En la biblioteca del presidente Calvo-Sotelo se refleja su creencia firme de que la política afecta negativamente diversas zonas del cerebro.

Despacho en casa de Leopoldo Calvo-Sotelo. En la mesa de la parte derecha de la fotografía escribió su discurso de investidura. Las claves

El reportaje describe una visita a la biblioteca personal del expresidente Leopoldo Calvo-Sotelo, situada en su vivienda de Somosaguas y que alberga más de 10.000 ejemplares.

Se resalta la afición de Calvo-Sotelo por la lectura, especialmente en el ámbito del ensayo y la filosofía, así como su respeto hacia autores como Ortega y Unamuno.

El expresidente opinaba que la política «daña varias regiones cerebrales» y lamentaba que su trayectoria política le limitara el tiempo para leer como antes.

La biblioteca refleja su inquietud intelectual, con colecciones que incluyen obras propias, de sus rivales políticos y de temas históricos, además de recuerdos familiares y vivencias personales.

Nunca había experimentado con la ouija… hasta hoy.

Pili me recoge en la glorieta de Alonso Martínez para llevarme a la casa de sus padres, en Somosaguas. Pili conversa con un fontanero, un albañil o algo similar, preguntándole repetidamente sobre «el humo».

Entonces, tanto en el coche como al llegar al interior, se despliega un humo denso, fantasmal y extrañamente acogedor. Hemos entrado en contacto con los muertos.

Bueno, con un fallecido en particular. Su padre: Leopoldo Calvo-Sotelo.

Con la contraseña de los churros se abre la puerta. Aparecen algunos de los numerosos hijos del presidente del Gobierno: Pedro, Víctor, Andrés… También está la primera dama, doña Pilar Ibáñez-Martín, que se aproxima al siglo rodeada de sus numerosos nietos y bisnietos.

Fui invitado a la residencia del presidente del Gobierno, por qué no reconocerlo, tras haber publicado en este diario una biografía halagadora, también sin tapujos, sobre las inquietudes literarias de su padre. Y sobre su centenario, que se celebra este año.

Pruebe usted, lector. Lea un libro de Leopoldo Calvo-Sotelo, asista a una sesión del Congreso de los Diputados –eso fue lo que me sucedió– y después intente escribir.

Sin querer, con ese estilo un poco barroco, estaba musitando el «alojomora» de Harry Potter para abrir todas las puertas. Incluso la de este chalet en Somosaguas que perteneció a don Leopoldo: «¿Quiere ver la biblioteca?». 10.500 libros.

Leopoldo Calvo-Sotelo y su mujer, Pilar Ibáñez-Martín.

Me adentro en la neblina de los espíritus y, guiado por sus hijos y algunos documentos, comienzo a recorrer los lugares donde un día fue feliz el segundo presidente de la Democracia.

No existe modo más puro y entretenido para conocer a un hombre que ha fallecido que a través de sus libros.

–¿Puedo tomar fotografías?

–Haz lo que quieras –me contestan. Y yo pienso para mis adentros: «Solo no robar, mantén el respeto».

Al poco tiempo, Pedro me obsequia con un libro titulado «Leopoldo Calvo-Sotelo, un retrato intelectual» (Marcial Pons, 2010). Es un estudio de la biblioteca coordinado por él y escrito por varios expertos. Tenemos la voz de don Leopoldo presente, pues cada capítulo está basado en una entrevista.

Fueron sus últimas palabras. El libro estaba en proceso y quedó interrumpido cuando falleció de un infarto aquel mes de mayo de 2008, justo hace 18 años. Cómo pasa el tiempo. Y nos miramos. La muerte de “papá”, de don Leopoldo, ha alcanzado la mayoría de edad. Aunque, dada la situación actual, parece improbable que le permitan votar. ¡UCD! ¡UCD!

“La política destruye varias áreas del cerebro”, decía don Leopoldo en esta biblioteca. Fue en ese rincón, junto al ventanal, donde dejaba una pila de libros que iba leyendo sin cesar…

El sillón donde se sentaba a leer Leopoldo Calvo-Sotelo.

También solía bromear medio en serio: “¿Para qué sirve la lectura en política? Platón fue a Siracusa a resolver un problema y mirad qué ocurrió”. Confieso que me dejó un poco frío, así que me escondí en un rincón y consulté a la IA: Platón visitó Siracusa en tres ocasiones intentando transformar a un rey tirano en filósofo, pero siempre fracasó.

Suárez admiraba con cierto respeto a Calvo-Sotelo por su mentalidad intelectual. Por su parte, Calvo-Sotelo valoraba a Suárez por su valentía e intuición. Durante la desintegración de UCD, tal vez perdieron de vista esto, aunque conformaron un binomio perfecto: el símbolo de la audacia, el carisma y la intuición junto al intelectual del conocimiento, la planificación… y la introspección.

