¿Cómo evitar los clichés de una isla tan popular? Tres perspectivas locales: un fotógrafo, una artista urbana y un colectivo artesanal revelan su faceta más genuina. Un recorrido, junto a Binter, entre picos y el latido del Atlántico
Gran Canaria se muestra habitualmente al mundo a través de sus postales más emblemáticas: las extensas playas doradas, la calidez inherente de su gente y el sol constante. No obstante, este continente en miniatura exhibe una diversidad marcada. Acoge historia valiosa, gastronomía autóctona y una flora singular bajo un clima templado y estable que prolonga el verano prácticamente hasta finales de año. Sin embargo, limitarla a su imagen costera sería ignorar la complejidad geomorfológica y humana que palpita a pocos kilómetros hacia el interior, esperando ser descubierta con otra perspectiva lumínica.
Para explorar este mapa oculto, conviene abandonar la prisa y comenzar a disfrutar desde el trayecto mismo, desde que se aborda el avión. Se trata de lo que la aerolínea Binter denomina «volar en modo canario», una filosofía de viaje donde el camino tiene tanta importancia como el destino. Las tensiones típicas del aeropuerto desaparecen gracias a una atención cercana y a la comodidad de una cabina preparada para el descanso, con mayor espacio entre filas y una configuración de dos asientos, garantizando siempre pasillo o ventana. Contemplar el horizonte, saborear su aperitivo de cortesía y dejarse llevar tranquilamente resulta la introducción perfecta para sintonizar con el entorno.
En las siguientes páginas, viajamos con ellos y nos alejamos de las rutas comunes para revelar una Gran Canaria inesperada, a través de la visión de tres creadores locales que conocen a la perfección su tierra.
La cumbre y la luz a través de la lente
Para el fotógrafo Nacho González Oramas, explorar Gran Canaria implica entender una naturaleza tan diversa como abrupta. La isla, redonda y con un diámetro entre 47 y 50 kilómetros, alcanza los 1.957 metros en su punto más elevado. Esta geografía única, combinada con la influencia constante de los vientos alisios, genera que «en apenas 25 kilómetros, de cumbre a costa, se sucedan diversos microclimas«. De hecho, comenta que «en invierno es relativamente común que nieve en la cumbre mientras en la costa la gente disfruta de un día de playa».
Como experto en imagen, Nacho indica que «las mejores horas para la fotografía de paisaje son las cercanas al amanecer y al atardecer». Según explica, “es el momento en que las luces se equilibran, surgen los colores y los roques, montañas y dunas cobran volumen debido a la luz lateral”. Para quienes buscan capturar esta magia visual, el fotógrafo comparte su lista de lugares imprescindibles.
La Vega de Acusa (Artenara) es, desde la perspectiva de Nacho, uno de los sitios con los paisajes más destacados de la isla. Lo describe como un lugar «muy impactante donde se conservan las casas cueva del poblado troglodita de los aborígenes y se puede admirar el cielo nocturno más limpio de la isla con su vía láctea y constelaciones». Desde la Mesa de Acusa se observa la vista típica de la isla, con los imponentes Roques Bentayga y Nublo recortados contra los tonos del atardecer. Nacho sugiere aprovechar la visita a Artenara, el pueblo más alto, para pasear y probar su gastronomía.
Para un atardecer inolvidable, su recomendación es clara: Agaete, siempre Agaete, con sus puestas de sol dominadas por el Pico Teide, desde la isla vecina, y la Cola de Dragón desde Punta de la Aldea. Para contemplarlo, destaca los distintos miradores naturales que ofrecen las piscinas de Las Salinas, la playa de Guayedra, su angosto y atractivo valle o las atalayas del Pinar de Tamadaba.
La dimensión humana y tradicional de las cumbres la representan para él los pastores trashumantes. Aparte de producir quesos excepcionales, su labor de mover los rebaños buscando pastos limpia los pinares y las cumbres, previniendo posibles incendios forestales. Son, según el fotógrafo, «nuestras ovejas bomberos» que combinan tradición y modernidad en su trabajo.
Para conseguir una fotografía que refleje la verdadera esencia y no el típico estereotipo, el consejo es evitar las zonas turísticas, mirar hacia el interior de la isla y perderse por sus senderos en busca de barrancos, roques, pinares, palmerales y montañas. Allí aguarda un paisaje distinto, singular, abrupto y cautivador.
