El árbitro madrileño desempeña la función de asistente VAR en este Mundial 2026.
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Alcalá de Henares representa no solo el principal motor económico e industrial del Corredor del Henares, sino también el lugar donde el árbitro internacional Carlos del Cerro Grande halla tranquilidad y orden lejos del enorme estrés que suponen los estadios.
Mientras el colegiado madrileño asume la responsabilidad del riguroso control del videoarbitraje (VAR) bajo la mirada global en esta competición mundialista, su ciudad natal sigue mostrando ese ambiente señorial tan característico.
Es una ciudad dinámica que fusiona armoniosamente las huellas literarias del Siglo de Oro con la vitalidad de una población moderna con más de 200,000 habitantes, todos profundamente conectados con sus orígenes que datan de la antigua urbe romana de Complutum.
Pasear por el casco antiguo de Alcalá es un viaje directo al núcleo de la historia cultural y educativa española. El orgullo máximo de sus residentes, un emblema que Del Cerro Grande lleva consigo a cada destino, es ostentar el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad, otorgado por la UNESCO en 1998.
El majestuoso Colegio Mayor de San Ildefonso, la universidad fundada en 1499 por el visionario Cardenal Cisneros, supervisa el devenir de una ciudad que fue cuna y formó a las mentes más destacadas de la literatura española.
Su fachada plateresca es la introducción ideal a su emblemático Paraninfo, el solemne lugar donde anualmente se otorga el reconocido Premio Cervantes de Literatura. No existe rincón que no cuente en sus muros centenarios una historia académica sin igual.
Hablar de Alcalá implica inevitablemente mencionar a don Miguel de Cervantes Saavedra. El renombrado autor de Don Quijote de la Mancha impregna la identidad local desde la céntrica y emblemática Plaza de Cervantes, flanqueada por el histórico Corral de Comedias, hasta la siempre animada Calle Mayor.
Esta calle, conocida por ser la vía con soportales a ambos lados más larga en España, alberga en su recorrido el Museo Casa Natal de Cervantes, un polo cultural que atrae a miles de visitantes de todo el mundo.
Para los habitantes de Alcalá, el espíritu cervantino no es solo un punto turístico; es una forma de vivir que se manifiesta cada octubre con el impresionante Mercado Cervantino, que convierte el centro en la celebración de época más multitudinaria de Europa.
No obstante, Alcalá no se limita a su historia, arquitectura y literatura. Después de recorrer sus calles empedradas, la variada gastronomía local aparece como el cierre ideal. Los visitantes suelen sorprenderse primero con su extensa tradición de tapas, una costumbre social imprescindible, pero el verdadero tesoro está al final del menú.
La costrada de Alcalá se erige como el postre más representativo. Este milhojas, creado por antiguos pasteleros reales en el siglo XIX, está compuesto por capas crujientes de hojaldre, crema pastelera delicada y un merengue firme, rematado con almendra picada y gratinada.
Un bocado esencial, una verdadera joya gastronómica que rivaliza en popularidad con las conocidas almendras garrapiñadas de las monjas clarisas de San Diego.
Así se perfila el entorno de Carlos del Cerro Grande: una armonía entre las exigencias de la élite deportiva mundial, la herencia histórica monumental y el sabor característico de una tradición dulce centenaria que cautiva a quienes la descubren.