Qué humor tan agudo y divertido tenía don Leopoldo. Un miembro de su gabinete me relató una anécdota tras el 23-F. Había que investigar a los militares y someterlos a control. En una reunión, al entrar el presidente, uno de ellos exclamó: “¡Sonríe, Leopoldo, que vamos a salir en la tele!”.

Y el presidente, muy consciente de la importancia de que el poder civil domine al militar, le respondió ante todos: “Que usted se comporte y que yo sonría son dos imposibles metafísicos”. Con esa ironía, que dejaba clavado a cualquiera, se fue afirmando un Ejecutivo victorioso frente a lo militar.

Ese símbolo se reafirmó cuando la Justicia civil amplió la condena del 23-F que la Justicia militar había impuesto.

La distancia irónica de don Leopoldo tenía sus beneficios. En el Congreso, cuando un nacionalista lo calificó de «torturador» con interminables argumentos, simplemente replicó: “Le devuelvo sus palabras con el más pequeño de mis desprecios”. Creo que, en los dos años de gobierno de Calvo-Sotelo, a pesar de las dificultades, nadie tuvo que aludir a la tensión, ¡maldita palabra!, polarización.

Este fue un sitio para ser feliz y continuar siéndolo. Hay una barca de madera que se llena de periódicos, un piano afinado, un tocadiscos de vinilos. Calvo-Sotelo se definía como un diletante, alguien que no profundizaba en nada. Eso suele decir un hombre culto, consciente del vasto océano de cultura que le escapa.

Uno de los grandes sufrimientos de Calvo-Sotelo durante su carrera política fue no poder dedicar tiempo a la lectura. Seguía adquiriendo numerosos libros, pues es una enfermedad incurable, pero solo podía leer lo que denominó “prosa administrativa”.

Al volver a esta casa desde Moncloa, confesó a sus hijos: “He olvidado cómo leer”. Se sentaba, tomaba un texto complicado y no podía concentrarse. Decidió comenzar de nuevo, volver a ser un niño, como en la canción de Enrique Urquijo.

Pidió a sus hijos varios tomos de El Coyote y algo de Salgari. Así se abrió la puerta que le devolvió al hombre que había sido.

Primero, echo un vistazo general con cierta envidia. Las estanterías altas, de madera, numeradas en dorado, en medio de un salón amplio comunicado con el despacho.

La casa iba a ser diseñada por el prestigioso Fisac, quien quería para los Calvo-Sotelo hormigón y ventanas pequeñas. Don Leopoldo rechazó esa idea, deseaba un ventanal para contemplar la sierra desde la chimenea mientras leía. Finalmente, Fisac no aceptó y otro arquitecto acabó la vivienda.

Una de las estanterías de la biblioteca de los Calvo-Sotelo.

Encuentro libros muy antiguos, encuadernados con las iniciales de sus dueños grabadas en la parte inferior del lomo. Hubo épocas en que se marcaban las iniciales directamente en las encuadernaciones; hoy en día se bordan en camisas y calcetines. Degeneramos con gracia, con o sin hantavirus.

Son algunos de los pocos libros que don Leopoldo conservó de su padre y de su tío José. Dos bibliotecas que fueron saqueadas en Madrid durante la guerra civil republicana. Se habla mucho de cuadros robados, pero… ¿y las bibliotecas? ¿Existe algo peor, materialmente, que perder la biblioteca acumulada durante toda una vida?

Los hijos relatan que el padre de Leopoldo, también llamado Leopoldo, fue miembro del Consejo de Estado y escritor, autor de algunas novelas. Es un dato poco conocido y posiblemente explique, junto a la influencia del tío Joaquín, dramaturgo, esa completa vocación literaria: la lectura, la escritura, el estudio… Al padre y al hijo les gustaba el humor del portugués Eça de Queiroz.

De adolescente, Leopoldo solía leer corrigiendo pruebas de imprenta para ganar algo de dinero. Eso configuró su carácter de enemigo de las erratas, esas últimas en desaparecer cuando el barco se hunde.

La parte literaria de la biblioteca es la menos abundante. Calvo-Sotelo, centrado en el ensayo, solía decir que solo leía novelas cuando tenía gripe. Leyó más novelas de lo que hubiera preferido gracias a su esposa, Pilar, quien complementaba su gusto con obras imaginativas, principalmente de Cela –por lo gallego– y la literatura rusa.

En una ocasión, estando soltera, doña Pilar vio a Camilo José Cela en Ribadeo. Se acercó con el libro Viaje a la Alcarria y le pidió una dedicatoria. Cela, conocido por su dureza en Pascual Duarte, le dedicó una nota muy caballerosa. Sin embargo, Pilar no quedó satisfecha; se sintió decepcionada.

Décadas después, volvieron a encontrarse y solicitó que actualizara la dedicatoria. Años después, ya con Cela como Nobel y Pilar como ex primera dama, se vieron nuevamente y renovó la firma por tercera vez. ¡Una primera edición de Cela firmada en tres ocasiones!

