El jugador del Bayern Múnich, vinculado al Real Madrid, posee un perfil muy particular fuera del ámbito deportivo.
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La trayectoria de Michael Olise más allá del terreno de juego se desvía del estereotipo del futbolista globalizado asociado a marcas. Su biografía está marcada por cuatro nacionalidades, decisiones contrarias a las tendencias del mercado y pasatiempos tranquilos que explican en parte su singularidad dentro de un vestuario de élite.
Originario del oeste de Londres, de zonas como White City y Hayes, Olise creció en un contexto típico de la periferia obrera capitalina, con abundancia de partidos de fútbol en parques y una marcada presencia de familias inmigrantes.
Su ascendencia traza un mapa que va mucho más allá de Inglaterra: su padre, nigeriano y nacido en Ghana, y su madre, con raíces franco-argelinas.
Al preguntarle sobre su nacionalidad, él manifiesta sentirse vinculado a cuatro países –Francia, Argelia, Nigeria e Inglaterra– y considera esto un legado personal más que un conflicto de identidad.
Esta combinación de raíces africanas y europeas se ajusta bien a la Francia que representa actualmente, pero también al joven que se desenvolvía con facilidad en Londres entre distintos idiomas y culturas.
Su enfoque hacia el negocio del fútbol resulta igualmente inusual. En pleno auge de contratos multimillonarios con marcas deportivas, Olise opta por no firmar con ninguna firma de botas. Aunque habitualmente utiliza modelos de Nike, lo hace por elección propia y sin respaldo comercial.
Esto le da la libertad de alternar modelos y colores a su antojo, combinar las botas con la camiseta del día e incluso recurrir a modelos antiguos o de colección que muchos jugadores ya han dejado atrás, como unas Hypervenom Phantom III descontinuadas.
Michael Olise celebra con el Bayern Múnich. Reuters
Lo que para otros representa una herramienta de marketing, en su caso es un ámbito que prefiere mantener reservado: sin cláusulas, sin campañas ni publicidad.
En vez de exponerse, Olise encuentra refugio en actividades que refuerzan su imagen de futbolista analítico. Una de las más recurrentes es su interés por el ajedrez, juego que surge cada vez que se analiza su modo de entender el fútbol.
Entrenadores y expertos lo describen como un jugador que examina los partidos como si moviera piezas: evalúa riesgos, anticipa acciones y parece más atento al desarrollo global que a movimientos aislados.
Esa dedicación a interpretar el juego le acompaña desde la adolescencia, momento en que combinaba vídeos, partidas y entrenamientos intentando rehacerse tras haber sido rechazado en academias como Chelsea y Manchester City.
Su comportamiento en redes sociales sigue una lógica similar de contención. En Instagram apenas sigue a unas pocas decenas de perfiles, con un solo compañero del Bayern, Jamal Musiala, incluido en esa lista.
Antiguos entrenadores recuerdan cómo, en Reading, madrugaba para evitar retrasos, hasta el punto de quedarse dormido en el coche del parking, varias horas antes de comenzar los entrenamientos.
Representa un contraste claro: un extremo que mueve millones en el mercado y suma asistencias, pero que fuera del spotlight se divide entre cuatro identidades nacionales, un tablero de ajedrez y un par de botas seleccionadas por color y no por contrato.

