
Es sabido que el espacio exterior representa un ambiente completamente distinto al que se encuentra en la Tierra; principalmente, carece de oxígeno, haciéndose indispensable contar con el equipamiento adecuado para garantizar la supervivencia. Sin embargo, existen múltiples otros factores que diferencian ambos entornos, y aquellos que permanecen largos periodos en misiones especiales suelen regresar a Tierra experimentando ciertos efectos secundarios.
Recientemente se dio a conocer el caso de Christina Koch, la primera mujer en realizar un viaje lunar, quien al regresar a Tierra presentó problemas físicos relacionados con el equilibrio tras completar la misión de 10 días de Artemis II. Además, algunos astronautas permanecen seis meses en la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), donde un síndrome común afecta a todos al retornar al planeta.
Aunque no se ha establecido un diagnóstico clínico formal, la mayoría de los astronautas coinciden en que después de pasar un período prolongado en la ISS, experimentan una sensación de ser observadores que persiste semanas o incluso meses luego de su regreso a la Tierra.
Las descripciones sobre esta experiencia son bastante similares entre diversas agencias espaciales, todas coinciden en que resulta como una doble conciencia: estar presentes y, al mismo tiempo, contemplarse a sí mismos durante esa presencia. Luego de varios meses adaptándose a la gravedad cero y a la sensación de “no tener suelo firme”, al volver, por ejemplo, no pueden colocar un vaso sin tener que estar vigilando constantemente el objeto.
Este síndrome responde a dos causas fundamentales. En primer lugar, está la razón neurológica: tras seis meses en microgravedad el cerebro altera la manera en que procesa los estímulos sensoriales, haciendo que cada acción sea evaluada para ajustarse a la nueva realidad.
Esto también trae consecuencias psicológicas, ya que en el espacio, cualquier error o fallo puede tener consecuencias fatales; por ello, los astronautas permanecen en un estado de alerta constante durante su estancia orbital. Tras medio año en esa condición, el regreso a la Tierra implica una reconfiguración cerebral que demanda tiempo, causando que los astronautas se encuentren en una observación continua de sí mismos.
Esta percepción también influye en la forma en que experimentan la alimentación, con sabores y olores más intensos, así como otros elementos naturales como la lluvia o el viento, que a pesar de haberlos vivido anteriormente, el cerebro se encuentra en una especie de “shock” al volver a sentirlos.
Por esta razón, los astronautas que retornan cumplen un programa de readaptación de 45 días que incluye fisioterapia, especialistas en el sistema vestibular y psicólogos de la tripulación.

