El fuego que transformó la respuesta contra incendios y dio origen a la UME: «La extinción ha alcanzado un límite, pero la cultura de riesgo sigue siendo insuficiente»

El 17 de julio de 2005, en Guadalajara, perdieron la vida 11 brigadistas en una tragedia que impulsó cambios normativos en España, aunque sigue evidenciando un problema crucial: la gestión del territorio.

Varios de los 11 cadáveres del retén forestal, y su vehículo, que murieron en el incendio de La Riba de Saelices (Guadalajara), en 2005.

Precisamente hace 21 años, el fuego provocado por una barbacoa mal apagada desencadenó en pocas horas el incendio más letal de este siglo en España, hasta el evento de ayer. El incendio devastador de Los Gallardos (Almería) trae a la memoria la tragedia ocurrida en La Riba de Saelices (Guadalajara), donde las llamas causaron la muerte de 11 integrantes de un retén que combatían el fuego. Aunque la imagen de su vehículo rodeado por un páramo de ceniza quedó fija aquel 17 de julio de 2005, muchas cosas han cambiado desde entonces.

La catástrofe en Guadalajara, que consumió 13.000 hectáreas y afectó a 11 localidades, representó un punto de inflexión en la lucha contra incendios en España. Esta tragedia motivó profundos cambios legislativos y, principalmente, la creación de la Unidad Militar de Emergencias (UME).

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó en octubre de 2005 la fundación de la UME para actuar «en situaciones de grave riesgo, catástrofe, calamidad u otras necesidades públicas». El acuerdo del Consejo de Ministros reconocía la dimensión de «los riesgos de accidentes, calamidades o desgracias públicas que amenazan a las llamadas sociedades del riesgo». Además, se reformó la Ley de Montes, reforzando la protección de terrenos forestales afectados por incendios para impedir la especulación y mejorando la coordinación entre las administraciones implicadas.

Estos cambios también se reflejaron en la práctica. Como explica Víctor Resco, catedrático de Ingeniería Forestal en la Universidad de Lleida, tras el incendio de Guadalajara «se evidenció la necesidad de incorporar la inteligencia a la operativa contra el fuego». «Hoy en día, no basta con manejar mangueras; es fundamental anticipar el incendio», sintetiza. Se comprendió, especialmente en Castilla-La Mancha, la importancia de integrar unidades de análisis y planificación dentro de la estructura de mando.

No obstante, la realidad aún apunta a un «problema importante de protección civil». «En Europa, las muertes por incendios superan a las causadas por atentados terroristas», destaca Resco. Este experto subraya la notable inversión realizada en extinción de incendios, especialmente en medios técnicos, formación profesional y sistemas de inteligencia. «Hemos alcanzado el límite en extinción, pero la cultura del riesgo todavía es insuficiente», advierte.

En este punto coincide Eduardo Rojas, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica y del Medio Natural en la Universidad Politécnica de Valencia. Según este especialista en gestión forestal, «las instrucciones dirigidas a la población deben ser más precisas». De hecho, las víctimas en Los Gallardos fallecieron al intentar huir por una ruta distinta a la indicada para la evacuación. «Lo observamos con la dana; las autoridades no siempre se atreven a emitir directrices claras porque no existe una base estándar sobre cómo actuar», recuerda Rojas.

«Existe una carencia de cultura de la emergencia y conciencia del riesgo, especialmente en zonas de interfaz urbano-forestal», afirma también Rafael Delgado, doctor ingeniero de Montes por la Politécnica de Valencia. Por eso, Resco propone mejorar las medidas de protección ciudadana, como la creación de «mapas de zonas inflamables» para que la población sea consciente del peligro. El riesgo no va a desaparecer. Según este experto, «desde 2018 se observa un aumento del área quemada, alcanzando niveles no vistos desde los años 90».

«Es necesario aprender a convivir con los grandes incendios», concluye Ramon Maria Bosch, responsable del Comité Sectorial de Incendios Forestales de Tecnifuego, la Asociación Española de Sociedades de Protección contra Incendios. «La falta de gestión del territorio ha generado continuidad de combustible debido al abandono rural», señala. «La continuidad forestal en el monte provoca que los incendios sean cada vez más voraces y difíciles de extinguir».

Por ello, Resco urge a actuar sobre el combustible, es decir, la vegetación en el suelo, y no solo a concentrar esfuerzos en la extinción. De lo contrario, advierte Delgado, «aunque contemos con los mejores equipos de extinción, el incendio no se extinguirá cuando se desee, sino cuando cambien las condiciones que favorecen los grandes fuegos».

Maria Bosch recalca que «la carga energética de la atmósfera aumenta debido al cambio climático», lo que provoca que los incendios generen «su propia climatología». Hace dos décadas, el comportamiento del fuego podía predecirse a partir del pronóstico meteorológico. «Hoy eso ya no es válido, porque el fuego se comporta de forma más errática y caótica», explica. Mientras antes los bomberos podían anticiparse basándose en el viento, en la actualidad pueden quedar atrapados y sorprendidos por el avance inesperado del fuego.

Todos los expertos coinciden en la necesidad de gestionar y articular el territorio como «la única forma de influir a corto plazo en los incendios», según Maria Bosch. «El día en que una pareja joven pueda comenzar un proyecto de vida en el medio rural teniendo las mismas oportunidades que en la ciudad, se habrá frenado la desvertebración territorial», afirma Delgado, para quien «la única manera de fijar población es generar actividad económica». «Lo que antes se consideraba territorio rural, hoy los urbanitas etiquetan como territorio natural y protegido. Eso es contrario a lo que debemos hacer para combatir los incendios», advierte.

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