El 85% de los futbolistas clasificados provienen de Europa, incluyendo a 18 de los 26 jugadores marroquíes.
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El fútbol se presentaba como la gran fiesta global. Un Mundial con 48 selecciones, el más extenso de la historia, organizado por tres naciones anfitrionas –Estados Unidos, México y Canadá-, ubicado en el corazón de Norteamérica y con un claro objetivo de universalidad.
No obstante, tras caer el polvo de los octavos de final, el mapa de los cuartos mostró con contundencia que Europa ha vuelto a dominar el torneo.
Francia, España, Bélgica, Inglaterra, Noruega y Suiza integran el 75% del cuadro. Argentina y Marruecos completan la escena. Cabe destacar que este último tampoco está del todo desligado del continente europeo.
Europa ha acumulado a lo largo de décadas ventajas estructurales en el fútbol global: desde infraestructura para la formación, inversión financiera en clubes, hasta contar con los mejores entrenadores y las ligas más competitivas del mundo.
El resultado es que seis selecciones europeas han coincidido en los cuartos de final de la Copa del Mundo. Analizando fríamente, esto solo confirma una tendencia establecida hace muchos años.
En el Mundial anterior, el de Qatar 2022, Europa ya había conquistado cinco de las plazas en cuartos. Ahora suma una más, y lo logra en un torneo disputado a miles de kilómetros de sus fronteras, en condiciones que, en teoría, no beneficiaban a equipos habituados al frío.
Las altas temperaturas de ciudades como Miami, Los Ángeles o Kansas City, que pudieron ser un factor en otras ediciones, no han frenado a ninguna de las potencias europeas.
Aficionados de Noruega en Times Square (Nueva York).
Francia avanzó sin deslumbrar, pero con eficacia, eliminando a Paraguay con lo justo y manteniéndose firme como una de las selecciones que mejor manejan las competencias importantes.
España, gracias al gol decisivo de Mikel Merino en el minuto 90, se despidió de Cristiano Ronaldo y la generación dorada portuguesa en uno de los encuentros más emocionantes del torneo.
Inglaterra superó a México en el mítico Azteca, un escenario simbólico que el equipo dirigido por Thomas Tuchel convirtió en su manifiesto particular.
Bélgica, por su lado, goleó 4-1 a un equipo de Estados Unidos que aspiraba a avanzar frente a su público. Suiza venció en penales a una selección con muchas expectativas de ser la revelación, Colombia.
Noruega, impulsada por un Erling Haaland que ya suma siete goles en el torneo —empatando a Messi y Mbappé en la lucha por la Bota de Oro— protagonizó la sorpresa al eliminar a Brasil con un doblete fulminante en el MetLife Stadium de Nueva Jersey.
La excepción que refrenda la norma
Si Europa domina con sus selecciones, el caso de Marruecos introduce un matiz adicional al análisis.
Los Leones del Atlas acudieron al Mundial con una lista de 26 futbolistas, de los cuales 18 nacieron en Europa. No es una novedad —ya en Qatar 2022 sorprendieron alcanzando semifinales con un perfil parecido—, pero en esta edición se intensifica al máximo.
El seleccionador Mohamed Ouahbi ha formado un equipo cuya columna vertebral está compuesta por la diáspora marroquí asentada en Europa.
Achraf Hakimi y Brahim Díaz nacieron en España. Issa Diop y Ayyoub Bouaddi, en Francia. Noussair Mazraoui, en Países Bajos. Bilal El Khannouss, en Bélgica. En el partido inaugural contra Brasil, el once titular de Marruecos fue el primero en la historia mundialista compuesto por diez jugadores nacidos fuera del país que representaban.
Achraf Hakimi, con la selección de Marruecos en el Mundial.
Esta realidad admite múltiples interpretaciones. Por un lado, evidencia el éxito de la política de la Federación Marroquí que integra a jugadores de la diáspora, jóvenes formados en academias europeas que deciden defender los colores de sus antecesores.
Por otro lado, expone las brechas del sistema: la diferencia en recursos entre las federaciones africanas y europeas es tan profunda que, para competir a gran nivel, incluso las selecciones africanas deben nutrirse del sistema formativo del norte.
Marruecos ha ganado esta batalla. Pero el mérito no recae enteramente en África. Sumando los dos argentinos nacidos fuera (Giuliano en Italia y Nico Paz en España), el 85% de los futbolistas en cuartos de final del Mundial provienen de Europa.
Brasil y la maldición de Europa
La eliminación de Brasil frente a Noruega concentró en noventa minutos décadas de historia.
