Noruega genera miles de millones con el alza del petróleo mientras reduce su consumo interno

Dos mujeres caminan sonrientes empujando sendas bicicletas por una calle peatonal de Oslo.

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    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 1 mayo 2026
  • Tiempo de lectura: 5 min

Noruega es reconocida como uno de los países más sostenibles del planeta.

En sus ciudades es común ver bicicletas, el 98% de su energía eléctrica proviene de fuentes renovables y, en 2024, nueve de cada diez vehículos nuevos vendidos fueron eléctricos.

Además, Noruega es el país integrante de la Agencia Internacional de la Energía con el mayor porcentaje de consumo energético cubierto por electricidad, y fue pionero en instaurar impuestos sobre el carbono.

No obstante, el país ha continuado incrementando la producción de gas y petróleo, combustibles fósiles que exporta en gran medida y que constituyen la principal fuente de ingresos del Estado.

Estos recursos sostienen también el emblemático fondo soberano —denominado «Fondo del Petróleo»— que asegura la estabilidad del amplio sistema de pensiones y bienestar estatal.

La tensión entre su progreso en descarbonización interna y su rol como importante exportador mundial de combustibles fósiles se conoce como «la paradoja noruega» y ha originado un debate político y social intenso durante años.

Mientras grupos ambientalistas y jóvenes activistas exigen planes concretos para disminuir la industria petrolera, el sector defiende su nivel de relevancia para la economía y la generación de cientos de miles de empleos.

El conflicto en Medio Oriente, que provocó un aumento en los precios globales debido al bloqueo del estrecho de Ormuz, ha generado ganancias inesperadas para Noruega y ha reavivado uno de sus debates más delicados.

Truls Gulowsen, presidente de Amigos de la Tierra Noruega, declaró a BBC Mundo: «Como ambientalista noruego, esta situación resulta claramente vergonzosa».

La significancia estratégica del gas y petróleo noruegos

El sector energético representa la principal fuente económica de Noruega, uno de los países más avanzados según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU.

Las exportaciones energéticas constituyen más del 60% de los bienes vendidos al exterior y superan el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.

El Estado posee la mayoría accionaria en Equinor, el principal operador en la plataforma continental noruega, y destina la mayor parte de sus ganancias al fondo soberano.

A finales de 2025, dicho fondo tenía activos valorados en aproximadamente US$1,9 billones, equivalentes a un ahorro cercano a US$350.000 por habitante.

Una plataforma petrolífera sobre una masa de agua con un paisaje de verdes colinas al fondo.

Fuente de la imagen, Kristian Helgesen/ Getty

En el marco actual de 2026, los conflictos en Medio Oriente indican que estas cifras probablemente seguirán creciendo.

Desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el Estado ha percibido ingresos extras por US$5.000 millones y la Bolsa de Oslo ha alcanzado máximos impulsada por las compañías energéticas nacionales.

El gobierno laborista ha intentado refutar la percepción de que Noruega, país anfitrión del Premio Nobel de la Paz, se beneficia económicamente del caos bélico.

Jens Stoltenberg, ministro de Finanzas y ex secretario general de la OTAN, ha señalado que esta es una paradoja, pues Noruega «gana más con la paz».

Por su parte, Cecilie Langum Becker, columnista de NRK, afirmó: «La verdad es que, cuando el mundo está en crisis, el dinero llega al presupuesto estatal».

Esta situación ya se evidenció en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania, la cual redujo significativamente las exportaciones de Rusia hacia Europa.

Desde entonces, Noruega se ha convertido en un proveedor confiable para un continente afectado por la crisis energética.

«Actualmente suministramos alrededor del 30% del gas y el 15% del petróleo que se consume en Europa, destino del 90% de nuestras exportaciones», detalla a BBC Mundo Thina Saltvedt, analista de Nordea.

Un grupo de jóvenes protesta contra la explotación petrolífera en Noruega. Algunos están tumbados sobre el asfalto, otros sentados en sillas sostienen carteles con letras que unidas forman el mensaje en inglés "end oil now".

Fuente de la imagen, Paul S. Amundsen / Getty

Proceso de descarbonización en Noruega

Aunque Noruega cuenta con yacimientos fósiles, desde hace décadas posee una infraestructura energética de las más limpias en Europa gracias a su extensa red hidroeléctrica.

En 1991, el gobierno implementó un impuesto al carbono para promover energías renovables; en 2005, los incentivos hicieron que el país liderara mundialmente la venta de autos eléctricos; y en 2017 el Parlamento aprobó la Ley del Clima, que establece una reducción del 50% en emisiones para 2030.

Sin embargo, la situación internacional actual parece haber ralentizado esta trayectoria.

Los conflictos en Ucrania e Irán han obligado incluso a partidos ecológicos a admitir que el gas noruego constituye un «mal necesario» para garantizar la seguridad energética europea.

Según Gulowsen, la narrativa prevaleciente sostiene que la inestabilidad global justifica apostar aún más por los hidrocarburos.

«Se contempla la apertura de áreas en aguas profundas del Ártico, un entorno vulnerable donde no debería permitirse la extracción bajo ninguna circunstancia».

Un hombre observa la lejanía en un saliente de una plataforma en el mar.

Fuente de la imagen, Chris Ratcliffe / Getty

Perspectivas futuras

El gobierno encabezado por el primer ministro Jonas Gahr Støre anunció la concesión de 57 nuevas licencias de exploración.

«Continuaremos buscando más petróleo para suministrarlo a Europa», afirmó Støre, quien apuesta por «desarrollar» esta industria en lugar de plantear una «salida gradual».

A pesar de la presión de los sectores juveniles dentro de su partido, Støre no prevé proponer un calendario para el abandono del petróleo.

Al contrario, apuesta por la explotación en el mar de Barents —la zona menos explorada— para paliar la disminución de los campos maduros.

Frode Alfheim, representante del sindicato Industri Energi, recordó a BBC Mundo la relevancia social del sector: «Se trata de más de 200.000 empleos directos. No es el momento de dejar a Europa sin suministro».

Por último, Saltvedt advierte: «Cada vez más personas reconocen que se acerca un ocaso, pero será difícil de afrontar».

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