Miles de turistas visitan Palermo cada año atraídos por sus mercados, iglesias y gastronomía, pero pocos destinos mantienen una conexión tan peculiar con la muerte. La capital siciliana ha incorporado el recuerdo de sus ancestros como un elemento fundamental de su identidad
Giulia tiene dos hijos y ellos, al igual que muchos otros niños palermitanos, no temen a los muertos. De hecho, aguardan con ilusión cada año la llegada de la noche entre el 1 y el 2 de noviembre para celebrar la Festa dei Morti o Fiesta de los Muertos.
En Palermo, a los seres queridos que fallecen no les dicen ‘adiós’, sino ‘hasta luego’. Y cada 2 de noviembre se «reencuentran» con ellos cuando estos les traen regalos o dulces en plena madrugada. Esto es una muestra más de la particular y cercana relación que la capital siciliana mantiene con la muerte.
La atmósfera palermitana seduce con su singularidad, tanto en sus calles como en su gente, gastronomía y arquitectura. Así como no se puede visitar la ciudad sin probar una pizza, tampoco es posible sin recorrer las Catacumbas de los Capuchinos, ubicadas bajo el convento homónimo en Via Cappuccini, en las afueras de Palermo.
Las Catacumbas de los Capuchinos (Catacombe dei Cappuccini)
A quien accede a las Catacumbas de los Capuchinos se le corta la respiración al observar pasillos con más de 1.300 momias colgadas en sus laterales. Sin duda, es uno de los lugares más impactantes de toda Italia.
La historia de este sitio data de finales del siglo XVI. Los frailes capuchinos del convento de Palermo notaron que su cementerio ya no podía aceptar más entierros. En 1597 comenzaron a excavar una cripta bajo el monasterio y, poco tiempo después, hicieron un hallazgo inesperado: ciertos cadáveres permanecían naturalmente conservados gracias a las condiciones de ventilación y humedad del subsuelo. El primer cuerpo depositado en estas nuevas galerías fue el del fraile Silvestro de Gubbio, en 1599, y su estado fue considerado una señal divina.
Desde ese momento, los religiosos empezaron a exhibir los cuerpos en nichos y pasillos como recordatorio de la fugacidad de la vida, siguiendo la tradición cristiana del memento mori. Lo que originariamente estaba reservado para los miembros de la orden fue despertando interés entre la aristocracia y las familias más influyentes de Palermo; hasta convertir el enterramiento en las catacumbas en un símbolo de estatus social.
Durante más de dos siglos, nobles, comerciantes, militares, médicos, abogados y sacerdotes solicitaron reposar allí
Por más de dos siglos, nobles, comerciantes, militares, médicos, abogados y sacerdotes pidieron descansar en ese lugar. Muchos dejaban instrucciones precisas en sus testamentos sobre la indumentaria que deseaban usar para la exhibición, y los familiares visitaban periódicamente los cuerpos, cambiaban la ropa y contribuían económicamente al mantenimiento de las galerías.
Actualmente, los visitantes recorren corredores dedicados a distintos grupos sociales. Existen pasillos para hombres, mujeres, religiosos, niños y profesionales. Algunos cuerpos permanecen colgados en las paredes, otros reposan en ataúdes abiertos y varios conservan aún parte de su vestimenta original.
Además, entre todos estos cuerpos destaca el de Rosalía Lombardo, una niña que murió en 1920 con apenas dos años. Gracias a una avanzada técnica de embalsamamiento desarrollada por el químico Alfredo Salafia, su cuerpo muestra una conservación extraordinaria y se ha convertido en uno de los símbolos más representativos de las catacumbas.
Hoy estas catacumbas atraen a miles de visitantes al año, dado que los enterramientos oficiales finalizaron en el siglo XIX, aunque en casos excepcionales se prolongaron durante las primeras décadas del XX.
La Fiesta de los Muertos (Festa dei Morti)
A pesar de la creciente popularidad de Halloween en todo el mundo, la Fiesta de los Muertos sigue siendo la preferida por los palermitanos. Cada 2 de noviembre la ciudad revive una tradición ancestral que pone a los antepasados en un papel protagónico.
La costumbre se basa en una emotiva creencia popular: durante la noche del 1 al 2 de noviembre, los familiares fallecidos regresan simbólicamente para entregar obsequios a los niños del hogar. Al amanecer, los más pequeños disfrutan de una auténtica «búsqueda del tesoro«, buscando juguetes y dulces escondidos por sus padres mientras se mantiene la ilusión de que fueron los abuelos o bisabuelos quienes trajeron los regalos desde el más allá.
El centro de la celebración es u cannistru, una gran cesta llena de dulces típicos sicilianos. Entre ellos sobresalen la frutta martorana, elaborada con mazapán y moldeada para parecer frutas reales, los caramelos, frutos secos y los famosos pupi di zucchero, figuras de azúcar que en el pasado representaban caballeros medievales y personajes históricos. Los artesanos han evolucionado y ahora también crean superhéroes, personajes de dibujos animados y figuras inspiradas en la cultura popular para atraer a los niños contemporáneos.
Mientras los niños descubren sus regalos, los adultos siguen otro ritual muy arraigado. El desayuno tradicional de esta fecha es la muffuletta, un panecillo redondo cubierto de sésamo, servido caliente y aderezado con aceite de oliva virgen extra, anchoas, queso caciocavallo, orégano, sal y pimienta. Una receta sencilla, pero fuertemente vinculada a una jornada que mezcla memoria familiar y gastronomía local.
La celebración continúa con una visita comunitaria al cementerio. Alejada del ambiente lúgubre usualmente asociado a estos lugares, las familias acuden para limpiar las tumbas, colocar flores frescas y conversar con naturalidad sobre sus seres queridos. Muchos incluso agradecen simbólicamente los regalos recibidos por la mañana. Es una manera de concebir la muerte como parte de la vida diaria, preservando los lazos afectivos con generaciones anteriores.
Además, con la intención de defender esta tradición frente al auge de Halloween, Palermo organiza desde hace años la Notte di Zucchero o Noche de Azúcar. Durante varios días, las plazas y calles del centro histórico se llenan de espectáculos, representaciones teatrales, talleres infantiles y actividades dedicadas a los tradicionales muñecos de azúcar. Este festival se ha convertido en un éxito cultural y turístico que evidencia cómo la ciudad ha logrado convertir el recuerdo de sus muertos en una celebración colectiva de identidad, memoria y orgullo siciliano.
Giulia tiene dos hijos y ellos, al igual que muchos otros niños palermitanos, no temen a los muertos. De hecho, aguardan con ilusión cada año la llegada de la noche entre el 1 y el 2 de noviembre para celebrar la Festa dei Morti o Fiesta de los Muertos.

