Las claves
Manuel Vicent pondera el devenir del tiempo, el disfrute y la dicha: «Estoy convencido de que la felicidad reside en el cerebro, en la imaginación de lo que puede pasar».
El autor realiza un perfil tanto personal como político de todos los presidentes de la democracia, desde Adolfo Suárez hasta Pedro Sánchez, a quien considera un «personaje literario».
Acerca del caso que involucra a Zapatero, advierte: «Si lo expuesto por el juez fuera verdad, serían los últimos sueños ya muy dañados del socialismo los que se desmoronarían».
Vicent aboga por la moderación en la España contemporánea: «Se requiere una valentía extrema, audacia e inteligencia para ser simplemente moderado. En cambio, ser extremista es muy sencillo».
En cualquier día, camina con su jersey sobre los hombros, el mar reflejado en su mirada y el salitre dejando manchas en las columnas. Más bien son columnatas. Por la manera en que embellecen la vida y la mantienen ahí, eternamente, aguardando a que alguien las redescubra.
Hay textos suyos que reflejan lo que otro Manuel, Machado, decía de las coplas: «No son coplas hasta que el pueblo las canta, y cuando el pueblo las canta, ya nadie recuerda al autor». Sus pensamientos sobre el paso del tiempo, el placer, la muerte, los amigos y la melancolía navegan como naves piratas.
Mientras él transita por aquí —lo seguimos discretamente—, ajeno a esa playa, sin otra red que la de pescar, con algún libro en mano, en busca de un compañero, un fantasma; deteniéndose ocasionalmente para observar algo.
Se intenta ver a través de sus ojos para entender qué significa mirar así. Con el verano y la alegría de vivir grabada en la retina. Y lo más esencial: la habilidad para expresar por escrito esas imágenes que, tras algún viaje a Ítaca, se transforman en palabras.
En una ocasión le preguntaron: «Manuel, ¿qué ves? Mira allá y dime qué ves». Él respondió que desde pequeño percibe las cosas de dos maneras diferentes: la corriente, la del asfalto ardiente; y la interna, la arena en el fondo del mar.
Manuel Vicent (Castellón, 1936) llega a la entrada del Eurobuilding, en el club de lucha de la ciudad, entre las grandes torres. Manuel aparece esta mañana y todas las demás, desde un conjunto de chalés cercano donde aún se oyen los pájaros y es imposible morir atropellado. Surge Manuel sin alboroto, como una ola mediterránea.
Se le propone un paseo —sentados— por su vida y por todas las Españas que ha conocido. La entrevista surge como un homenaje a una generación, tras la muerte de su vecino Raúl Del Pozo.
Utilizamos como guía el documental de David Trueba recién estrenado que lo tiene como protagonista, Mañana seré feliz. También dos libros que destilan lo mejor de su oficio: Una historia particular (Alfaguara, 2024) y la antología Detrás de la herida, editada por La Cama Sol, editorial y club clandestino a la vez, que acaba de presentar una edición de coleccionista con ilustraciones de Rafael Canogar.
Vicent, escritor en El País desde 1977, fue primero hijo de los vencedores, después un niño que tomó conciencia del hambre, más tarde un joven involucrado en algún lío durante el tardofranquismo, luego un prosista punzante en Hermano Lobo, y finalmente creador de autoficciones de varios momentos históricos. Amigo de reyes y presidentes.
Vicent logra que, al escucharlo, uno quiera quedarse a vivir dentro de él. Por esa combinación de ternura, ironía y agudeza. Por la entretención. Vicent es la gota de misterio que tiene un buen gintonic.
Se apuntan verdades. Verdades para aprender a vivir lo que aún no nos ha tocado. Verdades para entender lo vivido sin habernos percatado. Algunas grandes tentaciones, el sentido de estar aquí, por qué escribir, la muerte de los padres y la de un hijo.
Podría resumirse la entrevista con un cariñoso «mira, muchacho».
Mira, muchacho, el mayor placer siempre reside en acercarse al límite, pero sin cruzarlo.
Mira, muchacho, si aspiras a ser inmortal, siéntate en un jardín, en silencio, entreabre los ojos y deja que la luz del sol queme tus mejores recuerdos.
Mira, muchacho, lo que llaman felicidad está en la imaginación, en la idea de que puedes ser muy feliz mañana.