La Canarinha suma ya seis derrotas consecutivas ante europeos en rondas de eliminación directa, una racha que se inició tras su último campeonato, en Corea-Japón 2002. Los goles de Haaland fueron la sentencia deportiva; las estadísticas, la confirmación histórica.
El equipo dirigido por Carlo Ancelotti, que dependió casi exclusivamente del talento individual de Vinicius Jr. para avanzar, no tuvo una respuesta colectiva ante la organización noruega. Brasil concluye el torneo con su peor participación mundialista en 36 años.
Argentina, en cambio, logró seguir adelante, aunque con dificultad. La Albiceleste estuvo perdiendo por dos goles ante Egipto -0-2- en uno de los encuentros más tensos de la historia reciente.
En un frenético último tramo de 20 minutos, con tantos de Cuti Romero, Messi y Enzo Fernández, la campeona reinante consumó una remontada épica para sellar el 3-2. Messi, visible y emocionado en el campo, continúa siendo el factor que sostiene el equilibrio argentino en un torneo donde los detalles marcan la diferencia.
La sombra de Trump
Más allá del espectáculo deportivo, un protagonista fuera de la cancha ha marcado este Mundial como ningún otro: Donald Trump. Y la ironía es considerable.
El presidente que convirtió esta Copa del Mundo en una extensión de su proyecto político —una muestra de la supremacía estadounidense ante el mundo— observa desde la tribuna —de manera figurada, pues no ha asistido todavía a los partidos— cómo Europa domina en su propio torneo.
Este Mundial lleva la huella de Trump desde su gestación. Durante su primer mandato, Estados Unidos, junto a Canadá y México, consiguió la sede, con un apoyo activo del mandatario que resultó clave para captar votos de federaciones dudosas.
Desde entonces, la relación entre Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino —a quien Trump ha definido públicamente como su gran amigo— se ha estrechado continuamente.
Donald Trump muestra una tarjeta roja en el Despacho Oval en presencia de Infantino.
En diciembre, en el sorteo de grupos celebrado en Washington, la FIFA otorgó a Trump el recién creado Premio de la Paz. Infantino se lo entregó con las palabras: «Este es tu premio, el premio de la paz», ante una audiencia de dos mil personas en el Kennedy Center.
Este galardón, lanzado solo un mes antes, fue interpretado como un acto de subordinación política sin precedentes en la historia deportiva. Human Rights Watch pronto advirtió que el torneo corría el riesgo de servir como herramienta para lavar imagen.
Sin embargo, el terreno de juego no entiende de alianzas ni de premios hechos a medida. La crisis estalló días antes del partido entre Bélgica y Estados Unidos, cuando Trump admitió haber llamado a Infantino para cuestionar la tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun.
La FIFA suspendió la sanción. La UEFA denunció que la decisión estaba fuera de límites. El marcador final fue la respuesta más clara: Bélgica aplastó 4-1 a Estados Unidos. Europa derrotó a Trump dentro y fuera del campo.
Los jugadores belgas celebraron imitando el baile habitual de Trump en sus mítines al ritmo de YMCA, y la cuenta oficial del equipo publicó dos palabras ya icónicas en este Mundial: «Anula esta».
El mediocampista Nicolas Raskin resumió en zona mixta: «Se ha hecho justicia».
La desigualdad como realidad estructural
Más allá de la anécdota política, los cuartos de final actúan como un reflejo de la desigualdad que el fútbol no ha logrado subsanar. El sistema formativo europeo genera jugadores de élite que nutren tanto a sus propias selecciones como, cada vez más, a las de otros continentes.
Marruecos es el ejemplo más evidente, aunque no exclusivo. La emigración futbolística, combinada con la flexibilidad en las reglas de elegibilidad de la FIFA, permite que talentos nacidos y formados en Europa terminen defendiendo a países africanos, americanos o asiáticos.
África, con 9 plazas en este Mundial ampliado, solo tiene representación en cuartos gracias a Marruecos. Asia, la zona Concacaf —con México y Estados Unidos ya eliminados— y Sudamérica quedan reducidos a Argentina como la única presencia no europea.
Aficionados españoles en las gradas del Dallas Stadium, en el partido de octavos de final.
El mensaje es rotundo y viene repitiéndose durante décadas: el fútbol de élite es, fundamentalmente, un negocio y una cultura europea.
La Copa del Mundo más grande realizada hasta la fecha, celebrada en América bajo la sombra política de un presidente que ha convertido el torneo en una extensión de su proyecto de poder, confirma que la globalización del fútbol posee un centro gravitacional inamovible: Europa.
Y de los cuartos de final de esta Copa, no planea salir.

