
Fuente de la imagen, José Carlos Cueto/BBC News Mundo
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- Fecha de publicación 11 junio 2026
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Paola Rosas, de 41 años, se despierta a las 3 de la madrugada. A las 4 sale de su casa situada en un barrio humilde en las montañas del sureste de Bogotá y llega alrededor de las 5 a su puesto de empanadas ubicado en Chapinero.
Cada día pasa un distribuidor que le ofrece cerca de 70 empanadas. Ella las vende a 3.500 pesos (US$1) cada unidad.
Debido a ello, debe costear su transporte y el cobro por mantener su puesto en un parqueadero durante la noche.
Con sus ingresos, logra sufragar la educación universitaria de su hijo mayor, uno de sus dos hijos.
Como Paola, muchos colombianos suelen trabajar extensas jornadas diarias.
Según cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), mientras que en Colombia la media semanal de trabajo es de 43,2 horas, en Alemania solo son 25,6.
No obstante, ese alto número de horas trabajadas no se traduce en mayores ingresos.
En efecto, Colombia ostenta el indicador más bajo de productividad laboral entre los países miembros de la OCDE, lo que significa que por cada hora de trabajo se genera menos ingreso que en cualquier otra nación del grupo.
Este retraso afecta no solo a Colombia, sino a toda la región latinoamericana.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) ha reiterado durante años que la región no ha logrado elevar su productividad en los últimos 45 años, mientras que países como Corea del Sur e Irlanda la incrementaron varias veces en el mismo lapso.
Sin embargo, incluso comparado con el promedio regional, Colombia presenta una productividad inferior. ¿Cuál es la causa de esta situación?
Aunque no existe consenso entre los economistas, expertos consultados por BBC Mundo coinciden en que influyen factores como el limitado acceso a capital, las deficiencias en infraestructura pública, la regulación empresarial y la desconexión entre el sistema educativo y las demandas del mercado laboral.
De modo similar a los economistas, los dos candidatos presidenciales que competirán en segunda vuelta el próximo 21 de junio mantienen posturas distintas sobre este tema.
Iván Cepeda, representante de la izquierda, propone instaurar un capitalismo productivo mediante una revolución agraria y el impulso a la “economía popular”, expresión que utiliza el presidente Gustavo Petro para describir a personas como Paola con micronegocios.
Conversamente, Abelardo de la Espriella, candidato de derecha, apuesta a fomentar sectores como el petróleo (a través del fracking), la minería y la infraestructura, áreas que requieren grandes inversiones pero tienen potencial para generar altos ingresos.
En cualquier escenario, la baja productividad es un desafío que, en opinión de los expertos, debería ser la prioridad de quien aspire a aumentar los ingresos de los colombianos y mejorar la competitividad económica del país a nivel mundial.
“Lo preocupante es que las personas trabajan más horas de lo necesario, pero reciben salarios bajos”, comenta Ricardo Salas, profesor de Economía en la Universidad de Dartmouth. “Los salarios simplemente no alcanzan”, añade.
“La productividad impacta directamente en los salarios”, sostiene Hernando Zuleta, decano de economía en la Universidad de los Andes.

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Insuficiente capital acumulado
El informe de productividad de la OCDE señala que la producción por hora depende en gran medida del capital físico —como edificios, maquinaria y vehículos— además de activos intangibles tales como propiedad intelectual, que incluye diseños, patentes y marcas.
“Los países miembros de la OCDE suelen ser más ricos que Colombia y han acumulado más capital a lo largo del tiempo”, detalla Hernando Zuleta. “Ese es un factor diferenciador.”
En Colombia, muchas empresas son informales, como el negocio de Paola, y disponen de poco o ningún capital.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en el primer trimestre de 2026 el 55,3% de la población ocupada trabaja en la informalidad.
Este porcentaje abarca desde mineros que extraen oro artesanalmente en el río Atrato, hasta agricultores familiares que cultivan papa en pequeñas parcelas en Boyacá y vendedoras callejeras como Paola en Bogotá.
“La productividad en el sector informal es considerablemente inferior a la del sector formal”, explica Zuleta, “lo cual se refleja en salarios y en el valor agregado, ambos mucho menores en la informalidad”.
Los llamados “emprendimientos de subsistencia”, como el de Paola, generalmente están excluidos del acceso a créditos, subsidios y formación, precisamente por su informalidad.
Por estas razones, Salas y Zuleta coinciden en que quedan atrapados en un ciclo de baja productividad.
Producen solamente lo indispensable para mantenerse y usualmente no consiguen ahorrar para reinvertir y crecer.
Pero este no es el único inconveniente.
El desafío de la infraestructura
Según el profesor Salas, aunque la familia agricultora lograra aumentar su producción de papa, enfrentaría grandes dificultades para transportarla y comercializarla, debido a la carencia de infraestructura pública adecuada que conecte con los mercados potenciales.
“Colombia, por su compleja geografía, carece de una infraestructura eficiente para el transporte, lo que encarece el traslado de productos por todo el país”, añade, señalando también la amenaza de la violencia armada para la producción agrícola.
Como resultado, la producción no logra llegar a los mercados adecuados.
“Gran parte de nuestro volumen agrícola no llega a los puertos para exportación y, por tanto, dejamos de vender internacionalmente muchos productos con potencial”, comenta Salas.
Además, “tampoco alcanza los mercados mayoristas locales, lo que eleva los precios y reduce la eficiencia”.
Esto significa que los pequeños productores de papa, al no poder transportar su cosecha hasta Bogotá por costos elevados, la venden a menor precio en pueblos cercanos, causando que en la capital haya menos oferta y precios más altos.
“Si el sector agrícola no funciona bien, es muy difícil que los demás sectores, especialmente el industrial, prosperen”, concluye Salas.

