El impresionante palacio construido sobre tres islas distintas

Escondido entre tres islotes de un lago sereno, este magnífico complejo palaciego reúne cinco siglos de secretos reales, tragedias conmovedoras y jardines geométricos y simétricos que evocan un paisaje de fantasía

Foto: Imagen del Castillo de Frederiksborg en Dinamarca (Foto: iStock) Seguir en Google Síguenos

  • El paraíso económico de Europa: en sus reducidos 14.000 km² esconde fiordos, playas vírgenes de ensueño y cinco parques naturales
  • El destino perfecto para viajar: un país desconocido, accesible y europeo

Viajar a Dinamarca siempre ofrece sorpresas monumentales que permanecen impresas en la memoria para siempre, especialmente al alejarse un poco de las rutas urbanas habituales de la capital. A apenas cuarenta minutos en tren directo por la cómoda línea A del tren S desde la estación central de Copenhague, la pequeña y acogedora población de Hillerød guarda el secreto arquitectónico e histórico mejor conservado de toda Escandinavia. Este lugar, hoy la dinámica capital administrativa de la Región de Selandia del Norte, se ha desarrollado bajo la sombra de una fortaleza que define su silueta y que invita a recorrer tranquilamente sus calles peatonales más encantadoras, como Slotsgade y Helsingørsgade, llenas de atractivos cafés y tiendas con sabor local.

El espectáculo visual comienza de forma abrupta y magnífica al aproximarse a las orillas del lago Slotssøen, conocido popularmente como el lago del palacio, donde una imponente estructura de ladrillo rojo, tejados de cobre verde brillante y detalles en arenisca se reflejan con sorprendente simetría en las aguas tranquilas. Este rincón nórdico armoniza perfectamente la calma de la naturaleza escandinava con el peso de más de cinco siglos de intrigas palaciegas y evoluciones artísticas. El diseño arquitectónico del edificio rompe el horizonte con sus torres y pináculos elevados, presentando una postal tan cautivadora que resulta casi imposible no quedar maravillado antes de cruzar el primer arco de entrada, que está solemnemente vigilado por dos esculturas de piedra tallada.

Expertos viajeros y cronistas de arte coinciden al describir este majestuoso conjunto histórico con gran admiración y sinceridad. Esta afirmación se queda limitada al conocerse que jamás fue concebido originalmente como una fortaleza militar defensiva,sino como un lujoso palacio de recreo y caza para disfrute real, una elegante «casa de campo» destinada a que los monarcas desconectaran del protocolo palaciego y se conectaran con la naturaleza de los frondosos bosques cercanos.

La resurrección desde las cenizas y el milagro Carlsberg

Aunque el rey Federico II adquirió la finca señorial original en 1560 bajo el nombre de Hillerødsholm, fue su decidido, ambicioso y audaz hijo, el renombrado rey Christian IV, quien optó por reconstruirla completamente entre 1600 y 1620. Christian IV, que reinó sobre Dinamarca y Noruega durante un extenso período convirtiéndose en figura militar destacada, era un verdadero admirador del arte renacentista y contó con el reputado arquitecto flamenco-danés Hans van Steenwinckel el Viejo para reforzar su prestigio como monarca influyente en Europa. Mientras se desarrollaban las obras de esta obra colosal, el rey residía curiosamente en un modesto palacio de estilo italiano situado al otro lado del lago, manifestando su obsesión por supervisar cada detalle de esta construcción en honor a su padre.

No obstante, el destino reservó un giro trágico e inesperado al edificio durante una fría noche de diciembre de 1859. El rey Federico VII se alojaba en el castillo junto a su esposa Louise Rasmussen, conocida como la condesa Danner, y para calentar los salones instalaron estufas de azulejos modernas y chimeneas; el exceso de calor en una de estas estufas provocó un incendio devastador que se extendió rápidamente por los techos de madera, reduciendo casi todo el palacio principal a ruinas y dejando únicamente en pie los muros exteriores gruesos. La tragedia conmocionó a Dinamarca, pero ante el elevadísimo costo de restauración y el anuncio de que la familia real dejaría de utilizar el lugar como residencia oficial, el porvenir de las ruinas quedó en un limbo institucional por años.

La salvación llegó gracias a la acción de J.C. Jacobsen, el visionario fundador de la mundialmente reconocida cervecería Carlsberg y posiblemente el mayor filántropo en la historia danesa. En 1878, Jacobsen impulsó una colección nacional y se comprometió a financiar personalmente los costos de la restauración, con la única condición de que el interior respaldara el diseño renacentista original y acogiera el Museo de Historia Nacional. Su generosidad y afán de promover la cultura permitieron que el castillo abriera sus puertas al público en febrero de 1882, albergando desde entonces la colección más extensa de retratos, mobiliario antiguo y pinturas históricas del país, ofreciendo una crónica visual ininterrumpida de más de 500 años.

Lujo, música sagrada y juegos de ilusión

Al recorrer los corredores del palacio, el visitante se sumerge en un ambiente de lujo. La capilla es un magnífico templo barroco que sirvió como lugar oficial para la coronación de los monarcas absolutos de Dinamarca entre 1660 y 1849; sus paredes están completamente cubiertas por coloridos escudos de armas de los miembros de la Orden del Elefante, la distinción más antigua y distinguida del país otorgada a figuras como Niels Bohr o Nelson Mandela, así como de la Orden de Dannebrog, cuya cruz textil, según la bella leyenda medieval danesa, cayó del cielo en medio de una batalla.

