lo lleva a usar a Rafael Arias-Salgado como protector, lo cual irritó a oposición y propios, que no aceptaban a un joven provinciano sin cultura al mando.

Comienzan las conspiraciones y el desencanto crece por asesinatos de ETA, amenazas militares y oposición económica. ¡Qué pasó! ¿Quién apoyaba ahora a este presidente? Ni siquiera el Rey le apoyaba.

Ónega relató la historia del “puedo prometer y prometo”: “Se lo escribí cuando me dijo: sólo quiero que la gente me crea”.

Miguel Doménech, íntimo y cuñado de Calvo-Sotelo, cuenta que cuando Suárez veía a dos ministros conspiradores, les decía: “¿Cuántas veces me traicionasteis hoy?”. Luego los abrazaba con su magnetismo.

Arias-Salgado revela que la CEOE pagó campañas de prensa y periodistas para dañar la imagen de Suárez. Luis María Anson confiesa la conspiración civil contra él.

Reuniones de militares, periodistas y empresarios buscan un golpe blando con gobierno de concentración. El engaño de Armada.

La caída y el puñetazo

Chema vive en primera persona la caída de Suárez. Un día un desconocido le propina un puñetazo en el ojo. Es la realidad dura. El “chuletón de Ávila” es apodo cariñoso para Suárez. Le divierte.

–¿Tuviste muchos?

–Otro día en un club, preguntaron por “el hermano de Suárez”. Ya aprendí con el primer golpe. Dije que no estaba, le ofrecí una copa y convencí de que Suárez era muy simpático.

–Fueron tiempos difíciles, lo querías mucho.

–Separaba al presidente de mi hermano. Entendía las críticas a Suárez, pero cuando atacaban a mi familia o a su esposa, reaccionaba. Me tuvieron que sujetar varias veces.

Chema, en los días posteriores al puñetazo.

Llegamos al 29 de enero de 1981, 19:40 h. Suárez anuncia su dimisión de forma inesperada: “No quiero que la democracia sea otro paréntesis en la Historia de España”. Le duelen mucho los dientes. Hace semanas un individuo le quitó la paz en misa. Es uno de los episodios que sus asesores aún recuerdan.

Le preguntamos a Arias-Salgado por la causa real de la dimisión, aún un misterio: “Sufrió por su desgaste, división interna en UCD, presión familiar y pérdida de confianza del Rey”.

Se sumaban también ETA, la presión militar y empresarial.

–¿Cómo te enteraste, Chema?

–Como el resto, por la tele. Mi hermano nunca contaba nada. Lo ignoraban padre y hermanos también.

–¿Fuisteis a Moncloa?

–Sí. Aquella noche o quizá al día siguiente. Nos dijo: “Me voy, ya cumplí”. Su mirada triste durante el discurso sigue grabada en mi corazón.

¿Una pistola?

La biografía de Carlos Abella –director de relaciones informativas de Moncloa con Calvo-Sotelo– tiene más de 500 páginas. El fragmento que más polémica causó dura menos de una página.

Se refiere al 22 de enero de 1981, siete días antes de la dimisión. Abella menciona un “rumor” de un periodista: ese día, en Zarzuela, junto al Rey y Suárez, militares descontentos pusieron sobre la mesa una pistola para intimidarlo.

Suárez siempre lo negó. Abella incluye la historia porque un ministro confirmó que era verdad, tras ser testigo accidental de un amigo al entrar antes en la sala.

Ningún ministro ni asesor consultado confirma el hecho.

El 23-F

Llegamos al 23-F, día del golpe. Sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, sucesor de Suárez. Suárez y el general Gutiérrez-Mellado son protagonistas por su valentía, resistiéndose a tirarse al suelo pese a amenazas militares.

El hombre que disparó una ráfaga al techo confesó: “Si hubiera querido, habría apuntado a Suárez”. Ese era el ambiente: un golpe a la democracia y a Suárez.

Chema, volando a Barcelona, se entera de la toma de rehenes en el Congreso y llama a Aurelio Delgado, cuñado y asesor, diciéndole que no puede hacer nada desde Madrid.

Pero Chema planea inaugurar un toples en una discoteca en evento organizado por Interviú.

–Menudo 23-F.

–Imagínate las fotos. Su hermano secuestrado en el Congreso y él rodeado de mujeres.

Suárez y Gutiérrez Mellado, en pie, enfrentándose a los militares.

Suárez lanzó el CDS poco después de retirarse. Su amigo Miguel Doménech cuenta que estrategas le propusieron usar su valentía en 23-F con fines electorales, pero Suárez lo rechazó.

Su aventura terminó mal. El CDS consiguió 19 diputados en 1986, pero fue insuficiente ante la mayoría de Felipe González. Tenía el partido controlado que no tuvo en la UCD, pero su aspiración de volver a Moncloa se desvaneció.

Confesó a Calvo-Sotelo: “No sé qué haré. Nada me satisface si no es la política”.

González y Guerra sienten hoy culpa por su dureza contra Suárez, a quien acusaron de no defender una Democracia verdadera. Lo reconocen, aunque de modo velado y público, ofreciendo ayuda en las enfermedades propias y de sus familiares.

El final y la memoria

La enfermedad de Suárez fue diagnosticada en 2003 y se anunció en 2005. Su rehabilitación pública comenzó en 1996, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias.

Suárez, en la ceremonia de su Príncipe de Asturias.

Amigos y colaboradores afirman que la enfermedad ya hizo estragos en los noventa. Su esposa Amparo murió en 2001 y su hija Mariam en 2004, cuando Suárez ya sufría pérdida de memoria.

Esos eventos devastaron a Suárez, quien siempre lamentó dedicar poco tiempo a la familia durante su carrera política. Ónega recuerda: “Durante una protesta contra ETA, Amparo fue ingresada. Él no estaba en casa y se culpó para siempre”.

Compraron una casa en Mallorca, el sueño de Amparo. Calvo-Sotelo contó a Abella que se emocionaba al verlos juntos: “Adolfo no soltaba su mano y le decía que la quería mucho, con o sin público”.

–¿Os dijo algo en sus últimos años?

–¿A qué se refiere?

–A lo que le pesaba y lo que le enorgullecía.

–No. Ya había perdido memoria cuando fue santificado. España lo considera un líder que trajo la libertad. Por encima de todo, no hay discusión. Ojalá hubiera podido presenciar ese proceso.

A algunos amigos les dijo: “No quiero que me quieran solo por lo mal que lo paso, sino por lo que logramos juntos”.

Suárez se relaciona con lo que el periodista estadounidense Tom Wicker escribió sobre Kennedy: “Le queríamos no solo por lo que era, sino por lo que creíamos que era. No solo por lo que nos hizo creer que éramos, sino por lo que sabemos que no seremos nunca”.

Su desmemoria fue una tragedia personal, pero olvidar su obra política sería una tragedia colectiva. Esta es la historia de un hombre que buscó el poder y, durante su ejercicio, entendió la libertad suprema, la colectiva, y el peligro de ejercer sin límites. Fue el mejor defensor de la libertad, como se vio en la dimisión y el 23-F.

El día del funeral de Suárez, Chema empezó a sentirse mal. Nevaba. Al volver a Madrid, fue ingresado por cáncer hepático y trasplante urgente.

Ahora conduce el mismo camino con lágrimas en los ojos, como un cristal a punto de romperse, con recuerdos de aquel hermano magnético que le preguntaba: “¿Qué tal, Chema, cómo va la noche?”.

Y sí, ya es de noche.

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