Las fotografías dedicadas con las que Calvo-Sotelo ambientaba su despacho.

Tanto en la sección literaria como en otras, se observan libros encuadernados por el propio Leopoldo. Cuando un día mostraron a Cela la encuadernación triplemente dedicada, él respondió: «¡Los libros encuadernados pierden valor!».

Leopoldo Calvo-Sotelo fue un gran lector de Unamuno, pero aún más de Ortega. En la sección de ensayo y filosofía, la más ampliada, se encuentran las obras completas de Ortega en varias ediciones, además de volúmenes sueltos en diversos formatos.

Calvo-Sotelo mantuvo una gran amistad con un nieto de Ortega y, con orgullo, afirmaba: «Te reto a que nos hagan un examen sobre Ortega. Sé mucho más que algunos orteguianos».

Valoraba profundamente el pensamiento de Ortega, así como su estilo de escritura, que fue sin duda su mayor influencia. Con Unamuno, cuando era joven, le sucedía algo extraño: al leer sus textos provocadores, sentía la necesidad de confesarse.

Don Leopoldo, dada su intensa lectura, estaba lleno de preguntas. Religiosas, políticas, económicas… En confesión, el padre Ceñal le decía: «¡No se esfuerce tanto con el misterio!».

Por suerte, no le hizo caso. Esta es la biblioteca de un hombre que pasó toda la vida luchando con los misterios que se le presentaban en el camino. ¿Qué es la vida sino el fuego de la curiosidad?

Aquí están los libros de sus adversarios –muchos de los cuales visitaban esta casa–, las obras de ideologías contrarias, los textos sobre los grandes eventos históricos –era un apasionado de Napoleón–… todos los que formaron la mente de los jóvenes de su generación curiosos por el mundo.

Me sorprende la colección francesa Que sais-je?, pequeños libros divulgativos sobre temas diversos, cada uno escrito por un especialista. Los hijos cuentan que estos ejemplares se encontraban en todas las habitaciones de las diferentes casas familiares, a veces repetidos.

Y allí está el piano blanco, me acerco al piano, encima tiene un cuadro peculiar, parecido a un palco teatral lleno de gente. Recuerdo a mi tío Ambrosio, vasco, que en un concierto no acercó la banqueta sino el piano.

El piano de Calvo-Sotelo.

Siempre pensé que don Leopoldo fue un pianista aficionado de cierto nivel. No es así. De todas las mentiras periodísticas –según él mismo– la del piano fue la única que le benefició… hasta que en Berlín lo recibió el canciller alemán Helmut Schmidt.

El canciller Schmidt probablemente había leído las mismas falsedades que yo años después: que Calvo-Sotelo era un presidente que tocaba el piano, que interpretaba bien piezas de Chopin

Schmidt fue un gran pianista, incluso grabó discos. Recibió a Calvo-Sotelo en Berlín, en una sala con dos pianos: «Qué alegría, presidente, podremos interpretar juntos ese bello concierto de Mozart«. Don Leopoldo, por supuesto, dijo la verdad y no tocó.

La diferencia entre Calvo-Sotelo y los políticos actuales es que estos últimos, en lugar de ser sinceros, se sentarían al piano y empezarían a tocar. A don Leopoldo le encantaba el piano. Estudió solfeo de niño, pero la guerra truncó sus posibilidades. Amaba las tres bes: Beethoven, Bach y Brahms. Luego, fue autodidacta y aprendió lo que pudo. “Tenía su Mozart fácil, su Beethoven sencillo… y tocaba a ratos”.

Me vienen a la mente más comparaciones con el presente, pero las dejo de lado como se apartan pensamientos invasivos en una sesión de mindfulness. No deseo empañar este lugar, pienso apoyando mis manos, casi con reverencia, en la mesa del despacho donde escribió su discurso de investidura.

El presidente Calvo-Sotelo hacía al revés: empezaba a escribir, componía sus discursos, y luego pedía opiniones. Mientras que a otros les escribían y después… ¡callaban!

Pregunto por Memoria viva de la Transición, ese libro preciso y fantástico.

–¿Dónde lo escribió?

–En el salón. Escribía muy poco en el despacho. Tenía mucha concentración. Le gustaba escribir con todos a su alrededor.

Con una bolsa llena de libros escritos por y sobre Calvo-Sotelo, emprendo el regreso al coche de Pilar para seguir jugando a la ouija. Me despido de estos hijos divertidos, muy diferentes entre ellos, lanzándose bromas constantemente. Adiós, hijos. El coche no arranca.

–¡Don Leopoldo! ¿Está ahí? ¿Ha sido usted? –pregunto al cielo de Somosaguas.

–Que me vaya y que usted no manche un texto son dos imposibles metafísicos.

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