Vicent se sienta frente a la grabadora con sus pantalones chinos, zapatos marrones y jersey turquesa. Los ojos azules y el pelo blanco son lo único auténtico en él; lo demás, un disfraz.
Desde esa otra mirada, la de la verdad, Vicent viste una túnica blanca, puro blanco, con ojos azules, sentado en la Biblioteca de Alejandría, de pie en un velero rumbo a la Isla del Tesoro, recostado sobre una balsa flotando en el Egeo, en cualquier lugar, gritando, como el protagonista de «La educación sentimental», que dice sí, siempre sí.
Nos acercamos al verano, Manuel. ¿Sigues siendo ese gran cazador de moscas al vuelo que eras niño?
El verano es un estado de ánimo. En cambio, el Mediterráneo lo percibo como un mar interior, mental y navegable. Los veranos y el mar de mi infancia son mi eterno retorno. La memoria infantil se adentra siempre en el verano y el mar. En esa época, yo siempre ganaba el concurso de cazar moscas.
Ana María Matute estaba convencida de que vivimos cinco o seis años y que luego todo es volver a empezar.
El tiempo no existe. El tiempo es lo que te sucede. Por eso vuela cuando no pasa nada. Entonces se escapa. Pero, si ocurren cosas, se frena y vuelve a ti para comprobar qué sucede.
La densidad del tiempo.
Cuando el tiempo está colmado de experiencias y estímulos, tiene densidad, peso. De lo contrario, se desliza. Entras en verano y, resbalando, sin darte cuenta, estás en Navidad, primavera, verano, otra Navidad y, al mínimo, escuchas a El Lobo cantar sobre los turrones… Así transcurre la vida, silenciosa.
A ti eso no te sucede ni a los noventa. Todo el tiempo te ocurren cosas. Incluso has rodado un documental.
Tienes razón. Últimamente estoy muy manoseado… –ríe–. Sé, más que nunca a esta edad, que el tiempo es limitado. Podría ser otra dimensión: el tiempo psicológico, el factor chicle.
Trato de acercar el horizonte. Estamos a finales de mayo, pero para mí junio no existe. Vendrá… si llega. En esta etapa vivo con intensidad. Vivo cada hora. ¡Podría morir en cualquier momento! ¡Podría palmar ahora mismo!
No me jodas, Manuel. Espera a que terminemos la entrevista.
No es metáfora. Es crear tu propio horizonte. Un año, meses, semanas, días. El tiempo tiene gran intensidad. Si lo mides por días, horas, minutos, entonces esta Coca-Cola que bebemos, en este momento, tiene más profundidad que la filosofía de Sócrates.
¿Algún aplauso supera a la primera gran ovación que recibimos de niños?
Creo que… al mencionarlo, hubo un evento que de niño me transformó interiormente. Habíamos ido a una famosa ermita en Villarreal, la Virgen de Gracia. Acampábamos. Eran los años cuarenta. Tendría ocho o nueve años, creo.
Un consiliario, el responsable de la acampada, creo que un cura, quiso que subiera a un risco y recitara un discurso para trescientos o cuatrocientos niños. No sé por qué me eligió a mí, que era un trasto, pero aquello me cambió la vida. Me hizo sentir especial, diferente. Tardé en superarlo.
Te impulsó hacia el arte de contar historias.
Me empujó al “esto que lo haga Manuel”, “esto que lo cuente Manuel”, “esto que lo escriba Manuel”. Si no hubiera estado en la cima del risco, quizás nunca habría escrito. Mi vida habría tomado otro rumbo.
El verano también es placer. Es el espacio donde intentamos vivir lo que no podemos durante el resto del año. ¿Qué cartas juegan a los noventa?
Dormir bien, soñar plácidamente, es una de las más valiosas. Otra es mantener la salud, acorde a la edad, sin estar enfermo. Esa es la base. A esta edad, todo paso que das recuerda que estás vivo y eso es un logro. Ponte una camisa blanca y simplemente vive.
Para mí, la mayor sabiduría radica hoy en saber dónde poner el pie. Es algo simbólico, ¿no crees? Evitar charcos y agujeros… Sé que, si caigo, necesitaré ayuda. La felicidad, si puede llamarse así, pasa por aceptarlo.
Eso es la base, pero ¿qué hay en el tejado?
La música, la buena lectura. Pero debes tener buen oído y vista. Y el gusto, el sabor. Siempre a mano un gintonic y los recuerdos. Eso funciona. Música, libros, gintonic y recuerdos son cartas llenas de placer.
