
Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Información del artículo
-
- Autor, Sofia Quaglia
- Título del autor, BBC Earth
- Fecha de publicación 42 minutos
- Tiempo de lectura: 14 min
El arqueólogo Alden Yépez avanza por un campo de hierba verde luminosa, usado su machete oxidado para abrir camino entre la espesa vegetación tropical que le alcanza hasta los hombros.
Aunque a este paso, con solo media hora de marcha rápida, es posible salir de esa vegetación que parece envolvernos.
«Ya llegamos», exclama jadeando.
En este momento, él y yo estamos rodeados por colinas pequeñas y pronunciadas, configurando algo parecido a un laberinto natural que nos envuelve.
Adentrándonos en este conjunto de formaciones, se observa claramente su origen humano: entre la hierba alta se distingue un camino profundo y alargado, junto con ocho montículos dispuestos en un patrón geométrico definido.
Una de las colinas tiene un corte transversal que revela su interior, mostrando capas de tierra arcillosa en distintas tonalidades marrones intensas.
Yépez es especialista en la Amazonía antigua y pertenece a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). El sitio donde nos encontramos es el yacimiento arqueológico de Huapula.
Este lugar representa una de las agrupaciones de montículos artificiales más densas descubiertas hasta ahora en la llamada «ciudad perdida» amazónica de Ecuador, un sistema amplio conformado por numerosas agrupaciones similares.
Los arqueólogos locales tenían conocimiento de algunas de estas formaciones desde hace ya 50 años, pero la verdadera dimensión de este paisaje urbano con 3.000 años de antigüedad ha salido a la luz recientemente gracias a técnicas innovadoras de cartografía.
Este hallazgo ha ayudado a refutar la antigua creencia de que los habitantes precolombinos de la Amazonía vivían únicamente en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores; en cambio, apoya la hipótesis de que probablemente organizaban civilizaciones complejas con la capacidad de construir redes urbanas elaboradas.
No obstante, a medida que se profundiza en el conocimiento de estas formaciones conectadas, está claro que no eran «ciudades» según el concepto clásico moderno, sino un modelo de urbanismo propio de la selva amazónica: de baja densidad y con múltiples núcleos, que aprovechaba tanto las oportunidades como los retos que ofrecía el bosque circundante.
Todavía se desconoce cómo y por qué se creó este complejo sistema, así como qué pasará con él tras ser revelado.
La Amazonía urbana
Fue gracias a un dato proporcionado por un amigo que el sacerdote jesuita Pedro Porras empezó a investigar las primeras plataformas de tierra en Huapula, situado en el valle del río Upano, al este de Ecuador.
En 1978, bajo la sombra del activo volcán Sangay, Porras dedicó más de 200 jornadas a excavar 15 áreas diversas del valle.
Uno de los sitios arqueológicos más notables en Huapula es aquel donde seccionó uno de los grandes montículos centrales para estudiar la estratificación del barro: el mismo lugar donde Yépez y yo caminamos.

Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Durante los años 90, los arqueólogos extendieron sus trabajos con excavaciones pequeñas y dispersas, además de realizar intentos iniciales de cartografía.
Más adelante, en julio de 2015, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC) de Ecuador decidió mapear un área de 600 km² mediante tecnología LiDAR (detección y medición por luz) para obtener datos precisos.
Los técnicos del INPC sobrevolaron el valle en avión, disparando millones de pulsos láser hacia la superficie.
El equipo LiDAR emplea haces ultrafinos que atraviesan los pequeños espacios entre las hojas, rebotan en el terreno y recogen datos que permiten construir mapas tridimensionales detallados del suelo.
Análisis recientes basados en estos datos —publicados casi una década después de los escaneos— han demostrado que los hallazgos iniciales de Porras forman parte de un panorama mucho mayor del que se sospechaba.
El sitio contiene una extensa red de casi 7.500 estructuras hechas por el hombre, según un estudio de 2023 realizado por expertos contratados por el INPC.
Entre ellas, se identifican más de 5.000 plataformas de tierra, cerca de 1.500 colinas y cientos de montículos redondeados, además de áreas parecidas a plazas, terrazas, senderos, caminos, zanjas y sistemas de drenaje.
Todo sugiere que los antiguos amazónicos elaboraron grandes núcleos urbanos, moldeando la tierra para formar colinas y plataformas para residencias y encuentros, y trazando caminos así como posible canales fluviales para comunicación entre ellos.
Una red extensa
«Se trata de tierra prensada que ellos mismos modelaron, orientaron y situaron», explica Rita Litben, investigadora independiente en Guayaquil y parte de un equipo de dos personas comisionado por el INPC para la primera interpretación de los datos.
«Son elementos naturales convertidos en impresionantes obras de ingeniería terrestre».
Durante generaciones se consideró que, antes de la llegada europea en el siglo XV, la geometría y el clima de la Amazonía solo favorecían asentamientos menores y dispersos de grupos cazadores-recolectores.
Este concepto fue dominado por la teoría —hoy desacreditada— del determinismo ambiental, promovida en los años 50 y 60 por la arqueóloga estadounidense Betty Meggers, que afirmaba que el clima tropical y caluroso del Amazonas limitaba naturalmente el desarrollo humano.
Sin embargo, las últimas evidencias del valle del Upano se suman a investigaciones con tecnología LiDAR —realizadas también en Brasil, Colombia y otras zonas— que indican que la Amazonía fue el hogar de civilizaciones complejas, que transformaban sistemáticamente el medio ambiente para adaptarlo a sus usos sociales.
«Gracias a esta nueva tecnología, es necesario replantear cómo entendemos los asentamientos amazónicos y revisar nuestra percepción sobre las poblaciones antiguas en la región», señala Litben.

Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Según varios estudios de los datos del INPC, las plataformas forman grupos de tres a seis unidades alrededor de una especie de plaza, con una plataforma central en la mayoría de los casos.
La mayoría de estos montículos —llamados localmente «tolitas»— tienen entre 2 y 3 metros de altura y presentan forma rectangular con lados que miden entre 10 y 20 metros.
Quienes investigan plantean que los antiguos amazónicos probablemente residían en montículos pequeños, ya que allí se han encontrado objetos cotidianos como vasijas, piedras para moler y semillas cocidas.
Por otro lado, algunas redes contienen plataformas mucho más grandes, que alcanzan alturas superiores a los 4,5 metros (algunas hasta 8) y dimensiones de hasta 40 por 140 metros.
Se cree que estas estructuras mayores se utilizaban para ceremonias, pues no se han encontrado evidencias importantes de actividad cotidiana ni restos de alimentos en ellas.
«Para construir esas plataformas se necesitaba una gran cantidad de personas; allí vivían, trabajaban y modificaban la selva muchas personas», explica Alejandra Sánchez Polo, arqueóloga de la Universidad de Valladolid (España) y coautora de los análisis del INPC.
Actualmente, varios expertos intentan estimar el tamaño poblacional posible a partir de los montículos y calculando la cantidad de tierra que cada individuo pudo haber movido diariamente para su construcción.
Sin embargo, todavía no se atreven a dar cifras precisas.
«Fue una gran sorpresa descubrir la extensión de estas ciudades», comenta Stéphen Rostain, arqueólogo con amplia experiencia en la zona del Upano y director de investigación del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) de Francia.
«Se habla de comunidades de 10.000, 30.000 o hasta 100.000 habitantes, pero carezco de datos firmes para confirmarlo», advierte.
Un trazado en cuadrícula «casi perfecto»
El estudio de Rostain indica que las redes de montículos estaban conectadas a través de un elaborado sistema de caminos.
Estas vías excavadas tenían entre 2 y 15 metros de ancho y profundidades que alcanzaban hasta 5 metros.
Podían extenderse hasta 25 kilómetros y es probable que enlazaran estas redes con otros asentamientos del valle, quizás con objetivos comerciales.
A pesar de las irregularidades naturales del terreno, los caminos son notablemente rectos.
«Nunca hubiéramos imaginado que fuera posible organizar un asentamiento tan extenso en una cuadrícula; es casi perfecto», señala Rostain.
Además, Rostain propone la existencia de campos cultivados que cubrían cientos de metros cuadrados, organizados en parcelas geométricas y equipados con una red de canales de drenaje pequeños y terrazas interconectadas.

Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
En el suelo fértil de esta región, los habitantes amazónicos cultivaban maíz, frijoles, yuca y batata, según el estudio de granos de almidón encontrados en piezas cerámicas antiguas.
Consumían chicha —una bebida fermentada de maíz que permanece popular hoy— y, dado el gran número de fragmentos de cuencos recuperados por Rostain en excavaciones alrededor del valle del Upano, se infiere que las ceremonias de bebida colectiva eran frecuentes.
«La Amazonía no fue un fin civilizatorio, sino su cuna», afirma.
No las llamen «ciudades»
El artículo de Rostain sobre el valle del Upano provocó un gran impacto mediático tras su publicación en 2024.
Sin embargo, también fue objeto de críticas por imprecisiones potenciales —especialmente por el equipo de Yépez— y por el presunto desconocimiento de trabajos previos de Litben y Sánchez Polo, entre otras controversias.
Rostain defiende con firmeza su postura, asegura ignorar el análisis encargado por el INPC a Litben y Sánchez Polo al preparar su informe.
La amplia difusión hizo que los montículos del valle del Upano fueran denominados «ciudades perdidas de la Amazonía», y la revista Science destacó el trabajo de Rostain en portada con esta expresión.
No obstante, algunos expertos mostraron preocupación por esta etiqueta.
En un artículo de 2025, Kathryn Reese-Taylor, antropóloga de la Universidad de Calgary (Canadá), criticó cómo los medios han exagerado algunos hallazgos obtenidos con LiDAR, incluyendo los del valle del Upano.
Explica que «perdido» implica algo «desconocido» o «destruido».
Sin embargo, los habitantes locales y arqueólogos conocían y estudiaban estos montículos mucho antes de los recientes análisis LiDAR, aunque desconocían la escala total de las redes.
La comparación con Roma da una grandiosidad exagerada, ya que, según indica, el tamaño «apenas se puede comparar» con aquella ciudad europea.
Por su parte, Rostain insiste en que jamás comparó la investigación con Roma ni definió el hallazgo como una «ciudad perdida».
Incluso se argumenta que llamar «ciudad» al complejo del valle del Upano podría desvalorizarlo.
«Son algo así como el opuesto del urbanismo europeo basado en ciudades, en cuanto que son multicéntricos y de baja densidad; es decir, un urbanismo sin ciudades», explica Michael Heckenberger, antropólogo de la Universidad de Florida.
Heckenberger, aunque no participó en los estudios del valle del Upano, estudia el urbanismo amazónico en Brasil y ha popularizado los términos «ciudades jardín» y «urbanismo galáctico».

Fuente de la imagen, Getty Images
«De pronto, la Amazonía revela un urbanismo distinto que no es —desde una perspectiva evolutiva— inferior a las ciudades europeas; es una modalidad alternativa, igualmente compleja», afirma.
Sin embargo, Heckenberger advierte que el valle del Upano, cercano a los Andes y con particular topografía, no debe considerarse un modelo representativo de todo el urbanismo amazónico.
Además, aún queda mucho por averiguar sobre cómo funcionaba este urbanismo antiguo.
Un rompecabezas inconcluso
Durante el trayecto en automóvil hacia diversos montículos, Jonathan Panimboza Deleg —ingeniero geógrafo y ambiental que analiza los datos del equipo de Yépez en la PUCE— me mostró en su computadora una visualización tridimensional en tiempo real del valle del Upano.
Al apuntar a un grupo de pequeñas estructuras piramidales, comentó que podrían ser montículos, aunque los datos LiDAR aún no son suficientemente claros para afirmarlo con certeza.
Según explica, hasta un 90% de estos datos permanecen sin clasificar, lo que podría revelar sectores adicionales de la red.
Actualmente los resultados sólo reflejan la mitad del sistema completo del Upano, dado que sólo se ha estudiado la mitad del área escaneada por el INPC.
Yépez y Panimboza Deleg sostienen otra hipótesis respecto al uso extra que podrían tener montículos y plazas: la gestión hídrica.

Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
En una de las excursiones para buscar montículos escondidos entre la hierba alta, una lluvia constante nos empapó varias horas; el agua corría bajo nuestras botas y el barro llegó hasta mis rodillas.
Por este motivo, los investigadores consideran probable que estas redes de montículos fueran diseñadas como «ciudades osmóticas»; que, más que caminos, muchas de las zanjas funcionaban como canales de drenaje que se llenaban como ríos y dirigían el agua según las necesidades sociales en épocas de fuertes lluvias.
Las plazas, comenta Yépez, podrían haber servido como depósitos de agua.
Esta hipótesis sería «una prueba mayor de la gran capacidad adaptativa de los pueblos amazónicos», afirma.
El equipo trabaja actualmente en validar esta teoría.
En contraste, Rostain califica la hipótesis de «ridícula» y sin fundamento; sostiene que aunque el clima era húmedo y lluvioso, no alcanzaba niveles críticos que justificaran la necesidad de grandes sistemas de gestión hídrica.
¿Quién construyó estas ciudades?
No está claro cuándo exactamente se formaron estos montículos.
En distintas entrevistas, los equipos francés, de INPC y ecuatoriano dirigido por Yépez sugieren provisionalmente que tienen entre 2.500 y 3.000 años.
Una cuestión clave es que tampoco está confirmado si todas estas estructuras fueron construidas y habitadas al mismo tiempo.
El LiDAR proporciona una imagen plana de lo que queda, pero no indica fechas ni duración de uso.
Si se erigieron y habitaron simultáneamente, implicaría una civilización extensa, avanzada y probablemente gobernada por alguna administración centralizada.
Si fueron construidos gradualmente, uno o varios a la vez, demandaría menos organización y una fuerza laboral menor.
Tampoco se sabe si las comunidades tenían poblaciones estables o si recibían a grandes cantidades de personas que se desplazaban para participar en eventos ceremoniales, comenta Yépez.