Narrativas plasmadas en los muros canarios
Prosiguiendo el recorrido junto a la artista urbana e ilustradora Irene León, quien ve el arte público «como una invitación a contemplar el entorno con otra mirada, más que como una imagen cerrada». Aunque la característica luz de las islas ilumina todo su trabajo, no lo hace de manera evidente. «La luz canaria está muy presente en mi obra, aunque quizá no de forma tan literal como se podría imaginar». A Irene le interesa explorar «cómo habitamos este territorio y convivimos con la naturaleza». El uso del color se vuelve su herramienta para «despertar curiosidad, crear pequeños espacios lúdicos y provocar una sensación de asombro», invitando al espectador a «recuperar una forma de mirar más parecida a la infancia, donde cualquier objeto o paisaje es el inicio de una historia».
Pintar en la calle le permite establecer un diálogo directo con los vecinos. «Me gusta creer que en Gran Canaria existe una relación muy íntima con el espacio público». Mientras crea sus murales, «las personas suelen acercarse, preguntar, compartir recuerdos o incluso contarme anécdotas del lugar; cuando sucede, siento que el mural deja de ser mío y comienza a pertenecer al barrio».
Para una ruta artística y urbana alternativa, Irene propone iniciar por los barrios altos históricos. «Comenzaría en alguno de los riscos de la ciudad, como San Nicolás, San Juan o San José, para comprender Las Palmas desde una perspectiva elevada«. El recorrido debería continuar «por Vegueta sin prisas, explorando pequeñas tiendas de antigüedades», y concluir contemplando el paisaje «en El Confital, ascendiendo hasta el mirador de la Cruz en Las Coloradas». Señala que «ese itinerario resume bien cómo veo la ciudad: observando detalles, objetos e historias aparentemente pequeñas», y comenta que proyectos artísticos importantes suyos, como Objetópolis, surgen precisamente de esa forma de caminar.
Fuera de la capital, recomienda visitar sitios «donde la naturaleza y la ciudad aún mantienen un diálogo», inspirados en «aquellos espacios donde crecen plantas entre muros, objetos olvidados o construcciones que revelan el paso del tiempo». Sugiere acercarse «al municipio de Firgas, al barrio de Lomo del Pino, para descubrir mi mural Guardianes de los Berros, una obra influenciada por el paisaje, la biodiversidad y la memoria del entorno«. Otro destino es «recorrer el casco histórico de Agüimes y finalizar en La Goleta, lugar donde se encuentra Garabatoland, un mural que invita a recuperar la imaginación y la mirada curiosa de la infancia».
Cuando necesita un descanso del spray y del estudio, sus refugios favoritos son «las piscinas naturales del norte o un paseo por el Pico de Bandama». Con todo, admite que «la inspiración no suele llegar buscando paisajes impactantes, sino cuando camino sin prisa», momentos en los que recoge objetos, observa formas vegetales o encuentra pequeñas curiosidades.
Frente al típico souvenir de postal playera, Irene defiende «una identidad canaria viva, no folclórica». Está convencida de que las islas son «un espacio donde conviven naturaleza, diversidad cultural, imaginación y capacidad de reinventarse». Para ella, el espíritu actual de Gran Canaria se define en algo tan simple como «una semilla, una piedra volcánica o un pequeño objeto hallado durante un paseo», ideas que inspiran piezas como Portadores de Semillas. Su plan local preferido para una tarde de fin de semana es tan sencillo como «caminar sin rumbo fijo, entrar en una librería, visitar una exposición, sentarse a observar o finalizar el día en algún mirador contemplando el ocaso», pues está segura de que «la creatividad necesita precisamente eso: tiempo para mirar despacio».
El pulso artesanal de la isla
Cerramos con la Asociación Arte y Manos, que agrupa a una amplia variedad de artesanos que plasman el ADN insular en sus creaciones. Frente a un mundo saturado de recuerdos iguales, este colectivo propone una experiencia sensorial a través de una artesanía local y genuina, que valora la paciencia y la herencia cultural. Sus trabajos se alimentan de materias primas obtenidas en diferentes rincones de la geografía insular: «Desde barrancos y bosques hasta las costas».
