El papel de la producción de drones en el ascenso de Irán como potencia en la industria militar mundial

El dron Shahed 136 es uno de los últimos logros de la industria iraní.

Fuente de la imagen, Getty

    • Autor, Ahmed Rouaba
    • Título del autor, Servicio árabe de la BBC
  • 28 abril 2026
  • Tiempo de lectura: 8 min

En el marco del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, el especialista militar Akram Kharief lanzó un libro titulado "A la sombra del Shahed".

En esta obra expone el origen y la evolución de la industria iraní de drones, a la vez que detalla la estrategia que posibilitó que Irán se posicionara como un protagonista significativo en el sector militar internacional, pese a las sanciones y limitaciones impuestas por Estados Unidos.

Los drones iraníes han sido citados en reportes militares relacionados con las operaciones de Hezbolá en la frontera entre el Líbano y Israel. Posteriormente, tras analizar los restos de dichos vehículos, los especialistas confirmaron vínculos entre los drones usados por los hutíes en Yemen y la industria iraní.

En septiembre de 2022, causó sorpresa la noticia de que Irán estaba suministrando tecnología de drones a las fuerzas armadas rusas. No tardaron en difundirse las primeras imágenes de drones Geran-2 (Shahed 136) sobrevolando la ciudad de Kyiv, capital ucraniana.

¿De qué modo un país sometido durante cuarenta años a sanciones ha logrado alterar las normas en los conflictos globales? ¿Cuáles fueron las bases que permitieron alcanzar tal éxito?

Las sanciones posteriores a 1979 forzaron a las autoridades iraníes a buscar alternativas y caminos para superar los obstáculos y romper el estancamiento estratégico.

Esta coyuntura los condujo también a apoyarse en los conocimientos de sus propios ingenieros, en lugar de depender exclusivamente de sus aliados.

Fruto de las sanciones, Irán intentó establecer redes internacionales para suplir sus necesidades y, en ocasiones, recurrió a tecnologías de índole civil. Sin embargo, ante la escasez de recursos, se implementaron estrategias con dedicación y constancia.

Cuando Mohammad Reza Pahlavi, el Sha de Irán, abandonó el país en enero de 1979, dejó un ejército considerado como el más poderoso en la región. La Fuerza Aérea Iraní contaba con F-14 Tomcat, F-4 Phantom y F-5 Tiger.

En ese entonces, las fuerzas armadas iraníes se posicionaban en el quinto lugar a nivel mundial en equipo militar, solo detrás de Estados Unidos, la Unión Soviética, Reino Unido y Francia.

Cabe destacar que la fuerza aérea iraní era considerada superior incluso a las fuerzas aéreas de Alemania, China e Israel, debido a la disponibilidad del caza F-14 Tomcat, que en ese momento era el avión más avanzado del planeta.

Sin embargo, la operación y el mantenimiento de estos aviones dependían en gran medida de la presencia de numerosos ingenieros y técnicos estadounidenses en Irán, mientras que las piezas de repuesto provenían directamente de la empresa estadounidense Grumman.

Por ello, la fuerza aérea estaba completamente dependiente de la industria militar estadounidense.

Tras la caída del Sha, los oficiales del ejército huyeron, fueron capturados o asesinados. A su vez, los ingenieros y técnicos estadounidenses abandonaron Irán, y las empresas americanas rompieron sus lazos con el nuevo régimen.

La necesidad impulsa la invención

Estudiantes en un taller de la Universidad de Isfahán trabajando en un proyecto con drones, en una imagen del libro "A la sombra del Shahed".

Fuente de la imagen, A la sombra del Shahed

En septiembre de 1980, las tropas iraquíes invadieron Irán, desencadenando una cruenta guerra de ocho años de duración. En este conflicto se emplearon métodos de destrucción sumamente brutales, incluyendo armas químicas, y casi un millón de personas perdieron la vida.

Durante las primeras fases, las fuerzas iraquíes avanzaron debido a su superioridad aérea. El ejército de Irak contaba con aviones de reconocimiento soviéticos, además de utilizar imágenes satelitales provenientes de la Unión Soviética para detectar posiciones enemigas y monitorear movimientos.

En cambio, las fuerzas iraníes operaban en condiciones de visibilidad limitada y con escasa información de inteligencia.

Los iraníes necesitaban urgentemente tecnología para sobrevivir a una guerra que ponía en riesgo su propia existencia. No obstante, las sanciones económicas impedían el acceso a dichos recursos, lo que los llevó a crear y fabricar internamente estas tecnologías en lugar de comprarlas.

La idea era simple: si no era posible realizar vuelos de reconocimiento sobre las líneas enemigas con aviones tripulados, podrían emplearse pequeños dispositivos teledirigidos. Estos son más económicos, difíciles de detectar y capaces de recolectar información valiosa.

Desde 1981, en la Universidad de Isfahán, un grupo de estudiantes e ingenieros trabajaba en estos pequeños dispositivos equipados con cámaras. Comenzaron fabricando prototipos, realizando pruebas y perfeccionándolos antes de presentar su diseño a la Guardia Revolucionaria.

Las herramientas utilizadas eran básicas y rudimentarias: piezas de plástico y componentes elementales, pero acompañadas de un gran ingenio y habilidad.

En un modesto taller universitario, jóvenes dedicados y determinados abrazaban conceptos como la "yihad de la construcción" y la "yihad académica", promovidos por las autoridades tras la revolución.

Entre estos jóvenes se encontraban Farshid, un piloto civil; Saeed, estudiante de física; y Masoud, un habilidoso joyero. Trabajaban en el taller de la Universidad de Isfahán y asistían a experimentos en las llanuras de Juzestán.