¿Existen cartas que permanecen eternamente, a cualquier edad?
Cada etapa tiene sus cartas. El placer está en llevarlas al límite… sin cruzarlo. Lo explicaron los griegos: el mayor placer ocurre justo antes del límite, antes del éxtasis de Dionisos está Apolo.
El placer máximo está en el gintonic que preparas, en la mirada de esa chica en el autobús, en la sonrisa infantil, en quien te cede el asiento. En la esperanza de disfrutar mañana. Estoy convencido de que la felicidad reside en la imaginación de lo que puede ocurrir. Luego comienzas a beber… y todo se disuelve.
Suena Chet Baker, bebes algo, miras por la ventana y hoy no vienen hijos ni nietos. ¿En qué piensas?
Soy masoquista. Me fustigo con gran intensidad. Pongo jazz y recuerdo. Pienso en amigos, viajes y momentos felices. Es un placer sin nostalgia.
¿Entonces, qué es? ¿Melancolía?
No se trata de estar “mal ahora y bien antes” o “ser un desastre hoy y que el pasado fuera magnífico”. Es distinto. Es enfocarse en hechos felices al compás de la música. Te abstraes y quedas allí.
Cuando mueren los padres, ¿se piensa en eso durante toda la vida?
El primer pensamiento sobre la muerte de los padres llega a los ocho años. Ahí sientes el mayor terror. Porque al ver muertes cercanas, entiendes que tus protectores también morirán. Yo lo intuía por el ruido de la sierra del carpintero que fabricaba ataúdes y por las campanas de la iglesia que tocaban a muerto.
La vida es morir sin darse cuenta. El cuerpo alerta y llega un momento en que la muerte se muestra como una bahía. Lo más importante al final es desear una buena muerte.
Te lo preguntaba porque has descrito con detalle dos escenas. Llegaste y tu madre había muerto con tu nombre en los labios. Tu padre expiró y sentiste algo en la nuca.
Ese aliento es el aire en los pulmones que sale con la muerte. Unos lo llaman espíritu, otros aliento, otros alma. Fui monaguillo, enterré a mucha gente, ayudaba con el viático, veía agonías… La muerte siempre estuvo cerca. Yo mismo estuve en coma de niño, con un accidente, cuatro o cinco días.
¿Eso te sirvió? Esa proximidad con la muerte.
En la España de posguerra, la muerte era habitual. Estábamos acostumbrados. Formaba parte del entorno. “¿Quién murió? Suenan las campanas”. Pero siempre morían otros.
Revisando tus libros y columnas, encontré el texto que dedicaste a tu hijo [Mauricio Vicent murió en Madrid en 2023 por una crisis cardiorrespiratoria tras un ataque de asma. Tenía 59 años].
La muerte de padres y de hijos son universos distintos. Si muere un hijo pequeño, aunque nunca se supera, el tiempo la envuelve. Pero si el hijo muere mayor…
Piensas que la muerte se equivocó, que debía ser para ti, que tú debías partir. Ya no me dará tiempo a asimilarlo. Siempre siento eso…
Además, murió súbitamente. Estaba en un concierto, llegó a casa y sufrió un ataque de asma. Debería haber muerto yo. Cambiaría mi vida por la suya. Desde entonces soy otro ser humano.
¿A qué te refieres exactamente?
Antes de la muerte de mi hijo, me sentía fuerte. Creía que el destino me respetaba. Pero tras su muerte, me sentí vulnerable en todos los aspectos. Si me pasó eso, cualquier desgracia podría acontecer. De repente, el baile terminó.
Poco después de tu nacimiento, comenzó la guerra. Tu padre se escondía de los republicanos en un armario oculto en la parte superior de la casa.
Mi padre era de la CEDA. Además, amigo de Luis Lucía, uno de sus fundadores en Valencia. La CEDA fue un experimento singular… Contaba con una derecha republicana democrática y otra más proclive al totalitarismo.
Aparte de esa amistad, mi padre no era político. Pero al estallar la guerra, lo arrestaron. También a mi abuelo. Quizás por ir a misa o por propietarios modestos, quién sabe. Fue condenado, pero salió pagando una fianza. Sin embargo, el terror había empezado y se escondió.
En el armario.
