En los días previos a la ratificación del tratado de asilo de la Unión Europea, el Papa lanzó una denuncia contra los «monstruos que explotan la desesperación» y exhortó a no «abandonar estos muelles».
Arguineguín, situado en el sur de Gran Canaria, brindó una recepción tranquila a León XIV, que poco a poco se convirtió en entusiasmo. En la entrada del lugar, niños correteaban, absortos en sus juegos; habían migrantes procedentes de las costas africanas y de naciones latinoamericanas; también voluntarios jóvenes y mayores. Eran rostros diversos, historias distantes, aunque unidas por la circunstancia común de quienes reconocen la importancia de ser vistos y escuchados. Desde un escenario sobrio, con la grandiosidad del Atlántico de fondo y una cruz erigida con madera de cayucos delante de él, León XIV evocó, tal como hizo en Madrid y Barcelona, esas verdades sencillas que el mundo contemporáneo olvida. Instó a la humanidad y al deber ético de prestar atención al otro, recordando que, según sus palabras, «los seguidores de Jesús no pueden ignorar el clamor de quienes gritan en la oscuridad».
Su discurso fue atendido por las autoridades principales presentes —la ministra de Migraciones, Elma Saiz; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el lehendakari Imanol Pradales; los ministros Ángel Víctor Torres y Félix Bolaños, además del presidente canario, Fernando Clavijo—, pero también pareció dirigirse a toda una sociedad que, por la reiteración constante, corre el riesgo de normalizar algo que nunca debiera resultar habitual. «Que la historia no tenga que reprocharnos por haber convertido el sufrimiento de los que padecen en el paisaje común de nuestras costas», sostuvo.
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