Las claves
Juan Francisco Fuentes lanza una nueva edición ampliada de su biografía sobre Adolfo Suárez, explorando su papel fundamental durante la Transición española.
El historiador resalta la habilidad de Suárez para adaptarse a cambios imprevistos y su rol crucial en la legalización del Partido Comunista y la promulgación de la Constitución.
Fuentes descarta las comparaciones entre Adolfo Suárez y Pedro Sánchez, sosteniendo que ambos encarnan corrientes políticas contrarias.
Se enfatiza la diferencia entre pactar para establecer una democracia, como hizo Suárez, y pactar solamente para conservar el poder, una frontera que divide lo decente de lo indecente.
El 3 de julio de 1976, hace cincuenta años, por designación del rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez accedió al poder por una vía estrecha en la historia. Una ruta inesperada, marginal y con pocos márgenes para implementar los cambios que España requería.
Suárez no procedía ni de la oposición democrática ni de las grandes figuras del franquismo, sino del Movimiento, de cargos intermedios dentro del régimen y de la dirección de RTVE.
Contrario a toda previsión, aquel hasta entonces desconocido «hombre de provincias«, como lo definía Javier Cercas, emergió como el rostro emblemático de la Transición; un personaje que provenía de la dictadura y terminó favoreciendo su propia desaparición.
Suárez fue quien legalizó el Partido Comunista. Quien impulsó la Ley para la Reforma Política que desarticuló pacíficamente el régimen. El que gestionó las primeras elecciones democráticas en 1977. Fue también el artífice de la aprobación de la Constitución Española en 1978.
Se trataba de un hombre áspero frente al Parlamento, carismático ante la televisión, poco apreciado por las élites económicas, acosado por presiones militares y abandonado finalmente por casi todos, incluido el rey Juan Carlos.
Una de sus escenas finales como presidente, sentado en su escaño mientras resonaban los disparos del 23-F en el Congreso, consolidó una leyenda que aún provoca incomodidad: la del hombre que quizá desconocía hasta dónde llegaría, pero alcanzó objetivos que superaron las expectativas de todos, incluso las propias.
Medio siglo después, Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea y Premio Nacional de Historia de España 2025, revisita ese personaje en su obra Adolfo Suárez. La opción más difícil, una reedición ampliada y actualizada con nueva documentación de su biografía política.
«He ajustado ciertos aspectos porque han transcurrido quince años, y durante ese periodo ha evolucionado la manera en que interpretamos esa época y las preguntas que surgen sobre ella», explica Fuentes en diálogo con EL ESPAÑOL.
El historiador reflexiona sobre el Suárez real y el Suárez mítico, sus aciertos y fallos, sobre Juan Carlos I, las conspiraciones, el desgaste de la Transición y la imposibilidad actual de replicar aquel espíritu de acuerdo.
PREGUNTA.– ¿Considera que Adolfo Suárez sigue siendo un personaje opaco? ¿Ese misterio forma parte de su leyenda política?
RESPUESTA.– No diría opaco, aunque sí enigmático, y sin duda esa cualidad forma parte de su leyenda.
P.– Suárez ascendió rápidamente: gobernador civil, director general de RTVE, ministro secretario general del Movimiento, presidente del Gobierno. ¿Qué explica ese recorrido: talento, obediencia, olfato para posicionarse en el momento adecuado o una ambición subestimada por los demás?
R.– Todo eso junto y una intuición especial para adelantarse a las demandas del momento en una era de cambios vertiginosos. Un ministro suyo, que luego fue muy crítico, me contó que Suárez le dijo: «Vosotros [los dirigentes de UCD] sabéis más, pero yo veo más lejos», y reconoció que Suárez tenía razón.
P.– En el libro aparece un Suárez surgido del Movimiento, la Secretaría General, RTVE y las estructuras franquistas. ¿Cuándo deja de ser un hombre del régimen y comienza a ser ‘algo distinto’? ¿O ya llevaba dentro la idea de transformar el país anterior?