La filosofía de Binter, que promueve disfrutar cada fase del viaje, encaja perfectamente con el ritmo pausado de los artesanos tradicionales. La arcilla para la alfarería procede de lugares como el Barranco de Azuaje y La Atalaya de Santa Brígida: este último pueblo es conocido por sus cuevas alfareras, donde generaciones de mujeres, las reconocidas ‘loceras’, han trabajado el barro empleando técnicas ancestrales», detallan desde la asociación. La madera se obtiene del Parque Natural de Tamadaba, hogar de los pinos más sobresalientes y longevos de la isla. De ellos sale la tea, «el núcleo del tronco del pino canario; una madera oscura, compacta y casi indestructible gracias a su resina». Dado que está «estrictamente prohibido talar estos árboles centenarios, toda la tea que se utiliza proviene del reciclaje y recuperación». Finalmente, en las Medianías (Tejeda o San Mateo) recolectan hojas de nogal y almendro para crear tintes naturales en tonos marrones y tierra.
La inspiración del paisaje se refleja en sus colecciones: «Claudi diseña joyas basadas en elementos marinos y terrestres, reproduciendo texturas de caracoles, lapas o la especial fibra de los cactus»; «Holi Art captura la luz y el color de la isla a través del vidrio reciclado, formando colecciones donde cada pieza remite a fragmentos de playa, pinar o volcán»; «Nadine pinta un verdadero retrato de nuestros bosques y océano tiñendo pañuelos y blusas de seda exclusivamente con pigmentos naturales»; y «Verarte logra capturar la identidad olfativa de la isla en sus velas artesanales, condensando aromas de Teror, Barranco de Guayadeque, las fragancias de Agaete y la brisa de Las Canteras».
Los miembros tienen sus talleres distribuidos en localidades como «San Bartolomé de Tirajana, Agüimes, Ingenio, Moya, Santa Brígida o Las Palmas de Gran Canaria», muchas de las cuales se pueden visitar mediante la guía Talleres Visitables de Gran Canaria. Para verlos en un entorno auténtico, se reúnen todos los «martes y jueves de 10 a 15 horas en un pequeño mercado junto al Faro de Maspalomas«. Este espacio está dedicado exclusivamente a los productos de sus miembros, todos con el carnet oficial de la FEDAC, que garantiza el sello de auténtica artesanía canaria. También participan en las ferias anuales de la fundación, como «la Feria de Primavera Sur (marzo) y la de Verano (agosto), ambas junto al Faro de Maspalomas», y la «Feria de Reyes en el Parque San Telmo y la Insular de Artesanía (diciembre) en el mismo parque capitalino».
Para el colectivo, los visitantes valoran detenerse frente a piezas donde «se percibe la sensibilidad, el oficio, la identidad y el corazón que cada creador ha puesto en su obra». Asimismo, desde la asociación subrayan que la esencia auténtica de Gran Canaria se siente explorando el interior, en pueblos como «Tejeda, Santa Lucía de Tirajana, Agüimes o Artenara«. Son lugares que permanecen «protegidos de la globalización, manteniendo arquitectura, costumbres e identidad». Una autenticidad palpable que el viajero podrá conservar y cuidar de forma segura en su equipaje de mano al emprender el tranquilo vuelo de regreso a casa.
El viaje culmina tal como comenzó, disfrutando de la experiencia a bordo de la flota de Binter, Embraer E195-E2, cuya configuración con más espacio entre asientos, el snack de cortesía y la oferta de entretenimiento a bordo invitan a la relajación. El equipaje de mano tampoco supone problema, pues en todos sus vuelos está incluida una pieza de hasta 8 kg y un accesorio personal (bolso, maletín o mochila).
Un itinerario disponible con vuelos directos hacia y desde 21 aeropuertos de la Península y Baleares, con ocho vuelos diarios desde Madrid y conexión gratuita con las demás islas del archipiélago.
Gran Canaria se muestra habitualmente al mundo a través de sus postales más emblemáticas: las extensas playas doradas, la calidez inherente de su gente y el sol constante. No obstante, este continente en miniatura exhibe una diversidad marcada. Acoge historia valiosa, gastronomía autóctona y una flora singular bajo un clima templado y estable que prolonga el verano prácticamente hasta finales de año. Sin embargo, limitarla a su imagen costera sería ignorar la complejidad geomorfológica y humana que palpita a pocos kilómetros hacia el interior, esperando ser descubierta con otra perspectiva lumínica.
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