Calles empedradas, casonas de piedra y una tradición gastronómica única convierten esta escapada leonesa en un viaje al pasado. Este enclave conserva la esencia arriera y uno de los sabores más reconocibles de la Maragatería
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Una villa de aire medieval en León, erigida entre calles empedradas, casas de piedra y grandes portones arrieros, se ha posicionado como una de esas escapadas que combinan historia, arquitectura tradicional y gastronomía contundente. Ubicada a escasa distancia de Astorga y conectada al Camino de Santiago Francés, esta localidad conserva un casco histórico que puede transportar al visitante a otra época sin necesidad de grandes artificios. Su prestigio, además, no solo surge por su imagen pintoresca: también está vinculada a uno de los platos más emblemáticos de la Maragatería, el cocido maragato, servido en un orden tan particular como inconfundible.
El lugar es Castrillo de los Polvazares, un pueblo leonés declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1980 y reconocido como una de las paradas más caracterizadas de la comarca. Su origen está relacionado con antiguos castros cercanos, como el de San Martino o el de la Mesa, este último habitado desde la Edad de Bronce. No obstante, la identidad actual que define al pueblo se consolidó especialmente a partir del siglo XVI, cuando la arriería maragata determinó el ritmo económico y social de sus habitantes. Aquellos comerciantes transportaban mercancías por gran parte de la península utilizando carros de mulas, conectando el noroeste con el interior y las dos mesetas.
Un pueblo de piedra marcado por la cultura arriera
El recorrido por Castrillo de los Polvazares permite reconocer esa herencia en cada fachada. Las viviendas tradicionales, construidas en piedra y cubiertas con teja, responden a las demandas de quienes vivían del transporte de mercancías: grandes puertas para el paso de carros, patios interiores, cuadras, bodegas, almacenes y galerías abiertas. La Calle Real, eje principal del pueblo, fue una de las primeras en empedrarse debido al intenso tránsito de animales y carromatos. A ello se suman la iglesia de Santa María Magdalena, situada en la plaza principal, el puente sobre el río Jerga y las huellas de una prosperidad que alcanzó su apogeo entre los siglos XVIII y XIX, hasta que la llegada del ferrocarril a Astorga en 1866 transformó para siempre aquella forma de vida.
La visita cuenta también con un fuerte atractivo gastronómico. En los restaurantes de la localidad, el cocido maragato constituye el principal aliciente para quienes buscan dónde comer bien en la provincia de León. La tradición exige servirlo “al revés”: primero las carnes, luego los garbanzos con la verdura y, finalmente, la sopa. Entre los ingredientes destaca el Garbanzo Pico de Pardal, variedad autóctona vinculada a esta cocina, junto a productos como la cecina, los embutidos, los salazones, el pulpo, el congrio, el bacalao, las mantecadas, los hojaldres o el chocolate, todos asociados a las rutas comerciales de los arrieros. Por ello, Castrillo de los Polvazares no es solamente un pueblo bonito de León: es una escapada donde arquitectura, memoria maragata y mesa tradicional relatan una forma de viajar con calma.
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