El exfutbolista brasileño tuvo que abandonar sus estudios para apoyar económicamente a sus padres y enfocarse en su carrera deportiva.
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Durante el Mundial, era común ver en las gradas a grandes leyendas del fútbol brasileño como Ronaldo y Ronaldinho. Junto a ellos también estuvo Roberto Carlos, exlateral del Real Madrid y uno de los futbolistas más destacados de su generación.
Su presencia no solo apoyó a la selección de Brasil, sino que también renovó el interés por una historia de superación que comenzó mucho tiempo antes de llegar a la élite.
Antes de ser una figura mundial del fútbol, Roberto Carlos creció en un ambiente modesto, muy distante del prestigio y reconocimiento que tras lograría en Europa.
En el pódcast El cafelito de Josep Pedrerol, el exfutbolista relató sus primeros trabajos desde niño: «Con 11 años trabajaba con mi padre de 6 a 10 de la mañana en una fábrica de ropa».
Las dificultades económicas le forzaron a dejar la escuela para aportar a la economía familiar. Desde muy pequeño combinó su empleo en una empresa textil con los entrenamientos iniciales que empezaban a abrirle las puertas al fútbol profesional.
«Mi padre me llevaba en bicicleta. Yo hacía mi trabajo de la mañana, de 6 a 10, porque si no, no alcanzaba a entrenar», explicó.
Roberto Carlos, en la gala del sorteo del Mundial de selecciones.
Su rutina diaria era extenuante. Después de la jornada laboral en la fábrica, padre e hijo hacían una parada breve en una panadería antes de dirigirse al entrenamiento.
«Íbamos con mi padre en bicicleta a la panadería. Comprábamos un sándwich para calmar el hambre. Entrenaba de 4 a 5:30, regresaba, tardábamos unos 20 minutos, y luego volvía a trabajar de 6 a 10 de la noche. Así fue por tres años», recordó.
Su primer salario
A pesar de la notoriedad y los logros que obtuvo años después, Roberto Carlos mantiene presente sus orígenes. La educación en casa, basada en la modestia y el esfuerzo, moldeó su visión de la vida incluso cuando empezó a percibir ingresos. «Mi padre me enseñó a crecer con sencillez», afirmó.
Esa filosofía se reflejó en cómo destinó su primer sueldo. En lugar de gastarlo en un capricho, optó por invertirlo en mejorar la calidad de vida de sus padres.
Compró una lavadora para su madre, quien hasta entonces lavaba la ropa a mano, y una bicicleta para su padre. «Mira la locura. Una bicicleta, no un coche», comentó al rememorar ese momento.
Su carrera deportiva también le forzó a madurar prematuramente. A los 13 años se alejó de su hogar para unirse al União São João, donde vivió en una casa compartida con otros jóvenes futbolistas del filial.
No obstante, conserva intactos los recuerdos de su infancia en el pueblo, las jornadas junto a sus primos y el papel esencial de su abuela, con quien pasó gran parte de su niñez mientras su madre trabajaba.
El exjugador reconoce que la nostalgia es constante y afirma que jamás ha dejado sus raíces. «Muchos creen que al alcanzar la cima del fútbol se olvida la infancia. Pero yo no lo hago porque hasta ahora, cuando regreso a Brasil, voy a mi pueblo y veo lo que hay, la alegría, la iglesia, la plaza donde caminábamos en esa época», concluyó.