En el altar destaca un retablo de incalculable valor hecho en plata, ébano y oro por el maestro orfebre Jacob Mores de Hamburgo en 1606, aunque la joya acústica es el antiguo órgano Compenius. Construido completamente en maderas nobles en 1610, este complejo instrumento posee exactamente 1001 tubos originales y continúa ofreciendo conciertos hoy en día, habiendo sobrevivido intacto al incendio. A su lado se encuentra la Sala de Audiencias, una obra maestra del barroco holandés temprano diseñada para impresionar a dignatarios extranjeros; contaba con un avanzado y pionero sistema de ascensor mecánico que permitía al rey aparecer como por arte de magia delante de sus invitados, reforzando teatralmente su autoridad divina.

Plano del Castillo de Frederiksborg y sus salas principales. (Fuente: lugaresyotrascuriosidades.net)

Al avanzar hacia los pisos superiores, se llega al magnífico Gran Salón o Riddersalen, ubicado justo encima de la Capilla y reconstruido con precisión milimétrica gracias a los bocetos y planos antiguos que constan en los archivos reales. Esta grandiosa estancia deslumbra a los visitantes con sus complejos techos artesonados decorados con motivos dorados, enormes candelabros y tapices tejidos a mano que relatan las gestas de la monarquía, destacando también la icónica «tribuna del trompetista«, desde donde los músicos amenizaban las fiestas cortesanas. Muy cerca está la Sala de Invierno, empleada por la familia real durante los meses más fríos, donde un gran espejo colocado estratégicamente en el suelo permite admirar un impresionante fresco en trampantojo de 1882 que cuenta el mito de la diosa Gefion y sus bueyes modelando la geografía de Selandia.

El ‘Versalles del norte’ y un Neptuno capturado por Suecia

El esplendor y la genialidad de Frederiksborg trascienden sus gruesos muros de ladrillo para extenderse a dos espléndidos jardines históricos que exhiben dos enfoques paisajísticos opuestos. En el eje central se encuentra el famoso Jardín Barroco, diseñado originalmente en 1720 por el paisajista J. Krieger sobre los restos de un viejo palacete italiano demolido; este espacio, conocido entre los visitantes como el «Versalles del norte», es una obra maestra de geometría vegetal, organizado en cuatro terrazas simétricas con cascadas artificiales, canales y un gran estanque circular rodeado de esculturas de dioses clásicos como Apolo y Venus, además de presentar los monogramas de reyes como Margarita II cuidadosamente delineados en arbustos de boj.

A la izquierda de esta rigidez estructural, el entorno cambia radicalmente para convertirse en el idílico Jardín Romántico, un espacio con clara inspiración inglesa, donde predominan caminos sinuosos, árboles centenarios, estanques tranquilos y rincones secretos cubiertos por vegetación abundante. En medio de esta verde pradera se alza el encantador Palacio de Badstueslottet, también conocido como el Castillo de la Casa de Baños, una hermosa construcción renacentista a escala menor edificada por Federico II en 1580; este delicado palacio era el lugar favorito del monarca para celebrar cenas privadas tras las jornadas de caza y, curiosamente, la actual familia real danesa lo sigue empleando en privado para eventos informales.

Perderse entre los senderos y salones de Frederiksborg no es solo hacer turismo; es contemplar el reflejo más puro, simétrico y fascinante del alma de Dinamarca

El cierre magistral de toda la visita turística se encuentra en el centro del patio exterior, donde se erige la imponente Fuente de Neptuno, un monumento levantado originalmente para simbolizar la dominancia marítima de Dinamarca sobre las disputadas aguas del mar Báltico a comienzos del siglo XVII. La escultura de bronce que hoy asombra a los visitantes es una réplica exacta creada por el artista Heinrich Hansen en 1888, dado que la fuente original tallada por el maestro Adriaen de Vries sufrió un destino casi de novela: durante la ocupación sueca del castillo en 1659, las fuerzas invasoras desmontaron la escultura completa y la trasladaron a Estocolmo como botín de guerra valioso, instalándola permanentemente en los jardines del Palacio de Drottningholm, donde permanece expuesta hasta hoy.

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Viajar a Dinamarca siempre ofrece sorpresas monumentales que permanecen impresas en la memoria para siempre, especialmente al alejarse un poco de las rutas urbanas habituales de la capital. A apenas cuarenta minutos en tren directo por la cómoda línea A del tren S desde la estación central de Copenhague, la pequeña y acogedora población de Hillerød guarda el secreto arquitectónico e histórico mejor conservado de toda Escandinavia. Este lugar, hoy la dinámica capital administrativa de la Región de Selandia del Norte, se ha desarrollado bajo la sombra de una fortaleza que define su silueta y que invita a recorrer tranquilamente sus calles peatonales más encantadoras, como Slotsgade y Helsingørsgade, llenas de atractivos cafés y tiendas con sabor local.

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