Fuente de la imagen, Museo Gonsha/Doménica Ortega
Él plantea que estas estructuras pudieron haber sido construidas para imitar los montículos naturales: pequeñas elevaciones originadas por residuos del volcán Sangay cercano.
Yépez cree que los antiguos amazónicos usaban primero esos montículos naturales como plataformas para sus viviendas y que, conforme aumentaba la población, decidieron replicarlos artificialmente.
«Buscaban las formas del terreno más adecuadas», afirma.
Otros científicos han estudiado cuánto deforestaron los pueblos antiguos o qué grado de respeto mostraron hacia el entorno forestal original, junto con la intensidad del cultivo en tierras vecinas.
«Estos bosques tienen una capacidad sorprendente para regenerarse, por eso es complicado distinguir con precisión dónde hubo asentamientos humanos antiguos», comenta Mark Bush, paleoecólogo del Instituto de Tecnología de Florida.
Según explica, la vegetación actual del valle del Upano respondía a cambios ocurridos en los últimos 200 o 300 años, no a la época antigua.
Lo que permanece un enigma es el tipo de sociedad que habitó estos montículos y la cultura que desarrolló.
«Se ha avanzado poco en cuestiones antropológicas, como la jerarquización, el planeamiento o el tipo de liderazgo», señala Florencio Delgado, profesor de antropología en la Universidad San Francisco de Quito e integrante del equipo ecuatoriano que investiga los montículos.
«Hay muchas piezas que todavía faltan en el rompecabezas», explica.
Un problema evidente es la escasez de rastros humanos directos.
Las excavaciones aún no han descubierto cementerios ni restos óseos: «Una de las preguntas más importantes para mí es: ¿dónde está la gente?», cuestiona Delgado.
No tan «perdida» después de todo
En el discurso que rodea a este urbanismo amazónico, las redes de montículos suelen describirse como ocultas, alejadas de la civilización y cubiertas por el denso dosel húmedo de la selva, donde nadie las descubriría jamás.
No obstante, esta imagen no es exacta. Tal como en tiempos antiguos, gran parte del valle del Upano está habitada en la actualidad.
Aunque estos complejos están protegidos oficialmente por el INPC, varios montículos se localizan en terrenos privados.

Fuente de la imagen, Sofia Quaglia
Algunos agricultores se quejan por no poder cultivar sus tierras libremente y suelen intentar destruir los montículos en sus parcelas, comenta Carmen Quito, que gestiona las 1.450 hectáreas de cultivos alrededor del complejo de Huapula.
Otros locales valoran los hallazgos arqueológicos y se esfuerzan en preservarlos.
En Morona, provincia con más de 5.300 montículos documentados, un grupo de siete entusiastas de la historia local ha creado un programa voluntario de vigilancia para proteger estas formaciones.
Integrado por personas de perfiles diversos —un científico de datos, un arquitecto, un guía turístico y un diseñador, entre otros— el equipo se llama «Guardianes del Patrimonio».
Desde el verano de 2025, denuncian sistemáticamente ante autoridades cualquier daño a los montículos, educan a los dueños sobre la historia de estas redes y organizan visitas para recién llegados interesados.
En Pablo Sexto, localidad de la provincia, se estableció un pequeño parque arqueológico que reconoce el valor de sus montículos.
Situado junto a la plaza principal del pueblo, el parque exhibe tres grandes montículos antiguos, acompañados por letras blancas de plástico formando la palabra «tolitas» y paneles informativos con datos históricos.
Yajaira Ramón Rodas, alcaldesa local, confía en que con el tiempo las tolitas traerán beneficios a los habitantes actuales: «Siempre les decimos a nuestros ciudadanos: ‘Aquí tendrán algo de gran valor'».