R.– Es claro que tanto él como el Rey deseaban algún tipo de cambio tras la muerte de Franco, impulsado en parte por un imperativo generacional. Suárez fue afinando en marcha la dirección y velocidad de esa transformación, adaptándose a lo que la situación requería en cada momento. Su evolución política fue acelerada, una transición personal paralela a la del país. En su vida hay un antes y un después con su nombramiento como presidente el 3 de julio de 1976. Ahí dejó de ser un político discreto para convertirse en un líder auténtico, capaz de decisiones arriesgadas e innovadoras.
P.– ¿Suárez llegó a la Presidencia con un proyecto democrático definido o fue descubriendo la magnitud de su misión sobre la marcha?
R.– Creo que al ser nombrado presidente tenía una idea bastante clara de sus objetivos y una noción general de cómo lograrlos, siguiendo el esquema ‘de la ley a la ley’ de Torcuato Fernández-Miranda, con un grado de audacia personal y una capacidad de persuasión que fueron probablemente sus mayores virtudes políticas.
P.– ¿Qué fue la ‘opción más difícil’ para Suárez? ¿Aceptar el encargo del Rey, enfrentarse al Ejército, legalizar el PCE, pactar con la izquierda, desmontar su propio mundo político o decidir marcharse?
R.– Aceptar el encargo del Rey no fue difícil, porque llevaba toda la vida esperando esa oportunidad. Según su testimonio, cuando Juan Carlos I le nombró presidente respondió: ‘¡Ya era hora!’. Otras decisiones fueron complejas, pero dentro de su filosofía de afrontar retos mayores. La renuncia fue muy dura, por las razones que la motivaron y porque significaba reinventarse políticamente, ya sea como líder discreto de UCD o como futuro líder opositor, rol para el que carecía de condiciones. Suárez estaba hecho para gobernar, y en un contexto específico.
P.– Suárez es hoy una figura casi intocable en la memoria democrática española. ¿Cuál de sus dimensiones prevalece: el político real, con sus maniobras, ambiciones y errores, o el Suárez mítico, del 23-F, el solitario, el héroe trágico? ¿Qué cuota de justicia histórica y cuánto de construcción sentimental hay en su recuerdo?
R.– Ambas perspectivas son válidas: se ha hecho justicia a su legado, que claramente tiene luces y sombras; pero también se evoca lo más valioso de su imagen y trayectoria: presidente firme durante el 23-F, hábil en acuerdos con adversarios, quien renunció en un momento complicado, priorizando el interés colectivo sobre su ambición personal, manteniendo dignidad en la adversidad…
P.– ¿Dónde cree que falló más: en la gestión de UCD, la economía, en su relación con las Cortes, el modelo territorial o en su tendencia personalista al gobernar?
R.– Él mismo admitió que no supo dirigir su partido, carecía de condiciones para eso, y es cierto. Tenía una visión presidencialista de la democracia más que partidista. En economía, contó con un equipo competente que actuó en condiciones adversas. Los posibles errores sobre el modelo territorial tienen responsabilidades distribuidas.
P.– La relación de Suárez con el Rey fue compleja: complicidad, dependencia, distanciamiento y finalmente ruptura. ¿Cuándo se quebró ese vínculo y cómo le afectó personalmente?
R.– El deterioro comenzó en los primeros meses de 1980 y la ruptura se consolidó en verano de ese año. Afectó profundamente a Suárez, política y personalmente, primero porque mantenían amistad desde 1969 y, segundo, porque Suárez fue presidente gracias al apoyo del Rey, que en los momentos difíciles, como la legalización del PCE, fue clave para que perseverara en su política.
P.– Juan Carlos afirma en sus memorias que la marcha de Suárez fue «inevitable». ¿Esa expresión describe un hecho político o encubre una responsabilidad? ¿Hasta qué punto el Rey contribuyó a hacer inevitable lo que luego presentó como tal?