Sí. Creo que lo supieron y lo respetaron, ya que bajo el armario, algunas habitaciones fueron usadas como oficinas por los republicanos. Cerraban a las siete y mi padre salía del armario, bajaba y tocaba el violín. Surrealista, ¿verdad?
Surrealista. ¿Y tu madre?
Mi madre era una santa. Un día apareció embarazada otra vez. ¡Embarazada por el Espíritu Santo! Porque mi padre supuestamente estaba huyendo, aunque vivía arriba. No tengo recuerdos de eso; solo me lo contaron.
No pudieron bautizar a tu hermana porque la iglesia era un bar.
Sí. Y al pobre sacristán, después de la guerra, lo fusilaron por dar la llave de la iglesia para convertirla en bar. ¡Pobrecillo!
¿La izquierda idealiza demasiado la Segunda República? Celaya decía “no demos cuerda al recuerdo” y Anguita me confesó antes de morir su obsesión: que la Tercera República no debe parecerse a la Segunda.
La República nunca llegó plenamente. Era un sueño. La generación del 27 fue tan creativa porque, durante la dictadura de Primo de Rivera, vivía con la esperanza de ese sueño: la República y la libertad.
“Lo mejor no es el placer, sino cuando lo percibes llegar: el gintonic acercándose”.
¡Exacto! ¡Es siempre lo mismo! Volvió a pasar en el tardofranquismo. Los años sesenta y comienzos de los setenta fueron muy creativos porque la libertad ya se intuía. La República nunca produjo nada comparable a la generación del 27.
Desde el principio, izquierda y derecha formaron bandos. La República fracasó políticamente y cayó con el golpe del 18 de julio y la Guerra Civil. Desde entonces, se ha convertido en un mito: algo que pudo ser y no fue. España no estaba preparada.
Años después, conociste a muchos líderes republicanos, especialmente a Pasionaria y Alberti. ¿Qué les hizo el tiempo?
Llegué al Congreso para cubrir las crónicas tras las primeras elecciones de junio de 1977. El Partido Comunista obtuvo 20 diputados. Todos iban al bar, excepto ellos, que iban directo a su escaño.
Eran 18 caras viejas y dos nuevas: Tamames y Sartorius, que se equivocaron de partido esperando ser como los comunistas italianos de Berlinguer. Las caras eran importantes.
Por la memoria.
Sí, esas 18 caras recordaban la Guerra Civil. La gente odiaba la guerra y entonces nació una palabra mágica: socialismo, representado por Felipe González. Se produjo un vuelco. Me preguntabas por Carrillo, Pasionaria…
Sí.
Carrillo venía del exilio. Había entrado disfrazado en España y corría riesgo de detención. Había sido fusilable durante años. De repente, estaba en un Parlamento donde podía hablar libremente y un ujier le servía agua.
Un día pensó: “He hecho la revolución. Mi lucha terminó”. Tenía síndrome de Estocolmo con Suárez porque lo legitimó. Los comunistas finalmente entraron al bar. La Transición, en realidad, nació allí.
Aparte del entorno familiar, fuiste educado en el nacionalcatolicismo ortodoxo. Queríais ser como los soldados del Alcázar, los del film que os enseñaban.
Al llegar a la escuela, las banderas en la fachada y el canto al Cara al Sol con el brazo en alto eran obligatorios. Mi madre me preparaba bocadillo de atún en escabeche. Un día levanté el brazo derecho con el bocadillo en la mano y el maestro me dio una bofetada que no olvido.
¿La ausencia de letra en el himno afecta? O quizá la marcha real, que no es muy atractiva.
Los himnos ingleses, franceses y alemanes son hermosos. Pemán hizo letra para el español que era buena. Que la gente cante el himno con tururú tururú me divierte y no le doy importancia. Todos los himnos son violentos; el tururú viene de la selva.
Antes que vencedores y vencidos, tu conciencia primera fue la de hambrientos y no hambrientos. Algunos no cenaban; otros tomaban bicarbonato para la digestión.
Fui consciente poco a poco. En la escuela, te robaban el bocadillo. Una niñera sacaba a mi hermano pequeño con bocadillo de chocolate, que le quitaban.
Por la noche, cuando cenábamos, algún jornalero llegaba. “Buenas noches, quiere cenar algo?”, “No, ya cené”. Pero yo sabía que no cenaba. Percibía el hambre.