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La carencia de infraestructura limita no solo a la agricultura, sino también representa un obstáculo para negocios como el de Paola.
Si contara con un sistema de metro que le facilitara el desplazamiento y no tardara más de una hora en transportarse, posiblemente llegaría menos fatigada y podría dedicar más tiempo a la venta de empanadas o a otras actividades, reflexiona Salas.
Además, disponer de un local comercial propio —accedido por medio de financiamiento o subsidios— aumentaría su productividad, en vez de tener que montar y desmontar su puesto diariamente.
Todo esto sin contar la gran competencia que enfrenta debido a la gran cantidad de personas en su misma situación, dificultando la expansión de su clientela.
“No es lo mismo quien toma un metro, compra un café en Starbucks y entra a su oficina, que quien pasa horas en Transmilenio y además debe cargar un carrito de empanadas”, comenta Salas.
Por su parte, el profesor Zuleta destaca que fuera de las principales ciudades, Colombia está conformada por numerosos municipios con escasos recursos.
“Muchos de esos municipios no tienen la capacidad para ofrecer los bienes públicos indispensables para la creación y desarrollo empresarial”.
Debate sobre la regulación
Además de no propiciar un entorno adecuado para los negocios, algunos economistas opinan que el Estado contribuye a la baja productividad al imponer elevados impuestos y cargas burocráticas.
Colombia es, en efecto, el país de la OCDE con la tasa impositiva más alta sobre la renta empresarial.
Zuleta sostiene que el país tiene pocas empresas grandes y productivas frente a muchas pequeñas y poco eficientes, en parte porque el sistema tributario favorece más a las pequeñas empresas que a las grandes.
“Existe la percepción de que las empresas son acaudaladas y que a las más grandes se les debe cobrar más impuestos.”
“Esto, evidentemente, desincentiva el crecimiento en ciertas compañías”, explica Zuleta.

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No obstante, algunos estudios indican que las compañías grandes en Colombia terminan pagando en proporción menos impuestos que las pequeñas y medianas, debido a exenciones y a su capacidad para planificar fiscalmente.
Esto implica que pueden contratar abogados para gestionar sus finanzas y así minimizar su carga tributaria, fenómeno conocido como elusión fiscal.
Zuleta opina que Colombia debería avanzar hacia normativas que incentiven a las empresas a dedicar menos recursos a abogados y más a inversión en maquinaria, tecnología o personal que incremente su productividad.
El experto también resalta que las regulaciones vigentes imponen grandes barreras al comercio internacional: “Nuestro país mantiene una apertura comercial similar a la de los años 90”.
De acuerdo con The Observatory of Economic Complexity, en 2024 Colombia exportó menos que economías comparables como Chile, Argentina o Perú.
Salas señala que pocas empresas colombianas acceden al mercado internacional porque “el gran empresariado encuentra beneficios en no expandirse demasiado”.
“Todo está estructurado para limitar el crecimiento más allá de ciertos límites”, añade.
¿Cuál es el papel de la educación?
La baja productividad en Colombia está estrechamente vinculada con el sistema educativo y debe abordarse desde ahí, afirma Zuleta.
En general, la cantidad y calidad del aprendizaje que reciben los colombianos es menor que la de otros países de la OCDE.
A ello se suma que el sistema educativo no está siempre alineado con los requerimientos del sector empresarial.
Esto, según Zuleta, fomenta la informalidad, la cual, como se ha mencionado, es menos productiva.
Ejemplo de ello es cuando un contador no consigue empleo en su área y termina trabajando como conductor de Uber.

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Para solucionar esta descoordinación, Zuleta propone ampliar los programas de educación superior técnica y tecnológica que respondan a las necesidades concretas del mercado laboral.
Este mercado, además, está cambiando rápidamente con la irrupción de la inteligencia artificial (IA).
“En Estados Unidos ya hay empresas que dejaron de contratar profesionales recién graduados en finanzas o contabilidad, porque los sustituyeron con IA”, apunta Salas.
El informe más reciente de la OCDE señala que se prevé que la inteligencia artificial impulse la productividad en los próximos años, al ayudar a realizar más tareas en menos tiempo.
Sin embargo, el impacto real en las estadísticas todavía no se ha evidenciado, según la organización.
De acuerdo con el informe más actual de Microsoft, el 22% de los colombianos utilizan herramientas de IA.
Salas advierte que el efecto de estas tecnologías en la productividad dependerá del modo en que se usen.
“Creo que existe una oportunidad enorme si logramos que las personas usen la inteligencia artificial para ser más productivas”, señala.
“Pero si el uso se limita a que la IA haga la lista de compras, organice viajes o cuente chistes, entonces la estamos empleando para fines que no son su verdadero propósito”.
* Con reportes adicionales de José Carlos Cueto. Gráficos por Laís Alegretti, del equipo de periodismo visual de BBC News Mundo

