Las claves
La noticia aborda la forma en que Pedro Sánchez maneja el tiempo y las crisis políticas, manteniendo cierta distancia frente a los problemas diarios que enfrentan los ciudadanos.
Se analiza la percepción acerca de la corrupción en el Gobierno y cómo la sociedad, enfrascada en sus propios retos, apenas puede atender a estos escándalos.
El texto explica la táctica de Sánchez para desactivar las polémicas, usando lo que se denomina ‘cortafuegos’ y desvinculando la responsabilidad de los casos de corrupción.
La narración contrasta la rutina cotidiana de la población con la aparente calma y permanencia política de Sánchez, evidenciando la desconexión entre el gobernante y el pueblo.
El mayor aliado de Sánchez es el tiempo. Al igual que en aquel texto emblemático de Manuel Vicent, la luz dorada de la tarde se prolonga en la pared opuesta y sin que lo notes llega la primavera.
Un día florecen las joyas en el cuarto, pisas un alcantarillado mientras llevas al niño a toda prisa por la calle Ferraz, te topas con una prostituta que sale de un ministerio, aparece un billete de quinientos en el pintxo de chistorra…
Un día el presidente resulta simpático, Antxon ya no es el de ‘Vaya Semanita’, pierdes la cátedra en la Complu que ahora tienen Begoña, la sinfonía te sale mal porque el conservatorio lo tomó David, te subes a un vuelo para ir de vacaciones y ves que pone “Plus Ultra”.
Todo eso sucede de repente un día, que es el día de todos los días, pero no te preocupa porque al niño que corre por Ferraz lo llevas a algún lado, tal vez al colegio o al médico, tu desempeño en el ministerio está condicionado por tu empleo y el pintxo de chistorra es el mejor premio un sábado tras una semana agotadora.
Ese es Sánchez, quien crea estrategias sobre el feroz río del tiempo mientras tú buscas residencia para tu madre, luchas por una plaza para tu hijo en la guardería, haces cálculos para unas vacaciones y te enfadas con Renfe por la falta de trenes puntuales. Es el gobierno que protege a la gente del mismo gobierno.
Sánchez observa el río del tiempo como los aristócratas de antes, que lo contemplaban desde un caballo, riendo si el agua les salpicaba los tobillos. Y tú, en cambio, estás inmerso en el río, nadando para equilibrar las cuentas del mes, sin importar el detalle del entramado.
Te importa solo por un momento. Te importa de repente, mientras tomas una cerveza con amigos, conversas con tu esposa en la cama tras un día complicado, o platicas con un vecino en el ascensor.
Pero esa preocupación dura lo que un boletín de radio, un viaje en ascensor o el trayecto en coche hacia el trabajo. Después, nadas mientras a Sánchez le salpican los tobillos, él se ríe, y tú solo escuchas su risa pero no lo ves porque debes seguir adelante. «La vida continúa», te dice él en tu peor momento del día. La vida continúa, son las cinco y el presidente aún no ha almorzado.
La corrupción debe entenderse desde una perspectiva marxista, como parte de lucha de clases. No hay tiempo para reflexionar sobre la corrupción ni para manifestarse, porque la atención está en resolver las necesidades básicas que forman la pirámide de Maslow.
Quienes se preocupan por la corrupción lo hacen por dinero, porque les pagan para vigilar. El cansancio frente a la corrupción siempre tiene una raíz obrera: es agotamiento.
No se tiene claridad sobre lo que pasa, los detalles indignan, pero se sabe que roban. Y además, “¡encima!”, llaman “fascista si protestas”. A ti, que te importa poco la historia del siglo XX.
Mientras tanto, Sánchez ha estado haciendo malabares con lo que los analistas políticos denominan “el cortafuegos”. Primero, lo de Ábalos –aquí puedes cambiar por Koldo, Leire, Cerdán, Antxon, David, Begoña o quien sea– es falso. Es un rumor de la derecha destructiva que se debe combatir.
Luego, dejó de ser falso, pero nadie sabía nada. Ocurrió en la zona noble de Ferraz, en el corazón del Gobierno, pero en realidad esas dependencias eran sótanos de poca relevancia. Las joyas de Zapatero estaban en un piso propiedad del PSOE, pero estas cosas suceden.
Después, “¡qué miserables!”, el rumor se había convertido en realidad, pero sus protagonistas no merecían ser llamados socialistas. Eran oportunistas que dañaron la reputación de la organización.
Por suerte, el presidente, quien también es secretario general, actúa rápido y pone fin a conductas corruptas en cuanto las detecta. Para que la vida siga. La vida sigue, dice el Heráclito de Moncloa con el bronceado de Julio Iglesias.
El proceso, el procés, es lento. Muy lento. El niño ya aprendió a caminar, tus hijos terminaron la universidad, los jugadores que ganaron el Mundial hoy son ancianos, Iniesta está retirado, los nietos cada vez visitan más, cambiaste de trabajo tres veces, el alquiler sube año tras año, están caros los melocotones.
Sánchez ha mezclado los momentos del tiempo con el tic tac del cortafuegos. Mover esas piezas le otorga días, semanas, meses, años.
Lo tiene en su calendario. Es el juego de la Oca. Un viaje a la India, un “no a la guerra” en Bruselas, alguna locura de Abascal, unos favores de Trump, el Mundial que acaba de comenzar y, sin notarlo, la luz invernal que se demoraba en la pared se transforma en primavera; y Sánchez, el aristócrata que se mojaba con tus brazadas en el río, se convierte en el segundo presidente más longevo de la Democracia, hay nuevas elecciones, y aun así la vida parece un regalo asombroso que combina carbono y algo de misterio.

