Retoma sus vínculos con la Corona y establece responsabilidades para todos: desde la curia hasta los políticos y la sociedad

Dos horas de demora, o dos horas extra de estancia en España, dependiendo del punto de vista. La partida del Papa se vio marcada por una anécdota cuando el avión de Iberia previsto para su viaje presentó una falla técnica que lo retuvo largo tiempo en el aeropuerto de Santa Cruz de Tenerife. Sin embargo, estuvo acompañado en ese momento por el Rey Felipe VI, quien se acercó personalmente a la aeronave para mostrarle apoyo. Finalmente, León XIV concluyó su histórico recorrido por España usando el Falcon de la Casa Real. Un final imprevisto para siete días intensos, con 24 intervenciones entre discursos, saludos y homilías, que representaron una profunda reflexión para todos.
«Para mí también fue emotivo, aunque sea agnóstica», expresó a este medio una persona que siguió todo el viaje de cerca. Esta declaración ejemplifica cómo León XIV puede abandonar España con la sensación de misión cumplida. Su visita tenía el ambicioso propósito de dirigirse, desde aquí, a todo el mundo. Convertir Madrid, Barcelona, Las Palmas y Tenerife en un puente entre dos realidades.
El Papa vino a evangelizar y a realizar un examen de conciencia sobre los errores de la iglesia, pero también para asignar tareas a todos: a la curia, a los políticos, a la sociedad, a los fieles y a los marginados. Durante estos días en España abordó múltiples temáticas: abusos, suicidio, feminicidios, derecho a la vida, inmigración… en definitiva, situó al ser humano en el centro de su mensaje, tal como enseñó Jesús en el Evangelio. Todo esto se realizó en un ambiente multitudinario que confirma que la fe sigue viva en España.
Las cifras reflejan la magnitud del evento: medio millón de jóvenes en la vigilia, un millón y medio en la Misa en Cibeles, 20.000 personas en el Movistar Arena, 85.000 en el Santiago Bernabéu, y más de 200.000 en las calles por donde pasó el papamóvil. Situación similar se vivió en Barcelona, Las Palmas y Tenerife, donde se cerró la gira con una Santa Misa que reunió a más de 35.000 participantes en comunión.
Además, el Papa reafirmó sus vínculos históricos con la Corona española, que desde el siglo XV posee bula para ser considerados reyes católicos. La Familia Real organizó una recepción en el Palacio Real, hecho que el Vaticano considera un hito, pues hasta ahora estas bienvenidas se realizaban en el Palacio de la Zarzuela. Esta iniciativa, entre otras, provino de Felipe VI, siendo el primer Santo Padre recibido en sus once años de reinado. Los Reyes con sus hijas asistieron a la Misa en Cibeles, la Reina Doña Sofía estuvo en La Almudena y Don Felipe junto a Doña Letizia viajaron para la bendición de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia. Asimismo, el jefe de Estado se desplazó a Tenerife para despedir a León XIV.
Más allá del Palacio Real, el Santo Padre consiguió otro logro: dirigirse al Congreso de los Diputados. Allí, envió mensajes a todos los grupos políticos. Defensa del derecho a la vida, enfoque inclusivo sobre la migración, fin de la polarización… sin embargo, todos los representantes políticos respondieron con siete minutos de aplausos, el más extenso en la historia de las Cámaras.
Las intervenciones de León XIV, vistas en conjunto, revelan que cada ciudad abordó dos temas principales: uno político y otro social. En Madrid, el fin de la polarización y los abusos fueron la base. El Papa instó a «derribar los muros que dividen», calificó como una «plaga» ciertos hechos y solicitó «justicia, verdad y reparación» para las víctimas.
En Barcelona, el Sumo Pontífice centró su atención en la «unidad» y en los más vulnerables. Al referirse a la salud mental, feminicidios y suicidios advirtió que «no se debe espiritualizar el dolor, Dios no quiere sufrimiento». Pero, sobre todo, exhortó a la «unidad y concordia». Para agradar al separatismo desde su corazón cristiano, la abadía de Montserrat, habló en catalán.
En Canarias, el Papa destacó a las personas migrantes, remarcando que no son cifras sino seres humanos. Este drama migratorio también motivó mensajes a los políticos. Solicitó agilizar los trámites para regularizar a estas personas, pidió a Europa que no ignore la situación y aconsejó a los migrantes evitar caer en manos de mafias que prometen falsas esperanzas. A esos delincuentes que explotan la desesperación humana, León XIV les lanzó una advertencia directa: «¡Deténganse! ¡conviértanse!».
El Santo Padre pretendió enaltecer el legado de Francisco con esta visita, que su predecesor deseó realizar pero que no pudo por problemas de salud. Sin embargo, la situación global, con la amenaza al orden multilateral, y los desafíos que enfrenta Europa, con su debilidad ante la autonomía estratégica y el cambio en pesos e influencias mundiales, motivaron a ampliar su presencia más allá de Canarias. La importancia de este viaje queda reflejada en que hasta ahora es la estancia más larga de León XIV en su pontificado. A finales de septiembre viajará a Francia, pero permanecerá solo tres días en ese país.
El Vaticano ha visto en España una oportunidad para llegar al mundo, incluyendo Latinoamérica y también al viejo continente. Se ha pedido una iglesia moderna que continúe avanzando, con fieles que transmitan alegría y se alejen de la imagen de un Dios que desea el sufrimiento de sus creyentes. Un objetivo alcanzado y un viaje especial, incluso para los agnósticos. España queda con la inquietud de cuándo se repetirá una ocasión similar. Por si acaso, el obispo de Santiago invitó al Papa a Galicia en busca de una nueva oportunidad para que los españoles escuchen a un Santo Padre que a partir de ahora ha vinculado su pontificado con España.