Tras años de ensayos, altibajos y perseverancia, al presentar su primer prototipo a oficiales militares, algunos lo despreciaron. Se asemejaba a un juguete y estaba construido con materiales poco comunes. Su tanque de combustible era una bolsa de suero intravenoso y su hélice era artesanal.

El primer dron de combate

Experimentos del Proyecto Trueno en Juzestán (imagen del libro A la sombra del Shahed)

Fuente de la imagen, A la sombra del Shahed

En otoño de 1983, a unos 40 kilómetros del frente, este "avión de juguete" sobrevoló por primera vez posiciones iraquíes, regresando con imágenes claras y precisas de las instalaciones militares.

Tras ese éxito, se ordenó crear el Batallón Trueno (Raad en farsi) e iniciar un programa formal para el desarrollo y producción de drones.

El desarrollo pasó de un taller universitario en Isfahán a la Guardia Revolucionaria. Para conseguir los componentes necesarios, debieron sortear las sanciones internacionales y acceder al mercado global.

La Guardia Revolucionaria estableció una red de empresas en Dubái y empleó intermediarios en Singapur para adquirir piezas de decenas de países. Estas piezas se enviaban a Isfahán, donde eran ensambladas. Esto explica la presencia de chips estadounidenses en los drones Shahed 136 derribados en Ucrania.

Los drones mostraron su utilidad en tareas de reconocimiento y se usaron en batallas clave contra las fuerzas iraquíes tras 1983.

No obstante, ya en 1987, ingenieros y militares del Batallón Trueno comenzaron a desarrollar drones de combate.

Un dron que sobrevuela posiciones enemigas para fotografiar movimientos puede también, si está armado, atacar y destruir dichos objetivos. Pero esto exigía capacidades y tecnologías distintas, que el Batallón Trueno incorporó luego en los drones de combate llamados "Mohajer".

En 1988, Irán se ubicó entre los primeros países en emplear una aeronave de combate no tripulada (UCAV, por sus siglas en inglés), es decir, un dron moderno. Aunque Estados Unidos, Turquía e Israel son reconocidos productores de este tipo de máquinas, Irán fue pionero en esta área.

En aquella época, los drones iraníes todavía tenían un diseño básico, con un alcance inferior a 50 kilómetros. Sin embargo, en 2026, drones iraníes de avanzada atravesaron el espacio aéreo de varios países para atacar objetivos en Israel desde territorio iraní.

Cabe destacar que Israel fue el primer país en emplear drones con fines militares, incluso antes que Estados Unidos. Los utilizó en la guerra de 1973 para engañar a los sistemas de misiles tierra-aire egipcios y desgastarlos, principio que luego inspiró a quienes participaron en el programa iraní de drones.

Durante la invasión del Líbano en 1982, Israel operó drones Scout y Mastiff para reconocimiento y para dirigir ataques contra posiciones de misiles sirias en el valle de la Bekaa. Este hecho representó el primer uso militar documentado de drones en un conflicto armado.

Un edificio en Israel que fue blanco de drones iraníes.

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Evolución de conceptos

Expertos iraníes siguieron de cerca los sucesos en Líbano y sus aliados en Hezbolá recopilaron información detallada sobre los drones israelíes. Concluyeron que los equipos no eran muy sofisticados y que sus expertos en las universidades de Teherán e Isfahán podían reproducir modelos similares.

Informes de analistas militares destacan que los prototipos iraníes presentaban múltiples características semejantes a los drones Scout y Mastiff israelíes. Los ingenieros iraníes se inspiraron en esos modelos para desarrollar sus propios diseños.

Desde la década de 1970, se reconoce que la sofisticación tecnológica de un arma es clave para su valor y efectividad. Por ejemplo, un misil guiado con precisión que destruye un objetivo a 1.000 kilómetros es mucho más efectivo que cientos de balas sin guía. En este sentido, la tecnología supera a la cantidad.

Irán añadió un nuevo elemento a la fórmula: si un estado no puede competir tecnológicamente con sus rivales, puede hacerlo en términos de cantidad y costo económico.

Este es el fundamento del programa iraní de drones. Un dron que cuesta unos 20.000 dólares no puede igualar en precisión a un misil de crucero valorado en 2 millones de dólares. Sin embargo, si se lanzan 100 drones, el adversario deberá emplear al menos 100 misiles para contrarrestarlos.

Los drones están diseñados no para alta precisión o gran poder destructivo, sino para debilitar las defensas enemigas y gastar sus recursos financieros. Así, los ataques con drones pueden prolongarse, ya que su costo es entre 10 y 20 veces inferior al de los sistemas antimisiles adversarios.

Un cálculo sencillo muestra que desplegar 100 drones cuesta alrededor de 2 millones de dólares, mientras que la defensa debe gastar aproximadamente 200 millones en misiles sofisticados para interceptarlos, independientemente de los daños causados por estos drones.

Además, los drones son difíciles de detectar por radar debido a su baja velocidad y altitud. El uso simultáneo de numerosos drones puede saturar los sistemas de defensa e incluso impedir su detección completa.

Instalación petrolera de Saudi Aramco en Arabia Saudita, que fue blanco de un ataque con drones en 2019.

Fuente de la imagen, Getty

El ataque en 2019 a las instalaciones petroleras sauditas de Saudi Aramco evidenció la eficacia de esta característica, ya que los sistemas de defensa estadounidenses no lograron interceptar los drones fabricados en Irán.

Aunque los hutíes asumieron la responsabilidad, la opinión predominante es que los drones fueron lanzados desde tierras iraníes o iraquíes.

Los daños provocados por este ataque se estimaron en decenas de miles de millones de dólares, mientras que el costo total de los drones utilizados fue de apenas unos pocos millones.

Esta disparidad es el factor que, en definitiva, podría inclinar la balanza entre vencedor y perdedor en la guerra de drones.

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