Muchos años después, un amigo de infancia me contó: “No sabes lo que era llegar a casa a cualquier hora, abrir la alacena y no encontrar nada para desayunar, comer o cenar”.
¿Qué recuerdos tienes fijados de la posguerra?
Una señora adinerada y presumida enseñaba una bandeja con seis hogazas blancas en plena escasez. Yo tendría siete u ocho años. Unos chicos de 15 o 16 saltaron y cogieron una hogaza.
Escaparon, los atraparon, pero ya habían devorado el pan. Estaban hambrientos. Esos momentos quedan marcados y se recuerdan al crecer.
Llévame a aquella librería, a la trastienda, cuando los de Bandera Roja te entregaron libros del exilio y explotó tu cabeza infantil de vencedores. Dijiste que lo digeriste con hierba y Beatles.
En Valencia, un librero vendía libros prohibidos y me daba algunos. Pero para mí era más la emoción de estar en un lugar clandestino. En realidad, quería ligar, bailar y estar en el mar.
La escena que mencionas corresponde a Madrid, donde coincidí con una célula comunista que empezó a proveerme libros. Leí el clásico de Hugh Thomas y «El laberinto español» de Brennan, mis dos biblias. Comprendí que nada era como me enseñaron en el colegio, donde no se hablaba de política ni guerra.
Así, con esos libros, la niebla se dispersó. Llegué al último franquismo, en pequeños grupos socialistas, comunistas, democristianos…
¿En esa España, el mero disfrute ya era forma de rebeldía?
Totalmente. De niños, aprendimos que el placer era pecado en cualquier ámbito. Pasarlo bien, aunque no tuviera trasfondo político, era sentirse fuera de todo… Libre.
En Valencia, bastaba con llegar al mar, saltar al trampolín del balneario Las Arenas con un bañador de algodón. Te sentías rey, dueño del mundo. En la ciudad estaban curas, militares y dictadura, pero en el mar, desnudo bajo el sol, eras libre.
Hoy todos huyeron de los ‘grises’ y arriesgaron la vida contra el franquismo. Tú escribes: “Yo estaba para hacer algo que no fuera demasiado arriesgado para derribar el régimen”.
No fui valiente. Era un cobarde clásico que, por ingenuidad, podía acabar en la boca del lobo. En los últimos años del franquismo, todos querían pasar por Carabanchel para obtener ese sello.
Me decían: «guarda esta máquina para panfletos bajo la cama, que no estás fichado». Y yo, por cobarde o por no negarme, la guardaba y me jugaba. Creí que para luchar contra la dictadura había que estar en el límite de lo posible.
Explícalo.
Escribía en Hermano Lobo, en Triunfo… Es decir, escribir diciendo lo que querías y sorteando la censura. Desde el periodismo o la literatura, eso era lo más difícil: colar ideas de forma original y viable.
De correr delante de los grises me di cuenta que era mayor el día que los Beatles vinieron a España. Fui al aterrizaje en Barajas y los seguí hasta el Hotel Fénix. Me rodeaban adolescentes; me había hecho mayor.
Me interesa la idea del Seat 600 como primer signo de libertad en España: viajar sin depender de horarios, manos al volante. Una libertad subrepticia.
Con el Seat 600 llegó la libertad de movimiento. Ya no dependíamos de autobuses y trenes. Incluso podías ir a Francia. Franco murió atropellado por un 600 camino a Benidorm. Tener la baca cargada y una familia en el 600 fue principio del fin del franquismo.
Escribes que el franquismo creó una superioridad moral en la izquierda: “Por haber sido amamantado desde joven por el antifranquismo, creía que los de izquierdas eran por naturaleza inteligentes, generosos, solidarios y honrados”.
Leía los libros que la izquierda antifranquista recomendaba, y creía que todos los rojos eran mejores. La ideología es como un fluido que se extiende en un campo preparado por la estética.
En aquel tiempo, ser de izquierdas era una cuestión estética antes que ética. La ética llegaba por la estética. La izquierda era donde había que estar y hacer política. Lo veíamos así. Era lo que se llevaba.
Hoy eso ha cambiado. Al final del felipismo, ser de derechas empezó a ser estético. Creo que estamos en ese cambio.
¿Por qué pasa? ¿Por la trama? ¿Es un fallo de la izquierda o mérito de la derecha?
Hay cansancio con los mismos rostros, políticas e ideas. Como el románico que pasó al gótico por cansancio formal. Parte de la izquierda está harta del Gobierno. Además, ese cansancio se aviva con los escándalos.