R.– En 1980, el rey compartía la opinión de muchos españoles de que el tiempo de Suárez había acabado y que los nuevos retos —segunda crisis del petróleo, atentados terroristas, problemas militares— lo superaban. Suárez percibió frialdad en el Rey, y este notó la desconfianza de Suárez. Fue un círculo vicioso con desencuentros y agravios. Juan Carlos I no lo obligó a dimitir, pero a finales de 1980 Suárez sintió que ya carecía del respaldo absoluto del monarca.
P.– Existen dos Suárez: el público y el privado. ¿Eran distintos? ¿Cómo fue Adolfo Suárez en su intimidad tras alejarse de la política? ¿Le afectó la pérdida de poder?
R.– Resulta difícil precisar, pues poco después de abandonar la política enfrentó una tragedia familiar, la enfermedad de su esposa e hija y la suya propia. La evolución de su personalidad se debió más a esas circunstancias que al retiro político.
P.– Recientemente se han desclasificado documentos sobre el 23-F. ¿Han modificado su interpretación sobre Suárez, el Rey y aquellos momentos, o ratifican que apenas conocemos una parte de la Transición?
R.– No han cambiado en absoluto mi opinión. En el prólogo del libro advierto que la desclasificación genera primero grandes expectativas y después grandes decepciones, y que a menudo se crea una teoría conspirativa según la cual se publican solo documentos que coinciden con la versión oficial y se ocultan los que la contradicen. El prólogo está fechado en octubre, antes de esta última desclasificación, y hoy no variaría una palabra.
La historia no ofrece casos cerrados; creer que algún día se conocerá todo sobre un episodio es, en el mejor de los casos, ingenuo. Quienes preguntan cuándo sabremos todo muchas veces buscan que sepamos menos. La verdad genera relatos incompletos, con interrogantes; solo la mentira, la ficción y las teorías conspirativas explican todo, aunque, claro está, son falsas.
P.– Ha hablado de un PSOE que no construya muros. Suárez hizo política integrando al adversario al sistema. ¿Pedro Sánchez representa una lógica opuesta: usar el muro político como herramienta para el poder?
R.– Sí.
P.– Algunos comparan a Suárez y Sánchez por su instinto táctico, resistencia, vínculo con el poder y habilidad para pactar con distintos actores. ¿Ve alguna semejanza entre ellos?
R.– No veo ninguna semejanza. Creo que quienes hacen esa comparación buscan blanquear políticamente a Sánchez.
P.– Suárez llegó a creer que una «gran cloaca madrileña» intentaba destruirlo. En la España de Sánchez, ha reaparecido el lenguaje de las cloacas: se habla de fango, de lawfare, mientras la oposición le acusa de usar el poder contra sus enemigos. ¿Estamos frente a una continuación histórica de las sombras del Estado o frente a algo diferente?
R.– Pienso que se trata de algo distinto.
P.– Suárez pactó con comunistas, socialistas, nacionalistas y ex franquistas para fundar un régimen constitucional. Sánchez pacta con independentistas y fuerzas diversas para sostener mayoría parlamentaria. ¿Dónde está la frontera entre pactar para fundar un sistema y pactar para conservar el poder?
R.– La frontera se encuentra en la línea que separa la decencia de la indecencia.
P.– Medio siglo después, ¿qué enseñanza de Suárez cree que la política española ha asimilado y cuál ha olvidado del todo?
R.– Pienso que la sociedad en general no ha olvidado las grandes enseñanzas de la Transición, como la reconciliación y la concordia, una de las palabras emblemáticas de Suárez, que incluso figura en su epitafio. Son enseñanzas transmitidas por generaciones que vivieron la Guerra Civil y dijeron ‘nunca más’. En esos casos, siempre recuerdo las palabras de Azaña en un discurso durante la guerra, cuando invitaba a los españoles del futuro, si sentían «la sangre iracunda» hervir, a escuchar la lección de «la musa del escarmiento». En cambio, es la clase política actual, que en su mayoría no vivió ni conoce la Transición, la que ha olvidado esas lecciones. Es importante distinguir entre opinión pública y opinión publicada: lo que los españoles piensan de la Transición frente a lo que dicen ciertos partidos y medios que se atribuyen una representatividad social que muchas veces no tienen.

