Los residentes de La Adrada y Piedralaves, en Ávila, permanecieron en sus localidades tras el desalojo y colaboraron durante la noche del sábado con los equipos de emergencias para contener la progresión del incendio.

Alrededor del mediodía del sábado, en los municipios abulenses de La Adrada (2.853 habitantes) y Piedralaves (2.183 habitantes) se emitió una orden de desalojo «preventiva» y «por razones de seguridad» ante el avance del incendio iniciado el miércoles en la localidad cercana de Burgohondo. Decenas de personas se desplazaron hacia Arenas de San Pedro y Candeleda, situados en la vertiente sur de la Sierra de Gredos, pero algunos eligieron quedarse. Eligieron defender su pueblo durante una noche que se anticipaba especialmente complicada. A las 20:00 horas, el Ayuntamiento de La Adrada comunicó que quienes no hubieran abandonado el municipio debían resguardarse. El Valle del Tiétar afrontaba en ese momento una de las noches más críticas de su historia, con agentes y vecinos trabajando juntos para intentar contener el desastre.
«Aquella noche superó a todos», rememora en conversación telefónica con este medio el alcalde de Piedralaves, Germán Ulloa, quien formó parte de los «40 o 50» vecinos que permanecieron para intentar detener el avance del fuego. «Era como estar en el infierno; las llamas se movían con una intensidad…», relata, «haciendo un ruido similar a motores durante toda la noche». Los voluntarios coordinaban sus esfuerzos con la Unidad Militar de Emergencias (UME), los Bomberos de Salamanca, Protección Civil y la Policía Local desplegados en la zona. «Se realizó un trabajo muy eficaz y conseguimos salvar todo lo posible», asegura Ulloa, que explica que las acciones de voluntarios y cuerpos de emergencia se centraron en intervenir cuando las llamas se aproximaban a las viviendas para detenerlas. «Realizaron todo tipo de labores para evitar que el fuego les alcanzara», resume.
Situación similar relata, en tercera persona, Félix, vecino de La Adrada, quien fue desalojado el sábado, pero cuyo hijo de 20 años se quedó para ayudar a contener el fuego o minimizar los daños. Félix menciona que su hijo estuvo «hasta las cinco de la mañana asistiendo a las personas» y que, junto con un grupo de voluntarios –»se quedaron todos mis amigos»– intentaron proteger las propiedades vecinas. Fueron a limpiar un corral y buscar a un conocido con caballos que permanecía con ellos «para que no se quemaran». «Ayudaron a mi hijo a prevenir que mis olivos y gallinas se quemaran», cuenta Félix vía telefónica desde una residencia en Ciudad Rodrigo (Salamanca), donde permanecía desalojado tras pasar por Candeleda y Arenas de San Pedro. Este residente relata que llegó un momento en que a su hijo y a los voluntarios «ya no les permitieron apagar más focos». «Siempre hemos extinguido incendios sin herramienta alguna, solo con las manos», defiende.
El día siguiente dibujó en el Valle del Tiétar una escena «desoladora». «Lo vivido esa noche permanecerá siempre en nuestra memoria y no será olvidado», afirma el alcalde de Piedralaves, que permanecía en el municipio debido a la existencia de frentes activos, uno de los cuales generaba preocupación. El suministro eléctrico se interrumpió en el pueblo y la zona reportó problemas de cobertura durante todo el día. El Ayuntamiento de La Adrada difundió en sus redes sociales varios vídeos que mostraban las condiciones en que quedaron distintas zonas del municipio y a los vecinos, quienes agradecían el trabajo de quienes se quedaron, manifestando alivio al ver en las imágenes sus viviendas intactas, aunque sin ocultar la tristeza ante la devastación provocada por el fuego en sus tierras. El futuro se presenta incierto: «Nadie desea vivir en un pueblo que se vuelve gris», lamenta el propietario de un alojamiento rural local.