¿Cómo fue la propuesta editorial para escribir una novela sobre corrupción de izquierdas y que rechazaste?
Un agente me dijo: “Tengo un gran premio literario para ti” [casi revela el nombre]. Era 1982, los socialistas ganaban. Era ese momento de la izquierda estética y ética.
“Manolo, te vas a forrar. Tienes que escribir una novela sobre un líder socialista con una amante y corrupto”. Lo de la amante lo aceptaba, pero… ¿un socialista corrupto? Me enfadé. Fue una ofensa.
Habrías sido visionario.
Sí, porque luego hubo muchos escándalos en el felipismo. Ese libro me habría hecho famoso.
Tu padre solo aceptó tu vocación cuando leyó que eras “amigo de un ministro”. Hoy un padre deshereda por eso.
¡Claro! –ríe–. En ese tiempo, ser amigo de ministro era cool. Mi padre lo leyó y sonrió.
En aquel entonces “progresista” tenía sentido. ¿Qué significa hoy ser progresista?
“Progre” era un insulto de la derecha a la izquierda. Me parece absurdo el debate entre progresistas y conservadores. Lo lógico es querer progresar en lo que falla y conservar lo que funciona.
Tengo un amigo almirante, patriota y muy de derechas, y le provoco diciendo: “¡Tú eres de izquierdas!”. Es ateo, estudió con beca, apoya educación pública y ayudas a la dependencia.
Muchos que intentan tomar de todo son tildados de cobardes y equidistantes.
Me costó entenderlo por la militancia antifranquista. Pero yo valoro a las personas individualmente. La ideología no define la honestidad.
Hoy podemos valorar la historia universal fragmentada. No pienso renunciar a ese lujo.
Hay una revolución en este párrafo: “Era un puto equidistante, como Euclides, partidario de una equidistancia que evita que los edificios, incluso el de la democracia, se derrumben”. ¿Qué dices a quienes se identifican y que cada día, al tocar política, les llaman cobardes?
Ser moderado es una fortaleza enorme. En la España actual, se precisa valentía, audacia e inteligencia para ser simplemente moderado. Ser extremista es muy simple.
Las emociones van al cerebro límbico. Dejarte guiar solo por ellas es fácil. Es sencillo ser conducido por miedo, oscuridad o temor a Dios. En cambio, confiar en el córtex, que es lo opuesto, es muy difícil. Pensar que el otro puede tener razón requiere fuerza intelectual.
El retrato de los presidentes
Has conocido a todos los presidentes democráticos. Haz un retrato de cada uno.
Comienzo con Adolfo Suárez. Fue un aventurero en el mejor sentido, como el general Della Rovere de Montanelli. Tenía la misión de traer la Democracia, una verdadera aventura.
“Aventura” viene de “viento”. Avanzó con la vela al viento y se volvió más demócrata. Fue el presidente más odiado. Lo llamaban traidor franquistas y antifranquistas.
Lo consideraban “analfabeto” porque no leía mucho, pero fue valiente y tenía intuición para captar el poder. Se equivocó al no atender a su amiga Carmen Díez de Rivera.
¿Qué le dijo Díez de Rivera?
Algo así como: “Tú trajiste la Democracia. Esa es tu aventura y heroísmo. Vete pronto porque te van a destrozar”. No la escuchó y acabó mal. Suárez es el político más insultado de la Democracia.
Leopoldo Calvo-Sotelo.
Era elegante, irónico y educado. Tocaba el piano. Fue un puente indispensable para el cambio. Algo distante. Fernández-Ordóñez contó que el 23-F, cuando todos se tiraron al suelo, cayó encima Calvo-Sotelo, quien susurró: “¿No ven que eligieron a un gafe?”.
Felipe González.
También fue muy odiado. Muchos olvidan que al final hubo los GAL y corrupción. La reforma tributaria, el Divorcio y la OTAN ya las había hecho UCD.
González comprendió hacia dónde iba la vida moderna y eliminó obstáculos para que fluyera. Moscoso contó que tras cada Consejo de Ministros decía: “No piséis callos innecesarios”. Eso es la felicidad: no molestar, dejar que la vida fluya. Consolidó a España en Europa. Terminó envuelto en tramas.
José María Aznar.
Le entrevisté antes de ser presidente. Tenía una biblioteca magnífica; las obras completas de Azaña, regaladas por Ana Botella, parecían muy usadas.
Su primera legislatura fue casi modélica con política económica y pactos catalanes. Luego, con mayoría absoluta, perdió el rumbo. Resucitó la política del odio, enemistó a adversarios. Empezó con banderías y rencores africanos. Ese odio persiste.
José Luis Rodríguez Zapatero, protagonista muy presente.
Llevó al PSOE a la izquierda. Fue visto como ingenuo, representó los sueños de la izquierda, sin corrupción. Fue un referente. Ahora está en un lío serio. Creo en su presunción de inocencia y la imparcialidad judicial, pero si lo que dice el auto es cierto, se romperían los últimos sueños desgastados del socialismo.
Mariano Rajoy.
Simpático pero cobarde. Por pereza permitió que la corrupción creciera. Parece pensar que todo se arregla solo mientras fuma. No actuó. Frente al problema catalán se refugió tras los jueces y convirtió la cuestión política en judicial con consecuencias graves. Y llegó el caos. Lo que no está en el sumario, no existe.
Pedro Sánchez.
Me interesa sobre todo como personaje literario. Su figura es la de un héroe del O.K. Corral. Siempre está en la cuerda floja, si lo tumban o sobrevive… con su pianista. Eso es fascinante.
Su mayor error es la mala elección de colaboradores. Me lo imagino así: lo expulsan del partido, escapa en coche polvoriento, para en una gasolinera junto a un motel, entra, pide una copa, y ve a un tipo que le dice: “Voy contigo”. Es Ábalos.
Van juntos en el coche.
Paran en otro motel. Encuentran a otro en la barra: Koldo. Luego se sube Santos Cerdán y acaba pasando lo conocido.
¿De qué vive y de qué muere Sánchez?
Sánchez vive del odio político que genera, que le da gran fuerza y supervivencia. Tiene un gran drama novelado. Luego, si la economía va bien y baja el paro, son cartas con las que puede jugar.
En tu generación, los pactos con independentismos causaron mucho dolor.
El nacionalismo es como una fiebre. Algunos con 37, otros con 39… Cualquier política debe partir del umbral: los nacionalismos existiran hasta que se desplome la cordillera Cantábrica o el Canigó.
Por eso, en Madrid deben saber mantener la fiebre en 37,5, no en 39. Hubo un momento que subió a 40. Un amigo del PNV me dijo: “Queremos solo que nos permitan expresar que deseamos la independencia”.
En 2017 Cataluña rompió ese mantra con la declaración de independencia. La fiebre se disparó.
No entiendo de política, pero más que una independencia, vi una parodia y acto de desobediencia. Hubiera preferido multa millonaria y veinte años de inhabilitación política para desactivar a Puigdemont y su discurso martirial.
Juan Carlos I te llamó “Manolo” sin conocerte. ¿Qué pasa con el Rey? ¿Pasó el republicanismo o qué opinas ahora?
Para mí, la república es un ideal de libertad, flores y alegría. Pero en fondo es una forma de gobierno, y hay de todo tipo.
Los reyes deben cumplir una función útil, y la cumplen. Cambiar a república ahora sería una locura. Imagínate jefe del Estado del PP y primer ministro del PSOE o viceversa. Felipe VI ha sido un buen jefe de Estado. Aunque la monarquía es antigua, si cumplen, no pasará nada.
Junto al desengaño político, llegó la pérdida de fe. “¿Cómo Dios permitió morir a ese compañero tuberculoso? (…) Llegó un verano en que vivir sin creer en Dios parecía más cómodo”. ¿Sigues así a los noventa?
Creo que sí. Son preguntas sin respuesta. Quiero, tras la muerte, una gran oscuridad, silencio absoluto. Como decía Beckett, la vida es caos entre dos silencios. Que el silencio sea maravilloso.
¿Ni siquiera quieres ese cielo donde estén tus juguetes de niño arrumbados? Te lo escuché una vez.
Eso es otra cosa. Si así fuera, podríamos negociar.
Has dicho antes que de niño tuviste epifanía leyendo ‘La Isla del Tesoro’, tan absorto que no sabías si leías o escribías. Esa fusión, esa especie de infinito, podría ser un buen final del mundo. El absoluto.
Todos caminamos hacia la Isla del Tesoro. Vivir es aprender a morir y convertir ese descenso en obra de arte.

